Durante siglos se les acusó de todo: de conspirar, de dominar gobiernos, de fundar repúblicas y hasta de organizar revoluciones. En España, el franquismo los convirtió en enemigos de la patria y los persiguió sin tregua. Hoy, en 2025, los masones asturianos no mueven los hilos del mundo: se reúnen cada ciertas semanas, pagan su cuota y reflexionan sobre ética, política o filosofía en talleres con más voluntad que mármol. Es posible que, en toda Asturias, no pasen de cincuenta miembros. “En activo —es decir, los que realmente van a la logia, pagan su cuota y participan— no más de 35”, precisa el historiador Yván Pozuelo, que lleva 28 años investigando el fenómeno.
Pozuelo no es masón, aunque a veces lo confundan con uno: “Hay quien piensa que si estudias masonería es porque eres masón, igual que si escribes sobre comunismo eres comunista. Yo siempre digo que uno puede ser historiador de las hormigas sin ser una hormiga”.
Su tesis doctoral, defendida en 2004, abrió un campo casi virgen: la historia de la masonería en Asturias. Hoy coordina congresos internacionales, escribe libros sobre el tema y dirige REHMLAC+, la revista universitaria de referencia sobre masonería en lengua castellana: “Creo que no gusto ni a los masones ni a los antimasones. Estoy en otro plano. Yo estudio por qué existe, cómo ha sobrevivido tres siglos y cuál ha sido su influencia real”, apunta.

De la persecución al pluralismo
La masonería asturiana llegó tarde, como tantas cosas, pero llegó. La primera logia se fundó en Gijón en 1848, bajo obediencia del Gran Oriente de Francia. Desde entonces, el movimiento ha sido un espejo de la sociedad: en los tiempos de la industrialización, obrera; en los del republicanismo, liberal; y bajo el franquismo, perseguida con saña. “El régimen franquista arrasó con todo”, recuerda Pozuelo. “Los archivos de las logias fueron confiscados y concentrados en Salamanca, en el llamado Archivo Nacional de la Masonería (hoy integrado en el Centro Documental de la Memoria Histórica). Los masones fueron encarcelados, fusilados o exiliados.”
Cuando la democracia devolvió la libertad de asociación, la masonería regresó dividida. “Cada grupo volvió con la influencia del país en el que había estado refugiado. Los de México trajeron la tradición mexicana, los de Francia, la francesa… y al reencontrarse aquí, cada cual defendió su parroquia masónica”, cuenta el historiador.

Así nació el mosaico que hoy define a la masonería española: obediencias inglesas, francesas, mixtas, femeninas o laicas conviviendo —y a veces compitiendo— bajo un mismo techo.
“En total, Asturias cuenta con seis logias activas, repartidas entre Gijón y Oviedo”
Un mapa plural
En Asturias conviven casi todas las ramas de la masonería contemporánea. Las logias regulares, como Jovellanos nº 138 y Miles Lvcis nº 110, están ligadas a la Gran Logia de España, la corriente más tradicional, exclusivamente masculina y teísta, que exige la creencia en un “Gran Arquitecto del Universo”.
Otras, como la Rosario de Acuña —con sede en Gijón y bajo obediencia del Gran Oriente de Francia— representan la corriente liberal y laica, abierta a creyentes y no creyentes, y son mixtas (integran hombres y mujeres) desde 2010.
También hay talleres de carácter mixto adscritos a otras obediencias internacionales: El Trabayu nº 2, vinculada a la Confederación Internacional de Logias Escocesas (CILE) y con un perfil asturianista, y Progreso nº 1850, del Le Droit Humain (LDH), una federación fundada en Francia a finales del siglo XIX que defiende la igualdad entre sexos.

La logia femenina Estrella del Norte nº 5, por su parte, pertenece a la Gran Logia Femenina de España y reúne exclusivamente a mujeres.
En total, Asturias cuenta con seis logias activas, repartidas entre Gijón y Oviedo. Esa pluralidad es excepcional en un territorio tan pequeño.
“En Asturias tenemos de todo: regular, liberal, mixta y femenina”, explica el historiador Yván Pozuelo. “Eso a veces no pasa ni en comunidades mucho más grandes. Aquí quien quiera ser masón puede elegir como si fuera un menú degustación.”
El propio Pozuelo añade, entre ironía y precisión: “Muchas logias incluso comparten edificio —el de Rosario de Acuña, por ejemplo— aunque no todas se reconozcan entre sí. Comparten local, pero no siempre se invitan.”
Desde dentro, Xabel Menéndez, venerable maestro —el responsable del taller— de Rosario de Acuña, ofrece otro matiz: “Las relaciones entre logias son, en general, buenas. En Asturias hay respeto y colaboración. Compartimos espacio y, aunque cada una tiene su estilo, la relación es correcta, incluso amigable en general.”
“la masonería se defiende de los mitos precisamente con transparencia y razón”
Una hermandad de albañiles del alma
La masonería, en su esencia, no es una religión ni un partido ni un sindicato. “Es una escuela de reflexión ética”, resume Faustino Zapico, perteneciente a la logia El Trabayu, en Gijón. “Entramos para mejorarnos a nosotros mismos, y entendemos que al mejorar nosotros, mejora el mundo que nos rodea. Es un proceso inverso al de la militancia política o sindical: allí cambias el entorno para mejorar tú; aquí mejoras tú para cambiar el entorno.”


Cada reunión —o tenida, como dicen los masones— combina el ritual simbólico con el debate. “No hay sacrificios de vírgenes ni banquetes secretos”, bromea Zapico. “Trabajamos con símbolos, que nos ayudan a reflexionar sobre lo que somos y lo que hacemos. Es concentración, ética y pensamiento crítico. Nada de dominaciones mundiales.” Y añade: “Los rituales son formalmente secretos, pero hoy están todos en Internet. El secretismo es un mito”, añade. “Las logias no son más misteriosas que una reunión del Comité Federal del PSOE.”
La comparación arranca risas, pero encierra una idea de fondo: la masonería se defiende de los mitos precisamente con transparencia y razón.
Del secreto al respeto
La palabra “secreto” pesa como una losa, pero los masones asturianos prefieren llamarlo discreción.
“Históricamente fue una cuestión de supervivencia”, explica Menéndez. “Durante siglos, pensar por ti mismo o buscar justicia social podía costarte la vida. De ahí el silencio.” Hoy el motivo es otro: “Hay gente a la que podría perjudicarle en el trabajo o en su entorno y eso hay que respetarlo. Quien no quiere salir del armario masónico, no sale. Ese es el verdadero secreto masónico.”
Menéndez, sin embargo, no lo oculta. “Yo no tengo ningún problema. Nunca estuve en ningún armario, me agobian los espacios cerrados”, dice riendo. “Pero entiendo a quien prefiere no decirlo.”
Zapico coincide: “Durante el franquismo la masonería fue uno de los grandes enemigos del régimen. Al llegar la democracia, los demás —comunistas, socialistas, anarquistas— hicieron pedagogía; los masones no tanto. Y la leyenda negra siguió viva en cierta forma. Hoy la ultraderecha ha vuelto a desempolvar esos viejos fantasmas: la Agenda 2030, el globalismo, las conspiraciones… lo de siempre.”
Zapico advierte, sin embargo, que los prejuicios no proceden solo de la extrema derecha. “Desde la ultraderecha, sin duda, es donde más —reconoce—. Son los que insisten con la Agenda 2030, el globalismo, las conspiraciones… Pero también, aunque mucho menos, hay en la izquierda cierta distancia, incluso cierta desconfianza.”
Él lo ha vivido de cerca: “Milito en la izquierda desde hace cuarenta años y nunca sentí hostilidad, pero sí una cierta rareza. En mi propio partido, Izquierda Asturiana, lo ven como una extravagancia mía, algo raro, potencialmente sospechoso, pero más bien con humor.”
Su padre, militante comunista, tenía una mirada parecida: “No lo veía como algo malo, sino como algo ajeno, que no le concernía. Pero nunca con hostilidad.”
“Lejos de la idea de conspiraciones o elitismos, la masonería asturiana actual se parece más a un taller de ideas que a una sociedad secreta”
Por otra parte deja clara otra cosa respecto a ciertas ideas preconcebidas en torno a la masonería: “Si alguien busca poder o influencia, aquí no lo va a encontrar. En nuestras logias la gente es de clase trabajadora o media. Abunda gente con carrera universitaria, pero no siempre. Lo importante es la inquietud intelectual y ética. En cualquier caso, no hay millonarios. El que entra esperando contactos o prestigio se va enseguida”, zanja.
Masonería asturiana: ética, política y razón
Lejos de la idea de conspiraciones o elitismos, la masonería asturiana actual se parece más a un taller de ideas que a una sociedad secreta. Sus miembros —mujeres y hombres, creyentes y ateos, jóvenes y veteranos— se reúnen en templos austeros, en los que lo simbólico vale más que la decoración. “En Francia o en Inglaterra entras a una logia y parece una catedral”, cuenta Yván Pozuelo. “Aquí es más bien un Ikea simbólico. Pero la estética también importa: la masonería es mental y visual. La luz, el orden, el espacio… todo tiene sentido.”
La mezcla de humor y lucidez resume bien el espíritu que atraviesa las logias asturianas. En ellas, el objetivo no es acumular poder ni fortuna, sino trabajar sobre uno mismo —pulir la piedra bruta, como dicen— a través del diálogo y la reflexión.

“Para mí la masonería es una escuela de ciudadanía”, afirma Zapico. “Un lugar donde se aprende a escuchar, a debatir sin fanatismos, a entender al diferente. Eso me ha hecho mejor militante político. En la logia se busca siempre el punto de encuentro, nunca la imposición.”
Y en un tiempo de ruido, de redes y trincheras, ese método pausado suena casi revolucionario. “Vivimos rodeados de gritos sin sentido, de argumentos sin base, de crispación constante”, reflexiona Menéndez. “En la logia ocurre lo contrario: razón, cultura, conocimiento, formación. Un espacio de serenidad donde todavía se puede hablar.”
Del símbolo a la acción
La masonería liberal —la predominante en Asturias— entiende la mejora personal como parte inseparable del compromiso social. “Creemos que la mejoría individual pasa por la sociedad”, explica Menéndez. “Por eso impulsamos debates públicos, conferencias y homenajes. Hace años trajimos a Luis Montes a hablar sobre la muerte digna, cuando casi nadie tocaba ese tema. También hemos debatido sobre transexualidad o laicidad. Intentamos aportar reflexión y serenidad frente al ruido.”
No hay liturgias ocultas, pero sí rituales simbólicos. Cada tenida reproduce, con sus gestos y palabras, una pedagogía moral que se transmite de generación en generación. “Es un método iniciático”, dice Menéndez. “No se trata de secretos, sino de vivencias que llegan en su momento. Si te las cuentan antes, pierden su fuerza.”
“Las nuevas generaciones, en cambio, llegan sin prejuicios, aunque con mucha confusión.”
De las sombras al reconocimiento
El franquismo los persiguió con saña, pero el olvido democrático casi les borró del relato. Zapico, que forma parte de la lista de entidades memorialistas de Asturias, lo resume así: “Cuando se habla de memoria democrática, la masonería aparece poco, porque no hay quien la reivindique. Por eso decidimos estar ahí. También fuimos víctimas del franquismo.”
Las nuevas generaciones, en cambio, llegan sin prejuicios, aunque con mucha confusión. Pozuelo lo observa a diario: “Los chavales me preguntan por los Illuminati, los reptilianos o el nuevo orden mundial. Les explico que la masonería no tiene nada que ver con eso. Es un método de pensamiento, no una secta de cómic.”
El investigador recuerda, no sin cierta ternura, las primeras entrevistas de su tesis: “Llamaba a familias de antiguos masones y pensaban que yo era un policía. Había miedo. Aún hoy hay masones que no lo dicen en su casa. La herencia del franquismo dejó una desconfianza y una precaución muy profundas.”
Masonería y mujer: la última frontera
La igualdad tardó en llegar. Hasta bien entrado el siglo XXI, la presencia femenina era residual. “Aquí empezaron a entrar mujeres con la logia Progreso, del Derecho Humano, hacia 2003 o 2004”, cuenta Pozuelo. “Después surgieron El Trabayu y la femenina Estrella del Norte. Todo muy reciente.” Incluso el Gran Oriente de Francia, símbolo de la masonería liberal, no admitió mujeres hasta 2010.

Antes existían las llamadas “logias de adopción”: talleres femeninos tutelados por logias masculinas. En Gijón hay constancia de tres mujeres que participaron en el siglo XIX, hijas del venerable maestro de entonces. “Eran invitadas, no miembros de pleno derecho”, aclara el historiador. Pozuelo también afirma que, como en otras partes de la sociedad, la masonería no está exenta de contradicciones y prejuicios: “La igualdad real es reciente. Y todavía hay logias que no aceptan ni mujeres ni judíos ni musulmanes. El ser humano es así: levanta muros incluso en las instituciones que nacieron para derribarlos.”
Una ética sin dogmas ni conspiraciones
Entre las logias llamadas “regulares” —las de tradición inglesa— y las “liberales” —las de inspiración francesa— la gran diferencia sigue siendo la fe.
“En la regular hay que creer en Dios, en el Gran Arquitecto del Universo. Sin discusión”, explica Pozuelo. “En la liberal, en cambio, no se exige fe en un dios concreto. Puedes creer en la razón, en la naturaleza o en tu propia luz interior. Pero algo hay que tener: una chispa, la creencia en algo, aunque lo llames de la forma que sea. Y aunque digas que eres ateo.”
“La masonería asturiana, que sobrevivió a dictaduras, guerras y prejuicios, hoy busca algo más modesto: persistir.”
Más allá de esas diferencias, los masones asturianos coinciden en un mismo principio: la primacía de la razón sobre el mito. Ninguno de los tres entrevistados cree que la masonería tenga poder económico ni político.
“No es la masonería la que influye en la sociedad, sino la sociedad la que influye en la masonería”, afirma Pozuelo. “Siempre llega tarde a los grandes debates. No fue vanguardia del feminismo ni de la laicidad. Pero cuando llega, suele hacerlo con profundidad.” “Los masones no son revolucionarios, son moderados”, añade. “Les gusta dialogar, llegar a acuerdos. Son más de diplomacia que de barricada.”
Epílogo: la realidad bajo la piedra
No hay templos subterráneos ni conspiraciones planetarias. Hay locales discretos en Gijón y Oviedo, donde unas decenas de personas se reúnen a debatir sobre ética, libertad y justicia. La masonería asturiana, que sobrevivió a persecuciones y prejuicios, hoy busca algo más modesto: persistir. Pozuelo lo resume con precisión: “Hay más masones latentes que activos, pero, en cualquier caso, en Asturias no pasan de cincuenta.”
En toda España, calcula, hay entre 3.500 y 4.000 masones, prácticamente la misma cifra que durante la Segunda República. Las comparaciones internacionales sitúan la escala: dos millones en Estados Unidos, unos 250.000 en Francia y cerca de 800.000 en el Reino Unido. En ese mapa global, Asturias es apenas un punto de luz persistente, una pequeña constelación que se niega a apagarse.
“Desmitifico la masonería constantemente”, dice el historiador, “pero también reconozco algo: es increíble que haya sobrevivido a revoluciones, a la Inquisición, a dictaduras, a guerras civiles, a guerras mundiales, a regímenes de todo tipo… y aún sigue en pie.”
Tal vez el secreto sea ese: misterio, el justo; épica, la necesaria; y realidad, toda la que quieras.



























