No hay dos casas que huelan igual. Pueden estar construidas con los mismos materiales, incluso pueden estar en el mismo edificio, con la misma distribución, con la misma orientación, a la misma altura, hasta con los mismos muebles y con la misma disposición, pero siempre olerá diferente la una de la otra. Porque somos las personas, nuestras mascotas, somos la gente que habitamos esas casas las que imprimimos el carácter, también el aroma, a un hogar. Los perfumes y productos de higiene y limpieza que usemos, los ambientadores, nuestras prendas, todo ello, junto con nuestros olores corporales, y por supuesto lo que guisamos y cómo lo guisamos en nuestras cocinas, irán incorporando ingredientes a ese sello.
Con las fiestas de navidad pasa lo mismo: no hay dos navidades que huelan igual. Sin embargo, todos tenemos un recuerdo olfativo que nos transporta a un momento especial, a esa imagen de un instante de estos días en algún momento de nuestra historia. Nos esforzamos en rememorar esos aromas que nos emocionaron en narraciones para las que rara vez encontramos las palabras que reflejen cómo olía. Porque pasa con esos efluvios como con el tacto, con las caricias o los besos, que su proyección resulta muy jodida de pronunciar o de escribir. Podemos archivar imágenes y sonidos, pero no los aromas de aquella reunión en la cocina de nuestras abuelas, de una cena con amigos. Por eso el recuerdo de los olores es tan vulnerable, por eso alguna vez hemos deseado atrapar el aroma de un instante y pedirle que no se fuese, que permaneciera. Pero el olfato es así de puñetero, tan duro de oído, tan desobediente.
De recuerdos olfativos navideños hice un sondeo con amigos. Llama la atención cuánto pesa el asunto de la manduca, aunque el nivel de gañanismo sea dispar. La medalla de oro en esa liga se la llevó Aldo, que desde Murcia respondió sin dudar que su recuerdo era el aroma del cordero segureño y del almogrote, una suerte de mojo al que el añadido de queso curado confiere una textura hormigonada. “Gambones a la plancha”, respondió Isra Merino, también en una espontánea exaltación lírica. Gambas también están en el recuerdo de Pedro Vallín, que desde Colunga rememora el aroma retenido por el frío de una plancha con bien de sal que reposa en la cocina al día siguiente de la cena navideña. Churros, sopas de marisco, rosquillas, vino caliente especiado, casadielles, boniatos, batatas y castañas asadas, mazapanes, anís, roscones… el catálogo de recuerdos olfativos de las tradicionales farturas navideñas es inacabable. Es normal, en estas fechas dedicamos mucho tiempo a llenar el buche dentro de nuestras casas, el frío intensifica los olores, y el cerebro, que no es gilipollas, nos responde con la rapidez del esgrimista con aquello que nos reconforta la andorga y que en nuestra memoria se salía de la norma gastronómica.
Gotas de sutileza alejada de los fogones me llegan en otros testimonios. José María Montero, Monti, trae desde su Andalucía el aroma de la alhucema -que es la lavanda, el espliego, el cantueso y otros cuántos nombres más- desprendiendo su esencia desde la azotea del brasero; Bárbara me describe desde Tsaciana el olor de la leña húmeda consumiéndose lentamente en aquellas férreas cocinas bilbaínas; Pablo Batalla añora el olor de las latas de galletas de jengibre que un amigo polaco mandaba a su abuelo Germán cada diciembre; y para Aïda el olor de la Navidad vive en la fragancia resinosa que desprenden los abetos en ferias invernales como la de Espinelves.

Mis navidades huelen, quieren oler, a los taninos concentrados del corcho en los tenderetes de la madrileña Plaza Mayor, también al recio olor a harina y a berza que residía impregnado en el mandil de mi abuela Ludivina.
Hace años tuve un sueño en el que dormitaba, que ya es rizar el tirabuzón, en mi cama en Taraé. En el sueño estaba desperezándome, con los ojos aún cerrados mientras en la corte las vacas se inquietaban por salir. Había voces, movimiento de personas, el quejido de una portalada que se abre, un gallo que canta. Pero había sobre todo ese olor de los animales, del estiércol, de la hierba seca, de la piedra y la madera de los pesebres, el olor dulzón de la leche en el morro de un xatín que se relame. Era todo tan real que sentía que el sueño se estaba produciendo en mi nariz, en ese cable que alguna vez todos hemos sentido tener y que conecta nuestra pituitaria directamente con nuestro cerebro. Al despertar lloré silenciosa y desconsoladamente, porque las imágenes y los sonidos los tenía, pero el olor, ese olor primitivo y lejano, sabía que no iba a regresar.
El universo de los aromas es infinito. Además, la percepción de los aromas y su recuerdo es flexible: cada uno los sentimos y los recordamos de manera diferente. En Los lunes al sol, Ana, después de llegar a casa tras su trabajo en la conservera, le pide a Jose que no la bese porque huele a pescado. “Hueles a sirena”, responde él. El olor a sirena no existe, las sirenas no existen, diréis. Y una polla: claro que existen.
En un mundo tan visual, dedicamos poco tiempo a oler los momentos, o buscamos estandarizar los aromas como hacen en los establecimientos de las grandes cadenas de ropa. Oled, oled el pan, oled los bosques, oled a vuestras personas queridas, oled a los animales con los que compartimos vida como ellos hacen con nosotros. Pensad que ese olor de lo que vivimos, que el aroma de ese momento puede ser absolutamente único, que quizás no lo volváis a sentir.































