Hay una historia sobre Cástor y Pólux, hermanos de Clitemnestra y Helena, que me gusta mucho y que envidio. Para situar a quien no recuerde quiénes son, se trata de los hijos de Leda. Se contaba que ésta, casada con Tindáreo, se había unido, en una misma noche, a Zeus y a su marido mortal. De los cuatro hijos que nacieron de esta unión, Helena y Pólux tenían como padre a Zeus y serían inmortales y Clitemnestra y Cástor a Tindáreo y serían mortales. Hay variantes de este relato, como siempre, pero no importan, no importa si Leda se unió a Zeus en forma de cisne y no importa el reparto de la paternidad de cada uno de los hijos. Los dos varones, Cástor y Pólux, independientemente de las versiones que los hacían hijos de padres distintos, eran conocidos como los Dioscuros, “hijos de Zeus”.
La parte de la historia que me gusta es que, después de una serie de episodios, como la expedición de los Argonautas, en la que los dos participaron, o la cacería del jabalí de Calidón, cuando en una de estas aventuras Cástor muere y Zeus trata de llevarse consigo al Olimpo a Pólux, que como hijo suyo era inmortal, éste se niega. Pólux no acepta la muerte de su hermano y consigue de Zeus algo excepcional: el dios le permite compartir el destino con su hermano, de manera que vivirán siempre juntos, alternando un día entre los hombres y otro con los dioses. O, según las versiones, un día vivos y un día muertos, pero juntos.
Todas, todos, elegiríamos, habríamos elegido en algún momento (y en más de uno) la suerte de Pólux, borrar ese abismo entre la vida y la muerte. Es una ocasión rara ésta en la que Zeus cede en algo tan férreamente delimitado como el destino mortal de los hombres y el inmortal de los dioses, pero lo hace y los dos hermanos ya no se separarán nunca, aunque sólo uno de ellos era inmortal. No se conoce que Zeus haya vuelto a ceder. Hay ahora un lugar en el mundo en el que los seres humanos se separan para siempre de aquellos a quienes más quieren, pero no de uno en uno, de un hermano, como estuvo a punto de sucederles a Cástor y Pólux, o de un hijo, de una amiga, de una madre, de una hermana, de un padre, no. Hay miles de familias de las que el ejército de Israel ha dejado a un único superviviente y otras miles que ha borrado enteras. Cuando vemos las imágenes de los vivos despidiendo a sus muertos, siempre se repite la escena, están en el suelo, de rodillas, acariciando y abrazando cadáveres envueltos en sábanas ensangrentadas. Cuánto darían por la suerte de Pólux, por no quedarse solos.

Mientras escribo, en medio de un supuesto alto el fuego, se reciben informaciones de treinta nuevos muertos en Gaza, siete de ellos niños, en un “ataque contra Hamás” por parte del ejército de Israel. Entre las víctimas, una familia entera. El número de niños asesinados sigue aumentando de una manera brutalmente desproporcionada. Si el gobierno de Israel reconoce ya la cifra de 70.000 gazatíes masacrados, algo que hasta ahora había venido negando, es porque hay otras fuentes con cifras muchísimo más elevadas. Israel asesina niños con la misma impunidad con la que borra del mapa una tras otra las aldeas de Cisjordania, o derriba en Jerusalén Este el edificio de la agencia de la ONU para los refugiados. Es más, no sólo destroza su edificio, sino que funcionarios israelíes han pedido el asesinato de los trabajadores humanitarios que trabajan en UNRWA. Decenas de miles de asesinados, miles de desaparecidos, más de 700 cadáveres recuperados bajo los escombros sólo desde el “alto el fuego”, bebés muriendo de frío en tiendas de plástico. Y no pasa nada. Da miedo pensar qué nos espera si estamos consintiendo esto.
La doctora israelí Lucy Aitchison ha afirmado que “lo que está pasando a las madres y bebés en Gaza debería dejarnos profunda y colectivamente avergonzados”. La biografía de esta mujer en el periódico israelí Haaretz, con el que colabora, dice de ella que su especialidad es la atención primaria, que es también profesora y voluntaria de Médicos por los Derechos Humanos de Israel y de la Comisión Pública contra la Tortura en Israel. Menciono su curriculum para que se vea que no es una terrorista de Hamás la que denuncia el genocidio en curso y para honrar a quienes siendo israelíes y viviendo en Israel combaten la barbarie sionista, en este caso sus consecuencias sobre los recién nacidos. Solo añado que lo que está pasando en Gaza debería dejarnos profunda y colectivamente avergonzados a todos, no sólo a los ciudadanos de Israel.
El pasado racista y colonialista de Europa se hace presente en su apoyo a Israel y al genocidio en tierras palestinas. “Es la historia colonial europea la que emparenta a los gobiernos occidentales con la masacre israelí”, escribe el periodista Rafael Poch de Feliu en su blog personal en un largo artículo que explica muy bien cómo el sangriento pasado colonial de Europa pesa tanto todavía hoy. Desgraciadamente así es, el pasado racista y colonial pesa más en Europa que esas supuestas “raíces clásicas” que mencionan de vez en cuando, de boca para afuera, algunos políticos. Bien sabemos que el mismo Zeus que no separó a Pólux de Cástor los fulminaría a todos por miserables.



























