«Este es su momento», dice Abel Aparicio, buen conocedor de la realidad de su provincia —la de León— de la Unión del Pueblo Leonés, un partido ciertamente de moda, que aspira a conseguir en las elecciones autonómicas de Castilla y León del 15 de marzo el que sería el mejor resultado de su historia: cuatro procuradores las Cortes autonómicas, y grupo parlamentario propio. Su giro socialdemócrata de los últimos años ha puesto a esta formación, históricamente más bien conservadora, en una posición que todos envidian pero pocos consiguen: la del catch-all party, capaz de trascender los férreos límites entre bloques y ser capaz de pescar en todos los caladeros.
«UPL se disputa aquí el voto del cabreo con Vox, que en todo el resto de Castilla y León se lleva solo Vox», señala Antonio Vega, director del periódico iLeón. Pero el cabreo que vote a la UPL votará una coalición, no con el PP, sino con el PSOE, partido con el que forma una entente cordial en los últimos tiempos: gobiernan juntos la Diputación. Y cabreo, en León, hay mucho y por muchas cosas. Los devastadores incendios del verano, por ejemplo. En el sur de León, en torno a La Bañeza, donde fueron particularmente duros, la periodista berciana Elisabet Alba apostaría a que «va a ganar aplastantemente UPL», beneficiada tanto de sus votos tradicionales como de la parte de los cabreados con el PP que no se vaya a Vox. «Hay gente e incluso alcaldes y concejales muy, muy enfadados; gente de derechas que, aunque esté enfadada, y a diferencia de lo que suele ocurrir con la izquierda, siempre va a votar», recuerda.
Los peligros del éxito
Vega señala lo inédito de la situación actual: unas elecciones «muy disputadas en las que se piensa por primera vez que UPL está en esa disputa». Disputa, no entre bloques —probablemente arrase la derecha—, pero sí entre partidos, debido a la previsible bajada del PP y la subida de Vox y la UPL, situación de la que puede salir una victoria del PSOE o un triple empate. Que la UPL cotiza al alza se ve en encuestas y en algunos indicadores indirectos. Por ejemplo, las invectivas de Vox contra el partido. «UPL recibe ataques de Vox, y directamente de Abascal, en todos sus mítines en León, llamándolos izquierdistas; ha ido muy a saco», recuerda Antonio Vega. El caudillo voxista ha echado el resto en la provincia, dando mítines, no solo en León, sino en Astorga, La Bañeza y Ponferrada. Ello habla de las esperanzas que tiene depositadas en la provincia el partido verde, pero también de su pugna con el leonesismo, sensibilidad con la que Vox no confronta frontalmente: suele hablar de la «devolución de la identidad leonesa» que significaría una España centralizada, que acabase con los «engendros» autonómicos, y en las mociones por la autonomía leonesa que se suceden por los ayuntamientos de la provincia no ha sido excepcional que concejales voxistas votaran a favor.

El momento de la UPL es dulce, pero conlleva los peligros de enfrenta cualquier partido ascendente. Uno de ellos es la indefinición, que puede ser muy beneficiosa a corto plazo pero significar fracturas y problemas al largo. El partido tiene dos almas y se hallan en una calma tensa. «Lo que se le pide o se le exige a la UPL en estos momentos», comenta Abel Aparicio, «es que diga qué quiere ser de mayor: si quiere ser un partido estilo PNV, una derecha democrática, un centro-derecha alejado de las posturas del PP y de Vox, o quiere ser un partido como la Chunta Aragonesista, socialdemócrata, de centroizquierda. Sus votantes ya se lo están pidiendo. No se puede navegar entre dos aguas, sin definirse. La bandera de León está muy bien, pero ¿qué tipo de políticas se van a llevar a cabo?». Por el momento, parece que la balanza se inclina del lado Chunta. Como señala Aparicio, «esta campaña electoral la han basado sobre todo en reivindicar políticas públicas: educación, sanidad, dependencia… Políticas en las antípodas de Vox. No están en contra de la inmigración y también reivindican medidas feministas: están a favor del aborto, en contra de los vientres de alquiler, por la abolición de la prostitución…». Pero hay un alma derechista del partido a quien todo eso le hace saltar alarmas, y que aunque esté en minoría no es desdeñable.
«En la UPL», expone Antonio Vega, «conviven muchas almas, y es verdad que la actual dirección es casi socialdemócrata, y que sus votos en las Cortes de Castilla y León, ya desde que Luis Mariano [Santos] era líder, y ahora también con Alicia [Gallego], han estado no solo, pero básicamente, alineadas con la oposición y la izquierda. Alicia habla literalmente de feminismo, algo que en UPL, hasta hace no mucho era insólito». Pero «hay un alma más a la derecha que también se ha posicionado internamente, que existe, y que considera que el partido se ha ido muy a la izquierda, lo cual puede generar tensiones».
El Bierzo
Hay un pero —uno grande— a esta imagen de éxito: la díscola comarca de El Bierzo, celosa de su identidad propia y en la que el leonesismo en general y la UPL en particular son marginales. Elisabet Alba, oriunda de Vega de Espinareda, cuenta una anécdota elocuente al respecto de esta ausencia: «Cuando vine a León, hace ya unos años, a trabajar de periodista, después de haberlo sido en El Bierzo, justo ese día se aprobaba en el Ayuntamiento de León la moción para pedir la autonomía. Yo aluciné, porque no sabía que la UPL o el leonesismo estaban vivos todavía». Alba se considera, dice, «una persona informada, ¡era periodista!, pero así como en León el leonesismo está en boca de todo el mundo, en El Bierzo, para nada; solo quizás en Torre, y algo en Toreno. No venimos mucho a León; y yo solo había visto algunas pintadas antiguas».
Castilla y León es una suerte de matrioshka de rencores: el lema «Valladolid nos roba» tiene una réplica interna en León, en la irritación berciana
Castilla y León es una suerte de matrioshka de rencores: el lema «Valladolid nos roba» tiene una réplica interna en León, en la irritación berciana por lo que perciben como un centralismo provincial, leonés, que margina a Ponferrada. Como explica Antonio Vega, «hay un bercianismo muy asentado, movimientos bercianistas que se remontan a la democracia, y siempre han tenido su representación, lo que le pone una barrera de entrada muy fuerte al leonesismo». Los últimos intentos de la UPL de penetrar allá tampoco han sido muy productivos. «Tuvieron allá, esta pasada legislatura», refiere Abel Aparicio, «un candidato [José Ramón García] que no hizo gran cosa, por no decir que no hizo nada; que no consiguió afiliados ni agrupaciones, que no salió de Ponferrada, y al que ahora, además, se le están viendo posturas muy cercanas a las de la derecha y la extrema derecha».

Hay otro borrón más en el mapa de esperanzas de la UPL: San Andrés del Rabanedo, un ayuntamiento grande —treinta mil habitantes—, que gobiernan y que, como cuenta Vega, «les dio el diez por ciento de sus votos en 2022, pero cuya gestión es un desastre. Su alcaldesa [Ana Caurel], que se ubica en el ala más a la derecha, está muy cuestionada, y en UPL hay temor a que esa mala gestión les penalice».
¿Y Alantre?
UPL es el «clasicismo leonesista», señala Vega; un partido con muchos lustros a sus espaldas y sobrada experiencia de gobierno, con todo lo que eso significa en términos de éxitos, fracasos y corrupciones. Frente a él, el leonesismo de izquierda acaba de constituir la formación Alantre, que se presenta como «un partido político concejil, heredero de los movimientos de izquierdas de esta tierra». Un éxito que se traduzca en un procurador en Cortes no está ni de cerca en ninguna quiniela, pero su camino solo acaba de empezar, y saben que es largo. «Ellos hacen planteamientos más a medio plazo, y nunca se sabe cuándo puede surgir un momento político para que una alternativa pueda fructificar. Aspiran más a las municipales, están bien organizados, y andan sondeando a alguna persona significada de los movimientos sociales», señala Vega.

Aparicio tiene una perspectiva menos optimista del futuro de este partido, del que comenta las dificultades que ha tenido para presentarse a estos comicios: «Nadie quería ser cabeza de lista; se presentó un chaval que está viviendo en Barcelona. Lo quieren poner de ejemplo de la gente de León que tiene que irse a vivir fuera, no por gusto, sino por necesidad. Pero vive en Barcelona. Les costó hacer la lista. Alguna de la gente más activa vive en Madrid. No tienen implantación territorial».
El león ruge, eso está claro; y ese rugir puede traducirse, no solo en escaños leonesistas, literales, sino —como señala Vega— en «arrastrar a los demás, al PP y al PSOE, a la sensibilidad leonesista». El domingo escucharemos la magnitud del rugido.



























