Género, clase social y alimentos ultraprocesados

La Universidad de Oviedo analiza la relación entre desigualdades sociales, salud y alimentación.

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

FUHEM acaba de publicar el segundo Informe Ecosocial sobre Calidad de Vida en España, que en esta edición se centra en la alimentación sostenible y saludable. El documento pretende “analizar en profundidad y desde distintas perspectivas los impactos directos e indirectos que tienen sobre la calidad de vida de las personas el conjunto de los procesos y etapas que conforman el sistema alimentario”. Las conclusiones señalan de qué modo “el sistema alimentario se ha convertido en un vector de desigualdades, riesgos sanitarios y degradación ambiental que compromete el bienestar presente y futuro de la población”.

“El modo de vida es un concepto que abarca los patrones de producción y consumo, pero en la práctica se traduce en lo más cotidiano: cómo nos alimentamos, cómo nos movemos y cómo habitamos el territorio”, explica Santiago Cantalapiedra, economista e investigador de FUHEM. El informe hace hincapié en los aspectos culturales que dan a lugar a una transformación de hábitos alimentarios tan arraigados como la llamada “dieta mediterránea”, ahora en declive por el consumo de ultraprocesados, que en los últimos años han pasado del 11% a casi el 32% de nuestra cesta de la compra.

“La imposición de un modelo de producción de alimentos industrializado y cada vez más globalizado tiene al final repercusiones también en los comportamientos de consumo de los consumidores y en la condición de su dieta. Esa evolución a una dieta occidentalizada, es decir, basada en grasas y azúcares, se está produciendo en detrimento de la dieta propia de nuestro entorno y de nuestra cultura”, reflexiona el economista.

Estos procesos tienen mucho que ver con la desigualdad y la relación entre renta y salud. A diferencia de lo que ocurría hace décadas, hoy la obesidad en los países ricos es una patología concentrada en las clases más desfavorecidas. Según datos citados en el informe, las tasas de obesidad en niños de familias con ingresos inferiores a 18.000€ son el doble que en familias con más de 30.000€.

El consumo de ultraprocesados ha pasado de suponer el 11% a casi el 32% de nuestra cesta de la compra

“En las sociedades del Norte, los más ricos son capaces de defenderse ante las patologías del modelo alimentario actual”, señala Cantalapiedra. Por el contrario, los sectores con menos recursos económicos y educativos quedan “atrapados” en un modelo de exceso calórico barato y de baja calidad nutricional. No es solo una cuestión de dinero, sino de recursos culturales, tiempo y conocimiento.

Una de las autoras del informe es Sonia Otero, profesora de Sociología en la Universidad de Oviedo y miembro del Grupo de Investigación en Sociología de la Alimentación. Otero añade un matiz fundamental para explicar esta brecha de clase en la alimentación: las habilidades culinarias. “Hemos visto hogares con ingresos bajos donde, si existen habilidades culinarias y conocimiento del saber popular, como saber hacer unas lentejas, la familia se alimenta mucho mejor que en hogares con el mismo nivel de renta pero sin ese bagaje”, afirma.

El documento de FUHEM se detiene también en la desigualdad de género que afecta a la alimentación. Siguiendo los datos recabados por los investigadores, alrededor del 71% de la compra y el 70% de la preparación de alimentos recae sobre las mujeres.

Protesta de familias de colegios públicos. Foto: Alisa Guerrero

“El modelo sigue sosteniéndose mayoritariamente por las mujeres”, advierte Otero. Esta carga, sumada a jornadas laborales extensas y al diseño de ciudades que dificultan el acceso a productos frescos, empuja a las familias hacia soluciones rápidas pero insanas. “La industria y la distribución aprovechan que la gente manifiesta tener muy poco tiempo para ofrecer productos procesados que responden a esa urgencia, a costa de nuestra salud”, lamenta la investigadora.

Además, los datos muestran una brecha generacional preocupante: mientras los mayores mantienen el consumo de frutas y verduras, los jóvenes —especialmente los hombres de clases bajas— son los mayores consumidores de carne y ultraprocesados.

El texto de FUHEM va más allá del análisis sobre el plato y el supermercado para acercarse al origen de los alimentos. Cantalapiedra vincula directamente nuestra mala alimentación con la degradación del mundo rural. España sufre a su juicio un desequilibrio territorial, con una “España rural vaciada de protagonismo” mientras el modelo agroindustrial domina la producción.

“El modelo industrializado actual tiene grandes limitaciones en justicia social y sostenibilidad”, afirma el investigador. Frente a esto, la propuesta de FUHEM es clara: una transición hacia la agroecología. Esto implica recuperar “el conocimiento campesino y los ciclos naturales”, pero también generar una “nueva cultura del territorio” que permita cuidar el ecosistema.

Sonia Otero es crítica con las políticas públicas actuales orientadas a fomentar la alimentación saludable, que a menudo se limitan a dar recomendaciones nutricionales-qué hay que comer- sin entender las causas que llevan a las personas a alimentarse de ese modo. “Debemos adoptar un cambio de mirada que considere la perspectiva cultural y simbólica. La gente no come mal porque quiera, sino por cómo organiza su vida, su trabajo y su tiempo”, explica.

Entre las soluciones propuestas destacan los comedores escolares, como espacios de aprendizaje culinario y apoyo a la agricultura de proximidad; una corresponsabilidad real en el reparto de tareas dentro de la familia y unas políticas que protejan la dieta mediterránea frente a la invasión de la dieta “occidentalizada” anglosajona.

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