Pon una vaca en tu vida

En mí país las vacas tienen nombre, y tengo la absoluta convicción de que ellas se saben por su nombre.

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Ernesto Díaz
Ernesto Díaz
Es consultor medioambiental.

No sé en qué curso, no lo recuerdo, tuve una profesora de lengua, Marisa, con la que leí La vaca cega, el poema de Joan Maragall. Hace muchos años, pero cada vez que recuerdo aquellos versos me asalta la misma inquietud que la primera vez que los leí: cómo se llamaría aquella vaca.

En mí país las vacas tienen nombre, y tengo la absoluta convicción de que ellas se saben por su nombre. Porque no es lo mismo que una vaca piense, como quiera que piensen las vacas, “Soy una vaca”, a que piense “Soy una vaca y me llamo Gallarda”. Es posible que las vacas no alcancen el grado de complejidad cognitiva de reconocerse como vacas, algo que de ser cierto invalida ese supuesto pensamiento de la Gallarda, pero no cabe duda de que la Gallarda sabe que “es ella” cuando oye su nombre.

Sobre las habilidades y capacidades cognitivas de las vacas nos queda mucho por descubrir. Hace unos meses, Veronika, una vaca austriaca -una formidable parda alpina, por cierto-, nos metió un buen revolcón a las ideas preconcebidas que teníamos sobre la habilidad de estos animales para manejar objetos. Los vídeos de Veronika seleccionando y manejando distintos tipos de escoba para rascarse circularon por las redes sociales, y en el trabajo publicado sobre este comportamiento en la revista Current Biology, los autores, Antonio J. Osuna-Mascaró y Alicia M.I. Auersperg, afirman que “el uso de herramientas, aunque rara vez observado (en vacas), ofrece una prueba rigurosa de flexibilidad cognitiva”. Ya sabéis que esto de cacharrear con objetos, además de en nosotros, los humanos, y en nosotros no siempre para bien, solo se ha observado en unas pocas especies.

Vacas pastando en Les Praeres, Nava. Foto: Nacho Quesada.

Pero volvamos con los nombres. Poner nombre a las vacas debió nacer por interés, por manejar y entrenar mejor a los animales en los trabajos y en la explotación a los que sometimos a estos animales desde hace unos 8.000 años. Fray Toribio de Santo Tomás y Pumarada, religioso de La Riera (Colunga), recomendaba en su Arte General de Grangerías poner nombre a vacas, toros y bueyes argumentando que “sin tener cada cual su nombre no se pueden llamar, ni regir, ni enseñar estos ganados. Y con ellos vemos que más fácilmente se domestican y gobiernan”.

Nombres de vacas recopilados por Ernesto Díaz.

En un trabajo de 2009, dos investigadores de la Universidad de Newcatle, Peter Rowlinson y Catherine Douglas, concluyeron que las vacas que tienen nombre producen más leche que aquellas que no reciben ese trato personalizado. Y no hablamos de una cantidad poco considerable, hablamos de una media anual de 200 litros más.

Pero más allá de si se entrenan y manejan mejor o peor, de si les podemos ordeñar más o menos leche, poner nombre a las vacas es hermoso. En 2015, los 187 alumnos de un colegio público de Los Corrales de Buelna, en Cantabria, hicieron una preciosidad de trabajo en el que entrevistaron a casi 500 ganaderos y ganaderas y recogieron nada menos que 376 nombres diferentes de vacas. Os recomiendo leer ese maravilloso trabajo porque contiene una verdadera enciclopedia de nombres vacunos.

Vacas pastando FOTO: Iván G. Fernández

Poner nombre a las vacas es hermoso, insisto, pero es que además ese gesto demuestra la existencia de un vínculo especial con estos animales. Cuando lo que hoy llamamos explotaciones ganaderas se llamaban caserías o casas de labranza, los animales que recibían nombre eran aquellos con los que se establecían vínculos duraderos con un contacto muy directo. Se bautizaban vacas, caballos y perros, muy raramente burros y diría que nunca, salvo excepciones, que las habrá, gochos, cabras, ovejas y pitas. Es curioso lo de los burros, siendo como son animales tan inteligentes como los caballos. Quizás las fuentes de la literatura clásica no ayudaron: el caballo de don Quijote fue Rocinante, pero el pollín de Sancho se quedó en Rucio. Y a pesar de que Juan Ramón Jiménez puso todo de su parte para hacer justicia metiendo a Platero en la literatura universal, en Shreck el burro se llamó Burro.

El que fuera codirector de la Gran Enciclopedia Asturiana, además de médico, escritor y futbolista, Luciano Castañón, hizo un bonito trabajo sobre los nombres de las vacas en la literatura asturiana. Y es que en Asturies, como en Galicia, en Cantabria y en León, las vacas son, o fueron, animales casi totémicos. Cordera, la vaca de Pinín y Rosa del cuento de Clarín, nos muestra ese vínculo especial que va más allá del beneficio que obtenemos de estos animales.

Llevo recopilando nombres tradicionales de vacas desde hace unos años. Más de 200 nombres incorporé a ese listado que comencé como una curiosidad con los nombres de las que fueron “mis” vacas: Serrana, Pastora, Coneja, Navarra y Noble. De todas ellas, fue la Serrana la que más me marcó. Era una vaca ratina, una señora vaca, larga, con una preciosa cabeza y con maneras de buena vaca. Recuerdo una mañana en El Picu, una campera entre carbayos en la que crecía una hierba corta y apretada, uno de esos viejos pastizales que tanto le gustaban al ganado. Estaba ella paciendo y la llamé, ¡Serrana, ven! Dejó de pastar, levantó la cabeza, vino hasta mí y se tumbó, se tumbó como se puede tumbar un perro. No sé si alguna vez habéis tenido tumbada una vaca a vuestro lado, un animal que pesaría sus 600 kilos. Y diréis que las vacas llevan moscas, que huelen a vaca, que no son como los perros. Vale, yo solo os puedo decir que ella, la Serrana, se dejó acariciar estirando su cuello y moviendo las patas con extremo cuidado, como alguien que está dejándose mimar. Alguien, sí, porque las vacas son gente.

Si alguna vez vais paseando por el monte, o circulando por alguna carretera secundaria de esas pocas que quedan en las que podemos circular contemplando el paisaje, y veis un rebaño de vacas, pensad que seguramente tienen nombre. Porque a pesar de que actualmente las casas de labranza, como antes decía, se hayan convertido la mayoría en explotaciones ganaderas y las vacas van cargando no uno sino con dos crotales con un código de barras y un código alfanúmerico, a pesar de que la costumbre de poner nombre a las vacas se irá perdiendo, pensad que la abuela de esa vaca seguramente se llamó Artillera, o Cereiza, o Limonera. O Serrana. Probad, llamad a una vaca al azar y decidle con cariño “¡Serrana, ven!”. Quién sabe, igual os hacéis amigos.

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