A principios de los años ochenta, ver un oso en Asturias era casi un acontecimiento improbable. Para muchas familias ganaderas de concejos como Somiedo, el animal sobrevivía más en relatos heredados que en encuentros reales. “Estábamos todo el día en el monte cuidando vacas o cabras y no veías ni indicios, ni osos, ni huellas ni nada”, recuerda Sofía Berdasco, fundadora de Somiedo Experience, empresa de turismo de naturaleza especializada en avistamiento de fauna. Nacida en 1982 en una familia ganadera trashumante, creció en una Asturias donde el oso era casi una presencia fantasma.
Cuatro décadas después, la imagen es radicalmente distinta. Berdasco cuenta que hoy puede asomarse a la ventana de su casa y ver una osa con crías en la ladera de enfrente. La escena resume una de las historias de conservación más exitosas de España: la del oso pardo cantábrico, una especie que estuvo al borde del colapso y que hoy vuelve a expandirse por la cordillera.
En los años noventa, la población cantábrica tocó mínimos históricos. Las estimaciones hablaban de apenas entre 50 y 70 ejemplares repartidos en dos núcleos aislados, oriental y occidental, con una situación genética delicada y una mortalidad elevada por furtivismo. Según datos de la Fundación Oso Pardo, el primer censo genético integral realizado en la cordillera y difundido en 2020 elevó la cifra hasta unos 370 ejemplares. Ese sigue siendo el último gran dato consolidado, a la espera de una nueva actualización genética prevista para los próximos años.

El indicador más utilizado por los científicos para medir la recuperación ha sido durante años el número de osas con crías. Según la propia Fundación Oso Pardo, en 1994 apenas se detectaron tres osas con seis crías en toda la cordillera. En 2023 se contabilizaron ya más de cuarenta osas con crías anuales, una cifra que refleja hasta qué punto la especie ha dejado atrás el abismo.
Cuando matar un oso salía gratis
Hubo un momento en que la desaparición parecía plausible. “El oso estaba en peligro crítico de extinción. Estaba a punto de irse de la cordillera Cantábrica, como se fue de los Pirineos”, resume Guillermo Palomero, presidente de la Fundación Oso Pardo. Mientras en los Pirineos hubo que reintroducir ejemplares procedentes de Eslovenia para evitar su desaparición total, en la cordillera cantábrica todavía quedaba una población suficiente como para reaccionar a tiempo.
Palomero identifica tres factores decisivos en esa recuperación. El primero fue combatir el furtivismo. A finales de los ochenta y principios de los noventa los osos morían por disparos, lazos de acero y venenos. El segundo fue blindar el hábitat mediante su inclusión en la red europea Natura 2000 y mediante proyectos de restauración ambiental. El tercero, y quizá el más complejo, fue cambiar la percepción social del animal.
La convivencia con el oso, aunque no está exenta de conflictos, ha resultado históricamente menos tensa que la del lobo en buena parte de la cordillera
“Antes había silencio cómplice cuando se mataba un oso”, explica Palomero. “Había que conseguir aceptación social en el territorio”.
Ahí encaja también la historia de Berdasco. Su familia, como tantas otras vinculadas a la ganadería, veía históricamente a los grandes carnívoros como una amenaza. Fue su hermana, que trabajó en las primeras patrullas de conservación del oso, quien introdujo ese discurso ambiental dentro de casa. “Es distinto cuando el mensaje llega desde alguien del territorio”, explica.
Del conflicto al negocio de ver osos
La convivencia con el oso, aunque no está exenta de conflictos, ha resultado históricamente menos tensa que la del lobo en buena parte de la cordillera. Mientras este último concentra buena parte del rechazo de la ganadería extensiva, el oso mantiene una dieta mayoritariamente vegetal y provoca menos daños directos sobre la cabaña ganadera. Un estudio de la Universidad de Oviedo sobre reclamaciones registradas entre 2009 y 2018 concluyó que el 60,2% de los daños atribuidos al oso afectaban a colmenas, el 22,7% a frutales y el 12,9% al ganado.


El animal, además, ha terminado generando actividad económica en territorios marcados por la despoblación. Un estudio impulsado por la Fundación Oso Pardo y la Universidad de Oviedo estimó que el turismo vinculado al oso mueve en torno a 20 millones de euros anuales y sostiene alrededor de 350 empleos en municipios de la cordillera. En concejos como Somiedo, Degaña o Cangas del Narcea, hoteles, casas rurales, guías y empresas de naturaleza viven hoy, en parte, de un animal que hace cuarenta años parecía condenado.
En los últimos años se han registrado nuevos casos de osos muertos por disparos o atrapados en lazos
El riesgo de morir de éxito
Pero el éxito empieza a generar nuevas tensiones. Berdasco alerta de un turismo sin regulación suficiente. Habla de coches bloqueando accesos a pueblos, fotógrafos intentando acercarse demasiado y osos cada vez más acostumbrados a la presencia humana. “El problema no es que haya muchos osos. El problema es que se habitúen a nosotros”, advierte.
La preocupación también existe dentro de la Fundación Oso Pardo. Para Palomero, el gran reto ya no es evitar la extinción, sino gestionar la convivencia en una cordillera densamente humanizada. “Esto no es Alaska”, resume. “Aquí hay ganadería, apicultura, caza y cada vez más turismo. La clave ahora es hacer compatible todo eso con una población de osos que crece”.

El furtivismo, además, no ha desaparecido del todo. En los últimos años se han registrado nuevos casos de osos muertos por disparos o atrapados en lazos, recordando que la recuperación sigue siendo frágil.
La historia del oso pardo cantábrico demuestra que la conservación puede funcionar cuando administraciones, científicos, ecologistas y población local reman en la misma dirección. Pero también recuerda que ningún éxito natural está garantizado para siempre.



























