La Chula, el pequeño café-librería de Los Oscos donde todo funciona a través de vínculos

Dos madrileñas transformaron el antiguo estanco de Santalla en un espacio feminista donde se mezclan literatura, cocina vegetariana y vida comunitaria.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

En Santalla de Oscos hay bares de toda la vida, rutas de vino entre vecinos y autobuses que paran camino de Fonsagrada para comer pulpo. Y desde febrero hay también una librería-cafetería feminista en el antiguo estanco del pueblo. A Ana Rubio y Bárbara Megías les preguntan a menudo cómo se les ocurrió abrir un sitio así en mitad de los Oscos. Ellas responden que la pregunta está mal planteada. “Aquí se lee muchísimo”, dice Bárbara.

El calor aprieta desde primera hora de la mañana. Este mayo está siendo especialmente cálido en Asturias y también se nota en Santalla, donde las mesas de madera de La Chula miran hacia el valle desde la parte alta del pueblo. Dentro apenas caben once personas, pero el local tiene más movimiento del que permite imaginar su tamaño: libros nuevos y usados, café, vino, conversaciones sobre vivienda o literatura y gente que entra a tomar algo, mirar títulos o simplemente saludar.

Esa mañana está Ana Rubio detrás de la barra. Bárbara Megías llegará más tarde, cerca de las dos. Se reparten los turnos entre mañana y tarde y coinciden unas horas al mediodía. Por allí anda también el perro de Ana, el mismo “perrete” con el que ella dice que buscaba un lugar tranquilo cuando llegó a la zona. Durante el tiempo de visita pasan por el local perfiles distintos: una pareja llegada desde Gijón, tres hombres que entran a tomar vino como parte de una ruta por los bares del pueblo o conversaciones sobre cómo han subido los precios de la vivienda en distintos puntos de Asturias. Nada de eso ocurre exactamente al mismo tiempo, pero sí forma parte del ambiente que se mueve alrededor de La Chula. “Queríamos hacer algo que realmente fuera muy nosotras”, resume Ana.

La Chula abrió en plena temporada baja y en una comarca donde buena parte del movimiento sigue dependiendo del verano, el turismo y los fines de semana. Mucha gente les dijo que estaban locas por abrir entonces. Aun así, siguieron adelante.

Ana Rubio y Bárbara Megías, en la barra de La Chula, el café-librería que abrieron este año en el antiguo estanco de Santalla. El amarillo intenso de la mesa reproduce el nombre del local y resume bastante bien el tono del espacio: pequeño, luminoso y construido a partir de detalles hechos a mano.Foto: Marieta Álvarez.

“¿Qué hacemos para quedarnos aquí?”

Ni Ana ni Bárbara llegaron a los Oscos pensando en montar un negocio. Bárbara Megías aterrizó hace alrededor de una década buscando una vida distinta a la ciudad. Había vivido antes en Madrid y en Cádiz y terminó instalándose en el occidente asturiano junto a un novio de entonces, que conocía la zona a través de su familia. Después llegaron otros trabajos: hostelería, una oficina de turismo o un taller de cuchillería en Taramundi, donde pasó años montando navajas artesanales. “Aquí trabajo hay. Lo que no puedes es elegir”, dice.

Ana Rubio llegó por otro camino. Pasó por Barcelona, dejó Madrid siendo muy joven y recaló en Asturias buscando un sitio tranquilo donde vivir con su perro. Trabajó dando clases de yoga y fue creando una red de amistades vinculadas a la literatura, la ilustración y la cultura. Hoy vive en San Julián; Bárbara, en Villanueva. Se conocieron ya en los Oscos, compartiendo amistades y trabajos ocasionales, antes de empezar a pensar en un proyecto común.

“¿Qué hacemos para quedarnos en esta zona y poder vivir de algo que nos mole?”, recuerda Ana. La respuesta llegó después de visitar varias librerías-café en Gijón. Allí vieron un tipo de espacio que sentían que también podía tener sentido en una comarca como los Oscos, donde los inviernos son largos y la vida social muchas veces depende de lugares pequeños y cotidianos.

Por eso, no sienten que hayan transplantado una idea urbana a un pueblo remoto ni que estén “trayendo cultura” a ningún sitio. Hablan más bien de “hacer tejido”, de levantar un espacio que encaje con una vida comunitaria que ya existía y con necesidades que ellas percibían alrededor: gente que lee, mujeres que buscaban otro tipo de bar, vecinos acostumbrados a organizar actividades o una comarca donde conviven personas llegadas de muchos lugares distintos.

En La Chula, los libros conviven con pequeños detalles cotidianos, desde flores recogidas en los alrededores hasta muebles y decoración hechos artesanalmente. Foto: Marieta Álvarez.

Un local hecho con vínculos

El local no parecía fácil. Era pequeño, oscuro y había sido el estanco del pueblo. Pero el alquiler era asumible y eso ya era importante. Lo fueron transformando poco a poco, con ayuda de gente cercana y con muchas cosas hechas casi sobre la marcha.

Ahora La Chula tiene libros nuevos, títulos de segunda mano, ejemplares de consulta y algunos préstamos para vecinos habituales. En el altillo organizan talleres, clubes de lectura, encuentros de poesía o actividades infantiles. Ana dice que su rincón favorito es la escalera estrecha que conduce a esa parte de arriba. También hablan con cariño del baño, decorado con flores y con el mismo tono colorido y algo improvisado del resto del local. “Todo esto está hecho muy sobre la marcha”, explica Bárbara.

Casi cada cosa del local remite a alguien concreto. Los ferreiros de Mazanovo ayudaron con estructuras metálicas. Una amiga cestera colaboró con parte de la decoración. La ilustradora Noemí Villamuza, amiga de Ana, diseñó la imagen que corona la entrada. La mesa grande de fuera y parte de la terraza las hicieron el compañero de Ana y otros amigos de la zona.

La misma lógica aparece en lo que sirven. La cerveza llega de un productor cercano. El vermú viene de Lugo. Subrayan que intentan evitar las botellas de plástico. Los vinos suelen buscar proximidad, salvo una excepción: un Rioja que Ana mantiene por una historia personal. Antes de abrir el local trabajó durante un tiempo en aquellas viñas, ayudando a un amigo y levantándose de madrugada para quitar hojas y dejar que el primer sol llegara a las uvas.

Cuando habla de aquello no parece estar describiendo un producto gourmet, sino una forma de cuidado. Habla del rocío, de la luz sobre la uva, de cómo cambiaba el viñedo a primera hora de la mañana. “Cuando llega el primer rayo de sol y da en la gota de agua es espectacular”, recuerda.

La excepción, en ese caso, es por amor. Quizá también por eso el proyecto entero parece construido desde esa misma lógica. Más que hablar de “producto local” como una etiqueta, tanto Ana como Bárbara hablan continuamente de relaciones concretas con gente de alrededor: quién hace la cerveza, quién diseñó el cartel, quién ayudó con la obra, quién presta libros o quién termina entrando un día cualquiera a tomar un vino y quedarse hablando.

Libros, bizcocho y platos vegetarianos

La Chula no funciona únicamente como librería ni únicamente como cafetería. Hay café y bizcocho casero por la mañana; más tarde aparecen platos combinados vegetarianos. Bárbara es quien más habla de esa parte del proyecto, siempre con bastante menos solemnidad que entusiasmo práctico. “Verdura comemos todos”, resume.

La comida fue entrando poco a poco en el proyecto. Al principio, cuenta, probaron recetas más elaboradas y pinchos que exigían demasiado tiempo para un negocio tan pequeño. Después fueron ajustando. “Yo hacía unas trufas de dátil y pensé: estoy haciendo el idiota”, dice riéndose.

La librería de La Chula combina libros nuevos, usados y ejemplares de consulta junto a ilustración, ensayo y narrativa escrita por mujeres. Foto: Marieta Álvarez.

En las mesas exteriores puede aparecer gente comiendo frente al valle mientras dentro continúan las conversaciones sobre libros, recetas, vivienda o talleres. En un momento de la mañana, un autobús de excursionistas hace una breve parada antes de continuar el viaje hacia Fonsagrada, en Lugo, donde el grupo tiene previsto comer pulpo. Más tarde entran tres hombres del pueblo a tomar vino y continúan después la ruta por otros bares de Santalla.

En una comarca donde las bibliotecas públicas llevan tiempo cerradas por falta de personal, el pequeño fondo de libros de La Chula cumple también otra función. No sustituye a una biblioteca, pero abre un espacio que antes no existía.

Un espacio que el pueblo ha ido haciendo suyo

Hace unas semanas, una entrevista sobre La Chula terminó provocando una oleada de comentarios ofensivos en redes sociales después de que algunas frases se sacaran de contexto. Ellas lo recuerdan todavía con cierta incredulidad, sobre todo porque sentían que estaban hablando de algo bastante sencillo: un espacio feminista, sí, pero también un lugar pensado para mezclar gente, ampliar ambientes y hacer comunidad en un pueblo pequeño donde acaba coincidiendo gente muy distinta, desde vecinos mayores hasta visitantes de paso, hombres que hacen la ruta de vinos por los bares de Santalla o personas que simplemente encuentran allí otro tipo de espacio.

Lo que más les sorprendió de aquellos días ocurrió, en realidad, al día siguiente. Empezó a entrar gente del pueblo continuamente. “Nadie decía nada”, cuenta Ana. “Entraban, se tomaban un café y ya”. Pero en aquel silencio también había una forma de apoyo, quizá la más parecida a la idea de comunidad que habían querido construir desde el principio.

Fuera, el calor sigue cayendo sobre el valle que se abre bajo Santalla. En la terraza de La Chula, junto al antiguo estanco, quedan libros, vasos y conversaciones que se van mezclando con la vida del pueblo casi sin llamar la atención. Quizá a eso se referían Ana Rubio y Bárbara Megías cuando hablaban de “hacer tejido”.

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