Álex Galán convierte los teitos en una cápsula del tiempo para el futuro

El director asturiano presenta en la Bienal Climática de Avilés su nuevo documental, "La cabaña que quería ser bosque".

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

El próximo domingo 14 de junio, a las 19.00 horas, la Casa Municipal de Cultura de Avilés acogerá la proyección de La cabaña que quería ser bosque, el nuevo documental de Álex Galán, dentro de la programación de la Bienal Climática. La película se adentra en el universo de los teitos de Somiedo y Teverga, aunque el director insiste en que el verdadero centro de la historia no son las construcciones tradicionales, sino las personas que hoy trabajan para conservarlas.

Los teitos son edificaciones de piedra cubiertas con vegetación características de las brañas de montaña asturianas. Durante siglos estuvieron vinculados a la actividad ganadera y a una forma de vida estrechamente ligada al territorio. En torno a ellos gira una película que nace también del trabajo de la fotógrafa Mónica Armantina y de la actividad desarrollada por la Escuela de Teitáu, uno de los colectivos más implicados en la recuperación de este patrimonio.

El origen del proyecto se encuentra precisamente en las fotografías de Armantina. Galán explica que fue a través de esa mirada documental como comenzó a interesarse por una realidad que iba mucho más allá de la arquitectura tradicional. Lo que encontró fue una forma de acercarse a la identidad de las brañas, a la memoria colectiva y a la relación que las comunidades mantienen con el paisaje que habitan. La propia Bienal Climática, centrada en las relaciones entre cultura, sostenibilidad y territorio, proporcionó además el contexto desde el que abordar esa reflexión.

Una imagen de la película.

La idea que dio origen al documental parte de una pregunta sencilla. ¿Qué ocurriría si hoy aparecieran grabaciones del mantenimiento del Machu Picchu o de los templos de Angkor Wat? Para Galán, el interés de un hallazgo así no residiría tanto en contemplar las construcciones como en descubrir cómo vivían quienes las hicieron posibles. “Lo interesante no sería ver cómo estaba el Machu Picchu o cómo estaban los templos de Angkor Wat, sino cómo hablaba aquella gente, cómo se expresaba, cómo se movía, qué comían, qué bebían, qué actitud o qué gestos tenían”, explica. Esa reflexión terminó convirtiéndose en el punto de partida de la película.

Un archivo construido desde el presente

Si en otros momentos de la historia no existen imágenes capaces de mostrar cómo se desarrollaban determinadas formas de vida ligadas a la bioconstrucción, las brañas asturianas ofrecen todavía la posibilidad de conservar ese registro. De ahí surge la idea de construir una especie de cápsula del tiempo que documente no solo los teitos, sino también a las personas que trabajan en ellos y el conjunto de relaciones que hacen posible su conservación.

Galán reconoce que desde el principio quiso alejarse de los relatos construidos exclusivamente desde la nostalgia. “No quería simplemente el testimonio de gente hablando desde esa nostalgia de lo que está desapareciendo”, señala. Tampoco le interesaba construir una historia sobre un mundo extinguido porque, añade, “no es verdad”. En Somiedo y Teverga, donde estas construcciones forman parte del paisaje cultural de las brañas, diferentes iniciativas llevan años recuperando técnicas constructivas y conocimientos tradicionales que estuvieron cerca de desaparecer. Esa continuidad es precisamente la que centra la atención del documental.

La forma elegida para contarla se acerca más a un álbum familiar que a una narración convencional. Las imágenes parecen rescatadas de un archivo doméstico encontrado años después y sitúan al espectador ante una paradoja temporal. Lo que observa pertenece al presente, pero podría contemplarse también como un recuerdo llegado desde el futuro.

Mucho más que levantar un teito

Entre los protagonistas de la película ocupa un lugar destacado la Escuela de Teitáu, una iniciativa dedicada a la recuperación de los conocimientos asociados a estas construcciones tradicionales. Cuando se acercó a ella, recuerda Galán, descubrió algo que iba mucho más allá de la restauración arquitectónica. “Más allá de estar levantando unas bioconstrucciones, vi algo que me encanta, que es el activismo cultural”, afirma.

A su juicio, quienes participan en este tipo de proyectos no solo están conservando edificios. También contribuyen a mantener viva una determinada manera de relacionarse con el territorio. Por eso destaca especialmente la combinación de tres elementos que identifica en la escuela. La técnica necesaria para reconstruir los teitos, la sensibilidad para comprender todo lo que representan y el compromiso para garantizar que ese conocimiento continúe transmitiéndose.

La recuperación patrimonial, sostiene, pierde parte de su sentido cuando se limita únicamente a la restauración física de las construcciones. Lo importante es conservar también el contexto humano y cultural que las rodea. En ese sentido, considera que la Escuela de Teitáu, junto a otros proyectos impulsados desde el territorio, ha conseguido articular una forma de activismo capaz de conectar patrimonio, comunidad y memoria colectiva.

Alex Galán durante el rodaje.

Filmar desde dentro

La relación entre el cineasta y las comunidades que retrata ocupa igualmente un lugar importante en la reflexión de Galán. El director rechaza la idea de un documentalista que observa desde fuera una realidad ajena y defiende la necesidad de implicarse en los procesos que decide filmar.

“La responsabilidad total del documentalista es vivir desde dentro lo que está ocurriendo”, afirma. Solo así, considera, resulta posible captar la verdad de las personas y de los lugares que aparecen en pantalla.

En las brañas de Somiedo y Teverga, esa aproximación se tradujo en una presencia discreta detrás de la cámara. Más que imponer una narrativa propia, el equipo acompañó el trabajo cotidiano de quienes participan en la recuperación de los teitos y registró lo que sucedía a su alrededor. Según explica, el objetivo consistía en filmar con la misma naturalidad con la que alguien podría sacar una cámara doméstica para grabar una jornada de trabajo o una reunión entre amigos. Esa búsqueda de espontaneidad explica buena parte del tono que acaba adquiriendo la película.

Imágenes suspendidas en el tiempo

Las decisiones técnicas también respondieron a esa lógica. El documental fue grabado en soporte analógico mediante cintas MiniDV que posteriormente fueron digitalizadas. La fotografía de Mónica Armantina contribuye además a reforzar esa sensación de archivo encontrado que atraviesa toda la película y ayuda a construir una mirada cercana y cotidiana sobre las brañas.

Galán quería que el espectador no supiera exactamente cuándo habían sido registradas las escenas. Las imágenes no debían parecer actuales, pero tampoco antiguas. Debían situarse en un espacio intermedio que reforzara la sensación de estar contemplando un recuerdo rescatado del tiempo. Para lograrlo, el equipo optó por trabajar con un soporte que introdujera una cierta indefinición temporal y que ayudara a construir ese falso archivo del futuro que propone la película.

Las imperfecciones propias de la imagen contribuyen a ese efecto y convierten cada secuencia en una pieza de un archivo imaginario construido desde el presente. Un archivo que intenta conservar algo más que unas construcciones tradicionales. Lo que busca preservar son voces, gestos, formas de trabajo y maneras de habitar el territorio que todavía siguen vivas en las brañas asturianas.

Cuando se le pregunta si la cabaña finalmente consigue convertirse en bosque, Galán responde que la pregunta encierra una pequeña trampa. La cabaña, explica, nunca dejó de ser bosque porque nació de los propios materiales del territorio. Por eso concluye que “la cabaña no solo consiguió ser bosque, sino que empezó siendo bosque y, gracias al activismo cultural, intenta seguir siendo bosque”.

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