De la Espriella y el populismo de la crueldad

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Eduardo Romero
Eduardo Romero
Escritor y corrector editorial.

Nunca se me olvidará ese momento. Estaba terminando de escribir mi libro ¿Cómo va a ser la montaña un dios? A Gustavo Mestre me lo acababan de presentar, él había salido corriendo de Colombia camino al exilio asturiano. Yo estaba terminando el capítulo que da título al libro y que aborda el papel de la multinacional carbonera Drummond en el departamento colombiano del Cesar. Gustavo procedía de ese departamento. Imprimí las páginas de ese capítulo y se las pasé. “Échales un ojo por si ves que he metido la pata en algo”. Él se puso a leer mientras yo seguía haciendo tareas en el ordenador. “Pero Edu”, me interrumpió, “este del que hablas aquí es el que me ha torturado a mí”.

La historia que yo contaba era la de la irrupción de las mineras en la Jagua de Ibirico y sus alrededores. La del tren minero botando carbón camino de Santa Marta. La de los vertidos de mineral en el mar. La de las Autodefensas Unidas de Colombia comandadas por Jorge 40 “protegiendo” a las mineras y a los ganaderos del departamento mediante el puro terror: amenazas, masacres y desplazamiento forzado. Luciano Romero, que había formado parte del programa de acogida temporal asturiano en 2004 y era sindicalista en una fábrica de Nestlé en Valledupar, fue asesinado el 11 de septiembre de 2005 en esta oleada paramilitar permitida y auspiciada por los cuerpos militares y policiales del Estado. Tres años antes lo había sido el padre de Gustavo, que poseía tierras allí donde las mineras se querían instalar.

Entre los ganaderos que promovieron la acometida de los paramilitares y se integraron en sus estructuras, destacan dos nombres: Jorge Gnecco Cerchar y Hugues Rodríguez, conocido como Comandante Barbie. Son ellos los que negocian la llegada de las Autodefensas al Cesar. En las fincas de Barbie se montan campos de entrenamiento. Es alias Tolemaida, bajo el mando de Jorge 40, el que captura y tortura a Gustavo cuando él está tratando de hacer averiguaciones acerca del asesinato de su padre. En el libro narro cómo Gustavo logra escapar a una muerte segura.

Paramilitares colombianos.

Hoy, veinticuatro años después de aquellos hechos, leo en una investigación de Vorágine que uno de los dos candidatos a la presidencia de Colombia, Abelardo de la Espriella, compró en 2013 a la hermana del Comandante Barbie una de las fincas ubicadas sobre un título minero otorgado a la Drummond. La hacienda de al lado era una de esas fincas donde Barbie montó sus campamentos. El ganadero y paramilitar hizo un gran negocio vendiendo tierras a la Drummond. Y obviamente, De la Espriella está sacando tajada de la subida de precio de su finca ante la expectativa de explotación minera futura: su valor ya se ha duplicado. Mientras, muchas víctimas del despojo han visto como un fallo judicial ha devuelto a Barbie ―que negoció una ridícula condena por narcotráfico en Estados Unidos― casi diez mil hectáreas de tierras que se esperaba que fueran restituidas a los campesinos de la región.

La investigación de Vorágine señala otras implicaciones de De la Espriella con las empresas y la familia de Barbie, actuando como abogado y apoderado. Este es solo uno de los vínculos que el candidato mantiene con personajes mafiosos, corruptos y partícipes del paramilitarismo. De Salvatore Mancuso, que tiene detrás de sí miles de crímenes, fue extraditado a Estados Unidos por narcotráfico y acabó confesando que las Autodefensas construyeron hornos crematorios para desaparecer a sus víctimas, llegó a decir: «Mancuso es mi paisano y se echó a espaldas una lucha que debimos haber dado todos los cordobeses. En el lugar de él, yo habría hecho lo mismo: me han querido señalar como “paraco”, pero, como dice Uribe, si me hubieran querido matar y extorsionar, habría sido “paraco” de verdad, con uniforme y con fusil».

Lo que realmente caracteriza nuestro tiempo, como bien señala José Alejandro Castañón en un excelente artículo publicado por Casa Macondo, es que la apología de la violencia que escenifica De la Espriella -«a la izquierda la voy a destripar y fumigar»- es ya compatible con que lo voten más de diez millones de personas, al estilo de lo que ha sucedido con Trump en Estados Unidos o Milei en Argentina. «Las máscaras existían ―escribe Castañón― porque todavía sobrevivía una frontera moral. Pero ese límite desapareció. Ya no se oculta la riqueza, se exhibe. No se esconde la crueldad, se celebra. La ignorancia no avergüenza, produce identificación».

Recientemente ha llegado a Asturias un nuevo grupo de activistas sociales que ha tenido que salir temporalmente de Colombia ante la persecución que sufre por parte de diversos grupos armados, siempre con los intereses del capitalismo extractivista de fondo. Al escuchar sus testimonios, dramáticos pero también reveladores de una resistencia popular envidiable, uno solo desea que la memoria de lo ocurrido con Luciano Romero, con Gustavo y su padre y con tanta buena gente en Colombia sea un punto de apoyo suficientemente sólido para sobreponerse al populismo de la crueldad e impedir que un personaje de esa calaña se convierta en presidente. La seguridad de una sociedad como la colombiana, obscenamente desigual, no se construye con macrocárceles, militarismo y un código penal más punitivo, sino con justicia social y ambiental.

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