Contra la damnatio memoriae de Palestina

Arrasar, borrar el rastro, la huella cultural del "enemigo", no solo aniquilarlo físicamente, no es una invención de los sionistas.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

El subdirector de Cultura de la Unesco, Nayef Al-Fayed, ha informado de que el setenta y seis por ciento de los activos culturales de Gaza han sido dañados. Lo ha dicho en Madrid, en la inauguración de la primera Conferencia Ministerial por la Cultura Palestina organizada por los ministerios de Cultura de España y Palestina y celebrada durante los días 15 y 16 de este mismo mes. La noticia no abre telediarios, hay demasiada competencia. Por si no lo han visto, les resumo: a 24 de marzo de este año, la Unesco había verificado daños en 164 sitios de interés cultural (catorce sitios religiosos, ciento veintiocho edificios de interés histórico y/o artístico, tres depósitos de bienes culturales, nueve monumentos, dos museos y ocho yacimientos arqueológicos). Y esto solo desde el 7 de octubre de 2023.

Si sumamos estos datos al escolasticidio (devastación de escuelas, universidades, bibliotecas y todo el sistema educativo gazatí), a la destrucción de las casas de los vivos y los lugares de reposo de los muertos y al genocidio propiamente dicho (más de setenta mil asesinados, con una cantidad proporcional de niños nunca vista antes en la historia) nos faltan palabras para calificar lo que está haciendo el estado sionista de Israel. Y eso mismo, lo llamemos como lo llamemos, lo promete para el Líbano.

Arrasar, borrar el rastro, la huella cultural del “enemigo”, no solo aniquilarlo físicamente, no es una invención de los sionistas. Es tan viejo como el sol. En la antigua Roma se practicaba la damnatio memoriae (literalmente, “condena de la memoria”) que llevaba a eliminar todo recuerdo de una persona borrando sus imágenes, derribando sus estatuas, eliminando su nombre de toda inscripción, como si nunca hubiera existido. Otras civilizaciones lo hicieron antes que Roma, aunque asociemos esta práctica sobre todo a los romanos. Pero lo de Israel con Palestina, en esto como en todo, no tiene nombre, revienta todos los moldes, es una nación entera la que se quiere borrar, la que se está borrando. El objetivo no es que ningún palestino exista, sino el imposible de que algún día lleguemos a creer que ningún palestino existió nunca allí, en el lugar que los sionistas consideran suyo.

La destrucción es consustancial a las guerras. Durante la invasión persa del 480 a. C., muchos templos de Atenas sufrieron severos daños, entre ellos el de la diosa Atenea. La reconstrucción de los lugares arrasados se hizo poco después, en gran parte con el dinero que Atenas, como capital del imperio emergente, exigía a los miembros de su alianza. Un resumen tan apresurado que ni a resumen llega diría que el imperio persa arrasó los templos griegos de Atenas, el imperio ateniense, con Pericles a su cabeza, los reconstruyó aprovechándose un poco, digámoslo así de suave, de su hegemonía, y el imperio británico se apropió, entre otras cosas y con su cuajo habitual, de las imponentes esculturas que adornaban el principal de ellos, el dedicado a la Atenea Parthenos.

Conocemos bien la historia de este templo, el Partenón, en la Acrópolis ateniense, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco (esa misma Unesco que derrama inútiles lágrimas por Palestina) en el año 1987. Se había construido entre el 447 y el 438 a. C. Ictino y Calícrates fueron los arquitectos y Fidias supervisó las obras. A lo largo de los siglos fue dañado en numerosas ocasiones, muchas de las metopas de mármol que lo adornaban fueron destrozadas cuando los cristianos convirtieron el templo de Atenea en iglesia bajo el reinado de Justiniano (ni los dioses escapan a la damnatio memoriae) y tiempo después fueron los otomanos los que propiciaron un nuevo cambio, haciendo de la iglesia una mezquita. El 26 de septiembre de 1687 los venecianos causaron daños irreparables al lanzar un cañonazo que alcanzó el polvorín que los otomanos tenían, precisamente, en el Partenón. En 1799 el diplomático Lord Elgin envió a Inglaterra las esculturas del templo, compradas después por el Museo Británico donde continúan exhibiéndose en la actualidad impunemente.

Y aunque el Partenón sea un símbolo para Europa, por más que nos duela el cañonazo veneciano que lo hirió y el desmembramiento de sus metopas y esculturas, objeto de saqueo, nada se compara con la devastación absoluta de Gaza. Nada es comparable a la saña y la maldad con la que el estado de Israel está tratando al pueblo y la cultura palestinas mientras en Europa protestamos, como mucho, por el calor que está haciendo este verano. No sé si es más preocupante la emergencia climática o la humanitaria, pero otra emergencia, la fascista, que pasa de las dos anteriores, enseña su patita mientras nos decidimos.

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