«Paz y trabajo», y un dibujo de un obrero musculoso agarrando un martillo, de un leñador, de los estibadores del puerto… Hoy hay quien se tatúa los que fueran los bellos diseños de la inverosímil moneda de la Asturias independiente de 1936-1937: unas pesetas que el pueblo conoció como belarminos, por el presidente Belarmino Tomás. Su diseñador era uno de los mejores cartelistas de España: Germán Horacio; un gijonés que, cuando estalló la guerra de España, puso sus lápices y pinturas al servicio de la causa antifascista, al igual que Goico Aguirre, Marola o Mariano Moré, colaboradores todos del Servicio de Propaganda del Consejo Soberano de Asturias y León. Horacio hizo carteles y otras cosas, de escenografías teatrales a decorados.
Pocos conocen hoy el nombre de Germán Horacio, pero no hay nadie que no conozca alguno de sus carteles, como el célebre «aprieta fuerte, compañero», en el que un reptil marcado con la esvástica es asfixiado por un miliciano, tocado con un gorro en el que se leen las iniciales revolucionarias UHP. Carteles figurativos, expresivos, vigorosos, profundamente humanistas, dominados habitualmente por personajes de gran imponencia física y psicológica, pero anónimos. Al cartelista no le interesa tanto el paisaje o el decorativismo como la capacidad del cuerpo humano, realzado en una dimensión escultórica o heroica, para transmitir emociones de ideas. El dibujo es sólido, enérgico, contundente, capaz de procurarnos una sensación constante de fuerza, movimiento y tensión interna. Los rostros, manos y posturas aparecen cargados de intención dramática: incluso cuando trata temas cotidianos o laborales, Horacio busca la intensidad emocional y la claridad comunicativa. Abraza la eficacia justiciera del realismo social, pero sin encorsetarlo y conservadurizarlo al modo de la URSS de Stalin.


Era hijo del escritor Pachín de Melás y su carrera artística había empezado en 1922, haciendo ilustraciones para El Comercio; y sus evidentes méritos hicieron que el Ayuntamiento de Gijón —para el que diseñaría un nuevo escudo, el vigente actualmente— le concediera una beca para marcharse a Madrid, a la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Allá se estableció en 1927 tras casarse con Florinda San Agustín, con quien tendría un hijo. Más tarde colaboraría con los grandes periódicos del país mientras hacía carteles para marcas —como uno humorístico para el licor Curação Ponga— o turísticos, como el titulado «Coto Nacional de Caza de los Picos de Europa», que la crítica consideró como la obra cumbre de su producción contemporánea, «una magnífica creación de intachable composición y técnica». Solo un asturiano como él era capaz de «dar esa tremenda impresión de la Asturias montaraz y primitiva, sentida con todo su temperamento artístico».




La guerra, como para tanta gente, le partió la vida en dos igual que partió la historia toda de España. Durante la misma, Horacio firmó también diez curiosas Estampas antifascistas, de sabor surrealista, protagonizadas por madres afligidas o torvos monstruos fascistas; figuras deformadas, con rasgos exagerados o fundidas con máquinas, armas y sombras, materializaciones visuales del miedo y la amenaza. El fascismo que pinta Horacio no es un ejército; el cartelista no firma escenas realistas de combate, sino una pesadilla; el fascismo como fuerza irracional que invade el espacio humano y corrompe a la humanidad. Surrealismo, pero no el de Dalí o Magritte, centrado en el subconsciente, el sueño o la asociación libre, sino surrealismo político, cuyas deformaciones, criaturas y visiones no buscan explorar el subconsciente individual, sino intensificar el combate.



Tras la guerra vino el exilio, a un México al que llegó en el Sinaia, el buque francés que transportó desde Sète (Francia) hasta Veracruz al primer contingente de exiliados españoles: 1599 personas en total. Al otro lado del charco, el cartelista gijonés acabaría diseñando los pósteres locales de las grandes películas de Hollywood, y allá moriría el mismo año que Franco: 1975. Algunas de sus obras pueden verse ahora, y hasta octubre, en la exposición Madre Asturias: de la España negra al arte de avanzada, que alberga la sala Herrero Sabadell de Oviedo. Pero cabe preguntarse si no sería el momento de que aquella generación de artistas republicanos entre en el Museo de Bellas Artes, donde no existe ninguna sala dedicada al arte de la Guerra Civil.



























