La convicción de que “nos estamos perdiendo a grandes artistas porque no son del gusto hegemónico dictado por Madrid”, de que “no existe lo que se salga del gusto centralista” ha llevado a Peio Riaño, periodista e historiador del arte madrileño afincado en Ponga, a crear una editorial consagrada a “contar esas historias que la historia del arte rehúye”. La Mina Explotaciones Culturales nace para hacer “un trabajo muy artesanal y de archivo” recuperando la memoria del patrimonio artístico asturiano que, bajo el punto de vista de Riaño, “no ha tenido el reconocimiento que merece”: “La Mina es una editorial de historias del arte para no iniciados”.
El primer título de la editorial, obra del propio Riaño, es “Paisaje Piñole. Visiones naturales y culturales de un pintor montañero en el concejo asturiano de Ponga”. El contenido del libro y su forma de aproximarse a la obra del pintor gijonés Nicanor Piñole (1878-1978) es una buena muestra del tipo de historias que aspira a contar La Mina: “Me interesa más lo que no sale en el cuadro que lo que sí aparece. Me interesaba preguntarme, por ejemplo, qué pintaba un señorito de Gijón como Piñole en un lugar como Ponga, donde en esos años la gente moría de tuberculosis”.

“La última monografía sobre Piñole es del año 91”, explica el autor y editor del libro, “apenas hay estudios críticos, y había mucho que investigar sobre su obra”. Riaño lamenta “la falta de reconocimiento de Piñole fuera de Asturias, que es un desconocido para la gente de las grandes instituciones culturales madrileñas, pese a los elogios que recibió de Juan Ramón Jiménez o Margarita Nelken. Ese es el termómetro del estado de las autonomías en materia artística”.
Durante su inmersión en los archivos del Museo Nicanor Piñole o del Muséu del Pueblu d’Asturies, Riaño descubrió “un cuerpo de trabajo impresionante”. El historiador centró su atención en sus cuadros y dibujos de la montaña asturiana “que tanta atención y reconocimiento habían otorgado al pintor de Xixón hasta los años treinta, y que fueron relegados y desatendidos por la crítica”.

A lo largo de una década, Piñole visita con frecuencia el concejo de Ponga y pinta buena parte de sus montañas y paisajes. Desde una cabaña en Cotiones, el artista gijonés “patea los lugares que pinta y es muy topográfico en los paisajes. No hay nada de ficción en ellos”. Riaño interpreta estas obras como “un homenaje a los pastores y a los paisanos”, y destaca sobre todo que no se trata “de postales, como las que pinta Carlos de Haes de la montaña asturiana. Piñole vive con los paisanos y duerme con ellos. Pinta un paisaje cultural y no le interesa nada la espectacularidad”.

De esa actitud nace lo que Riaño llama una pintura orbayada que nada tiene que ver con los “colores sobreexcitados” de Sorolla y otros artistas más afines al gusto hegemónico en la época. Piñole rechazó también que sus paisajes sirvieran a “la exaltación historicista y se negó a participar de la visión de la naturaleza turistificada (…) Nunca miró las montañas asturianas como un propagandista político, ni las trató como postales. No hizo del entorno un souvenir”.
Hay un gesto que, según el autor, define este parte de obra de Piñole que murió con la guerra civil. En 1918, el año en que se creaba el Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, cuando el bucolismo de esos paisajes ocupaba portadas de revistas y otorgaba premios a sus retratistas, Piñole planta su caballete de espaldas a la línea calcárea de Picos de Europa y se dispone a pintar las espléndidas y desconocidas montañas ponguetas.



























