No es una crisis migratoria

Recomendados

Juan Ponte
Juan Ponte
Músico y filósofo. Director General de Agenda 2030 de Asturies. Responsable de Estrategia Política, Batalla Cultural y Formación de IU federal.


Las causas de la “crisis”

Al menos 141 personas han perdido la vida al intentar cruzar la frontera desde Marruecos hacia Ceuta. Pero las muertes son más que magnitudes estadísticas. Detrás de cada cifra hundida en las aguas del Tarajal hay biografías segadas, proyectos truncados y familias rotas por la desesperación.

No estamos ante una “crisis migratoria”. Lo que ocurre en Ceuta es una quiebra civilizatoria, la manifestación de un modelo global que convierte las fronteras en dispositivos de muerte cuando la movilidad se despliega de Sur a Norte —jamás a la inversa—. Un sistema hipócrita que exige barra libre para los flujos del capital, pero repliega sus mercados a golpe de aranceles trumpistas. Un engranaje que degrada a la población inmigrante a fuerza de trabajo desnuda, a mano de obra barata.

Al amparo de esta lógica, las derechas pretenden hoy reconfigurar la idea de comunidad nacional desde un relato identitario, racista y etnicista. Lo llaman orden, pero no es sino la legitimación de la violencia sobre los colectivos minorizados, la naturalización de las jerarquías de origen y la justificación de los privilegios de unas élites parasitarias. Quién iba a decir que, al final, “la trampa” iba a ser la de la identidad.

Lo llaman orden, pero no es sino la legitimación de la violencia sobre los colectivos minorizados, la naturalización de las jerarquías de origen y la justificación de los privilegios de unas élites parasitarias.

Pero no nos engañemos: ese terror al Otro —que cínica y paradójicamente le imputa la condición de terrorista al Otro— no es ajeno a la soberbia liberal de «Occidente contra los bárbaros». Es exactamente su radicalización lógica. El perímetro que delimita la comunidad de los “hombres libres” siempre ha ocultado en su reverso una frontera racial. Hay un hilo ideológico ininterrumpido que conecta el supremacismo de cuello blanco con la brutalidad explícita en los márgenes de la geografía.

La población inmigrante no es la causa de la crisis; es, en todo caso, la consecuencia de la misma. Digámoslo rotundamente: lo sucedido en Ceuta no obedece a la casualidad: es un chantaje de Marruecos apoyado por Estados Unidos e Israel. Esto no significa que Marruecos haya fabricado de la nada la situación, lo que supondría sobrevalorar las fortalezas estatales, obviar las tensiones sociales ya existentes y negar capacidad de acción a la población migrante. ¿Cómo es posible, de todos modos, que más de 70.000 personas de distintas nacionalidades, mayoritariamente marroquíes, se concentren y avancen desapercibidas sobre un espigón fronterizo sin la deliberada inacción de las fuerzas alauitas? Nos encontramos acaso, entre otras causas concurrentes, ante una plasmación práctica de la alianza sellada tras los Acuerdos de Abraham: mientras la Casa Blanca culpa al “globalismo de extrema izquierda” español en su afán de blindar a Marruecos, altos cargos israelíes agitan el hashtag #LiberadCeuta como venganza por el valiente y ejemplar apoyo de España (de su pueblo y de su gobierno) a Palestina. Una embestida exterior ante la cual el Partido Popular y Vox capitulan sumisamente, demostrando lo que son: unos antipatriotas al servicio de los neoemperadores de terceras potencias.

Esa claudicación interna encuentra eco, a su vez, en el marco comunitario: veintidós países de la Unión Europea vinculan ahora la crisis de Ceuta con la política de regularización de España. Pero ante la flagrante falta de apoyo de tales gobiernos frente a un ataque híbrido contra España, cabe preguntarse: ¿qué les parecería si ordenáramos el repliegue inmediato de nuestras tropas en Eslovaquia, Letonia, Lituania, Estonia o Rumanía? ¿Dónde está la “solidaridad” tan característica del “europeísmo sublime”?

Dos errores: economicismo y eticismo

Al abordar la inmigración, el primer error que debemos evitar es incurrir en el utilitarismo que reduce a las personas inmigrantes, por formularlo con Jorge Tamames, a un input en la cadena de producción. En la derecha, este discurso se modula como el reconocimiento implícito de que la mano de obra extranjera asume las tareas más precarias: «¿Qué sería del campo murciano o de los invernaderos de Almería sin su trabajo?». Por su parte, el portavoz de Esquerra Republicana en el Congreso, Gabriel Rufián, cae en el mismo sesgo economicista. Al denunciar que los inmigrantes llegan para realizar las labores arduas que nadie quiere, cuidar de nuestros mayores y sostener las pensiones, este no advierte que así está validando, sin quererlo, el marco de nuestro común adversario. Los conservadores asumen esa explotación con naturalidad mercantil; él lo afea, pero al hacerlo se traga el anzuelo del rendimiento. Siguiendo este razonamiento, cabría preguntarse qué derecho tendrían a quedarse aquellos que, al igual que tantos nativos, no destacan por ninguna cualidad productiva excepcional. Es el dilema que ya planteaba Ángel de la Cruz en su artículo “Cómo hablar de inmigración para combatir el odio ultra”.

Pero, además, el diputado de ERC comparte la falacia que asocia inmigración con delincuencia, haciéndole involuntariamente el juego a la extrema derecha. Como explica Nuria Alabao en su análisis para CTXT, todos los estudios demuestran que el aumento de los flujos migratorios no incrementa los índices delictivos. Los datos en España son concluyentes: hoy el país cuenta con el doble de residentes extranjeros que en 2005. A pesar de esta evolución demográfica, la tasa de criminalidad convencional ha experimentado un descenso constante en la última década. De hecho, los balances del Ministerio del Interior muestran una caída cercana al 3% en las infracciones comunes, situándolas en uno de los puntos más bajos de su serie histórica y consolidando a España como uno de los entornos más seguros del mundo.

Concentración antirracista en Oviedo/Uviéu. Foto: Analía Pello

Por otro lado, emerge el error simétrico: el de un eticismo abstracto que disuelve los problemas estructurales en la mera dimensión empática. Se trata de lo que Hegel denominaría el «alma bella»: una conciencia pura que se repliega en su propia rectitud moral desentendiéndose de las variables geopolíticas y de las estructuras globales de poder. El problema es que desligar la migración de sus causas materiales anula la crítica política: es estéril exigir la abolición de los muros o plantear fronteras abiertas sin proponer una reconfiguración radical de la riqueza global. En última instancia, este eticismo beato es el doble especular del utilitarismo, pues ambos evitan el debate de fondo de la filosofía política universalista: cómo garantizar eficazmente derechos más allá de las fronteras territoriales; cómo evitar que la condición de ciudadanía adquiera un estatus excluyente y discriminatorio.

Contra el chovinismo del bienestar

Y es que, como indica Will Kymlicka, el hecho de que las libertades y oportunidades dependan exclusivamente del Estado de nacimiento genera una brecha insalvable: a unos les asegura por herencia geográfica un nivel de vida digno, mientras que a otros, sin responsabilidad alguna, les condena a la miseria y a la inseguridad jurídica. Esta circunstancia abre un agujero de legitimidad en el corazón mismo del liberalismo político: ¿cómo justificar semejante lotería de cuna cuando se asume la igualdad moral de los seres humanos?

Se ha demostrado que la política europea de externalización de fronteras —la delegación de recursos y financiación a regímenes del perfil de la dictadura marroquí para que actúen como policías de la Unión— es un inmenso fracaso. La alternativa real exige desplegar de inmediato una política migratoria basada en vías legales y seguras, así como establecer una corresponsabilidad vinculante entre los distintos territorios del Estado y garantías efectivas para cada persona, otorgando especial protección a la infancia desamparada o en situación de vulnerabilidad extrema.

Lejos de la hostilidad reactiva de los tiempos que corren, la coyuntura en Ceuta no ha sido respondida con agresividad, cierre o excepcionalidad jurídica. Al contrario: España ha hecho frente a la crisis con responsabilidad institucional, dotación de recursos y un enfoque respetuoso con los derechos humanos.

La inmigración no puede limitarse a un mero saldo demográfico. Al contrario: enriquece el tejido común, posibilitando y ampliando de forma radical el horizonte de nuestros derechos y libertades. La interculturalidad, entendida como el entretejimiento de principios y valores entre comunidades diversas, hace lo que somos y constituye lo que seremos. Ante un mundo en crisis, la respuesta no puede ser el repliegue chovinista, sino la articulación de una solidaridad de clase transversal que asuma que nos necesitamos mutuamente.

Según un reciente estudio de la Cátedra de Demografía de la Universidad de Oviedo, la mayor parte de la población asturiana valora positivamente la inmigración, mientras tan solo un 14,2% la rechaza. ¿Cómo se explica entonces que una realidad tan contundente ni siquiera sea mencionada en determinados medios de comunicación? La pregunta se responde sola. Frente a las campañas de pánico moral que cultivan el enfrentamiento entre los últimos y los penúltimos, una verdad es obstinada: Asturias es tierra de acogida y lo seguirá siendo. Tenemos esperanza porque sabemos organizarla.

Actualidad

spot_img