Jorge Tamames (Madrid, 1989) es investigador del Real Instituto Elcano y profesor en ICADE, New York University y la Universidad Carlos III de Madrid. Graduado en Relaciones Internacionales por la Universidad de Brown, cuenta con un máster por la Fletcher School of Law and Diplomacy y es doctor en Ciencias Políticas por University College Dublin. Ha sido jefe de redacción de Política Exterior y asesor en el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030.
Autor de La brecha y los cauces. El momento populista en España y Estados Unidos (Lengua de Trapo, 2021), acaba de publicar Algo que hicimos juntos, un ensayo que imagina una sociedad capaz de afrontar colectivamente desafíos como la crisis climática, los cuidados, la degradación ambiental o la salud pública. El libro, publicado en 2026 por Lengua de Trapo y el Círculo de Bellas Artes de Madrid, plantea un servicio civil obligatorio en España. Una suerte de mili sin armas. Este jueves lo presentó en Xixón con la Sociedad Cultural Gijonesa en un acto presentado por el filósofo Juan Ponte, Director General de Agenda 2030 del Principado de Asturias.
¿Algo que hicimos juntos?
Era un título que me rondaba desde hacía tiempo en la cabeza y que remite a que algo que hacemos juntos puede ser grande, bonito y ambicioso. El libro básicamente explica algo que se hace junto a otras personas, un servicio civil obligatorio que, mediante una serie de misiones por toda España, realiza trabajos importantes para la sociedad. Cuidado de personas mayores, repoblación de zonas quemadas, limpiezas…
El libro sale en un momento en el que se está volviendo a hablar de instaurar la mili en algunos países europeos.
Creo que el servicio militar obligatorio, aunque ahora mismo hay un debate muy vigoroso sobre su retorno en Europa, para España no es un instrumento especialmente pertinente y, vista nuestra historia, tampoco deseable. Lo que planteo es un servicio civil obligatorio y universal, pero no militar. Es verdad que es fácil compararlo con la mili porque tiene ese componente de que es estatal y obligatorio, pero ahí también empieza y termina la similitud.
¿Por qué obligatorio?
Más allá de una cierta idea de deber cívico, se trata de identificar una serie de problemas que nos afectan al conjunto de la sociedad y a cuya resolución creo que tenemos que intentar contribuir. Algunos tienen que ver con las catástrofes climáticas, con la regeneración natural después de incendios como los de este verano o el anterior, pero también con cuestiones importantes en el sector de los cuidados, que requiere una atención muy específica. La idea es que estos programas sirvan para abordar esos problemas y, a la vez, para construir un ethos igualitario, una ética en la que todo el mundo, al margen de su origen o procedencia, trabaje en condiciones de igualdad. Eso puede tener un papel muy fuerte como nivelador social, pero también generar cohesión en una sociedad donde cada vez hay más polarización, más problemas de convivencia y desigualdad.

¿Por qué esas labores las tienen que hacer personas no profesionales? ¿No va en contra del Estado del bienestar que se hagan con trabajo no remunerado?
Esta es una de las críticas que más sentido tendría hacer al programa y por eso hay que dejar muy claro que estas misiones no buscan reemplazar al Estado del bienestar. Lo que hacen es prestar apoyo a una serie de servicios adyacentes al Estado del bienestar, pero no vienen a sustituir la labor de una enfermera, un médico o una trabajadora social. Muchos de estos sectores, por ejemplo si pensamos en la prevención de incendios y en las campañas de desbroce y cuidado que requerirían, tienen el problema de que son muy intensivos en cuanto a la cantidad de trabajo que demandan. Un periodo breve de formación, seguido de misiones en momentos específicos, antes de la temporada de incendios, entre la primavera y el verano, puede tener un impacto útil y positivo. Y creo —a lo mejor tengo una visión optimista, pero el libro se encuadra dentro de una colección sobre utopías, así que estoy obligado a tenerla— que, lejos de ser un instrumento para socavar el Estado del bienestar, podría suceder lo contrario. Tener a más personas trabajando junto a profesionales del Estado del bienestar, que sí realizarían labores remuneradas y dirigirían y adaptarían muchos de esos programas, serviría también para que el conjunto de la ciudadanía tuviera mucho más presentes las limitaciones de financiación de muchos de nuestros servicios sociales. Lo comprobamos cada vez que hay incendios y vemos que los peones forestales trabajan en condiciones de precariedad o que las trabajadoras sociales realizan una labor indispensable y, sin embargo, ganan lo mínimo y su trabajo no se valora. Creo que también podría tener un impacto positivo al dar a conocer el esfuerzo que requieren esas profesiones y contribuir a valorizarlas.
¿Cuánto tiempo duraría este servicio civil? ¿A qué edades se haría? ¿Se realizaría cerca de casa o habría que desplazarse?
El conjunto del servicio civil duraría algo más de un año, parecido en ese sentido a lo que es el servicio militar en muchos países. Pero la clave está en cómo se reparte. Habría un primer periodo de medio año que se realizaría durante la juventud. Serían dos meses de formación y cuatro meses en una misión intensiva. Te mandarían a un sitio, conocerías a gente nueva, probablemente irías a un lugar en el que nunca habías estado y harías tareas que hasta entonces no habías realizado. Ese periodo tendría lugar entre los 16 y los 24 años. Después, durante los siguientes 40 años, funcionaría como una especie de permiso. Tendrías, de media, una semana al año que podrías utilizar o ir acumulando si quisieras realizar una misión más extensa.
¿Por qué dividir el sistema en dos periodos?
El primero sería intensivo para generar esa formación, adquirir recursos, ir a una misión, conocer gente y convertirlo en una experiencia, en una especie de rito de paso durante la juventud. Pero el segundo serviría para que no se quedara solamente en eso, sino que se convirtiera en una práctica común de la sociedad. Una semana todos los años en la que te comprometes con tareas de cuidado de lo común, de la sociedad o de tu país.
¿En el libro cuentas cómo llega a producirse políticamente la decisión de crear este servicio?
En el libro no explico cómo se podría aprobar. Sí explico algunas de las objeciones que se podrían hacer a un programa de este tipo, una especie de argumentario sobre qué se podría objetar y cuáles serían algunas de las respuestas. Creo que ese ejercicio sirve para entender cuál podría ser una coalición política de fuerzas que apoyase una medida así. Una virtud que tiene este programa es que es muy transversal. Es verdad que el contenido de los programas es más bien progresista en lo que se refiere a la protección de servicios sociales esenciales y a afrontar retos trabajando todos en pie de igualdad, pero ara alguien que tenga una sensibilidad conservadora, también puede ser un instrumento para hacer país y generar cohesión nacional. En ese sentido creo que es una propuesta bastante transversal.
¿Crees que un trabajo obligatorio puede ser de calidad? ¿No puede afectar la obligatoriedad a la calidad del trabajo?
También me preocupo de explicar las condiciones en las que se haría. En la medida en que funciona como un permiso, estaría remunerado. Estos sistemas cubrirían todas las dietas y todo el transporte. Se parte de la premisa de que esto no te puede costar dinero y, en caso de que no tuvieras trabajo, se pagaría el equivalente al salario mínimo interprofesional, además de las dietas. Hay un componente claro de que esto no pueda suponer de ninguna forma un esfuerzo económico.
“Si la sanidad pública no existiera y tú la describieras, sonaría como una utopía”
¿Por qué cuesta tanto escribir sobre utopías? Vivimos rodeados de distopías y, sin embargo, parece mucho más complicado plantear la idea de un mundo mejor.
Es verdad que el ensayo se ha convertido en un género en el que el 90 % de un libro consiste en criticar despiadadamente una realidad muy injusta y que deja mucho que desear. Y luego hay, como mucho, un 10 % final de prescripciones un poco apuradas sobre cómo podrían ir mejor las cosas, con un componente muy desiderativo. A mí eso no me satisface y por eso me ha gustado mucho poder escribir en esta colección, que plantea precisamente que pensemos en una utopía, con todo lo que pueda tener de naif, incluso de cringe o de fuera de tono con la época en la que vivimos. Sin embargo, si abres los ojos y te esfuerzas en mirar de otra manera, hay un montón de esfuerzos que existen hoy y que tienen un componente absolutamente utópico. Pienso, por ejemplo, en la serie Hope, de Javier Peña, que muestra formas sencillas de combatir el cambio climático que, a la vez, mejoran la vida de las personas que las aplican y que está llena de ejemplos maravillosos. Pero pienso también en algo tan sencillo como la sanidad pública. Doy clase a bastantes estudiantes internacionales y de fuera de la Unión Europea. Si la sanidad pública no existiera y tú la describieras, sonaría como una utopía. Imagínate las preguntas que me harías: ¿cómo se paga un cáncer? ¿Cómo se opera a alguien si es fumador y decide no dejar de fumar? Son un montón de preguntas que nosotros tenemos resueltas. Creo que es importante entender que ya vivimos en un mundo en el que, por un lado, hay utopías que funcionan y que damos por hechas.
Pasamos a otro tema, el rearme. El Gobierno ha subido mucho la inversión en armamento. ¿Hasta qué punto podía resistirse como miembro de la OTAN? ¿Dónde crees que nos lleva este rearme y por qué Alemania está siendo, dentro de la Unión Europea, el país que más lo está impulsando?
El rearme en Europa plantea una especie de trilema político. Los gobiernos europeos quieren hacer tres cosas a la vez, pero solo pueden hacer dos como mucho.La primera es aumentar los umbrales de gasto militar siguiendo lo acordado en la cumbre de la OTAN de 2025. La segunda, ceñirse a las reglas fiscales europeas que limitan los niveles de gasto, deuda y, sobre todo, déficit público. Y la tercera, mantener el gasto social de los Estados del bienestar europeos, que forma parte del contrato social de todos nuestros países. Encontramos distintos ejemplos de cómo intentar cuadrar ese círculo y gestionar ese trilema. En Polonia se apuesta por el gasto militar y el gasto social, pero entrando en un procedimiento de déficit excesivo. En España se ha aumentado moderadamente el gasto militar, pero básicamente se ha conservado el gasto social sin un endeudamiento excesivo. Luego tenemos el caso de Alemania, que apuesta por el rearme y por la disciplina fiscal, lo cual requiere recortes del gasto social, una reforma de las pensiones y toda una agenda que el canciller alemán ha puesto sobre la mesa y que, a la vista de las últimas elecciones, genera un descontento social considerable. La conclusión: es imposible cumplir con el rearme y las reglas fiscales, y no hacer recortes sociales. Esto es particularmente peligroso porque una combinación de Europa con rearme y una extrema derecha en alza no parece una combinación exitosa para la paz en el continente.

¿Qué alternativa existe al rearme?
Creo que para escapar de este trilema que te comentaba los países europeos tienen que ser capaces de mutualizar muchos de sus programas de defensa. Hoy por hoy no es verdad que la Unión Europea gaste poco en armas. El problema es que ese gasto es muy ineficaz porque está dividido entre 27 fuerzas armadas diferentes y no generamos economías de escala, las plataformas de defensa que necesitamos ni la producción a escala que hace falta. De ese trilema solo se puede salir mutualizando capacidades de defensa. Y aunque la opinión pública europea es bastante favorable a que se mutualicen muchas capacidades que todavía son prerrogativa de los Estados, nos encontramos con problemas planteados sobre todo por los propios gobiernos europeos y por unas industrias de defensa que siguen siendo fundamentalmente nacionales.
“El gasto en defensa de la UE es muy ineficaz porque está dividido entre 27 fuerzas armadas diferentes y no generamos economías de escala”
¿Pero ese aumento del gasto militar responde realmente a necesidades militares sobre todo a necesidades económicas? ¿Hay países como Alemania que pueden ver en ese aumento una salida a su crisis económica?
Creo que la mayor parte de estos países perciben que, sobre todo a corto plazo, tienen una serie de necesidades de seguridad reales y acuciantes. Esas necesidades derivan de la invasión rusa de Ucrania, que se entiende como un fracaso de la disuasión porque Rusia consideró que Europa no tenía los instrumentos económicos, pero también militares, para responder a una situación en la que invadiese un país soberano. Por otro lado está el giro hostil de Estados Unidos hacia Europa, que está llevando a que reduzca su presencia militar en el continente, que se consideraba indispensable para la seguridad. Estos países, sobre todo los de Europa del Este, consideran que a corto plazo tienen unas necesidades de seguridad acuciantes que deben cubrir. Y aunque eso pueda tener efectos económicos y beneficiar a determinadas empresas del sector armamentístico, no es una senda de gasto fácil de sostener electoralmente. Estamos viendo que en Alemania no hace más que dar dolores de cabeza tanto al actual Gobierno como a la coalición anterior. Lo que ocurre es que desde el sur de Europa, y concretamente desde España y Portugal, que son los países de la OTAN más alejados de Rusia, esa necesidad de seguridad no se percibe de la misma manera. Nuestras necesidades de seguridad son otras y tienen que ver con lo que sucede al sur de nuestras fronteras, en Marruecos, el Magreb y el Sahel. Por eso España siempre ha defendido dentro de la OTAN un enfoque de 360 grados. Pero sí creo que para esos países europeos esta es una cuestión de seguridad antes que de intereses económicos espurios.
También vemos que Alemania ha perdido la carrera del coche eléctrico frente a China y está teniendo muchos problemas en la industria automotriz. ¿Puede la industria militar funcionar también como una forma de proteccionismo para su industria?
Sí, pero solo parcialmente. Los beneficios de una empresa como Rheinmetall, por mucho que se hayan disparado en los últimos años, no pueden compensar en volumen de exportaciones todo lo que supone el sector del automóvil alemán. Y aunque la investigación que se hace en defensa puede acabar teniendo aplicaciones en el sector civil y generar aumentos de productividad, desde luego no es una forma eficiente de canalizar el gasto público si lo que quieres es generar crecimiento económico. Los problemas industriales de Alemania son considerables y afectan al conjunto de Europa porque sus cadenas de producción atraviesan toda la Unión Europea, pero no se puede decir que simplemente pivotando hacia el gasto militar se pueda enmendar el problema que plantea, sobre todo, el desarrollo del coche eléctrico en China. Otra cuestión relacionada con el tema militar y de defensa. ¿Hasta qué punto este aumento del gasto militar europeo es autónomo de Estados Unidos? Porque, en gran medida, lo que está pidiendo Estados Unidos es que se aumente el gasto militar para gastar en empresas norteamericanas. Cada país tiene sus propias industrias nacionales y eso genera problemas de interoperabilidad y de producción a escala.
Las últimas elecciones suecas rompen con esa tendencia de una extrema derecha imparable.
Sí, rompen la tendencia de que la extrema derecha solo sube, pero al mismo tiempo refuerzan otra tendencia que hemos visto mucho desde la Covid, y es que el Gobierno que está en el poder pierde las elecciones. España es un contraejemplo, pero lo habitual ha sido que resulte muy difícil mantener la estabilidad porque casi todas las sociedades occidentales se enfrentan a una combinación de crisis de seguridad, económicas y socioeconómicas muy difíciles de resolver y que generan descontento. Es verdad que la victoria de la izquierda ha sido por un margen muy estrecho y que formar una coalición va a ser complejo porque no todos los actores están de acuerdo sobre cómo proceder.

¿Cómo ve las futuras elecciones presidenciales francesas?
Francia es desde hace casi diez años un país dividido en tres bloques. Por una parte está el bloque nacionalista y de extrema derecha, representado no solo por Rassemblement National sino también por Reconquête. Por otra, un bloque de centro liberal que abarca partes del centroderecha y del centroizquierda y que ha representado Macron durante su presidencia. Y después está una izquierda cada vez más dominada por Jean-Luc Mélenchon y La France Insoumise. Como Francia tiene un sistema electoral muy particular, en primer lugar presidencialista y, en segundo lugar, con una segunda vuelta a la que llegan solo los dos candidatos más votados, y dado que el centro liberal está profundamente dividido, lo que las encuestas señalan es una segunda vuelta entre Jean-Luc Mélenchon y Marine Le Pen, que finalmente sí se puede presentar.
¿Jean-Luc Mélenchon en la segunda vuelta?
Lo que las encuestas señalan ahora mismo es que es un candidato más que probable. El reto para Mélenchon es ser capaz de activar a muchos votantes con los que tiene que contar si quiere ser competitivo en una segunda vuelta. Ahora mismo las encuestas dan una victoria clara del Frente Nacional. Además, en las anteriores elecciones vimos que muchos votantes del bloque liberal, cuando se vieron obligados a elegir entre La France Insoumise y el Frente Nacional, prefirieron optar por el Frente Nacional, lo que plantea un escenario muy delicado para Mélenchon. No es impensable que sea capaz de reactivar a sus votantes de aquí a mayo. Falta todavía mucho tiempo y pueden suceder muchas cosas, pero ese parece ser el cuadro a día de hoy.



























