Nazis de “familias bien”. Sí, en Asturias hay escuadrismo fascista

Es un fenómeno atado, tanto en términos políticos como sociológicos, a un bloque de derechas en veloz proceso de fascistización y también al núcleo duro del Estado.

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Chus González
Chus González
Es militante del movimiento socialista.

En Piedras Blancas fueron cinco. Tenían entre 18 y 20 años y no se encontraron casualmente con la mujer trans a la que terminaron mandando al hospital. Se organizaron mediante whatsapp para agredirla. Hubo amenazas de muerte, insultos tránsfobos y una paliza lo bastante grave como para requerir atención hospitalaria. Tres de los detenidos ya habían sido investigados por otros hechos relacionados con delitos de odio.

En Oviedo fueron seis. El 11 de septiembre, durante las fiestas de San Mateo, Rubén Rosón y Jorge Fernández fueron agredidos junto a una caseta de las Fiestes Populares de Oviedo. Identificarony detuvieron a cinco de ellos, todos vinculados a Symmachiarii, el grupo ultra del Real Oviedo, apreciando indicios de delito de odio. El episodio empezó con una pancarta antirracista y simbología LGTBI y estuvo acompañado de insultos homófobos, gritos de arriba España y consignas de ultraderecha. Las defensas sostienen otra versión y niegan esa motivación.

Los medios de comunicación siguen sin conectar los puntos, pero lo cierto es que no hablamos de una serie de sucesos aislados. En mayo, la Policía Nacional afirmó haber “desarticulado” a los White Boys, una organización juvenil nazi con 19 detenidos de entre 14 y 22 años en Oviedo, Gijón, Avilés y Castrillón. Les atribuía al menos catorce agresiones y “cacerías” contra migrantes, personas LGTBI y jóvenes de ideología contraria; les incautó armamento de todo tipo. Meses antes, en Gijón, dos hombres persiguieron a un joven hasta un taxi, intentaron abrir la puerta del vehículo y siguieron increpándole con insultos homófobos. También en Gijón, un joven fue agredido después de haber sido señalado y amenazado por su militancia de izquierdas. Este verano, en junio, durante las fiestas de Cabueñes, un menor de 15 años fue acorralado y golpeado con una botella por un grupo de personas después de que estos le señalaran por llevar una camiseta con la palabra “Asturies”. Son hechos distintos, con protagonistas y grados de organización distintos, pero que van componiendo un paisaje que cuesta cada vez más reducir a una colección de anécdotas.

Los medios de comunicación siguen sin conectar los puntos, pero lo cierto es que no hablamos de una serie de sucesos aislados.

Aquí la cuestión es que cuando una pelea es organizada por redes, cuando una “cacería” necesita organización y cuando grupos de jóvenes aprenden a seleccionar enemigos, encontrarse, actuar juntos y desaparecer después, quizá la categoría de “cosas de chavales” empiece a quedarse pequeña. Lo cierto, en rigor, es que Asturias tiene un problema de escuadrismo fascista, con pequeños núcleos que convierten la reacción ideológica en capacidad material para ejercer violencia.

Por eso fueron tan reveladoras las palabras de Alfredo Canteli. El alcalde de Oviedo describió inicialmente lo sucedido en San Mateo como una “anécdota”, habló de “chavales jóvenes” y afirmó que no creía que fueran “tan mala gente”. Días después rectificó y condenó la agresión. Pero la elección de las palabras resulta todavía más interesante a la luz de lo que vino después. Los propios abogados de varios investigados los presentaron ante la prensa como jóvenes de “buena familia” y, en palabras de uno de los letrados, sin “ningún problema, ni económico, ni social”. Han trascendido además vínculos de algunos de ellos con espacios perfectamente reconocibles como el Centro Asturiano, el campo de golf de La Barganiza —espacios tradicionales de la burguesía local.

Quizá precisamente aquí haya algo que mirar. Nos hemos acostumbrado a imaginar al fascista de calle como una figura marginal, salida de algún subsuelo social perfectamente separado de la ciudad respetable. Pero el fascismo nunca ha necesitado vivir únicamente en los márgenes. Puede llevar polo, estudiar, jugar al golf y volver después a casa de sus padres. Puede ser un niño de bien. Lo era Göring, el segundo al mando del régimen nazi, que nació en un castillo rodeado de los mayores lujos. Lo era José Antonio Primo de Rivera, hijo de dictador criado entre la élite aristocrática y militar. Lo eran, de hecho, miles y miles de cuadros del fascismo histórico, que fue un movimiento impulsado por la clase capitalista y su fiel siervo. En Asturias lo sabemos bien, y nos acordamos de quiénes eran los abuelos del mismo Figaredo que hoy pide “cacerías” contra los migrantes.

Aquí la cuestión es que todo escuadrismo necesita algo más que escuadristas. Necesita un ambiente donde su violencia pueda ser crecientemente legitimada a la vez que la sociedad hace la vista gorda. La impunidad política empieza muchas veces antes que la judicial, cuando una parte de la sociedad reconoce antes al “hijo de buena familia” que al militante fascista que tiene delante y cuando hechos conectados consiguen presentarse uno detrás de otro como acontecimientos sin relación.

Pero en realidad, la operación de quienes legitiman la violencia fascista es más sutil. Lo que despolitizan por una mano, presentándolo como “cosas de chavales”, lo politizan y justifican por otra, desviando las culpas hacia el agredido o cualquier otro fenómeno que les disguste. Canteli no dudó en decir “Rosón ya tuvo algún problema hace años a esa misma hora, qué casualidad”, Figaredo ha llamado a la ocurrido una “cortina de humo de Barbón”, Abascal responsabilizó de la agresión a los propios agredidos (“a la gente que hace eso luego le pasan cosas”). El “no es para tanto” se da la mano con el “algo habrán hecho”: ambos trabajan en la misma dirección. Esto nos revela la división del trabajo interna al bloque reaccionario: los políticos, apoyados por los medios, ponen la diana y generan el clima propicio; los fascistas disparan; los políticos y los medios vuelven a aparecer para quitar hierro al asunto, por un lado, y justificarlo, por otro. Es el mismo patrón que estamos viendo en Ceuta, donde los migrantes y activistas de izquierdas se enfrentan a niveles de violencia cada vez mayores mientras la derecha contribuye diariamente a generar el ambiente político necesario para ello y las Fuerzas de Seguridad del Estado lo reproducen o miran para otro lado.

Si los migrantes que hoy malviven en Ceuta bajo el hostigamiento de la policía, el ejército y el escuadrismo callejero son “soldados invasores” y la tarea de los ciudadanos es “defender a España”, como repiten diariamente desde los medios y los altavoces de PP y Vox: ¿cómo eludir que la conclusión lógica de estas premisas es que los “invasores” son objetivos militares a abatir? Aún es más: ¿por qué serían solamente “invasores” quienes cruzaron la frontera en julio y no todos los migrantes?

Y cuando llegan los pogromos, las palizas y las cacerías reales, volvemos a la doble táctica ya mencionada: por un lado se le quita importancia, por otro se justifica como “expresión de descontento”. Así es como avanza el fascismo, cuya división del trabajo interna le resulta del todo funcional. Cuando Sonsoles Peralta, portavoz de Vox en Oviedo, fotografía a una mujer musulmana por la calle y habla de “invasión”: ¿alguien cree que no está poniendo una diana en la espalda de todos los migrantes? Cuando la portavoz del PP, la marquesa Cayetana Álvarez de Toledo —otra de “familia de bien”, mira tú— afirma que “no son migrantes, son soldados”, ¿hay muchas dudas sobre qué está pidiendo? ¿Qué debería hacer la juventud de derechas cuando sus dirigentes mandan este mensaje? ¿Qué debería hacer el Ejército que guarde una frontera en la que ya mueren cientos de personas cada año si internaliza este mensaje y actúa en consecuencia? Por último: ¿qué creemos que tratan de incentivar los medios de derecha cuando, de forma automática y sin necesidad de acreditar ningún vínculo con ETA o siquiera abordar el tema, tachan a ONGs de “proetarras”?

El escuadrismo fascista que hemos visto en Piedras Blancas, San Mateo y Ceuta no es un pasatiempo para descerebrados, una cosa de “tribus urbanas” ni un tema de “cuatro chavales”. Es un fenómeno atado, tanto en términos políticos como sociológicos, a un bloque de derechas en veloz proceso de fascistización —con el PP y el neofascista Vox como dos ramas de un mismo tronco—, y también al núcleo duro del Estado: jueces, militares y policías. Se beneficia, de paso, de la permisividad del PSOE y el oportunismo de unos medios “progresistas” que les ofrecen permanentemente un altavoz con tal de rascar unos cuantos votos motivados por el miedo. Mientras unos lo alimentan conscientemente, es posible que haya sectores de la derecha y los grandes medios que crean que podrán desactivar a placer el monstruo que están generando, o que se engañen con ello al mirarse al espejo por las noches. Lo mismo creía, claro, el doctor Frankenstein. Pero la historia nos demuestra que la secuencia no funciona así. El fascismo genera un efecto de bola de nieve, y no nos cabe ninguna duda de que la inmensa mayoría de los políticos de derecha que hoy lo alimentan mientras fingen “moderación” se acabarían subiendo a su carro en cuando fuera necesario. La Administración Trump está hoy llena de tipos que hace diez años lo pintaron como una amenaza fatal para América: hoy le visten de salvador. Y si miramos al pasado, lo que vemos es que tanto en España como en Italia o Alemania el bloque de derecha en su conjunto acabó sumándose al proyecto fascista cuando las élites lo eligieron como solución.

Habrá quien diga que estamos lejos de un escenario así, incluso salvando todas las diferencias históricas. Yo le invitaría a hacer memoria y preguntarse si hace 20 años habría pensado que algo como el genocidio en Gaza podría tener lugar ante la complicidad de los grandes Estados del mundo, o si habría imaginado en el Parlamento a un partido con 32 diputados que pide cacerías de migrantes, o a alguien como Trump en la Casa Blanca. La historia está avanzando velozmente y por el peor lado posible: si no somos capaces de mirar la tendencia y ver a dónde se dirige nos seguirá pillando desprevenidos.

En los últimos días hemos visto cómo miles de personas se movilizaban en Asturias en solidaridad con los agredidos, negándose a hacer la vista gorda frente a la violencia fascista y tragarse el cuento de la “trifulca nocturna”. Un hecho loable, sin duda. Pero no podemos limitarnos a reaccionar: tenemos que tomar la iniciativa. Hay que segar el suelo bajo los pies del escuadrismo, señalar todos sus movimientos y atacar la mano que le da de comer. Necesitamos un antifascismo de clase y de mayorías, porque el fascismo vive por y para la clase capitalista de quien es el perro guardián. Necesitamos tener claro que el enemigo tiene muchas cabezas: no son solo grupúsculos callejeros, son los grandes medios y partidos de derecha, es el propio aparato del Estado. Necesitamos saber que no se puede confiar en esos partidos de izquierda que llevan años agitando falsas promesas mientras el monstruo crece y aglutina partes cada vez mayores del descontento social. Los medios de autodefensa que cada vez son más urgentes no solo deben dirigirse contra el escuadrismo callejero, sino también aumentar nuestras fuerzas, las fuerzas de la clase trabajadora, contra unos Estados cada vez más autoritarios.

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