Un tiempo histórico es siempre más complejo que eso que solemos llamar espíritu de época. En unas coordenadas espacio-tiempo determinadas siempre suceden muchas cosas a la vez, siempre se entremezclan todo tipo de fenómenos y, obviamente, las percepciones de esta compleja trama pueden ser muy diferentes. Dejemos de lado, por tanto, la tentación de definir la época que vivimos con una sola palabra.
Ahora bien, identificar tendencias es fundamental para comprender nuestro tiempo. A estas alturas es evidente que estamos en medio de un vendaval autoritario que amenaza con arruinar cuanto encuentre a su paso. Ya sabemos que aunque las extremas derechas se presenten como antisistema, la pulsión que las alienta es profundamente sistémica y estructural, porque emana del capitalismo, el patriarcado, el racismo y el colonialismo. El neoliberalismo ha ido agotando sus mecanismos de seducción y necesita nutrirse de las pasiones tristes que él mismo genera: ahora mismo le es más funcional el odio que la esperanza.
Este vendaval toma formas múltiples, aunque es innegable su aire de familia. En algunos casos aparece como el retorno del nazismo y los fascismos históricos, en otros como una versión turbo del conservadurismo liberal o democráta-cristiano. En esta Europa en decadencia, la pulsión por recuperar el espíritu imperial-colonial disfrazado de afán civilizatorio toma formas bestiales, a veces patéticas, pero siempre peligrosas. Así las cosas, no puede extrañarnos que la versión española de esta ola recurra a los viejos patrones de satanización del “moro” y afirmación de la unidad y homogeneidad de la “patria y la lengua española” frente a todo tipo de diversidad cultural, no digamos ya de reclamación de autogobierno.



Frente a estas olas reacionarias, las izquierdas y los movimientos emancipatorios se enfrentan a una crisis a veces atroz. Los viejos paradigmas, convertidos en recetas, se han mostrado incapaces de inspirar las luchas que estos tiempos requieren y las nuevas fórmulas parecen agotarse pronto entre renacidos narcisismos, verticalismos y sectarismos. En una situación así, es lógico que se preste atención a las experiencias que logran avanzar, esto es, a aquellas que son capaces de generar expectativas y construir horizontes alternativos. Es en este sentido que cabe hablar de un momento km 0 en las izquierdas, no como una tendencia que da cuenta de todo, no como una panacea, no como algo que estaba destinado a ocurrir por leyes históricas ineludibles, sino como un acontecimiento contingente, algo que de hecho está pasando y que, por ello, requiere ser tenido en cuenta por quien desee encontrar respuestas a las preguntas estratégicas de las izquierdas.
Cabe hablar de un momento km 0 en las izquierdas, no como una tendencia que da cuenta de todo, no como una panacea, no como algo que estaba destinado a ocurrir por leyes históricas ineludibles
Aunque estamos ante un proceso que se puede apreciar en otras geografías (como por ejemplo, Gales, Escocia e Irlanda) quiero subrayar su plasmación en el estado español, porque estamos ante una pauta comprobable en diferentes territorios y porque -esto es muy importante- ha venido precedido de un momento 15M de predominio de la escala estatal. Podemos resumir esta idea de momento Km 0 como el fortalecimiento de las izquierdas centradas en los territorios y las comunidades, su identidad, su autogobierno y su control sobre sus recursos frente a las de ámbito estatal. Y es evidente que están creciendo en la mayor parte de los territorios que hoy forman parte del Reino de España.



Tienen en común la problematización desde la izquierda del actual modelo de estado español. En algunos casos, como deseo de secesión y creación de nuevos estados soberanos. En otros como impugnación de las relaciones de poder y propuesta de otras fórmulas, sean confederales, de mayor descentralización, etc. Eso sí, en todos los casos, cuestionan la mirada que parte desde Madrid y convierte naciones, pueblos y regiones en “periferias”, porque esa mirada articula unas relaciones de poder basadas en una concepción totalmente diferente de km 0, el lugar de la madrileña Puerta del Sol del que parten las carreteras nacionales más importantes. Y lo hacen desde la izquierda, no desde exclusivismos etnicistas ni visiones esencialistas de la comunidad o la lengua. Con una perspectiva de transformación de las estructuras socioeconómicas, de ampliación de derechos y de superación de todas las formas de dominación y explotación. Todo ello pegado al territorio y con la mirada en una transición justa hacia otras formas de relación con el planeta. No es casualidad, por ejemplo, que lideren las luchas contra la turistificación y los extractivismos.
Hablar de izquierdas de Km 0 nos ayuda a pensar un espacio plural y muy diverso que va más allá de la apuesta independentista o soberanista. Y, sobre todo, ayuda a que dejemos de vernos como periferias. Una política de Km 0 significa precisamente autocentrarse y cuestionar esa división que reproduce la lógica del centro moderno y civilizador que debe pastorear las periferias atrasadas y bárbaras, según la cual algunas sociedades carecen de la capacidad de autogobernarse y administrar sus recursos y, por ello, deben acepar la tutela “natural” de otros.

Una lógica del Km 0, en cambio, parte de la base de que todas las comunidades humanas tienen derecho y son capaces de autogobernarse, por lo que las articulaciones institucionales y políticas deben hacerse en base al principio de agregación democrática y no por mecanismos de subordinación. Desde ese punto de vista, un estado no debe ser nunca una cárcel de pueblos. Un estado puede ser un proyecto común compartido entre varias comunidades o naciones -no se trata de considerar que hay un solo modelo universal “una nación=un estado”, pero solo mediante la agregación democrática, nunca por medio de dinámicas de imposición y dependencia.
Los soberanistas vascos aspiramos a crear nuestra propia república, como todo el mundo sabe, porque creemos que es lo mejor para nuestro pueblo, pero otros movimientos de Km 0 apuestan por modificar las relaciones de poder dentro del estado español sin llegar necesariamente a formular una secesión. Incluso algunas se formulan desde visiones alternativas de la identidad española. Se trata, evidentemente, de proyectos diferentes para comunidades que tienen trayectorias históricas y particularidades diferenciadas. No hay ni debe haber una receta universal, porque esa diversidad reclama alternativas diferenciadas. Pero en todos los casos se observa esa lógica de Km 0, autocentrada, que elige la agregación democrática de abajo arriba. Por eso podemos hablar de un momento de las izquierdas de km 0, no en el sentido de un patrón ni de una receta universal, sino como constatación de una tendencia de conexión con el territorio, la cultura y las identidades colectivas desde la izquierda. Es un espacio tan conplejo que incluye una fuerza que se llama !más Madrid!, porque hoy en día el centralismo supremacista se cuestiona incluso desde el lugar que ha convertido en su santuario.
Hay una diferencia fundamental entre tener un estado y querer crearlo. También la hay entre compartir las lógicas dominantes de un estado y cuestionarlas profundamente. Las izquierdas de km 0, sean soberanistas o no, se saben contrapuestas a las lógicas estructurales dominantes en el estado español y, por ello, comprenden las limitaciones de los marcos institucionales, diseñados para reproducir esas lógicas. No se trata de despreciar esos marcos institucionales como campos de intervención y espacios en disputa, claro, pero sí de evitar considerarlos el único espacio de la política. Una izquierda de km 0 es, por necesidad, más allá de sus inspiraciones teóricas, movimiento, porque los objetivos que se plantea solo pueden lograrse con dinámicas de construcción de comunidad e identidad compartida más allá de las instituciones. Desde las instituciones, más allá de las instituciones e incluso contra las instituciones, pero nunca haciendo como si no existieran ni como si fueran lo único existente. Como movimiento sociopolítico, en definitiva, no solo como partido.
Lo cierto es que en nuestro contexto las izquierdas de km 0 están creciendo y consolidándose frente a una profunda crisis de las formaciones de ámbito estatal español. Esto no quiere decir que cualquier proyecto que se identifique con esa lógica vaya a tener éxito. Hablamos de historias y de realidades diversas y, por razones obvias, esas particularidades son determinantes para una política km 0, por lo que más que buscar una receta exitosa, estaríamos ante una pulsión de época (entre otras) en la que las izquierdas se afianzan cuando se configuran como movimiento e institución a la vez, cuando se asocian a una identidad compartida con anclaje cultural e histórico, cuando construyen desde la agregación y el respeto a la diversidad y, en última instancia, cuando articulan luchas y demandas diferentes en torno a un proyecto de convivencia y autogobierno ligado a otro modelo de gestión del territorio.
Ahora bien, desde esta afirmación autocentrada, uno de nuestros retos es convertir esta disputa con las izquierdas “Puerta del Sol” en una competencia virtuosa. No se trata de renunciar a la contraposición de ideas, proyectos y estrategias, sino de explorar todas las posibilidades de coloboración. La gravedad de la amenaza autoritaria nos exige experimentar y buscar nuevas fórmulas para transitar tramos compartidos, esto es, etapas en las que podamos caminar y avanzar juntos/as. No podemos permitirnos el lujo de crear abismos entre nosotras. Pero a la vez, debemos insistir en que la colaboración reclama dejar de lado la lógica del centro que debe marcar el camino a las periferias.
Las izquierdas de km 0 no somos “identitarias”, en realidad, todos los movimientos sociopolíticos se asocian a una identidad colectiva, que en el mundo en el que vivimos, tiene una vertiente de adscripción nacional. Por decirlo de un modo un tanto provocador, tan nacionalista es el PCE como EH Bildu, lo que ocurre es que los nacionalismos de los estados tienden a formularse como nacionalismos banales e incluso a negarse, mientras que los de las naciones sin estado se perciben como la medida de todas las cosas. No hay izquierdas nacionalistas y no-nacionalistas, sino diferentes nacionalismos en pugna. Reconocerlo sería una buena base para formas de colaboración más respetuosas y eficaces y nos ayudaría a encontrar los puntos comunes, sin duda.



























