“Ni mi mujer me conoce por Francisco, todos me llaman Alberdi”, me corrige nada más saludarle. Luego insiste: “En mi mundo el usted no existe”. Y así, con la misma cercanía con la que ha defendido durante décadas los derechos de los trabajadores, comienza esta conversación con uno de los nombres clave del sindicalismo en Asturias y en España: Francisco Prado Alberdi.
Nacido en Bustiello, Mieres, en 1945, hijo de un policía del franquismo, Alberdi transitó muy pronto por los caminos de la militancia. Desde la Juventud Obrera Cristiana (JOC) hasta Comisiones Obreras, pasando por la USO y el PCE, su biografía es la historia viva de la lucha obrera en tiempos de represión. La dictadura le persiguió, le encarceló, le puso un mote, Pipas, que acabaría convertido en un símbolo de resistencia. Pero ni las amenazas ni las detenciones le apartaron de su compromiso. Cofundador de CCOO en España, liberado sindical hasta tres veces (pero siempre regresando a su puesto como electricista en Aceralia), expresidente de la Fundación Juan Muñiz Zapico y condecorado con la medalla de plata de Gijón, Alberdi es, ante todo, un hombre que reivindica sus aciertos y errores con la humildad de quien ha peleado hasta el final.
Amante de la lectura y testigo de una época donde jugarse la libertad por repartir octavillas era el pan de cada día, Francisco Prado Alberdi, o simplemente Alberdi, nos abre su memoria, que es también la memoria de la lucha sindical en Asturias, y como “electricista jubilado”, con un largo bagaje de “resistencia y proposición”, también muestra su mirada sobre el presente de la siderurgia y el sindicalismo.

Tengo entendido que siempre has sido un adicto a la lectura, ¿puedo preguntarte qué estás leyendo ahora mismo?
Yo soy muy aficionado a la novela negra. Ahora mismo estoy leyendo la última de Benjamín Black, pseudónimo de John Banville: Los ahogados.
¿Y si te pregunto por las lecturas que más han influido en tu vida?
Se me viene a la cabeza Hermann Hesse. Hay un libro suyo que yo creo que todos los adolescentes de mi generación leímos: El lobo estepario. Nos sentíamos identificados con él. También puedo decirte que intelectualmente, yo fui cristiano un tiempo. Estuve en las JOC y desde ese ángulo me influyó mucho Simone Weil con su libro La condición obrera. Después, también viví una etapa en la que leía sobre el existencialismo de Sartre. Iba leyendo según la época y lo que llegaba, que era muy poco, hasta que empecé a entrar en la etapa de conocimiento del marxismo y comencé a leer cosas de Marx, de Engels, aunque siempre de forma heterodoxa. Cuando fui cristiano fui un cristiano muy heterodoxo. Y cuando fui comunista, también fui muy heterodoxo. O sea que yo rebuscaba un poco por los márgenes. También leía a gente que empezaba a hacer una crítica al marxismo oficial.
“La JOC me dio una cosa fundamental: el orgullo de clase. Para aquellos cristianos Cristo era de su clase, era carpintero, era uno de los nuestros”
Pero tú no vienes de una familia militante y además, tu padre era de la policía armada ¿Cómo empezaste a militar en el sindicalismo y en política? ¿Fueron estas lecturas las que te cambiaron?
No, lo que pasa es que hay algo determinante: Entré a trabajar en un cine a los doce años. Esa etapa me marcó mucho. El trabajo infantil es un infierno y al principio me hizo una persona cohibida, miedosa, acojonada, en definitiva. Hasta que descubrí a la JOC al juntarme con otros chavales que estaban ahí metidos. La JOC me dio una cosa fundamental: el orgullo de clase. Para aquellos cristianos Cristo era de su clase, era carpintero, era uno de los nuestros. Supongo que ahí empezó todo. Pero luego vino el choque con la realidad. El cambio importante lo tuve cuando las huelgas del 62. Yo acababa de cumplir 17 años y me doy cuenta que nosotros podíamos ser jóvenes, obreros y reivindicativos, pero al final estábamos en una institución franquista que nos cortaba las alas. Así que me pasé al terreno sindical. Primero en la USO y de ahí a CCOO y al PCE. De hecho, la mayor parte de la gente con la que conviví en la JOC acabó, como yo, en el PCE y en CCOO. Era una evolución totalmente normal en aquel momento. Eran los que estaban ahí y luchaban por derechos con los que nosotros estábamos de acuerdo. Así que la lectura me acompañó, pero yo no diría que me empujó. En esa evolución yo siempre iba buscando lo que leía o leía lo que iba buscando, pero fue la vida la que me radicalizó.

¿Y es verdad que fue la policía franquista quien te puso el mote de Pipas?
Sí, sí, sí, fueron ellos. Es que yo fumaba en pipa. Una de las cosas que tenía la policía era que trataba siempre de ponerte un mote y así te hacían sonar como un delincuente. Hicimos una serie de manifestaciones y asambleas y la policía tiró unas octavillas, que era un método bastante habitual para ellos en aquel entonces, diciendo que los trabajadores tenían que tener cuidado, que estaban cayendo en manos del comunismo. Y mencionaron a algunos líderes. Recuerdo a uno llamado Prendes que le llamaron “Prendes ‘El brasileño’”. Nadie le llamaba así, pero había estado en Brasil y la policía lo sabía. Y al mencionarme a mí, pusieron “Francisco Prado Alberti ‘El Pipas’” porque sabían de mi costumbre. Y partir de entonces, todo el mundo empezó a llamarme “Pipas”.

Sabían muchas cosas de vosotros. Os tenían controlados.
Ten en cuenta que de aquella, dentro del movimiento obrero, actuábamos a cara descubierta en las asambleas que hacíamos allí en la fábrica. Delante de las oficinas. Así empezamos. Había gente que hablaba y yo era uno de los que hablaba bastante. Cuando me detuvieron en el 73, me enseñaron fotografías mías hablando en esas asambleas. Claro que estábamos controlados y vigilados. Pero ese mundo clandestino de aquella época para nosotros no era tan clandestino. Hacíamos sindicalismo, aunque fuera antifranquista, y había que hablar y había que intervenir y había que encabezar las cuestiones. Ya digo, a cara descubierta.
Y entonces, en 1973 fuiste a la cárcel. ¿De qué se te acusó?
De asociación ilícita. Hubo una caída colectiva. También yo. La empresa aprovechó para despedirme.
¿Sufriste torturas?
Sí, en comisaría, antes de ir a la cárcel. No me gusta mucho hablar de ello, pero sí, en comisaría. Aquella detención fue bastante cruda, fue muy duro. Lo de torturarte en comisaría era algo bastante generalizado cuando te cogían. En realidad a los dieciocho años había sido la primera vez que me habían detenido. Hubo una recogida de firmas en Avilés para que se respetara el Fuero del Trabajo franquista en algunas cuestiones, qué cosas, y me encargaron a mí que las guardara porque podía pasar más desapercibido, pero alguien habló y fueron a por ellas. En aquella ocasión creyeron que era un joven que había sido engañado y solo me regañaron. Pero en el 73 sí hubo torturas, no solo a mí, a mucha más gente.
“Empezamos simplemente resistiéndonos a la reconversión, nos resistíamos y punto. No teníamos claro muy bien por qué al principio.”
Y volvieron a detenerte en el 75.
Sí, ahí ya era un dirigente de CCOO en Asturias. Lo curioso es que en esa ocasión no me tocaron. Bueno, lo curioso no, en realidad era lo normal. Eso ya me lo había dicho la gente mayor de aquella: a los dirigentes no les tocan un pelo, pegan a los que no son dirigentes. Imagino que en los años cincuenta y sesenta había sido mucho peor, pero de todas formas en aquel final del franquismo, la policía empezó a tener algo de miedo por lo que había pasado en Portugal con la Revolución de los Claveles, con gente asediando a policías y bajándoles los pantalones. Empezaban a ver que las cosas podían cambiar.
Aquí en Asturias no pocos creen que eres uno de los grandes líderes que salvó la siderurgia en Asturias. ¿Te reconoces en ese mérito?
Reconozco a la gente que luchamos, yo y otros muchos. Lo que pasa es que a mí me tocó jugar un papel de dirigente durante una época importante. Fui Secretario del Comité de Empresa; después fui Secretario General de CCOO de Gijón; luego de la sección sindical de Siderurgia Gijón. Me tocó toda esa época, simplemente eso. Pero yo creo que hay un montón de gente que jugamos un papel importante. Fue una cuestión colectiva. Yo siempre lo digo, y no quiero con esto criticar a los demás sectores, que tuvieron sus problemas y cada uno tuvo que plantear la lucha como pudo, que nosotros, la siderurgia, empezamos simplemente resistiéndonos a la reconversión, nos resistíamos y punto. No teníamos claro muy bien por qué al principio.

Pero luego sí lo tuvisteis claro
Es que fundamentalmente la reconversión afectaba al empleo y suponía el cierre de instalaciones. Hay una cosa que no hay que olvidar: al principio no se hablaba de Ensidesa como una empresa que había que hacer más rentable, se buscaba reducirla a mínimos o incluso cerrarla. En los ochenta había una batalla soterrada con los altos hornos de Vizcaya. Era una empresa privada que vivía de dinero público, situada en un sitio muy sensible por el tema de ETA, con un PNV que muchas veces hacía de muleta para el PSOE. Y nosotros éramos una región pequeña con pocos votos. Recuerdo una entrevista de Cambio 16 en la que el ministro de economía de entonces, Solchaga, hablaba sin tapujos de cerrar la siderurgia asturiana, utilizando la palabra “reconvertir”. Así que empezamos a plantear una resistencia porque entendíamos que nos estaban intentando vender la moto. Reconvertir es crear industria, no cerrarla. Ellos entendían que la siderurgia asturiana estaba obsoleta y no hablaban de hacerla más rentable. Al final, nos dimos cuenta que no solo había que ser resistentes, sino propositivos. Que la batalla había que ganarla no pidiendo subvenciones, sino pidiendo inversiones, siendo conscientes de que la empresa no era rentable y que había que proponer para que llegara a serlo. Ahí empezaron las batallas y las victorias parciales. Para ello hay que reconocer que tuvimos ayuda de mucha gente que no teorizaba, pero que conocía la siderurgia: economistas que ayudaron a plantear alternativas para hacer más rentable a Ensidesa. Lo que no defendimos es que se llegara a privatizar.

¿Se salvó la siderurgia asturiana aunque a la larga fue una victoria parcial tal vez?
Cuando finalmente conseguimos que se invirtiera dinero, creo que el gran logro que salvó la siderurgia asturiana fue la construcción de la acería LD-III. Ahí pusimos todo nuestro esfuerzo. ¿Por qué? Porque si se construía una acería moderna como la LD-III de Avilés, lógicamente, había que mantenerla, y para mantenerla, era necesario renovar los hornos. Los hornos de Avilés ya no podían seguir, estaban obsoletos. El problema fue que, aunque todo ese dinero se invirtió para hacer la empresa rentable, también hubo una gran reducción de plantilla, que fue financiada por el Estado, ya que los trabajadores se jubilaron a cargo del presupuesto público y no de la empresa.
“Ahora parece que ArcelorMittal, al ser privada, sí es rentable, pero lo cierto es que todavía se usan recursos públicos.”
Y una vez que habían saneado la empresa, la vendieron.
Efectivamente. Una vez que la empresa estuvo saneada, intentaron venderla, pero, en realidad, no se vendió, se regaló. La última batalla que libramos fue para que el Estado se quedara con la “acción de oro”, pero no lo conseguimos. La venta se hizo de manera desfavorable. Hoy, muchas personas hablan de todos aquellos años, pero todo este proceso costó mucho dinero al pueblo español para que la empresa fuera rentable. Ahora parece que ArcelorMittal, al ser privada, sí es rentable, pero lo cierto es que todavía se usan recursos públicos. El problema es que, aunque la empresa privada no pierda dinero, lo que busca siempre es maximizar sus ganancias. Los fondos de la Unión Europea están cubriendo estos gastos, pero siguen pidiendo más. Nosotros veíamos venir esta situación y queríamos evitarla, pidiendo un control estatal y del Principado. Este control se plasmó en una participación casi simbólica en los consejos de administración. Los sindicatos también teníamos representación, pero nuestra función se limitaba a la protesta. En esa época, éramos algo ingenuos, pensábamos que al estar con la administración lograríamos avances, pero al final, no fue así.
La “marcha de hierro” fue una movilización histórica que se produjo a principios de los noventa donde 250 siderúrgicos caminaron durante 18 días hasta Madrid para exigir a Felipe González un futuro para la siderurgia y para Asturias. ¿Cómo lo viviste?
En lo personal fue duro porque me dolían mucho las piernas y había estado ingresado recientemente. En ese contexto, se planteó que necesitábamos hacer una acción significativa, porque ya había cierto cansancio de huelgas y manifestaciones, sobre todo en Gijón, donde habíamos hecho muchas caminatas desde la fábrica hasta el ayuntamiento, entre otras acciones. Entonces, la idea fue organizar una marcha caminando hasta Madrid, algo que tuviera una repercusión pública. Recuerdo a Rubén Vega, el historiador, quien es amigo mío, cuando me uní a la marcha. Me comentó que parecía que iba a un entierro porque la sensación era que, al llegar a Madrid, la movilización terminaría, que firmarían algo y todo quedaría ahí. Y, de alguna manera, eso fue lo que ocurrió. Pero, aunque no conseguimos todo lo que queríamos, la manifestación fue muy importante porque fue un campanazo y ayudó a que se lograran algunas cosas. Nosotros pensábamos que había que mantener la presión, pero el gobierno consideró que ya había llegado el momento de firmar el acuerdo.

¿Es cierto que la “marcha de hierro” enfrentó el rechazo incluso de ciertos sectores de la izquierda?
Claro, hay que tener en cuenta que la fuerza del PSOE en ese momento era muy grande. Hay una imagen que me quedó grabada y que te puede dar una idea de lo que era la marcha de hierro. Cuando nos acercábamos a Madrid, había un mitin del PSOE, con Felipe González, en una época gloriosa para él. En ese momento, un autobús que iba al mitin nos adelantó, lleno en su mayoría de jubilados. Nos insultaron, como si fuéramos el enemigo, porque nos estábamos oponiendo al PSOE. Así estaban las cosas en ese momento.
Luchasteis con huelgas durante dos décadas y conseguisteis que se modernizara y que se salvara la industria siderúrgica asturiana. Además la reducción de plantilla no fue traumática. Sin embargo, al final no se pudo evitar la privatización total de la empresa. ¿Se podía haber hecho algo que no se hizo o se hizo algo que no se debería haber hecho?
Yo creo que, siendo realistas, el mantener el carácter público era complicado políticamente. Con un PSOE que defendía la privatización, que además tenía una mayoría absoluta y una hegemonía política importante en el país, si ellos estaban por esa labor, no había mucho que hacer. Nosotros llegamos a plantear un carácter semipúblico intentando evitar lo que al final ocurrió. El PSOE entendía que si era una empresa pública no podía ser rentable y que sí sería si llegaba a ser privada.
“En el INI, durante años, se acumuló mucha gente que no sabían donde colocar. Había muchos ingenieros y mandos innecesarios. Cuando yo entré había tres ingenieros para 20 o 25 trabajadores. Eso era insostenible.”
¿Sigues pensando que una empresa pública puede ser rentable?
Para contestarte te voy a contar una anécdota. En esos años hubo un encuentro en La Granda sobre el tema de la siderurgia. Allí estaba Francis Mer, que era presidente de Siderurgia Sacilor, la empresa pública francesa. Después, Francis Mer se pasó al neoliberalismo y acabó siendo ministro de Economía, pero bueno, durante ese debate en La Granda, uno de los dirigentes de siderurgia que estaba allí le preguntó a Francis Mer por qué la empresa pública no podía ser rentable, a lo que Francis Mer respondió algo que dejó a todos sorprendidos: “El problema de que una empresa sea rentable no depende de si es pública o privada. Una empresa pública también puede ser rentable. La empresa que yo dirijo es rentable. El problema está en los gestores.” Ahí estaba la clave. En Ensidesa había un problema en la estructura, en lo que se llama personal de estructura, como mandos y oficinas, que eran una carga terrible. En el INI, durante años, se acumuló mucha gente que no sabían donde colocar. Había muchos ingenieros y mandos innecesarios. Cuando yo entré había tres ingenieros para 20 o 25 trabajadores. Eso era insostenible.
Entonces, entiendes que el problema no era el modelo público en sí.
Exacto, el problema no era que la empresa fuera pública, sino cómo se gestionaba. Francis Mer lo dejó claro: “Si una empresa pública no es rentable, el estado francés me echa.” Aquí eso no ocurría. Aquí ni se echaba a los gestores ni a los mandos que sobraban en Ensidesa. A pesar de todo, seguíamos defendiendo que una empresa pública podía ser rentable. Pero, quizás, esa ya fue una batalla perdida. Al final, planteamos que la empresa fuera semipública, luego que fuera mixta, pero al final la “acción de oro” no la conseguimos. Luego, en el 96, llegó el PP y ahí se acabó todo.

Ahora, después de tres décadas, ArcelorMittal está poniendo en la cuerda floja la siderurgia asturiana. ¿Crees que estamos ante una agonía irreversible que puede llevar a que desaparezca la siderurgia en Asturias?
Es una perspectiva dramática, pero ahí está el peligro. Creo que hay que evitarlo. Y ahí volvemos al gran problema. El tema es que hoy, con ArcelorMittal, en Asturias tenemos la única cabecera siderúrgica de España y una de las pocas de Europa. Por lo tanto cabe preguntarse: ¿Es un recurso estratégico, sí o no? Ese es el gran dilema que debemos plantearnos, especialmente con lo que está por venir. Estamos viendo cómo la situación económica de Europa va a cambiar y hay que reconocer que renunciar a un recurso como el acero a largo plazo sería un error. Hay que defender la siderurgia como un recurso estratégico, no solo para Asturias, sino para España y para la Unión Europea. Lo que sucede en la siderurgia asturiana es un tema europeo.
¿Ves una analogía con la dependencia energética europea de Rusia?
Exacto. Alemania, por ejemplo, ha tenido una gran dependencia energética de Rusia, y ahora estamos viendo las consecuencias. China, por su parte, tiene su propia industria siderúrgica, y eso nos lleva a plantearnos de qué acero vamos a depender. Es una cuestión estratégica, como lo es la energía. Es un problema a largo plazo. Mira lo que nos pasó con la pandemia. Nos dimos cuenta que habíamos renunciamos a industrias básicas, como la fabricación de mascarillas o respiradores, y nos encontramos desprotegidos y dependientes de los demás. Por eso, creo que debemos cerrar filas, mantener nuestras industrias y empresas públicas. Puede que una salida temporal sea un consorcio o alguna otra solución, pero hay que mantener la siderurgia. El dinero que está previsto para la descarbonización debe usarse para garantizar que esta industria continúe. Porque, insisto, no es solo importante para Asturias, sino para España y para la Unión Europea.
“Creo que el sindicalismo, en la época actual, ha caído en una situación en la que, por desgracia, se ha convertido en un sindicalismo de resistencia.”
¿Crees que se ha sido demasiado permisivo con ArcelorMittal desde el gobierno asturiano y también desde el gobierno central?
Yo creo que sí, pero eso nos pasa porque, en el momento en que tomamos ciertas decisiones, ignoramos que estas empresas solo buscan beneficios a corto plazo, inmediatos. Además, ¿qué tipo de beneficio hay si estas empresas ya no viven de lo que producen, sino de la bolsa? Viven del capitalismo financiero. Entonces, lógicamente, se deberían haber amarrado mucho más las ayudas que se les dio desde el principio, cuando la siderurgia se privatizó. Aunque ya no tuviéramos participación directa en la empresa, seguían pidiendo subvenciones, y esas subvenciones se las otorgaron sin exigir mucho a cambio. Se les facilitó mucho todo sin condiciones claras.
Voy a insistir en la autocrítica: ¿Crees que el sindicalismo podría haber hecho algo más?
Creo que el sindicalismo, en la época actual, ha caído en una situación en la que, por desgracia, se ha convertido en un sindicalismo de resistencia. Nos están quitando derechos que obtuvimos en otras épocas y estamos regresando al siglo XIX. Ahora estamos en las trincheras, intentando defender lo que habíamos conseguido. En el caso de la siderurgia, conseguimos bastantes cosas. ¿Podíamos haber conseguido más? No lo sé. Tal vez, si hubiéramos tenido un apoyo más decidido en ciertos momentos, podríamos haber logrado más. En los años 80 teníamos un apoyo importante de los asturianos, pero después ya no tanto. Hay que reconocer algo: las prejubilaciones, en muchos aspectos, desarmaron al sindicalismo. Al principio la gente se prejubilaba con el 100% de lo que les correspondía. Después, los demás no tuvieron las mismas condiciones. Yo, por ejemplo, me marché con un 80%, pero eso de alguna manera fue debilitando la lucha sindical. No nos dimos cuenta de que la siderurgia asturiana no solo da vida a los trabajadores que trabajan en ella, sino que también da vida a muchas otras empresas y, al final, a toda la sociedad.

¿Cómo ves que la extrema derecha esté avanzando en barrios obreros?
Como un problema grave. Yo vivo en un barrio de Gijón, La Calzada, que históricamente ha sido un bastión de la izquierda, compuesto principalmente por metalúrgicos, siderúrgicos y gente del sector naval. Me preocupa ver entre la gente joven un avance de la extrema derecha. Eso es preocupante.
¿Por qué crees que está pasando esto?
A mí me parece que la izquierda está perdiendo la batalla cultural. El sentimiento de clase se está perdiendo. Hoy en día la cultura está enfocada más en la identidad individual y no en la colectiva. La cultura neoliberal ha acabado con los valores colectivos, los valores de clase. La gente ahora busca a qué pertenecer, el ser humano siempre lo hace, pero con otros valores que no tienen ningún tipo de coherencia. Es inconcebible que la gente en un barrio sin ricos esté en contra de que los ricos paguen más impuestos.
¿Qué crees que influye en esta situación?
El control de los medios de comunicación es clave, fundamental. Por eso es tan importante apoyar los pocos medios que quedan que no están controlados. Esto está relacionado con la batalla cultural que se ha perdido.
Para terminar, tengo entendido que eres una persona reflexiva, que piensa sobre sus aciertos y errores. ¿Te atreves a darnos un balance de ellos?
Siempre recuerdo una frase de Manuel Vázquez Montalbán, cuando le preguntaban por su pasado comunista y le asociaban con la Unión Soviética. Él dijo: “Nosotros éramos comunistas de los sueños, no de las pesadillas”. Yo siempre tuve un sueño, el sueño de la justicia, de la igualdad. Luchamos por esos sueños, para acabar con la dictadura, pero no conseguimos hacerlo como queríamos. La transición, aunque tuvo sus avances, también tiene muchos defectos. Cuando miro el resultado final, pienso: ¿Esto es lo que soñamos?No, no conseguimos todo lo que queríamos, pero así es la utopía. La utopía está siempre al fondo del horizonte. Cuando caminamos dos pasos, la utopía se aleja dos y el horizonte cinco. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para caminar. En el camino se logran avances, pero la utopía nunca se alcanza.



























