Asturies con Palestina

Esta semana NORTES está de aniversario y les entrega uno de sus premios por clamar contra el asesinato diario de niñas y niños.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Ante un genocidio anunciado abiertamente y perpetrado a fuego lento ante nuestros ojos desde hace meses, la Unión Europea empieza a preguntarse, ahora, sesenta y pico mil asesinados después, si, quizá, estará Israel incumpliendo alguna ley. Y parece como si tuviéramos que darles las gracias por la sensibilidad, por hacerse la pregunta retórica, mientras sigue sin haber una ruptura de relaciones con el estado genocida y terrorista de Israel y sin constatarse ninguna intención real de hacer nada por detener sus crímenes infames.

Las fuerzas del ejército de ocupación sionista están ahora dejando entrar con cuentagotas la ayuda que han bloqueado durante semanas, pero no pierden la ocasión de disparar contra los palestinos que hacen cola para recibir alimentos, o de atacarlos con drones, o de ejercitar su sadismo haciéndolos caminar, a pie y bajo el sol, largos  kilómetros hacia los lugares de distribución de alimentos para luego anunciarles que no distribuirán nada. No se puede ser más miserable. Son una evidente regresión en la evolución humana. Hoy mismo, mientras escribo esto, los soldados de ese ejército bastardo han disparado contra los palestinos hambrientos que esperaban el reparto de alimentos: cuarenta asesinados más y ciento cincuenta heridos. Hace tiempo que he renunciado a entender qué tienen en la mente quienes dejan morir deliberadamente a bebés, quienes queman vivos a refugiados en sus tiendas de campaña, quienes secuestran y torturan a médicos, disparan a quemarropa a niñas, a enfermos, a ancianos.

En medio de este infierno, estaría bien que pudiéramos diferenciar con claridad entre los políticos indiferentes, incluso proclives al genocidio, y los que lo condenan

En medio de este infierno, estaría bien que pudiéramos diferenciar con claridad entre los políticos indiferentes, incluso proclives al genocidio, y los que lo condenan. Pero no es fácil. Aznar, que no tiene que esconder de qué color y consistencia tiene el alma, ha dicho que sí, que las imágenes que llegan de Gaza son terribles, pero que Israel es un país avanzado tecnológicamente, muy avanzado (aquí cita sus proezas en el campo de la tecnología militar) y no nos conviene romper relaciones. No se le puede acusar de hipocresía. Está mal quemar vivos a niños, pero económicamente nos compensa cerrar los ojos. Por bestia que resulte el argumento, no sorprende viniendo de quien viene. Otra lumbrera de la misma catadura moral, Ayuso, se pregunta si esperamos que Israel acabe con Hamás lanzando flores. Y otro sabio de igual calaña y luces, Feijóo, nos ruega que frenemos el “acoso y derribo a Israel”. Es, de verdad, muy difícil digerir estas declaraciones, muy difícil.

Pero tenemos un problema serio si, frente a quienes apoyan la devastación absoluta de todo un pueblo sin que en su conciencia se encienda ninguna luz, como los dirigentes del Partido Popular, lo único a lo que se atreve nuestro gobierno es a reconocer el estado de Palestina. ¿Qué estado, exactamente? ¿No saben el presidente del gobierno y el señor ministro de exteriores (que sigue sin emplear el término “genocidio”) que el ejército de Israel ha destruido ya una gran parte del territorio palestino? ¿No sabe que ya han asesinado a más de 60.000 palestinos, que están dejando morir de hambre al resto, que siguen secuestrando y torturando? ¿Tampoco saben lo poco que le importan a Israel los pronunciamientos de la ONU, precisamente porque sabe que son solo eso, palabras? Me gustaría saber qué efecto práctico tiene reconocer la existencia del estado palestino mientras se permite que se asesine a sus miembros y se arrasen sus tierras. Raquel Martí, directora ejecutiva del comité español de UNRWA, ha señalado que menos del 5% de las tierras de cultivo de Gaza son utilizables, según evaluaciones de la ONU y la FAO, como consecuencia de la devastación provocada por Israel.

Trump y Netanyahu en la Casa Blanca | Foto: GPO | GPO
trump y netanyahu

Las declaraciones de gente de la calaña de Aznar, Ayuso y Feijóo apoyando a un criminal de guerra como Netanyahu encajan bien en su curriculum. Allá ellos y su falta de conciencia. Pero la hipocresía de un gobierno “de izquierdas” que no se atreve ni a calificar como genocidio lo que estamos viendo cada día, que sigue comerciando con Israel, es igualmente inmoral. Hay que romper relaciones con los genocidas de manera radical, hay que dejar de comprarles y venderles armas, hay que tomar decisiones como las del gobierno de Irlanda, que prepara una ley para vetar las importaciones desde las colonias de Cisjordania, hay que decir basta aunque ya sea tarde, tardísimo, con decenas de miles de asesinados.

Entre tanto, entre declaraciones de políticos carroñeros y gestos inútiles de políticos tibios, a una atrocidad le sucede otra mayor. Hace unos días, el ejército de Israel asesinó a nueve de los diez hijos de una pediatra de Gaza, Alaa al-Najjar. Las bestias sionistas, con la tecnología militar admirada por Aznar, los quemó vivos y dejó malheridos al padre y a otro de los niños. En los periódicos podíamos verla a ella abrazada a las sábanas que envolvían los restos carbonizados de unos niños, de doce años el mayor, de seis meses la pequeña. Efectivamente, señora Ayuso, a los hijos de Alaa al-Najjar no los quemaron las fuerzas israelíes lanzando flores.

Lo que está haciendo Israel en Palestina es un genocidio, oponerse a él es un imperativo moral, pero estamos en un punto en el que defender lo obvio no es tan obvio. Estamos en un punto en el que existe, y es necesario que exista, una plataforma llamada Asturies con Palestina que reivindica la recuperación de los territorios ocupados y el fin del asedio a Gaza. Es decir, reivindica lo mismo que la ONU y, sin embargo, no sobra. Esta semana NORTES está de aniversario y les entrega uno de sus premios por clamar contra el asesinato diario de niñas y niños, contra un estado que los quema vivos, que ha bombardeado sus escuelas, que ha arrasado sus casas y sus tierras, que les dispara deliberadamente en el pecho y en la cabeza con esa tecnología de alta precisión que Aznar tanto admira y nuestro gobierno sigue comprando. El premio es tan merecido como infame el hecho de que sea necesario gritar lo obvio, que estamos siendo cómplices de un genocidio que los desalmados apoyan abiertamente y los hipócritas “solo” de hecho.

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