El Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico anunciaba hace dos semanas una noticia que, en otro contexto, habría pasado desapercibida: la población del urogallo cantábrico había aumentado un 8%. Una cifra pequeña para casi todo, salvo cuando se trata de una especie que rozó el colapso.
“Que haya 190 o que haya 210 me da igual: son poquísimos. Y además, no están todos juntos”, advierte María José Báñuelos, profesora de Zoología en la Universidad de Oviedo y una de las personas que más ha estudiado al urogallo en España. Lleva más de veinte años trabajando con esta especie, desde que, a comienzos de los 2000, participara en los primeros proyectos de estimación genética de la población cantábrica.
Un ave fantasma en los bosques de niebla
El urogallo cantábrico no es fácil de ver. De hecho, muy pocos lo han visto. Aunque es un ave grande, vive en lo más denso de los bosques de media montaña, en fragmentos forestales dispersos, y suele evitar el contacto humano. “Es como un fantasma del bosque”, resume Báñuelos. “Solo en primavera se concentran en los cantaderos, esas zonas donde los machos se exhiben ante las hembras para cortejar. El resto del año, cada uno va por libre”.

Fue en esos cantaderos donde, durante décadas, se contaron los ejemplares visibles para intentar estimar su número. Pero aquellos métodos eran parciales: solo registraban a los machos adultos que se mostraban. Las hembras, los juveniles, los individuos más discretos quedaban fuera del cálculo.
Hoy, el método ha cambiado. Se recogen muestras de plumas y excrementos, se extrae su ADN, y se construye una estima poblacional con métodos estadísticos. Es una forma no invasiva de saber cuántos quedan, cuántos son machos, cuántas hembras, y cuántos se detectan varias veces. Pero tiene sus limitaciones.
La cifra: ¿una buena noticia?
“Que se sigan haciendo monitoreos es buenísimo. Eso es lo más importante”, subraya Báñuelos. “Pero ese 8 %… hay que interpretarlo con cuidado”.
La investigadora compara el último estudio, de 2024, con el de 2019: “Entonces se muestrearon unas 5.023 hectáreas; ahora, 5.600. Eso es casi un 10 % más de superficie para rastrear”. El aparente incremento —de 191 a 209 ejemplares— equivale, casualmente, a ese 8 % que hoy se celebra.
“Mientras haya urogallos hay esperanza —admite—, pero aún es pronto para cantar victoria”.
“Si amplías el área de búsqueda, lo normal es que aparezcan más individuos. No siempre significa que haya ‘nacido’ más población, sino que la estás detectando mejor”, matiza. El margen de error refuerza la cautela: en 2019 la horquilla iba de 165 a 222 urogallos; en 2024, de 171 a 251. Ambas franjas se solapan ampliamente.
“Es normal que el intervalo sea tan amplio: hablamos de una estimación, no de un censo”, recalca Báñuelos. Para obtenerla se analizan plumas y excrementos y se infiere, mediante modelos de captura-recaptura genética, cuántos individuos distintos aparecen en las muestras.
El dato, por tanto, es alentador pero no concluyente. La población oscila de forma natural y, con apenas dos centenares de aves dispersas en fragmentos de bosque aislados, cualquier variación puede ser dramática. “Mientras haya urogallos hay esperanza —admite—, pero aún es pronto para cantar victoria”.
Poblaciones pequeñas, riesgos enormes
En biología de la conservación, el contexto lo es todo. Una oscilación del 10 % en una población de 10.000 individuos apenas se nota. Pero con una población de solo 200 —como en el caso del urogallo cantábrico— cualquier fluctuación puede ser crítica. “Las poblaciones oscilan. La humana, la de bacterias, y la de urogallos”, recuerda Báñuelos. “Y para detectar una tendencia real, necesitas muchos puntos en el tiempo. Dos datos, separados cinco años, no bastan”.
A esto se suma un factor estructural: la especie no ocupa un territorio continuo, sino que está dispersa en pequeños núcleos aislados, como islas en un mar de infraestructuras, pastizales, carreteras o áreas degradadas. “No es una población de 200 juntos en el mismo sitio”, advierte la zoóloga, “sino 200 repartidos por fragmentos de bosque a veces muy alejados entre sí”. Y aunque los urogallos vuelan, eso no implica necesariamente que haya flujo genético efectivo entre núcleos. Es decir, que puedan encontrarse, reproducirse y mantener viva la diversidad genética.
Esa fragmentación implica un doble riesgo: ecológico y evolutivo. Por un lado, los grupos aislados son más vulnerables a amenazas locales —un incendio, una enfermedad, una tala— que pueden extinguir un núcleo entero. Por otro, esa separación impide la mezcla de genes entre poblaciones, lo que puede llevar a procesos de consanguinidad, pérdida de variabilidad genética y menor capacidad adaptativa. “Sabemos que en algunos casos los animales se mueven”, explica Báñuelos, “porque lo hemos visto con datos genéticos: un individuo que estaba en un monte aparece años después en otro, 10 o 15 kilómetros más allá. Pero eso no quiere decir que se reproduzca allí. Puede haber llegado, pero no haber encontrado pareja”.
Y en poblaciones tan pequeñas, esa diferencia lo cambia todo.
“Además del impacto ecológico directo, ha habido errores humanos de otro tipo: de planificación, de prioridades y de enfoque”
Cómo se llegó hasta aquí: caza, bosques rotos y errores de gestión
La situación crítica del urogallo cantábrico no es fruto de un único problema, sino de una combinación de factores acumulados a lo largo de décadas. Durante mucho tiempo, se pensó que el deterioro del hábitat era la principal causa del declive. Y en parte lo es. Pero también lo fue la caza: hasta 1979 se permitía abatir urogallos, incluso en primavera, justo en plena época de celo. “Se cazaban los mejores machos, los más visibles, los que más se exhibían. Antes de que pudieran reproducirse”, explica Báñuelos. “Eso dejó una huella genética. Se perdió diversidad, y eso ya no se puede recuperar del todo”.

A nivel paisajístico, la Cordillera Cantábrica ha cambiado profundamente. Hoy, por encima de los 600 metros de altitud —donde solía habitar la especie—, solo un 22% del terreno está cubierto por bosque. Hace milenios, esa cifra superaba el 80%. Lo que antes era un continuo forestal se ha ido fragmentando en parches cada vez más pequeños y desconectados. “Como un helado que se derrite: lo primero que desaparecen son los bordes”, resume.
Pero además del impacto ecológico directo, ha habido errores humanos de otro tipo: de planificación, de prioridades y de enfoque. “Durante años se gastaron millones en actuaciones sobre el hábitat, en controles de depredadores, en gestión de herbívoros, en abrir o cerrar caminos… pero no se aplicó un enfoque de manejo adaptativo”, señala la profesora. Es decir, no se hicieron pruebas con seguimiento científico real que permitieran saber si esas intervenciones estaban funcionando. “No se midió la situación de partida, ni se recogieron datos sólidos después. Y si no sabes si algo ha funcionado o no, tampoco sabes si conviene repetirlo, cambiarlo o descartarlo”.
Así, mientras los urogallos iban desapareciendo en silencio de los bosques más periféricos, muchas medidas se tomaban a ciegas, sin evaluar su eficacia real sobre la población. “A veces se actuaba por intuición o presión política, no por evidencia”.

El cambio climático y otras presiones del presente
Entre las múltiples amenazas que enfrenta el urogallo cantábrico, el cambio climático actúa como un telón de fondo que reconfigura lentamente todo el escenario. “Es una especie de zonas frías, y aquí está en el límite suroccidental de su distribución”, explica Báñuelos. “No es que vayan a morirse de calor, pero el clima determina la vegetación, la humedad del suelo, la duración de la nieve… y todo eso influye en el tipo de hábitat disponible”.
Cambios en la temperatura, en los regímenes de lluvia o en los ciclos fenológicos de plantas y animales pueden afectar de forma indirecta, pero profunda, a una especie tan especializada como el urogallo. A medio plazo, la transformación del paisaje impulsada por el clima podría alterar los bosques de manera irreversible.
Pero esa es una amenaza de evolución lenta. “Ahora mismo hay otras presiones más inmediatas”, matiza la zoóloga. “Fragmentación forestal, sí, pero también tala, incendios, pastoreo intensivo, presencia humana, e incluso enfermedades que pueden afectar a núcleos pequeños sin que lleguemos a detectarlas”.
“Una sola persona hoy puede cambiar más el paisaje que 20 hace 40 años. Con maquinaria más potente, con más cabezas de ganado… el patrón de uso ha cambiado”
Lo más delicado es que no hay un patrón único. “En cada zona puede estar ocurriendo una cosa distinta. En unos sitios puede ser el exceso de ganado; en otros, la falta de regeneración forestal; en otros, un incendio o una pista forestal nueva. Y cuando tienes poblaciones tan pequeñas y dispersas, con 10 o 15 individuos en cada fragmento… cualquier alteración local puede acabar con todo el grupo”.
El abandono rural, por ejemplo, se cita a menudo como una causa del deterioro del medio. Pero Báñuelos lo matiza: “Una sola persona hoy puede cambiar más el paisaje que 20 hace 40 años. Con maquinaria más potente, con más cabezas de ganado… el patrón de uso ha cambiado. Así que no se puede hablar simplemente de ‘abandono’ como algo negativo o positivo. Depende mucho del contexto”.
El debate del “control de depredadores”
Uno de los puntos más polémicos en la conservación actual es el llamado “control de depredadores”. Báñuelos es clara: no lo apoya.
“Controlar significa matar o trasladar animales como la marta, el azor o el zorro. Pero son especies protegidas, y parte del ecosistema. No están especializados en urogallos, y si los quitas, estás alterando el equilibrio. Y cuando vuelvan, puede que lo hagan con más fuerza, porque tendrán más presas”.
En 2018, en el Valle de Degaña y Caboalles, se retiraron 45 martas. “¡Solo en un año y en una zona! Es una barbaridad. Y esas martas se llevaron a otro sitio… ¿Y allí qué?”
¿Qué se puede hacer ahora?
“Esa es la pregunta del millón. No tengo una receta”, reconoce. Pero hay pistas: proteger de forma estricta los sitios donde hay urogallos, donde los hubo y donde podría haber.
Explorar, sin ejecutar aún, un posible rescate genético. “Quizá podría estudiarse traer individuos de otras poblaciones, como la pirenaica. No ahora, pero como posibilidad. Siempre evaluando bien los riesgos”.
Sobre la cría en cautividad, se muestra escéptica: “En más de 30 programas no ha funcionado salvo con decenas de ejemplares soltados de forma sostenida”.
Y sobre todo, mantener el seguimiento. “Mientras haya urogallos, hay esperanza. Pero hay que evitar caer en la autocomplacencia. No están salvados. No aún. Y si bajamos la guardia, puede que no lo estén nunca”.



























