Gabriel Rufián y el nuevo Pacto de San Sebastián

No es inverosímil que el gobierno de coalición no logre la reválida, no a causa del descalabro del PSOE, sino del del espacio a su izquierda.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en historia. Colabora con medios como La Marea, Público o Jot Down y es coordinador de El Cuaderno. Es autor de 'Yo podría haber sido Fidel Castro' (2024).

A grandes males, grandes remedios, viene a decir Gabriel Rufián. El gran mal de nuestro tiempo es el neofascismo, la aventura iliberal de los amigos de Viktor Orbán: un fantasma que recorre el mundo, de Washington a Tokio y de Brasilia a Madrid. Frente a él se forjan alianzas desesperadas, antes conceptuadas como imposibles. En Polonia gobierna una coalición de todo lo que va del PP al Podemos polacos. Lo que propone Rufián sería, en principio, menos difícil de armar: una suerte de nuevo Pacto de San Sebastián, como el que en 1930 preparó la llegada de la Segunda República; una alianza de izquierdas federales e independentistas para las próximas elecciones generales. El Ahora Repúblicas de las europeas de 2019 y 2024, más Izquierda Unida, Sumar y Podemos. Prevenir con ello la división del voto de izquierdas y que el descontento con el PSOE y Sumar se traduzca en abstencionismo o sufragios extraparlamentarios.

Sobre el papel suena razonable, como tantas cosas imposibles. No es inverosímil que el gobierno de coalición no logre la reválida, no a causa del descalabro del PSOE, sino del del espacio a su izquierda. Los socialistas pueden salvar sus muebles si la trama de corrupción de Koldo, Cerdán y Ábalos no arroja nuevas revelaciones que salpiquen a más personas o ya no hagan creíble la ignorancia de Sánchez; si es posible presentarla como un asunto de tres garbanzos negros —aunque fueran secretarios de Organización—, y si en las elecciones el PSOE instrumentaliza con brío oscarpuentista el miedo a la llegada de la ultraderecha y el y tú más a un PP incapaz de dar lecciones de ejemplaridad. Lo que amenaza a la izquierda alternativa no huele tan mal, pero es más profundo, más estructural; no un problema de los garbanzos, sino del paquete, de su branding. Sumar aburre a las piedras, Podemos es el rancho de Waco. Y entre ese defecto de vehemencia y ese exceso, la propuesta de Rufián suena a virtuoso término medio: una vehemencia responsable, el ímpetu que le falta a Sumar en un tiempo que pide sentido de cruzada y no serena enumeración de líneas inscritas en el BOE, pero sin las maneras trumpistas de la grey de Pablo Iglesias.

Ese término medio es el que ha sabido encontrar para sí mismo un partido como EH Bildu; el que encarnan unipersonalmente un Oskar Matute o el propio Rufián, figuras alrededor de las cuales ha ido creciendo un fenómeno fan más allá de las fronteras del País Vasco y Cataluña. Al pueblo de la coalición le encantan los alegres zascas de Rufián: un parlamentario de maneras tuiteras, hábil trasladador al Congreso de los códigos de las redes; de la cultura del meme y la patada en la espinilla. Rufián saca de quicio a la ultraderecha y torea como nadie a Vito Quiles. Y eso entusiasma a esa España progresista cada vez menos leal a partidos concretos, admiradora de lo que quienquiera haga bien en cualquiera de los partidos de izquierda coaligados. La Yolanda Díaz del «le voy a dar un dato» semanal a Teodoro García Egea concitó ese entusiasmo un día, pero ahora desilusiona apareciendo agotada y torpe. Pablo Iglesias, Irene Montero e Ione Belarra sí propinan zascas y patadas con todo el garbo del mundo, pero a otras fuerzas de izquierda más que a los enemigos de la derecha, y sin la sonrisa y la ligereza de Pijoaparte que redondean los de Rufián. El colomense, por cierto, también cae en gracia al público LGTBIQ+, un sector insubestimable.

Hay más miedo a la ultraderecha del que se exterioriza, se suspira por la continuidad del gobierno de coalición más de lo que se reconoce

El problema es que este Pacto de San Sebastián no es una propuesta formal, oficialmente aprobada por los partidos que lo firmarían, sino una idea espontánea del propio Rufián, y también tiene que hacerse con los Oriol Junqueras; con las bases de Esquerra que no quieren saber nada de alianzas para salvar España y detestan a Rufián no mucho menos que un voxista. Hay quien malicia que Rufián, realmente, querría estar en Podemos, pero milita en ERC porque supo encontrar allí el mejor trampolín para su ambición personal. Estaba en el momento justo y en el lugar adecuado el día en que al partido le interesó promocionar un perfil como el suyo, para pescar un voto charnego, castellanoparlante y de cinturón rojo que se le resistía. Qué piensa de él en 2025 una buena porción de las bases independentistas lo resume este tuit de un procesista —que traducimos del catalán—: «Dejando a un lado que es insoportablemente fanfarrón y grosero, lo que podía aportar el perfil de Rufián en el contexto pre-2017 ya lleva años amortizado. Mantenerlo en el Congreso haciendo de palmero del PSOE es un error estratégico, porque el PSC se llevará todo el rédito del sanchismo». Por esos andurriales ideológicos insultan a Rufián llamándolo quillo, un feo argot indepe para los catalanes de origen andaluz que «no se integran».

Republicanos, socialistas, galleguistas y catalanistas en vísperas de la proclamación de la Segunda República.

Otro tuitero, vasco en este caso, ironiza de este modo sobre esta España de izquierdas incapaz de salvarse por sí misma, que anhela que los nacionalismos periféricos vengan a salvarla. «Harto de los que [lamentáis que] no vais a votar a Bildu porque viv[ís] en Valladolid o en Cantabria. Mireusté, ahí tiene a Izquierda Castellana o a Cantabristas, que la solución no es que Bildu se haga española, sino que usted deje de ser español». Existe esa ingenuidad de los federalistas incapaces de asimilar la profundidad del desprecio que les dispensan los independentistas; de hacerse cargo de la firmeza de su «contigo no, bicho»; de desprenderse de la creencia de que aún es posible «seducir» a los nacionalistas de naciones sin Estado con un proyecto plurinacional; la creencia de que, en el fondo, ellos también saben que somos hermanos, quizás mal avenidos, pero hermanos al fin y al cabo, que a la hora de la verdad correrán a auxiliar a su familia. Como Volga, aquel cándido progresista de los años treinta en La subversión de Beti García, la novela de José Avello, de nuestras ideas nos preguntamos «quién podría resistirse ante tan hermosas, justas y aplastantes verdades», pensamos que la revolución es «un problema comunicativo» y que «nadie con dos dedos de frente y un mínimo de corazón podría dejar de ponerse al lado de la libertad y de la justicia». Envueltos en ese arrobo optimista, casi paulocoelhiano, tampoco nos paramos a pensar en la letra pequeña del acuerdo; en qué pensar de cuestiones como el cupo catalán, en qué pensarán de ellas en Mérida, Soria o Sama de Langreo, en cómo armonizar —si no es renunciando a las propias y volviéndose pagafantas— las demandas inarmonizables de fuerzas en el fondo muy distintas, más allá de lo que las unieran las trincheras del treinta y seis o las manis del setenta y siete.

Corren de cualquier modo tiempos extraños, en que van ocurriendo cosas que no pasaban, como la coalición gubernamental polaca. Muchas veces se da en las fuerzas nacionalistas un décalage entre la agresividad de su discurso y la práctica de sus actos. Del apoyo parlamentario al gobierno de coalición de la fuerza más agresiva de todas, Junts, se decía cuando se formó que duraría muy poco, pero ahí sigue. Hay más miedo a la ultraderecha del que se exterioriza, se suspira por la continuidad del gobierno de coalición más de lo que se reconoce, se agradece más de lo que se explicita todo lo que se ha conseguido de Sánchez y Díaz y no se conseguiría de Feijóo y Abascal. Y por eso no es imposible que el pacto Rufián —en el que nadie quiere a Junts— se anude.

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