En el verano de 1925, una pequeña villa asturiana se atrevió a mirar de tú a tú a Madrid y Barcelona. Lo hizo con una sonrisa colgada en las paredes de la Escuela de Artes y Oficios. Allí, entre el 16 de agosto y el 1 de septiembre de hace 100 años, se celebró el décimo Salón Nacional de Humoristas. Nunca antes este prestigioso certamen había salido de las dos grandes capitales culturales del país. Avilés se convirtió, por unos días, en la tercera pata de esa mesa.
En una España que bailaba en los llamados años de la “belle époque” y la sombra creciente de la dictadura de Primo de Rivera, la cultura brotaba en márgenes inesperados. Y Avilés, con apenas 15.000 habitantes, fue uno de esos márgenes luminosos. La explicación de aquel milagro hay que buscarla en un nombre propio: José Francés.

José Francés, el impulso desde fuera
Crítico, académico, novelista y veraneante madrileño asiduo en Avilés. José Francés fue clave para que el Salón de Humoristas recalara en la ciudad. Según el pintor e investigador avilesino Ramón Rodríguez, su presencia fue decisiva: “atraía artistas, organizaba exposiciones, conectaba mundos”. No fue el único motor del arte local, pero posiblemente sí el más visible fuera de Asturias.
Aquella era una época en la que casi todos los pintores asturianos practicaban también la caricatura o el dibujo —incluso figuras como el avilesino Luis Bayón, recordado sobre todo por su pintura—, de modo que el terreno estaba abonado para un evento donde la línea y el humor compartían protagonismo.

La vanguardia asturiana que pocos recuerdan
Entre los casi cien autores representados en el salón —una nómina muy conocida en la época que incluía a K-Hito, Bagaría, Baldrich, D’Hoy o Bujados— figuraba también una alineación asturiana que merece redescubrirse: Fernando Wes (también conocido como Wes Dintén o simplemente Dintén), Germán Horacio, Alfredo Truan, Manuel Valdés “El Chato” o Ximpa.
Ramón Rodríguez lo deja claro: “Fernando Wes destacaba mucho. Apadrinado por Francés, publicó en publicaciones de alcance nacional, y fue autor de buena parte de las portadas de la avilesina La Revista de El Bollo. Un talento notable, que firmó de varias formas, y cuya familia —los Wes, pronunciado como “Ubés” — fue propietaria del periódico local La Voz de Avilés hasta que fue comprado por el grupo Vocento.

Un destacado avilesino: Wes Dintén
La obra de Fernando Wes merecería una monografía propia. Alternó firmas como Wes, Wes Dintén y Dintén, adaptando el nombre al contexto o a la publicación. Tenía una línea segura y versátil, capaz de pasar de la caricatura elegante al retrato de corte clásico, de la ilustración simbólica al diseño editorial. Su sentido compositivo y el uso inteligente del espacio lo colocaban entre los dibujantes más completos de su generación.
En Madrid, su trabajo apareció en publicaciones como Blanco y Negro o La Esfera. Pero nunca abandonó Avilés: en La Revista de El Bollo dejó un abundante legado de portadas, unas con ecos de modernismo tardío, otras más académicas o de costumbrismo contenido. Aunque participó en el Salón de los Humoristas, su obra no era estrictamente humorística: prefería la sonrisa contenida al chiste explícito, dejando que el trazo dijera más que la ocurrencia.

Ramón Rodríguez insiste en ello: “En aquella generación Wes destacaba”.
Estilos propios, voces distintas
Los dibujantes asturianos presentes en el Salón de 1925 componían un mosaico de procedencias y estilos que reflejaba la diversidad del arte gráfico de la región en la época entreguerras europea. Germán Horacio, gijonés, hijo del escrito Pachín de Melás, había hecho del periódico su territorio natural: una línea suelta y veloz, cargada de urgencia, que resolvía con pocos trazos la síntesis de un rostro o de una escena. Sus dibujos, eficaces y expresivos, tenían algo del pulso del expresionismo y de la economía visual que exige la prensa diaria. Acabaría teniendo una trayectoria exitosa como cartelista en México tras la Guerra Civil. Manuel Valdés, “El Chato”, avilesino, prefería la caricatura frontal y rotunda, con gestos amplios y contornos bien definidos. Su humor no se escondía: buscaba la risa directa, sin disimulos, y dominaba la exageración como herramienta satírica.

En el otro extremo estaba Alfredo Truan, ovetense, otro gran destacado de aquella generación, cuyo trabajo respiraba un refinamiento distinto: retratos estilizados, figuras elegantes, ecos de la ilustración francesa de principios de siglo y un dominio notable del cuerpo humano y de la composición equilibrada. Ximpa, también gijonés, se inclinaban hacia lo decorativo: composiciones donde el ritmo visual y la ornamentación tenían tanto peso como el tema representado. Sus obras, a menudo de gran atractivo formal, parecían pensadas no solo para narrar, sino para embellecer el soporte que las acogía.

Juntos, ofrecían una panorámica en la que convivían la inmediatez periodística, la mordacidad satírica, la elegancia ilustrada y el refinamiento ornamental. Una galería de estilos que, reunida en Avilés aquel verano de 1925, demostraba que la ilustración asturiana no era un bloque uniforme, sino un territorio fértil en matices.

Un eco que no se borró del todo
Aquel salón no fue un episodio suelto. Formaba parte de una secuencia de exposiciones que, entre 1921 y 1934, convirtieron a Avilés en un centro artístico inesperado. Todo eso se apagó con la Guerra Civil. Una generación prometedora quedó partida. Y con ella, una forma de entender el arte desde los márgenes —márgenes geográficos, más que sociales, pues buena parte de aquellos dibujantes procedía de familias acomodadas que les habían permitido formarse y viajar—. Ramón Rodríguez lo resume sin rodeos: “Fue una generación que se rompió, se difuminó. La explosión que hubo en Avilés se perdió totalmente por esas circunstancias”. Hubo fusilados y exiliados, y mientras unos pudieron continuar su trabajo bajo el nuevo régimen, otros tuvieron que esperar en silencio a que llegaran tiempos más propicios para volver a dibujar.
En aquella época, la caricatura y la ilustración no ocupaban un pedestal en la alta cultura, pero sí el centro de la vida visual del país: llenaban portadas, animaban tertulias y fijaban en tinta la actualidad, la moda o la sátira política.
Hoy, el Salón Nacional de Humoristas de 1925 parece una nota a pie de página. Pero fue más que eso. Algunos lo consideran un antecedente lejano de las actuales Jornadas del Cómic de Avilés, aunque Ramón Rodríguez advierte que esa relación “hay que tomarla muy, muy por los pelos”. Entonces, “humoristas” no era sinónimo de autores de viñetas o cómic, sino de dibujantes e ilustradores —a menudo caricaturistas— que trabajaban en un registro distinto al de las historietas contemporáneas.
Avilés, la ciudad donde —como escribió Rodríguez con una mezcla de tono irónico y melancólico— “duermen los artistas”, fue también, por unos años, un lugar donde despertaron. Donde la caricatura y la ilustración, entonces a menudo vistas como un género menor, se colaron por las rendijas de la historia, dejando un trazo que aún, un siglo después, se puede seguir.



























