Entre los griegos de la antigüedad existió la respetadísima institución de la xenía, la hospitalidad, un vínculo muy fuerte que ligaba a dos personas de por vida y, como vemos en una famosa escena de la Ilíada, se perpetuaba en sus descendientes. En el canto VI, famoso sobre todo porque incluye la despedida de Héctor y Andrómaca, que ya nunca volverán a verse, ocurre otro episodio igual de memorable: Glauco, héroe troyano, y Diomedes, héroe aqueo, se encuentran en el campo de batalla y, antes de enfrentarse, entran en diálogo en uno de esos entretenidos excursos que nos regala Homero. En un resumen rápido, y sé que muy poco respetuoso, imaginen que Diomedes le pregunta a Glauco que quién es, tan guapo y tan valiente, que no lo ha visto antes en el campo de batalla, y que si es un dios que se lo diga, que no quiere él líos con las divinidades, pero que si es un hombre que se acerque más, que va a saber lo que es bueno. Entonces Glauco, que sí reconoce a Diomedes, le contesta con unos versos preciosos: ¿Por qué, hijo de Tideo, me preguntas por mi linaje? / Como el linaje de las hojas, así es el de los hombres. / Las hojas el viento las esparce por la tierra, pero la selva / floreciente hace nacer otras a la vuelta de la primavera. / Así el linaje de los hombres, unos florecen, otros se marchitan.
Después de esta introducción, Glauco responde a la pregunta de Diomedes y le da cuenta de su linaje relatando una larga historia familiar que viene a mostrar que el abuelo de Glauco, Belerofonte, había sido tiempo atrás huésped de Eneo, abuelo de Diomedes. Este entonces se alegra de corazón y concluye que no pueden luchar, que lo que sobran son troyanos que él pueda matar y aqueos que pueda matar Glauco, que ellos, en cambio, serán, si llega el día, huésped el uno del otro, Diomedes en Lidia, en casa de Glauco, Glauco en Argos, en la morada de Eneo. Y deciden intercambiarse regalos, como pedía la costumbre de la xenía. A falta de otra cosa, se intercambian las armas que llevan encima, mientras Zeus se echa las manos a la cabeza, ya que la armadura de Glauco era de oro y la de Diomedes de bronce. Pero a ellos eso no les importó, sólo sintieron la alegría de reconocerse como huéspedes mutuos.
Cuando el otro día yo estaba en la playa y llegó una de mis amigas y sacó de su bolsa un regalo, que no venía envuelto porque era una tortilla de patata, yo no hubiera querido ni las armas de oro ni las de bronce de los héroes de la Ilíada. Considero una tortilla de patata como el regalo perfecto, por muchas razones que no caben aquí. No la había hecho ella, aunque eso no importa, sino su contraparte, que también tiene cosas buenas, como ella dice. Y para mí, como para Diomedes, ese regalo era mucho más que la tortilla (que, insisto, no es poco). Era el recuerdo de cómo mi madre, cuando ya tenía esa memoria que se nos va quedando con el paso del tiempo, que no es ni a largo plazo, ni a corto, ni a medio, sino a su bola, con lo esencial, se alegraba cuando yo le decía, aunque no fuera verdad, solo por verla sonreír, que iba a tomarme un café con mi amiga Sara. Porque ella había conocido a su madre y, aunque no la había visto en los últimos ¿veinte, treinta años? la recordaba a ella y a mi amiga mejor que a la enfermera que hacía diez minutos le había medido la tensión. Y me decía, venga, vete, sal un poco, vete con Sara y dale recuerdos a su madre. La sonrisa con la que lo decía venía de muchísimos años atrás, de ese tiempo que ya no es ni hace mucho ni hace poco, que es sin más.

La brutalidad y dimensión del genocidio en Gaza hacen que, ni siquiera cuando suceden cosas como que una amiga me regale una tortilla de patata toda para mí, pueda evitar imaginar qué sería la vida sin todo esto, sin esa red familiar y de amigas, y de amigas de amigas, y de la familia de las amigas (para que no se enfade, debo aclarar que quien me regaló la tortilla no fue mi amiga Sara, sino su hermana pequeña, que también está en mi red). Si esa red es el suelo que pisamos, el aire que respiramos, lo que provoca nuestra sonrisa, pensemos que el ejército de Israel no sólo ha destruido edificios de viviendas, hospitales, universidades, colegios, refugios, mezquitas, que ya es mucho, que ya es un crimen insoportable, es que, además, con sus asesinatos planificados de familias enteras y, sobre todo, de miles de ancianos, niñas y niños, ha borrado de la faz de la tierra incontables historias personales, de amor y de amistad, de recuerdos compartidos, de costumbres hechas rito.
En medio de la desolación absoluta que los sionistas han sembrado en Palestina, es inimaginable que nadie allí pueda mantener vivas estas relaciones que dan sentido y ritmo a la vida, el poder pasar tiempo con tus amigos, sentarte a la mesa y comer lo que han cocinado para ti, cocinar tú algo para llevar a tus hermanos, o sobrinos, pasar la tarde con tu madre ya mayor, pedirle que te cuente otra vez cómo se hacía aquella tarta que tanto nos gustaba, ir a un concierto a escuchar al hijo de una amiga y ver cómo la madre de esa amiga me reconoce con una sonrisa que deja ver muy claro que no me está viendo a mí, sino a mi madre. Las familias palestinas, diezmadas y masacradas, han visto evaporarse todas estas formas de vida. Las ausencias en cada casa, personales, materiales e inmateriales, no nos las podemos imaginar.
El estado genocida de Israel está arrasando la memoria material, personal y colectiva del pueblo palestino, mientras los gobiernos de Europa, por supuesto también el de España, siguen alimentando al agresor, siguen siendo cómplices necesarios del genocidio. Parece que no podemos detenerlo y, mucho menos, hacernos cargo de la memoria de todo un pueblo que está siendo víctima de una limpieza étnica planificada.
Pero algo se podrá hacer, hay otras redes, como la que se ha formado en torno a la Global Sumud Flotilla, que partió el domingo 31 de Barcelona hacia Gaza. Llevan comida y medicinas, además de un poco de humanidad y el mensaje de que Palestina no está sola ni olvidada. En diferentes ciudades se organizaron concentraciones de apoyo a la Flotilla, entre ellas Gijón, donde el sábado anterior, junto a las Letronas del Muelle, pudimos extender nuestras redes y hacer un regalo, al menos simbólico, a las víctimas de una brutalidad inconmensurable.



























