Me gustaría saber mucho más de muchas cosas. Con los años soy consciente de mi limitación en casi todo. A medida que me voy haciendo mayor recreo mucho aquella escena de Nicodemo acercándose de noche y de incógnito al hijo del Carpintero y preguntándole si es posible nacer de nuevo. Volver a empezar de nuevo sabiendo más cosas y aprehendiendo otras actitudes en la vida.
No pertenezco a ningún -ismo. Admiro varios, pero no me considero lo suficiente valiente, ni lo suficientemente coherente para militar en ninguno. Me gustaría militar en el Comunismo o en el Cristianismo o en el Feminismo. En el primero por Anita Sirgo, Mandela o Aníbal. En el segundo por Francisco de Asís, Casaldáliga, mi tía Tere o Santaclara. En el tercero por Marian, Anita de nuevo, Laura, mi mujer o mi hija. Pero no soy buen afiliado en ninguno. No les llego a todas ellas ni a la altura de sus fascias plantares. Milité en el segundo una buena temporada por educación, convicción y circunstancias familiares; mantengo trazas, pero hay que ser muy valiente para comulgar todas las semanas y tomar un compromiso sin reservas ni postureos por los más desfavorecidos y los pobres de esta tierra. Los dos primeros han errado varias veces a lo largo de la Historia, pero sus principios son totalmente opuestos a otros –ismos que lo único que buscan es opresión, odio y desigualdades (los fascismos o los machismos).

No hago clínica desde hace muchos años, pero mantengo un buen ojo clínico para algunas cuestiones. Me atrevería a afirmar que nuestro obispo tiene los niveles de algún pecado capital alto, posiblemente de la soberbia. La soberbia le sale con un asterisco en las últimas analíticas. Basta leer las declaraciones que ha venido haciendo en los últimos años. Sus opiniones suelen estar diametralmente alejadas del espíritu del Evangelio y creo que lo único que traducen es un intento de buscar cámaras y titulares. Ha intuido, y acertado, que los algoritmos priorizan ese tipo de mensajes mientras que mensajes de justicia social, igualdad, integración o inclusión salen penalizados. La templanza y la prudencia no puntúan en redes sociales.
Yo no iré a la misa del 8 de septiembre. Tampoco he recibido una invitación oficial. Este texto sobraría, lo sé, pero no dejo de representar a 88.263 personas que nos votaron en julio del 23 y considero importante expresar de vez en cuando mi opinión. Y sobre todo que a mi tía Tere y a Santaclara, que sí que eran de Jesús de Nazaret y la Santina a rabiar, les gustaría leer esto.
Para ser franciscano hay que ser también muy valiente. Valiente no es la palabra. Humilde quizás. ¿Qué diría Santaclara?¿Que diría el poverello de Assisi? Francisco alargando un trozo de pan duro como una piedra al hermano León y diciéndole: esto es lo único que puedo ofrecerte, un mendrugo y el compromiso sin reservas con los más desfavorecidos de esta tierra.
No voy a opinar quién debería ir o quien no debería ir. Pienso, eso sí, que nuestras instituciones deben tener ciertos criterios sobre su participación en ciertas actividades sociales. No solo en las religiosas – sea cual sea su confesión – sino también en otras fiestas y saraos. Y no me refiero a no acudir. Esto Aníbal lo contaba muy bien. Me refiero a tener ciertos criterios.
Cofiño, Rafa Cofiño, no irá a la misa del 8 de septiembre. Y con toda la humildad del mundo creo que Sanz Montes, hasta que no normalice sus niveles de soberbia en sangre, tampoco debería acudir. Por cariñosa y fraterna prescripción facultativa.



























