El 10 de abril de 1992 el joven matemático Álvaro García Linera era detenido en El Alto de La Paz acusado de insurrección y terrorismo. Supuestamente había sido atrapado cuando destruía una torres de tendido eléctrico, una acusación que nunca fue probada. Aquella detención puso fin, casi antes de nacer, al Ejército Guerrillero Túpac Katari, un movimiento político heterodoxo, mezcla de ideas marxistas e indigenistas, que anticipó en algunos años lo que en 1994 sería el levantamiento neozapatista del EZLN en Chiapas.
Tras sufrir torturas que fueron denunciadas por Amnistá Internacional, García Linera fue recluido en la cárcel de máxima seguridad Chonchocoro. Tenía 30 años, y según su propia confesión, fue allí “donde aprendió a bailar con el tiempo”. Durante cinco años, aquel joven impetuoso acostumbrado a moverse de una punta a otra de Bolivia para organizar la revolución, tuvo que resignarse a lidiar con la soledad, la rutina y la privación de movimientos.
La forja de un rebelde
El que está considerado uno de los intelectuales más brillantes de la izquierda mundial nación en 1962 en una familia de clase media-baja de la Cochabamba. Su infancia y adolescencia transcurrieron entre huelgas generales, levantamientos populares y golpes de Estado. En 1981 marchó a México a estudiar y trabajar, alejándose así de la opresiva dictadura militar que vivía Bolivia. En el país azteca encontró un paraíso cultural y político para un joven cargado de inquietudes. Y es que a pesar de lo autoritario y corrupto de los gobiernos del PRI, el estado mexicano seguía conservando de puertas hacia afuera una retórica izquierdista, sobre todo en política exterior, que le llevaba a mostrarse solidario con todos los movimientos progresistas y revolucionarios del continente.
México D.F era a principios de los 80 la capital de los diferentes exilios latinoamericanos, y Linera entró allí en contacto con militantes políticos de Argentina, Chile, Uruguay o Brasil. Sin embargo lo que más le interesaron fueron las luchas guerrilleras de Guatemala y El Salvador, con las que prontó estableció contactos.

La revolución nicaragüense había triunfado en 1979 y el sandinismo convocaba entonces una enorme ilusión en las izquierdas latinoamericanas y de todo el mundo. En ese contexto, en el que una nueva ola guerrillera recorría Centroamérica, pero también emergía en otros países como Chile, donde en 1986 el Frente Patriótico Manuel Rodríguez atentó sin éxito contra Augusto Pinochet, Linera, su pareja entonces, la socióloga mexicana Raquel Gutiérrez, y otros activistas, marcharon a Bolivia para tratar de organizar su propio movimiento revolucionario. Lograron construir puentes con jóvenes indígenas como el sindicalista Felipe Quispe, pero fueron desarticulados cuando el movimiento no había pasado de dar algunos atracos para financiarse.
En la cárcel García Linera aprendió a “bailar con el tiempo”, a ser paciente y esperar el momento
En la cárcel García Linera aprendió a “bailar con el tiempo”, a ser paciente y esperar el momento. También aprovechó la reclusión para estudiar sociología y escribir su primer libro. Cuando en 1997 recuperó la libertad América Latina vivía el apogeo del neoliberalismo y del llamado Consenso de Washington. El antiimperialismo estaba de capa caída y el reflujo era general en los movimientos de izquierdas. En mitad de este panorama desolador, García Linera logró una plaza de profesor de sociología en la Universidad de San Andrés. Desde allí fue poco a poco construyendo, a la espera de tiempos mejores, un personaje público con cierta capacidad de intervención en los medios de comunicación.
De la movilización social al Gobierno
Y el momento llegó. Las guerras del agua y del gas entre 2000 y 2003 supusieron dos formidables estallidos sociales en defensa de la gestión pública y comunitaria de los recursos bolivianos. Una impugnación de masas al neoliberalismo y el poder de las multinacionales. En ese contexto va a producirse el despegue del Movimiento al Socialismo y de un líder indígena, el carismático sindicalista Evo Morales. El tándem Morales-García Linera va a construirse en este periodo de movilización social que culminará con la victoria electoral del MAS en 2005.
Tras el triunfo electoral vendrán 13 años de gobiernos progresistas marcados por la nacionalización de los recursos energéticos, la reforma agraria y las reformas sociales, entre ellas el sistema público de salud, las políticas medioambientales, así como el reconocimiento en la Constitución de la plurinacionalidad y multiculturalidad bolivianas.

Desde la vicepresidencia del Gobierno García Linera será el gran ideólogo y arquitecto del proceso político boliviano, uno de los más exitosos del ciclo progresista latinoamericano.
En 2019, en un clima de crecientes protestas y agotamiento del Gobierno, García Linera anuncia su intención de retirarse de la política institucional para dedicarse a tiempo completo a la “batalla de las ideas”. Una decisión que tendrá que acelerar ante la magnitud de unas protestas que, en plena pandemia e inflación, desembocan en un golpe de Estado. Permancerá en el exilio en Argentina hasta 2020 y la convocatoria de nuevas elecciones, que vuelve a ganar el MAS.
Distanciado de Evo Morales y de su sucesor, Luis Arce, en los últimos meses García Linera ha dedicado a reflexionar sobre la derrota del MAS en 2025, así como sobre la crisis del progresismo y el aúge de las extremas derechas en el mundo. Fruto de estas reflexiones nace “Cuidar los popular” (Bellaterra, 2025), el libro breve que ofrece claves estratégicas para reconstruir la inteligencia colectiva, fortalecer la organización y formar nuevos liderazgos. Se presentará este sábado a las 19:30h en el marco del Festival Pan y Roses que se celebra en Almacenes Kuivi.
Linera conversará con Juan Ponte, filósofo, Director General de Agenda 2030, sobre nuevos derechos ciudadanos, profundización democrática, nuevos autoritarismos, y también de la que es una de sus afirmaciones más conocidas: “luchar, vencer, caerse, levantarse, luchar, vencer, caerse, levantarse. Hasta que se acabe la vida, ese es nuestro destino”. En definitiva, “aprender a bailar con el tiempo” sin perder ni la paciencia ni el compás.



























