Entre las muchas cosas que no estaban nada bien en la Atenas clásica una era la existencia de la esclavitud. En realidad, todo lo que conocemos y queremos de esa época hubiera sido impensable si eliminamos de la escena a los esclavos. Son pocos los autores de la antigüedad griega, por más que entre ellos haya pensadores de enorme altura, que cuestionaran la existencia del sistema esclavista. La vida de la polis, la existencia misma de ese tipo de comunidad que era la polis, necesitaba de los esclavos. Aristóteles defendió que la relación dueño-esclavo era natural, que la superioridad mental del primero era incuestionable y quiso así justificar la esclavitud y no tener que asumir su esencial injusticia. Sin embargo, sus argumentos tuvieron poco éxito. Lo habitual, y, quizá, más honesto, era no justificarla: por supuesto que nadie quiere ser esclavo, por supuesto que los que lo son lo son por la fuerza y se lamentan de ello, pero la esclavitud es necesaria y no está sujeta a un cuestionamiento sobre su justicia.
El filósofo Bernard Williams, en Shame and Necessity, Berkeley, 1993 (en castellano se publicó como Vergüenza y necesidad: Recuperación de algunos conceptos morales de la Grecia antigua), explicaba muy bien esta situación: el tipo de vida política, social y cultural de la que los griegos disfrutaron se sostenía, necesariamente, en la esclavitud. Era imprescindible, pero no por ello se creyó ni se argumentó que fuera justa. Cada vez que leemos un libro, da igual que sea una novela o un ensayo, nos dice algo nuevo, soy yo quien no dice nada nuevo al recordar esta evidencia, pero es que al leer este ensayo ahora, muchos años después de la primera vez que lo hice y en un contexto histórico que espanta, lo que más me ha llamado la atención es un comentario algo marginal en el que el autor afirma que las consideraciones sobre lo justo y lo injusto, relativas a la esclavitud en la antigua Grecia, estaban inmovilizadas por las exigencias de lo que se consideraba social y económicamente necesario, y que este modo de razonar no lo hemos eliminado en la actualidad, sino desplazado a otros lugares. Que tenemos prácticas en relación con las cuales nuestra actitud es igual a la de los griegos con la esclavitud.
Vemos a gente maltratada brutal y arbitrariamente y tenemos los recursos intelectuales para reconocer la injusticia de esa situación y del sistema que la permite y, sin embargo, no lo hacemos. Una de las razones que propone Williams para explicar esta parálisis es que carecemos, dice, de una opinión formada sobre la cuestión que Aristóteles quiso resolver: en qué medida la existencia de una vida que merezca la pena para algunos implica la imposición de sufrimiento sobre otros.

Williams no pone ejemplos, pero no los necesitamos, más bien nos sobran. Los seres humanos maltratados son millones, pero el hecho de ver esa injusticia no siempre nos lleva a denunciarla ni, mucho menos, a intentar eliminarla. En una consulta rápida en internet leo que, según UNICEF, en 2024 había unos 138 millones de niños y niñas sometidos al trabajo infantil, entre ellos 54 millones realizando trabajos que ponían en peligro su salud. Seguramente son necesarios para que el tipo de vida que llevamos en una pequeña y privilegiada parte de la tierra se sostenga. No es justo.
Por las mismas fechas en las que Sócrates se paseaba por Atenas diciendo aquello de que sólo sabía que no sabía nada, mientras se construía esa joya arquitectónica que es el Erecteion en la acrópolis, mientras el público asistía al teatro a ver las obras de Sófocles, y Pericles se dejaba seducir por Aspasia, mientras todo esto pasaba, esos mismos griegos, atenienses y no atenienses, ofrecía una imagen menos amena al comerciar con vidas humanas. En el 416 a.C., en plena Guerra del Peloponeso, Atenas esclavizó a todas las mujeres y a los niños de la isla de Melos, después de una masacre que Eurípides evocó en Troyanas, sirviéndose del mito y sin referirse directamente a la realidad histórica. El público que asistió entonces a la representación de esta tragedia sabía bien lo fácil que era pasar de una situación de libertad a una de esclavitud. En esa conciencia de no sentirse a salvo nos llevaban ventaja.
Quizá ahora creamos que el trabajo infantil esclavo solo afectará a niños de piel un poco más oscura que la nuestra, que eso les ocurrirá por mala suerte, por haber nacido en el lugar equivocado. También creeremos, quizá, que a Trump le bastará el petróleo de Venezuela, o que el genocidio se circunscribirá a Gaza. Como si la explotación infantil, la piratería trumpista, o los crímenes sionistas no provocaran una mancha que no podrían limpiar ni siquiera todos los ríos de la tierra desviados de su fuente en una misma dirección, por usar la misma imagen que las esclavas del palacio de Agamenón cuando evocan el crimen cometido contra ellas, el momento en el que fueron violentadas y arrancadas de sus casas por los soldados vencedores para ser vendidas como mercancía.
La esclavitud fue imprescindible en la Atenas clásica para que Sócrates pudiera sentarse a la sombra de un plátano, a la orilla del río Iliso, a hablar con Fedro del amor, el deseo, la muerte y mil cosas más. También para que nosotras hablemos de estos mismos asuntos y de otros bajo otras sombras, en otras orillas. Es trágico tener que reconocer que sí, que es cierto lo que decía Williams, que que algunos vivamos una vida que merece la pena supone el dolor de muchos otros. Lo sabemos y sabemos que no es justo.
Pero tiene que haber una frontera, un límite. No podemos tolerar que para que una serie de indeseables ganen una cantidad obscena de dinero manchado de sangre exista ahora mismo un genocidio en Gaza. No se trata de una injusticia consentida para que algunos tengan una vida que merezca la pena (que seguiría siendo injustificable), se trata de un sistema que tiene como consecuencia el enriquecimiento criminal de unos pocos y una vida que no merece la pena para nadie. De la economía de la ocupación a la economía del genocidio es el título del sexto informe de Francesca Albanese para la ONU sobre los territorios palestinos ocupados. Cualquiera puede leerlo, está disponible online, cualquiera puede consultar este documento que demuestra, con nombres y apellidos de empresas militares y no sólo, que el genocidio es un negocio. Si no podemos tranquilizar nuestra conciencia creyendo a Aristóteles y no sabemos resolver el dilema entre justicia y necesidad deberíamos, al menos, zanjar de manera radical el dilema entre la decencia y la existencia de una economía indecente basada en la guerra, el colonialismo y el racismo.
































