Dice Heráclito que va siendo hora de que amanezca

El año ha acabado y ha empezado con guerras que no alumbran más que el enriquecimiento desproporcionado de gentuza.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

“La guerra es el padre de todas las cosas”. Esta afirmación atribuida a Heráclito puede tomarse en sentido literal, como una máxima belicista, pero nos quedaríamos muy cortos con esa lectura, como si aquella otra frase sobre el río en cuyas corrientes no podemos bañarnos dos veces dijera solo la obviedad de que, como su curso fluye, las aguas en las que te bañas hoy no son las mismas de ayer ni de mañana. Acerca de esta cita sobre la guerra se podría decir, para empezar, que Heráclito dice “padre” y no “madre” porque pólemos (guerra) es masculino en griego, no para dar mayor “virilidad” a la cosa. También habría que decir que prevalece en ella un sentido metafórico, que se entiende en el contexto de otras afirmaciones suyas, como cuando habla de la armonía de los contrarios y la unidad de los opuestos. Si el día no luchara contra la noche nunca amanecería, y si la noche no plantara de nuevo batalla y se enfrentara al día, no llegaría nunca la oscuridad que nos permite cerrar los ojos y descansar. Sin esa guerra no habría vida.

El año ha acabado y ha empezado con guerras que no son padre ni madre de nada, que no alumbran más que el enriquecimiento desproporcionado de una serie de gentuza sin escrúpulos que no contribuyen a ningún equilibrio, parásitos que no esconden ninguna búsqueda de armonía. Se trata, una vez más, de un grupo de bandidos repartiéndose un botín. Es muy difícil interpretar a Heráclito, un filósofo jonio que vivió entre los siglos VI y V a.C. y del que tenemos muy pocos y fragmentarios textos. Se contaba que había depositado un ejemplar de su obra en el templo de Ártemis en Éfeso, su ciudad natal. Eso sí que es elegancia a la hora de presentar un libro. Solo conservamos de él pequeñas frases, descontextualizadas, evocadoras, pero nada fáciles de entender. Mi colega Raúl Caballero está preparando una edición comentada, que buena falta hace, de todo lo que se conserva de este autor.  Cuando Heráclito atribuyó a la guerra la paternidad de todo, es muy difícil saber qué quería decir en realidad, por algo recibió el sobrenombre de “El Oscuro”, todo lo contrario de lo que nos ocurre con Trump, a quien la falta de luces, paradojas de la comunicación, le hace ser claro como él solo: quiere el petróleo de Venezuela.

Romería en Xixón, 1966. Foto: Gonzalo Juanes.

Las grandes guerras que nos rodean son eso, disputas entre delincuentes avariciosos y sin un mínimo de contención, y las pequeñas también. Está de moda ahora hablar de guerra generacional, de esos jubilados multipropietarios que cobran tanto que provocan que la gente joven no pueda abrirse camino. Así que vamos a recortar las pensiones y vamos a subir los sueldos a los jóvenes que… ah, no, espera, eso no. Vamos a recortar las pensiones, como hemos hecho ya con la educación y la sanidad públicas, pero no vamos a repartir nada, vamos a hacer que la desigualdad aumente y que se sigan forrando los delincuentes habituales.

No es cierto que haya guerra generacional más allá del eterno retorno del lamento “es que eso que escucháis ni es música ni es nada”, sólo hay lucha de clases, cada vez más violenta, aunque mencionarla suene tan demodé como la propia palabra demodé.

La casa de mis padres, nuestra casa, no era nuestra, era alquilada, pero otra gente tenía casa en propiedad. Nunca nos fuimos de viaje, lo cual no era ninguna desgracia viviendo en Gijón, pero otras familias sí viajaban, o al menos se iban de vacaciones en verano. No comíamos fuera, aunque existían restaurantes y otra gente sí los frecuentaba en domingos y fiestas de guardar. Hablo de los sesenta, los setenta, los ochenta. Podría seguir, pero no importa, nada de esto es trágico ni nos convierte en personajes de Dickens, ni siquiera me parece que tenga el más mínimo interés, ni me había parado a pensar en ello en serio hasta que he empezado a escuchar el rollo cansino de lo de las luchas generacionales, y que si los boomers y no sé cuántas memeces más. Hay, siempre ha habido, diferencias de clase, que son cada vez más abismales y que nacen de la violencia de los que están arriba, los que lo tienen todo y lo han tenido siempre todo, de familia, aunque nunca nada les parezca bastante. Igual es hora de una guerra de verdad, que sea padre y madre de un cambio en todas las cosas, una guerra de clase y no generacional. Una guerra que devuelva a los palestinos las tierras robadas por los sionistas y a los trabajadores les pague sueldos dignos, que traiga la ruina a los especuladores y la cárcel a los asesinos, que lleve ante los tribunales a los genocidas y libere a los inocentes, que traiga paz a la tierra y la tierra para quien la trabaja.

Las clases de boxeo, o escribir mientras escucho a Dua Lipa, o fantasear con la perspectiva de una jubilación dorada al cabo de unos años, en la que se supone que, como casi-boomer privilegiada, me correspondería viajar en el Orient Express, envían dopamina a mi cerebro y hacen que hoy todo me parezca posible, hasta la guerra de clases. Una guerra incruenta en la que quizá baste con votar bien, que es lo mismo que votar mal si el que habla es Vargas Llosa desde el Más Allá. De la misma manera que, dijo Heráclito, el camino que baja es igual que el camino que sube, podemos decir que votar bien y votar mal es lo mismo según quién lo diga, pero si las que somos más votamos bien, de una santa vez, si dejamos de consentir que hagan la lucha de clases sólo los que dicen que no hay lucha de clases, ¡ah, entonces, entonces… ! Si hacemos caso de Heráclito va siendo hora de que amanezca, de que se acabe ya esta larga noche.

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