La verdad es que últimamente no dejo de sorprenderme con la capacidad que tienen algunos y algunas para tirar por la borda una imagen ligada al progreso desde hace muchos años. Y, además, lo hacen envolviéndose en las banderas más oscuras que encuentran, dando pábulo a mensajes y discursos que hace solo unos pocos años les habría dado vergüenza pronunciar. La realidad es clara: la maldad ya no da vergüenza.
Las cavernas asoman en cuanto huelen avances, y yo entiendo que lo hagan desde los ámbitos más conservadores y ultras de la derecha, pues no ha habido en la historia de nuestro país avance alguno que haya venido de su mano. Se han opuesto sistemáticamente a todo lo que oliera a igualdad: matrimonio igualitario, ley de paridad, ley de igualdad de género, ley de libertad sexual, aborto libre…
Lo que no entiendo con tanta claridad es cómo, desde sectores presuntamente de izquierdas —y permítanme que diga presuntamente, porque francamente dudo que se pueda ser de izquierdas y defender determinadas posturas— se han abrazado discursos de odio absurdos para atacar de forma premeditada al colectivo LGTBIQ+. Algunos hablan de generaciones de cristal, pero no se necesita más que una bandera de colorines para que algunos se revuelvan y echen espuma por la boca. La última —aunque no por primera vez— ha sido Amelia Valcárcel.
Ni un segundo ha tardado Valcárcel en saltar tras la aprobación por parte de la Junta de Gobierno del Principado del anteproyecto de Ley LGTBI autonómica. Que si falta de debate, que si no hay transparencia, que si se borra a las mujeres (lo de decir que son violadores, hombres con peluca o Transformers ya era demasiado burdo esta vez). La conclusión a la que debemos llegar, según los argumentos de esta gente, es que un nicho poblacional que comprende entre el 0,1 % y el 0,3 % de la población es capaz de amenazar la existencia de más de la mitad de la humanidad. Una lógica aplastante, sin duda alguna, Amelia.
Pero esto no es algo personal. Valcárcel es el símbolo de la misma corriente que hace una semana en Castilla y León rabiaba por la inclusión, como número dos por Valladolid, de la compañera Marina Sáenz por ser una mujer trans. También es la misma corriente ante la que Bertrand Ndongo perseguía esta misma semana a Carla Antonelli, acosándola por su identidad de género.

Los veo muy preocupados por cómo se sienten y por lo que son las personas, y muy poco por las agresiones al colectivo, que van en aumento. Ahí no, ahí no dan la cara. No los veo en las manifestaciones contra las agresiones homófobas, ni luchando contra la exclusión laboral de las personas trans, ni dando pasos hacia la normalización en las escuelas de las distintas identidades y formas de ser. No. Prefieren callarse.
En esta comunidad autónoma vamos a saldar una deuda pendiente con el colectivo. Sé que esto va a salir adelante, porque es de justicia. Sé muy bien lo que ha costado esta ley y lo que seguramente cueste aún en lo que queda de trámite parlamentario. El PSOE, y en concreto la FSA, tiene todavía mucho que barrer en casa. Una comunidad históricamente gobernada por ejecutivos socialistas se ha convertido, a día de hoy, en la única sin una ley autonómica que ampare al colectivo. Ha tenido que llegar IU de nuevo al Gobierno para resolver las deudas pendientes. No pasa nada, ya estamos acostumbrados…
Hablamos de una ley histórica, con un alma integral e integradora, que mira de frente a cada una de las siglas y, por tanto, a todas las personas que componemos el colectivo. Es un texto participado, y me consta el arduo trabajo que asociaciones, sindicatos y la Consejería de Derechos Ciudadanos han desarrollado durante estos años.

A Amelia Valcárcel quiero transmitirle tranquilidad por cierto con respecto a la discusión, el debate y la transparencia. Las leyes tienen periodos de exposición pública en los que los ciudadanos pueden realizar alegaciones, supongo que ella las habrá hecho. A mí me consta que las opiniones ciudadanas han sido muy favorables en las consultas que se han formulado ¿Quizás entonces lo que le pasa es que su opinión es minoritaria pero no lo acepta? Hay que ubicarse un poco, querida. Por cierto, y solo como apunte: Se puede debatir sobre cómo regular, sobre como mejorar textos y se pueden dar ideas, pero no, sobre los elementos centrales que constituyen el respeto a los derechos humanos del colectivo no se debate. No hay discusión.
En definitiva, ya es hora de cerrar algo que debería existir desde hace años: una ley que va a dar amparo, protección, derechos y garantías a mucha gente que lo está esperando. Seguramente no será perfecta, pero es el primer paso; un paso desde el que seguir ampliando derechos y seguir construyendo.
La tarea de que la bondad vuelva a ser el sentido común es hoy más necesaria que nunca.
Y los cavernícolas, que sigan aullando en la cueva.



























