El caso húngaro es peculiar, un país del tamaño de Castilla y León, con un PIB que apenas roza el 1% de la economía de la Unión Europea, y sin embargo con una influencia política muy superior a lo que esas cifras deberían permitirle. Y eso tiene un nombre propio, Viktor Orbán. Desde 2010 gobierna Hungría, y en ese tiempo, ha convertido el país en una referencia de cómo desmontar una democracia liberal desde dentro sin gastar una sola bala. Su modelo no solo ha resistido, sino que ha servido de inspiración para otros líderes semiautoritarios, desde Modi en la India hasta Trump en Estados Unidos, que lo ha citado en más de una ocasión como referente del tipo de orden político que le gustaría ver consolidado en Europa.
Desde entonces, Orbán ha ido avanzando sin prisa pero sin pausa parasitando los espacios clave del país. La judicatura, los medios de comunicación, la administración, la universidad….. En Hungría se vota sí, pero se vota en un sistema diseñado a medida, con un aparato del Estado que ha dejado de ser neutral y con una red de poder cada vez más concentrada. No es casual que el país aparezca de forma recurrente como el más corrupto de la Unión Europea.
Pero este domingo ese laboratorio iliberal puede cerrar, al menos parcialmente. Por primera vez en dieciséis años, Orbán no llega a unas elecciones con la tranquilidad de saberse por delante. Y eso tiene que ver con la aparición de Péter Magyar y su partido, Tisza.

Y es así porque Magyar no viene de fuera, viene de dentro. Es un exintegrante de Fidesz, alguien que ha formado parte del sistema y que precisamente por eso, sabe dónde golpear. A día de hoy las encuestas sitúan a Magyar entre 8 y 12 puntos por delante de Orban.. Se estima que, con el sistema electoral delineado por el actual Ejecutivo, se necesitan más de 5 puntos limpios de ventaja en los resultados finales para lograr el cambio. Por tanto, si no ocurre nada “raro”, y raro es un concepto que en Hungría se podría tomar como habitual, el domingo Orban podría dejar el gobierno húngaro.
La Unión Europa observa estas elecciones con atención. Orbán se ha convertido desde hace años en la expresión más nítida del putinismo dentro de la Unión Europea, uso del veto para bloquear ayudas estratégicas a Ucrania, confrontación sistemática con cualquier avance en política migratoria común y resistencia activa a las reclamaciones de reformas destinadas a reforzar el Estado de derecho en Hungría. Esa deriva ha tenido consecuencias. Bruselas ha congelado cerca de 18.000 millones de euros en fondos, condicionando su desbloqueo a cambios reales en materia de corrupción y a la recuperación de la independencia judicial.
Pero esto no ha frenado a Orbán. De hecho, la reciente publicación de conversaciones filtradas entre su ministro de Exteriores, Péter Szijjártó, y el ruso Serguéi Lavrov, ha confirmado un secreto a voces, Hungría actúa como ‘caballo de Troya‘ de Moscú dentro de la Unión Europea. Los audios y transcripciones evidencian una coordinación sistemática en la que Szijjártó no solo filtraba en tiempo real el contenido de debates confidenciales del Consejo Europeo, sino que muestran a Budapest presionando activamente para eliminar sanciones a oligarcas rusos. Esto ha dinamitado de manera oficial cualquier mínima confianza en el Gobierno de Orbán, dejando al país en un aislamiento diplomático sin precedentes a las puertas de sus elecciones generales
La situación para la derecha reaccionaria global es más delicada de lo que parece. Orbán no es solo el primer ministro de Hungría; es el símbolo de una forma de gobernar que ha sabido vaciar la democracia liberal desde dentro sin romperla formalmente. Su sintonía con el entorno de Putin o con el trumpismo, y su papel como apoyo ( político y financiero ) a fuerzas afines en Europa es total. Por eso no es casual que Vox haya recibido financiación a través de un banco húngaro próximo a la órbita de Orbán, ni que el partido de Abascal haya decidido reubicarse en el Parlamento Europeo en el grupo impulsado por el propio líder húngaro. Son movimientos que no se entienden de forma aislada, sino que conforman una red de afinidades ideológicas regadas de dinero para imponer un ideario excluyente con los ideales democráticos de la Europa liberal, por eso el continente se juega tanto en estas elecciones.
“Magyar no se presenta como una ruptura frontal con el sistema, sino como una alternativa dentro de él”
¿Pero quién puede hacerle caer?. Péter Magyar no es un opositor al uso, es en realidad un hijo político del propio sistema. Abogado, formado dentro de las élites de Budapest, miembro durante años de Fidesz, su ruptura con el núcleo con tintes de escenificación planificada, vino tras el escándalo del indulto a un hombre acusado de encubrir abusos en un orfanato, que forzó la dimisión de su exmujer y entonces ministra de Justicia, Judit Varga, Magyar rompió públicamente con el partido denunciando la corrupción sistémica. Se unió a Tisza, un partido de centro-derecha cuyo nombre remite al río que atraviesa el país, logrando en apenas unos meses rozar el 30% de los votos en las europeas de 2024
Pero más importante que la velocidad es cómo lo ha hecho. Magyar no se presenta como una ruptura frontal con el sistema, sino como una alternativa dentro de él. Una especie de versión corregida del propio Orbán, conservador en lo social y firme contra la inmigración, pero a la vez partidario de recomponer la relación con la Unión Europea, recuperar libertades como la de prensa y reforzar unos servicios públicos cada vez más deteriorados. Introduce además un matiz trascendental, al señalar a Rusia como una amenaza para Hungría y Europa, aunque sin apoyar de manera decidida el envío de armas a Ucrania ni su entrada acelerada en la OTAN. Un equilibrio calculado para un electorado escorado a la derecha, que quiere seguir en Europa pero recela de sus políticas.
Esta es la gran baza de Magyar, no un discurso identitario donde Orbán sigue siendo fuerte, sino en la gestión. La corrupción estructural, los contratos públicos que acaban siempre en el entorno de Orbán, una sanidad deteriorada, una economía estancada y una fuga constante de jóvenes cualificados han ido erosionando el relato de éxito del Gobierno. Magyar ha sabido leer ese escenario y convertirlo en eje de su campaña. No promete una Hungría diferente, sino una Hungría que funcione. Uno de sus esloganes de campaña lo sintetiza bien: “Hacer de Hungría un país al que tus hijos quieran volver y no del que quieran huir”.
Este domingo se verá si esa alternativa se consolida. Pero incluso si lo hace, no significará el fin inmediato del sistema construido por Orbán. Son dieciséis años parasitando instituciones y tejiendo una red de poder difícil de desmontar en una sola cita electoral; más aún siendo el faro de una extrema derecha global que no está dispuesta a ver caer su activo más valioso en Europa.



























