Hacerse preguntas, buenas preguntas, lo de menos es que sepamos o no responderlas, es parte sustancial de la vida humana. En La fragilidad del bien, Martha Nussbaum estudiaba qué preguntas se planteaban y qué respuestas daban, cuando las daban, los antiguos griegos sobre en qué consiste una vida buena. La naturaleza humana no cambia tan rápido como el paisaje o las modas, así que las preguntas griegas nos suenan. El amor, la familia, las aficiones, todo aquello que hace nuestra vida “buena” es lo mismo que hace nuestra felicidad vulnerable, porque podemos perderlo. Pero, ¿renunciaríamos a ello por evitar el dolor? Algunos filósofos tristes y aburridos lo aconsejaban, pero casi nadie, por fortuna, les hizo caso. El problema real, desesperante, como señala Martha Nussbaum, se plantea cuando algunos de estos bienes, a veces igualmente inconmensurables, entran en conflicto, tenemos que elegir y tomamos decisiones que nos obligan a traicionar algo, o a alguien, o incluso a actuar mal.
En la tragedia griega los héroes se enfrentan con frecuencia a este tipo de dilema que estudia Nussbaum. Yo me apunto la primera a condenar a Agamenón por sacrificar a su hija Ifigenia antes de partir hacia Troya, pero tengo que reconocer que lo hizo porque, en caso contrario, los vientos impedirían a la flota griega hacerse a la mar, incluso podrían perecer todos allí varados, sin víveres, a la espera de que se calmasen unos vientos que les impedían navegar. Resumiendo mucho, Agamenón se vio atrapado entre dos fidelidades, a su familia y a su ejército. Como él mismo reconoce, cualquier decisión que tomara no estaría exenta de dolor. Por no mencionar que tanto la expedición a Troya para castigar el rapto de Helena por Paris, como el sacrificio de Ifigenia, eran acciones solicitadas por los dioses.
Aunque no seamos personajes de una obra griega, ante tragedias inconmensurables debemos preguntarnos si hay opción y cuál es la alternativa
Aunque no seamos personajes de una obra griega, ante tragedias inconmensurables debemos preguntarnos si hay opción y cuál es la alternativa. Pienso en Israel, que ha arrasado Gaza, que está arrasando Cisjordania, que no piensa detenerse, que ahora ha decidido que le toca al Líbano sufrir el genocidio. ¿No tiene Israel una alternativa?, ¿no puede subsistir sin matar, sin convertirse en un estado paria?, ¿qué piensa que gana, o que deja de perder, un soldado israelí cuando dispara a la cabeza de un niño palestino?, ¿aumenta ese asesinato sus posibilidades de tener una vida buena? Puede que los sionistas no se hagan preguntas. O puede que los muevan instintos despreciables, como el de imponer la propia superioridad a costa del dolor y la humillación de los demás por el puro placer de hacerlo (los griegos llamaban a esto hybris). Lo que es seguro es que, se cuestionen o no sus actos, pagarán por ellos. No se me ocurre cuál es la alternativa que imaginan, peor a la de convertirse en genocidas, y con la que pretenden acallar sus conciencias, pero sus actos, sus elecciones, hacen de ellos una escoria ética y moral.
Tampoco veo una alternativa posible a condenar el genocidio, sin embargo, es obvio que hay quien lo defiende. Cuando uno elige sacrificar su decencia y su humanidad defendiendo crímenes como los de Israel, me pregunto qué hay en el otro lado de la balanza que sea peor que eso. Seguramente lo que sucede es que, como dice el meme de Descartes, también los que no piensan existen. También los que no se plantean preguntas ni conflictos existen, aquellos que no sopesan alternativas, que no eligen entre dos opciones igualmente justas pero que han entrado, desgraciadamente en conflicto. Aquellos a los que mueve el deseo de dinero y de poder, sin más consideraciones.
Y si no pensar ni hacerse preguntas plantea problemas prácticos, también lo hace debatir sobre lo obvio. El gobierno de España, junto con el de Eslovenia y el de Irlanda, ha solicitado un debate sobre la suspensión del acuerdo de asociación con Israel. Un debate, a estas alturas. No se mantienen acuerdos con un estado genocida, ahí debería acabar el debate. En este caso hacerse preguntas retrasa la solución.
Los problemas se encadenan, como las cerezas. Para poder debatir hay que estar de acuerdo en lo que significan las palabras que vamos a emplear en el debate y ahí aparece un nuevo problema, porque ese acuerdo lleva en demolición mucho tiempo. No podemos llamar genocidio al genocidio, si escuchamos a alguien gritar “viva la libertad”, mejor no ponemos a techo y, si nos prometen llevar la democracia a tal o cual sitio, empecemos a contar muertos.
Por acabar con algo más relajado, aunque tampoco tenga la menor gracia, hablando de adulterar el valor de las palabras, me acabo de enterar del significado, absolutamente contraintuitivo, de la palabra “silvestrismo”. ¿Piensan que es algo estupendo, relacionado con el campo, la naturaleza, una vida buena? No, es la captura y mantenimiento en cautividad de aves cantoras, especialmente jilgueros. Es caza, vamos. El profesor Germán Orizaola, de la Universidad de Oviedo, llamó la atención hace unos días sobre un artículo en El País que me dejó estupefacta y en el que descubrí ese término, “silvestrismo”. Sus defensores afirman que les gustan las aves, algo incompatible, para mí, con cazarlas. Si te gustan los toros no los matas, si te gustan las aves no las metes en una jaula. También dicen que los fringílidos (pinzones, jilgueros, verdecillos…) en libertad viven dos o tres años, pero “a mí en mi casa uno me duró dieciocho años”, afirmaba uno de ellos todo orgulloso.
Entre la facultad en la que trabajo y la vecina, la de Ciencias, hay un jardín botánico que visito todos los días para despejar la cabeza entre clase y clase, o entre traducción y traducción. No lo visito por las plantas, sino por las aves. Lo que más hay son mirlos. No conozco pájaro que cante con tanta devoción y desvergüenza y que, además, desentone tanto, tantísimo. Siempre me hace reír, pero ahora también me alegrará pensar que su nulo sentido musical lo tendrá por siempre alejado de los aficionados al silvestrismo. Siendo como es tan difícil debatir sobre qué es lo que hace nuestra vida buena, déjenme empezar por lo fácil, la vida buena de algo tan frágil como un fringílido. No soy un jilguero, pero me atrevo a hablar en nombre de todos ellos: entre tres años de vida volando y cantando y dieciocho encerrada viendo por todo paisaje la jeta de mi captor, que me den alas y aire.




























