Los españoles primero, claro que sí, decía eufórico el portavoz ultra de Extremadura. Prioridad nacional. No habrá tonto que no se sienta mejor. Cantares era un programa de copla y tonadilla presentado por Lauren Postigo. Una vez pidió valoración a un señor del público y el buen hombre se desgañitaba diciendo que ya era hora de un programa así, porque somos españoles, no extranjeros, y el público se rompía las manos aplaudiendo. La autoestima no es un asunto menor en política. Con quinientos féretros, los americanos se sentirían derrotados en Irán, con veinte mil muertos la autoimagen de los iraníes no se quebraría. «Lo que decide el resultado del conflicto es la capacidad del enemigo para resistir el caos económico y las bajas», dice Ben Ami, exministro israelí de exteriores. Nadie puede pensar en serio que Vox le ampliará la atención sanitaria, la cobertura escolar o la pensión. Puede parecer un chiste que Vox diga que la sanidad pública es una inmoralidad para luego prometer prioridad a los españoles en la sanidad pública; o que diga que las ayudas sociales son paguitas que cronifican la pobreza y luego reclamar que los españoles tengan prioridad para las ayudas sociales. Pero la autoestima no es un tema menor. Te dice que no tendrás médico pero que, como español, vas por delante de Mohamed, y no importa lo tonto que seas, de repente te sientes alguien. No lo digo con coña. La izquierda se gusta con discursos altruistas ligados a grandes principios, que, sin querer, transmiten con frecuencia a la gente que sus problemas son pequeños. Tu problema con ese coche que no puede circular porque contamina mucho y no puedes comprar otro es un problema pequeño comparado con la sostenibilidad del planeta. Entre el discurso digno que te dice lo pequeña que es tu circunstancia y el discurso bruto, racista y necio hasta el chiste, pero que te infla la autoestima con intangibles, acabas vociferando que somos españoles, no extranjeros.
Dice Enric Juliana que los cuatro puntos cardinales de la actualidad son la energía, la IA, la religión y los mapas, que ahora ya son siempre geopolíticos. Concentrémonos en la religión, pero estirando la idea. La gente vive peor, pero sobre todo vive desorientada. Salvo que te toque la lotería, la clase media no sabe qué tendría que pasar para frenar su deterioro, ni sabe qué tendría que haber hecho para estar mejor. Si estudiaste, conseguiste título, trabajas en el puesto para el que te cualificaste y bajan tu calidad de vida y tus horizontes, sientes pérdida, pero también desamparo. La clase baja está a la intemperie, porque ronda la pobreza o está en ella. El mundo es indescifrable. EEUU se vuelve hostil y parece sembrar el caos. China sabe que la pulsión más sentida es la estabilidad, que el tren no se mueva tanto y esté tan en trance de descarrilar. Se proyecta como gran estabilizador, frente a los bandazos caóticos americanos. Y está consiguiendo ser percibida así.
“Trump quiere articular una dictadura sostenida sobre una religión imbricada en un nacionalismo radical y excluyente.”
Se necesita algo más que estabilidad, por eso la religión está entre los puntos cardinales de la actualidad. Las conductas colectivas emocionales son erráticas y amnésicas, no siguen una línea. Las conductas racionales tienen más posibilidades de ser ordenadas y orientadas a un fin. Pero estas conductas racionales son efecto de debates, discusiones y acuerdos y requieren comprender y estar informados. Pero ahora domina la desorientación, la información es difícil de evaluar, abundan teorías absurdas y de hecho la desinformación sistemática es toda una industria. Es mal momento para fiarse de lo que uno lee y para fiarse del sentido común propio, cuando entendemos a duras penas lo que pasa. Pero la conducta colectiva se hace ordenada también con otro resorte, en la dosis que sea: el de la compulsión. Podemos encontrar amparo y seguridad cuando nos sentimos dentro de algo mayor que nosotros que se mueve y nos lleva, sin tener nosotros que razonar cada paso. La conducta compulsiva individual es un trastorno y la compulsiva colectiva es un fanatismo. Pero ciertas dosis de compulsión en las maneras colectivas pueden surtir ese efecto de suelo, seguridad y conducta ordenada. La religión está creciendo en los discursos públicos y en la percepción que tiene la gente de la colectividad a la que pertenece. La religión puede sentirse como refugio y nexo que nos integra en un conjunto, y es muy apetecida por los dictadores como elemento de identidad colectiva, de uniformidad y de exclusión de grupos. Sin ser aún como Irán, Trump y entorno cada vez abundan más en maneras teocráticas. La otra emoción que hace compulsivas las conductas colectivas es la nación. Trump quiere articular una dictadura sostenida sobre una religión imbricada en un nacionalismo radical y excluyente: una nación bendecida por Dios, donde la disidencia sea una blasfemia (falta religiosa) y una traición (falta patriótica). Por eso disputa con tanto ahínco la autoridad del Papa. Por eso Meloni choca pese a su afinidad. En España Trump es un problema para la derecha, porque por su culpa no puede alinear ideología, patria y catolicismo.
En China se percibe algo parecido. Juliana relaciona el confucianismo con el mecanismo religioso. La doctrina de Confucio había sido perseguida por Mao como residuo feudal. Cuando China dejó de ir en bicicleta y comer solo arroz, y se fue haciendo el gigante que es, echaron de menos ese vínculo que ordena la conducta colectiva. Hu Jintao empezó a introducir la moral confuciana y Xi Jinping la llevó a las entretelas de los currículos de enseñanza y al tejido del partido, armonizándolo a su manera con el marxismo. Como los republicanos americanos con el catolicismo, se señala que Xi reinterpreta a Confucio para dar soporte a los objetivos del Partido Comunista. Pero no solo es una forma de introducir un sucedáneo de emoción religiosa en la sociedad china. Es una forma de acentuar la emoción nacional, porque la imbricación del marxismo con Confucio es una vía para asentar y adaptar el marxismo a la tradición milenaria china y crear una masa moral nacional compulsiva que acentúe su contraste con occidente y la decadencia liberal.
esa españolidad quiere reafirmarse con ese racismo cutre que basa la autoestima en quitar derechos a inmigrantes
Es curioso que el citado Shlomo Ben Ami, en un artículo publicado por La Vanguardia, se refiere a la manera en que Europa percibe la legalidad internacional con la palabra «fetiche». La quiebra de una compulsión o de un credo compulsivo no es como la quiebra de un razonamiento. La quiebra de un razonamiento simplemente es un error. Pero una compulsión cancelada produce algún tipo de desasosiego. Ben Ami dice que Europa vive la legalidad como un fetiche, porque aquí decir que las guerras contra Irak e Irán son ilegales se parece al desamparo de la blasfemia. Seguramente más en España, cuya confianza en sí misma depende de ser parte de la UE. Si le damos la razón, parece que cada potencia busca su argamasa compulsiva para ordenar a las colectividades.
El nacionalismo de nuestra extrema derecha tiene el pelaje cutre de los nacionalismos exaltados. Se confunde lo típico con lo esencial. Son más típicos de las vacas los cuernos que los ojos, pero no más esenciales. Una casa típica asturiana no es la casa más frecuente en Asturias. Lo típico tiene que ver con lo contrastivo, es típica la casa que solo se ve en Asturias, pero la mayoría de los asturianos vive en casas parecidas a las de cualquier otro sitio. Los toros pueden ser típicos de España por contrastivos, pero no define ninguna esencia nacional, lo que carajo sea eso. El nacionalismo exaltado tiende además a convertir lo típico en tópico, en una banalización simplona e interesada de lo típico. El cachopu no tiene nada de malo hasta que se intenta convertir en la quintaesencia culinaria de Asturias. Si ya son controvertidos los toros como espectáculo decadente violento, se hacen más enojosos como supuesta quintaesencia de una españolidad deshidratada y casposa. Y más cuando esa españolidad quiere reafirmarse con ese racismo cutre que basa la autoestima en quitar derechos a inmigrantes. Los credos compulsivos mueven las placas políticas, la racionalidad y el debate no asoman. Pierden los de abajo. Porque sí hay clases sociales.






























