1 de Mayo. Prioridad nacional, racial y de clase

Carlos Quero habla de la vivienda como Podemos hasta casi el final, cuando quiere bajar impuestos a los especuladores y culpa a los inmigrantes.

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

«Las compañías poderosas no sabían que la línea entre el hambre y la ira es muy delgada. Y el dinero que podía haberse empleado en jornales se destinó a gases venenosos, armas, agentes y espías, a listas negras e instrucción militar. En las carreteras la gente se movía como hormigas en busca de trabajo, de comida. Y la ira comenzó a fermentar». Eran los años 30 en EEUU, los años de la Gran Depresión y el Dust Bowl, así lo contaba J. Steinbeck. Los debates muchas veces aplanan la historia. Se dijo de la subida del salario mínimo que hundiría la economía, como decía también la prensa vocera de las oligarquías de Chicago, en 1886, que la pretensión de trabajar 8 horas diarias era delirante, inaplicable y lunática. Lo están recordando estos días en Argentina, donde un delirante y lunático quiere volver a la explotación extrema, sabedor de que en el exterior se dirá que Argentina mejora si las cifras globales de deuda e inflación se moderan. Es el milagro económico que ya conocía Roma cada vez que traía esclavos y el que mantenía a Georgia y el Viejo Sur como último refugio de la galantería, según el monólogo de Lo que el viento se llevó. Explotación y esclavitud, dos remedios «técnicos». Para volver a aquello, las oligarquías vuelven a soltar a sus perros, la ultraderecha. Tras todas las motosierras, todos los desgarros por la dictadura de lo políticamente correcto y lo woke, tras todos los aspavientos por el supuesto feminismo radical, tras todos los miedos impostados a la inmigración y el Gran Remplazo, tras todas las okupaciones deliradas que solo existen en los anuncios de alarmas, tras todo el amor a esa patria que siempre quiere ser lo que fue, tras todo ese folclore siempre están la eliminación de impuestos a los ricos, la destrucción de los servicios públicos, la anulación de derechos laborales, la legitimación de la desigualdad y la pleitesía arrobada y babosa a los ricos. Siempre, sin excepción. Carlos Quero habla de la vivienda como Podemos hasta casi el final, cuando quiere bajar impuestos a los especuladores y culpa a los inmigrantes. Los ricos sueltan a sus perros a morder, a ladrar y a romper. Siempre.

Decía que la historia se aplana en los debates, se pierde profundidad y visión. En la novela de Steinbeck, la ira de los desposeídos hierve y el dinero que los amos no quisieron gastar en salarios lo tienen que acabar gastando en contener la ira desatada por el hambre. Las grandes cosas al final acabaron siendo cosa de lucha, más que de debate. Y las adhesiones masivas a luchas siempre acabaron siendo más cosa de intereses objetivos compartidos (de clase o de género, por ejemplo) que de argumentos. Las élites ceden algo cuando luchar es más caro que ceder algo. El estado del bienestar maduró y brilló para contener al imperio rojo soviético. Los ricos pagaban impuestos y los derechos se gestionaban en costosos servicios públicos. La participación de los humildes en la riqueza nacional hacía que no fueran tan humildes. Mejor ceder algo que enfrentarse a una ira respaldada por un imperio rojo. Ahora no hay imperio rojo. Las tecnologías hacen que el dinero sea ubicuo e inmediato, se acumula y se muda al momento. También permiten procesos productivos complejos en localizaciones dispersas, ya no hay cientos de trabajadores con mono entrando a la vez en la fábrica y comiendo el bocadillo a media mañana. El software es tan sofisticado y abrumador que creen que será el espíritu de la máquina social. Thiel piensa que Palantir puede ser el estado. Las oligarquías chocarán entre ellas, pero están en el empeño de una sociedad sin derechos, desprotegida y con impuestos mínimos. Podríamos hacer ver una disyuntiva a los ricos: ¿queréis ser ricos en una sociedad donde los demás viven bien y con derechos, o queréis ser aún más ricos en una sociedad de zombis ávidos de despedazaros y devoraros? Pero no es tan fácil. Saben que la ira fermentará como siempre. Por eso el librillo de sus lacayos de ultraderecha no es tanques, golpes de estado y matanzas. Asoman brotes o aprendices de escuadrones, acosos y en EEUU ya tienen al ICE haciendo de paramilitares. Pero el juego es algo distinto. Quieren a la ira de su parte. Y quieren los valores de su parte, no enfrentándose a ellos, sino ocupándolos e infectándolos.

En estos días los ultras reclaman prioridad nacional. Es un eufemismo para inflamar la aversión racial al extranjero

El juego es identitario. Por varón, por heterosexual, por blanco y por español tengo que pedir perdón todos los días a las mujeres y a las minorías. Yo soy el que no puede con el alquiler, pero son ellos los oprimidos y son sus derechos lo que hay que discutir y ampliar. Y yo soy el supuesto privilegiado que siempre pierde y al que se puede denigrar, porque no se incurre en racismo, machismo u homofobia. La bien elaborada propaganda ultra proyecta la ira en la defensa de esa identidad acosada. Y da autoestima, eso es importante.

Con la ira canalizada, se puede producir la apropiación de valores. La libertad pasa a ser la ausencia de impedimentos para las oligarquías. La rebeldía contra las élites se convierte en odio contra la clase media titulada, sobre todo los que trabajan en servicios del estado. El inconformismo se convierte en desconfianza del estado y credulidad de conspiraciones y teorías esotéricas. El sentido crítico se manifiesta en el negacionismo. La tolerancia se reclama para legitimar discursos reaccionarios de odio y para propalar victimismo. Libertad, rebeldía, inconformismo, sentido crítico y tolerancia son valores progresistas que no se combaten como en los años 30 negándolos y persiguiéndolos, sino asumiéndolos para desvirtuarlos. De esta forma, la ira fermentada tiene lenguaje, pero trucado y viroso.

En estos días los ultras reclaman prioridad nacional. Es un eufemismo para inflamar la aversión racial al extranjero. Pero no a los extranjeros musulmanes de Marbella, ni a los ricos que están comprando viviendas para especular o para tener un refugio aquí, lejos de Rusia y del Golfo. La expresión «prioridad nacional» quiere decir prioridad racial y prioridad para los ricos, prioridad de clase. El 1 de mayo es, como todas las fechas simbólicas, un buen momento para remansar los sucesos y, en este caso, marcar prioridades de clase contra la oligarquía. Se puso el foco con razón en la vivienda, el caso más sangrante en el que la avidez y el lucro se antepone a un derecho básico reconocido en todas las constituciones y en el que esa avidez expulsa al conocimiento y la cualificación de lugares inalcanzables para sueldos desahogados. El discurso actual opone el bulo de que tenemos un grave problema de ocupaciones a la realidad de que es un delito con cifras muy bajas, que se refiere a usurpaciones y apenas a allanamientos, y que casi siempre son propiedades de bancos, fondos y grandes poseedores. No hay un problema estructural de ocupaciones. De momento, este es el cruce de espadas. Las ocho horas de trabajo no se alcanzaron discutiendo, sino luchando y a veces con tragedias como la que se conmemora cada 1 de mayo. Es un buen día para pensar en la vivienda como terreno de lucha. Con expropiaciones, impuestos disuasorios para usos de pisos que no sean el de vivienda y con legítimas intervenciones del estado se puede reanimar el derecho a la vivienda. Como se haga en un país, hervirá la opinión pública de los vecinos, como pasó con el sencillo gesto de Sánchez con la guerra de Irán, que acabó obligando a rectificar a Merz y a Meloni. No hay visos de que ocurra sin una lucha que fuerce a ello. Ahora estamos negando el problema de ocupaciones con la verdad en la mano. Podemos imaginar algún 1 de mayo próximo que incite a ellas como forma de lucha. ¿Por qué no? El tema merece movilización.

El 1 de mayo de 1886 fue el detonante que, con el tiempo, llevó a las ocho horas de trabajo sin pérdida de salario. No fue en el 86, en el 86 solo se inició el proceso. La IA traerá una alteración parecida a la revolución industrial. El cambio no consistirá en empleos de otro tipo en sustitución de empleos actuales. Habrá menos empleo. O hay reparto y se trabaja menos por igual salario o no hay reparto, la gente se quedará sin trabajo y los ricos serán más ricos. Y la ira volverá a fermentar. No toca que el 1 de mayo sea una jornada alegre.

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