Ahora mismo, nada

Celebro que nuestro presidente esté entre los que, por fin, llaman genocidio al genocidio, su tiempo le ha costado.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Una de las primeras descripciones detalladas de una guerra, o más bien de muchas guerras en una, se encuentra en Tucídides, en su Historia de la Guerra del Peloponeso, crónica del largo enfrentamiento entre Atenas y Esparta en la segunda mitad del siglo V a.C. En un pasaje muy conocido, Tucídides comenta que, en la confusión moral que trajo consigo la discordia civil, las palabras perdieron su significado. No está claro si lo que quería decir era que algunas palabras como “audacia”, “cobardía”, “sensatez” o “irreflexión”, pasaron a significar cosas distintas, o si lo que cambió fue la valoración que se hacía sobre lo que significaban. Sea como sea, ahora estamos ya más que acostumbrados a las dos cosas, a que las palabras, lo que significan y lo que pensamos sobre lo que significan, sean víctimas mortales de las guerras.

En uno de esos rifirrafes recurrentes en los que, a saber por qué mercenarios motivos, siguen algunos negando el genocidio que todos estamos viendo, alguien preguntó a un se supone que periodista, subdirector de un periódico de tirada nacional que no se distingue, precisamente, por su amor a la verdad, si no era un genocidio lo que está haciendo Israel en Gaza. El se supone que periodista lo negó, el otro insistió, “¿entonces qué es, que está haciendo?”. “Ahora mismo, nada”, respondió el sujeto. Se quedó tan ancho, orgulloso de lo que consideraría una gran habilidad dialéctica. El inexistente, por más cacareado que haya sido, alto el fuego, le permitió decir esa frase y creer que su desvergüenza pasaría inadvertida.

Por documentar los crímenes de Israel al sur del país, Khalil ya estaba recibiendo en su teléfono desde hacía tiempo mensajes amenazadores.

La triste realidad es que, mientras ese desgraciado afirmaba lo que acabo de decir, “ahora mismo, nada”, podíamos leer en las informaciones de Olga Rodríguez Francisco que Israel había asesinado en Gaza a una mujer embarazada de gemelos junto a sus dos hijos, Hamza, de 13 años y Naya, de 4. Van cientos de muertos desde el alto el fuego. También nos enterábamos del asesinato premeditado, cobarde y nauseabundo, como todos los que estamos viendo día tras día, de la periodista libanesa Amal Khalil. También van cientos de periodistas en Gaza y ahora empieza el goteo en el Líbano. Por documentar los crímenes de Israel al sur del país, Khalil ya estaba recibiendo en su teléfono desde hacía tiempo mensajes amenazadores. Este 22 de abril los sionistas atacaron un vehículo que iba tras ella y otra periodista, matando a sus dos de ocupantes, luego bombardearon la casa en la que ellas se refugiaron, hiriéndolas, y después dispararon a las ambulancias que trataron de acercarse a socorrerlas. Amal Khalil murió, la dejaron morir las bestias sionistas, tras horas de agonía; su compañera, Zeinab Faraj, aunque con graves heridas, ha sobrevivido. Al mismo tiempo, colonos israelíes asesinaban a un niño en una escuela de Cisjordania. Es decir, frente al “ahora mismo, nada”, tenemos el “ahora mismo, todo”, un crimen tras otro, en el Líbano como en Gaza.

A pesar de tantas evidencias, la Unión Europea no ha aprobado suspender el Acuerdo de Asociación comercial preferente con Israel. No es que yo no me alegre de que nuestro gobierno esté entre los que han solicitado debatir sobre la suspensión de ese acuerdo, prefiero eso a que vote en contra, claro. También celebro que nuestro presidente esté entre los que, por fin, llaman genocidio al genocidio, su tiempo le ha costado. Pero es triste ver que, en realidad, no se está haciendo absolutamente nada más allá de gestos que, si llaman la atención, es por contraste con la indecencia reinante. Que, mientras no se mueve un dedo para detener la sangría del pueblo palestino, el mero hecho de proponer plantearse romper un acuerdo preferente con un estado criminal y genocida sea considerado el summum de la valentía y el compromiso con los derechos humanos da la medida de la fosa séptica en la que se ha convertido la política europea. Proponer plantearse romper, qué lentas van y cómo les cuesta a las palabras, por no decir a los hechos, levantarse contra los asesinos.

Sin embargo, tenemos algo a lo que agarrarnos para no morir de vergüenza, aunque sólo sean buenas palabras. Imaginemos que no fuera Pedro Sánchez, decente, aunque tibio, quien nos representara, sino gente como Martínez Almeida, esa mente privilegiada que se expresa así: “Para mí no hay un genocidio en Gaza. Y, ¿saben por qué pienso que no hay un genocidio?, porque genocidio fue en el pueblo judío durante la II Guerra Mundial”. Una afirmación que no se sabe si destaca más por lo estúpida o por lo mal expresada que está. Como si yo dijera que hoy no es lunes, ¿saben por qué?, porque lunes fue el de la semana pasada.

Ahora mismo miles de palestinos viven en Gaza entre escombros, en medio de enfermedades infecciosas por la falta de agua potable y de medicamentos, siguen muriendo ahora mismo, en ese “ahora mismo, nada” de un tipo que vive de las palabras y ha decidido utilizarlas de la peor manera posible. Si me preguntaran qué hay en la mente, o en el corazón, de los políticos y periodistas que niegan el genocidio en Gaza diría, me lo preguntaran cuando me lo preguntaran, “ahora mismo, nada”. Y me quedaría muy corta, pero no merecen nada de mí, ni mis insultos. Mejor acabo como empecé, con Tucídides, que con una generosidad excesiva decía, “y es que muchos prefieren ser malvados y que se les tenga por hábiles que buenos y pasar por tontorrones; de esto se avergüenzan, mientras de aquello se enorgullecen”. Había una alternativa peor, los malvados e ignorantes orgullosos de ambas cosas.

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