“En tres años pasamos de movernos en la clandestinidad a creer que todo era posible”

José Ramón Palacios fue activista contra la dictadura, militante de CNT, uno de los protagonistas de la huelga de la construcción asturiana en 1977 y presidente de la Fundación Anselmo Lorenzo durante casi una década

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

La Fundación Anselmo Lorenzo, custodia del legado histórico y cultural del anarquismo español, ocupa el local de un antiguo garaje en la Plaza de las Peñuelas de Madrid junto a una iglesia evangélica y frente a una mezquita. José Ramón Palacios (Mieres, 1954) presidió la fundación durante casi diez años y es ahora vocal de la misma en el empeño de “despertar un poco de rebeldía contra la realidad” y contra esos dioses que tanto furor parecen causar entre los vecinos de la zona. “Esa pelea entre lo de arriba y lo de abajo que no se acaba nunca y es desde el principio de los tiempos” ha sido la principal ocupación de este hijo de los derrotados de octubre del 34: desde que era un adolescente que se escondía de los guardias civiles en los caminos de Brañanoveles, luego como estudiante de Humanidades ácrata y seguidor de Pink Floyd en los calabozos de la dictadura, organizando la gran huelga de la construcción asturiana de 1977 o como sindicalista de CNT en Renfe. Él es solo el penúltimo eslabón de una tradición rebelde que, está convencido, solo se extinguirá con el último ser humano sobre la tierra: “La libertad, al fin y al cabo, es un instinto natural”.

¿En qué año naciste? ¿En qué ambiente? ¿Cómo era tu familia? En fin, ¿cómo te criaste?

Yo nací en enero del 54 en Mieres, en la villa, pero con muy poquitos años subí a vivir a una aldea, a Brañanoveles, porque mi madre tuvo que subir a cuidar a su abuelo, que era ya muy viejo y se murió con 104 años. Fui un año al famoso Liceo de Mieres y luego ya a la escuela ahí arriba en la aldea hasta los diez años, cuando ya se pasaba al instituto. De aquella no había carretera, y había que subir y bajar andando, que son unos tres kilómetros por el camino más corto. Mi padre era maquinista en Fábrica de Mieres y mi madre hacía un poco de todo, lo que hacían las mujeres de la época: ama de casa, cuidar a los animales, la huerta, ocuparse de la familia…En fin, ese trabajo silencioso e imprescindible que hacen las mujeres.

¿Cómo era el ambiente de las cuencas por esos años?

Para que te hagas una idea, había un cura de religión en el instituto que nos llamaba los hijos de los rojos a los que bajábamos de mi zona. Esa fama bien ganada tenía. Quitando a mi padre y a otro que trabajaba en Fábrica de Mieres, los demás eran todos mineros que compaginaban la mina con un par de vaquinas. ¿Y qué más contarte? Mi pueblo era más bien de ascendencia socialista. Había un personaje que vivía en la siguiente casa a la mía al que prácticamente todos los años subía la policía a llevárselo detenido en la víspera del 1 de mayo, para que no intentase movilizar nada. Pues ellos subían antes, lo detenían, a veces con alguna que otra paliza, y lo soltaban después del 1 de mayo. En aquellos ambientes no era muy difícil salir con una inclinación antifranquista y contra la dictadura. Los tratos de los maestros solían ser autoritarios. El instituto de Mieres ya era otra cosa. Por suerte, a finales de los 60 tenía una plantilla de maravillosos profesores, empezando por la directora Carmen Castañón, de la que siempre guardaré un recuerdo y un cariño especial. Allí en el instituto, en el año 71, se formaron las primeras luchas de los institutos de enseñanza media e hicimos alguna cosilla. Ese año tuve mi primera experiencia como detenido en comisaría.

Vives entonces tu infancia y adolescencia entre el Mieres industrial y ese último reducto de la aldea asturiana en Brañanoveles, ¿recuerdas mucho contraste en la mentalidad y la forma de vivir entre la gente de uno y otro lado?

Bueno, ten en cuenta que mi aldea está muy cerquita de Mieres, y que tanto yo como mi padre habíamos nacido en la villa. Estábamos todo el día subiendo y bajando. Mi madre, por ejemplo, bajaba con la burra a vender leche. En la aldea había algún pique sin importancia con mi padre por ser de la villa y más urbanita y pijillo, entre comillas. Aunque al pobre enseguida le dio un infarto, le jubilaron y tuvo que hacerse campesino, ganadero…Un poco de todo. Pero había una relación cotidiana entre el pueblo y la aldea. Estamos hablando de finales de los 60, cuando empiezan a crearse las primeras comisiones en La Camocha. Recuerdo, año 64 o 65, una movida que hubo en vísperas del 1 de mayo por una manifestación que se había convocado en Gijón y toda la policía se había concentrado allí. Yo no sé cómo fue aquello, pero se lió de repente en Mieres una manifestación espontánea y se asaltó la comisaría de policía y hubo un intento de asaltar el ayuntamiento. Entre tanto jaleo llegaron algunas unidades de Gijón y hubo un momento muy tenso en la plaza del ayuntamiento, con los policías apuntando directamente a la gente con los fusiles. Ese día, cuando subimos por la noche para el pueblo-nos solíamos juntar ocho o diez para subir juntos-subía también un minero fuertote, Fredo se llama, que tenía un brazo en cabestrillo de un accidente en la mina, y subía con la escayola totalmente hecha polvo de haberla roto contra las espaldas y los cascos de los policías (Risas) O sea, que te digo que el ambiente, más que de pugna entre lo urbano y lo rural, era de solidaridad.

Pese a la derrota en la guerra, pese a la represión, ¿se mantenía esa espíritu levantisco de las cuencas?

Total. Allí cerca de la Braña hay un prau desde el que se ve Mieres. Yo recuerdo que los críos desde los 10 ó 12 años el 1 de mayo íbamos por la mañana allí a mirar porque casi siempre había manifestación o conato. Entonces había carreras, había sirenas…para nosotros era un espectáculo.

¿Tu familia había participado en la guerra o en el 34?  

Sí. Yo tengo un tío que participó activamente en el 34 y al que mataron en El Escampleru. Era un poco mayor que mi padre, que tenía 15 ó 16 años entonces. Mi padre contaba mucho una anécdota de cómo fue el estallido del 34. Según él, la primera noticia de la convocatoria de huelga general se hizo en la sala de fiestas de El Palau, que todavía existe como bar, en la calle que hoy es Manuel Llaneza. Aquel día era jueves, que curiosamente, en la época, era el día que por la tarde tenían libre lo que llamaban, con ese tono un tanto despectivo, las chachas. Es decir, las limpiadoras del hogar.  Y como les daban libre esa tarde, pues era casi un día festivo para los chavales, para los bailes y estas cosas. Mi padre me contaba que él se había colado en El Palau de alguna manera, porque era menor todavía. Y dice que, cuando dieron las doce o poco antes, entró un grupo de chavales, pararon el gramófono con el que estaban bailando y dijeron: “Aquí se acabó el baile y ahora empieza la fiesta, ¡revolución! Todo el mundo a casa”. Eso es algo que oí desde pequeño y siempre me quedó fijado, y me parece una cosa preciosa. No sé si mi padre puede haber fantaseado algo, pero sea verdad o sea un poco exagerado, es algo tan guapo que siempre lo cuento.

De lo que tal vez tengas recuerdos propios, y no de tu padre, es de la gran huelga minera del 62

Las huelgas de la minería para nosotros, para los niños, tenían algo de día de fiesta. No ibas al cole, había un ambiente especial en el pueblo, veías a tu madre y a otras mujeres cuchilleando…Entonces, claro, había miedo a decir según qué cosas, y sobre todo delante los críos. Tú notabas que andaban como con secretillos, que iban a hablar al lavadero y tal. Y luego había allí, pobrecito, un hombre que tenía fama de esquirol, Juan, aunque no se llegó a probar. Cuando alguien tenía fama de esquirol lo que hacían cuando había huelga, al amanecer, era dejar la puerta de su casa sembrada de granos de maíz. Obviamente, queriendo decir que era un gallina. Ahora en la aldea quedan cuatro vecinos contados, pero fíjate que entonces en Brañanoveles había tres chigres.

¿Subía mucho la Guardia Civil por allí?

Sí, sí. La ronda de la pareja era casi diaria, y en esos momentos tensos estaban subiendo y bajando constantemente.

José Ramón Palacios FOTO: Isabel Permuy

Cuando tú naciste, ¿había dejado de haber maquis en el monte?

Hacía muy poco que habían desaparecido. Mira, mi guelo materno vivía en [Puente de los] Fierros, y yo iba con él los veranos. Me gustaba mucho ir para allá con él, porque tenía muchas vacas y caballos y yo lo pasaba muy bien con él. Y te cuento esto porque, sería finales de los 60, había veces que mi guela nos mandaba dulces y chocolates y esas cosas. Yo subía e igual me pasaba ocho días en la cabaña con mi guelo, en plan salvaje, y me encantaba. Pero a veces desaparecía el chocolate. Y yo recuerdo de decir “coño, guelu, ¿qué pasa? Aquí tenía que haber chocolate o no sé qué”. Y él decía: “Bueno, habrá algún ladrón o lo habrá cogido alguna rata, ¿yo qué quieres que te diga?”. Luego me enteré que todavía quedaba algún maqui por allí y la comida desaparecía porque se la dejaban en sitios estratégicas.

O sea, tu abuelo se la dejaba sabiendo que iban a cogerla

Claro, y a mí, obviamente, como éramos niños y con mucha frecuencia te podía parar la Guardia Civil, pues no te lo contaban porque se exponían ellos y te exponían a ti a que hablaras más de la cuenta.

Por lo que cuentas, en todas las cuencas había una desconfianza natural hacia la Guardia Civil y la policía
Bueno, es que yo tengo un recuerdo muy siniestro. Con diez u once años, de la que empezaba a bajar al instituto, si veía venir a la Guardia Civil me salía del camino para pasar por el bosque y no encontrármelos. Más de una vez te paraban y te acababas llevando un buen tortazo. Recuerdo alguna vez que te paraban y tú igual estabas así un poco asustadillo y te decían [Pone voz fanfarrona] “¿qué pasa no sabes saludar? somos la autoridad, se dice buenos días”, y ¡pumba!, te solmenaban un bofetón. Sin comerlo ni beberlo te llevabas una hostia. Con lo cual, para evitar esos problemas, más de una vez, los que bajábamos de entre diez y catorce años nos metíamos por la mata.

¿Y cómo era el trato con los maestros?

Al principio, malo con muchos maestros, pero luego, en el instituto ya era diferente. Había algunos que estaban muy mal, que nos decían que olíamos mal, nos pinchaban con alfileres y esas cosas. Supongo que era gente sacada de Falange, que sabían leer, escribir y poco más. En las cuencas y en Asturias la mayor parte de los maestros profesionales eran rojos y, por tanto, estaban represaliados.

¿Recuerdas cómo nació tu conciencia política?

Fue una cosa paulatina. En mi casa se escuchaba la Pirenaica prácticamente todos los días. No hacía falta ser demasiado listo para ver que por ahí había algo raro. Escuchar la Pirenaica era todo un ritual. Había ruidos que interferían la emisión, entonces se juntaba Nardo, un vecin, y andaban todo el día con el dial intentando encontrar la emisión, y luego cuchicheando y esas cosas. Todo esto unido a los comentarios que se hacían cuando pasaba la Guardia Civil; lo que te contaba de cómo todos los años la víspera del 1 de mayo detenían a Nardo, que era un paisano encantador y un vecino maravilloso, que su hijo era íntimo amigo mío, y te contaban cómo llegaban a las tres de la mañana, si se ponía un poco tal le sacudían una paliza…Todas esas cosas te iban cargando de odio hacia esta gente que maltrataba a la gente que tú conocías y que no hacían ningún daño y que eran buenos vecinos y buena gente. A partir de ahí llegó la reforma educativa del 70, y ya en el instituto empezamos a movernos Alberto [Rosón], yo y algunos más. Ya era un rechazo a aquel sistema autoritario y dictatorial. A Pin Torres, un profesor de francés que teníamos que era del PC, entraron a detenerlo al instituto en vísperas del 1 de mayo del 70 ó 71. Fue un impacto muy fuerte. Recuerdo que en el recreo nos juntamos unos cuantos y nos pusimos en huelga. Dijimos que no entrábamos a las clases. Esa fue la toma de contacto con la realidad de la dictadura, ya con mi paso por la comisaría de Mieres. A partir de ahí, desde el 70 hasta la muerte de Franco, solo se fue afirmando ese inicio de conciencia antifranquista.

Tienes esa primera toma de conciencia, digamos instintiva, pero, ¿cómo vas formando una ideología más definida?, ¿tenías acceso a libros?, ¿cómo supiste del anarquismo?

Libros pocos, la verdad. Hasta que llegamos a la universidad no pudimos pillar libros concretos. Cuando le dieron el Nobel a Pablo Neruda, la directora de mi instituto, Carmen Castañón, creó un grupo de teatro, en el que yo estaba, y representamos la obra “Fulgor y muerte de Joaquín Murieta” que, por cierto, era la tercera que se representaba en el mundo: se estrenó en Santiago de Chile, se hizo una representación en Milán y por tercera vez se hizo en el instituto de Mieres y en unas cuantas asociaciones de Asturias. Con esta mujer las clases eran muy instructivas. Yo recuerdo escuchar en clase de literatura el famoso disco de Paco Ibáñez en el Olympia. Luego nos pedía hacer comentarios en vez de exámenes y ese tipo de cosas. Leíamos muchos poemas de Miguel Hernández, de Lorca o de Machado. Si a eso le unimos que el profesor de filosofía que teníamos entonces, San Miguel, que era un auténtico crack que empezaba el curso con los presocráticos y acababa hablando del enano del Pardo. Era un hombre con una capacidad, una formación y una categoría indescriptible. Había que ir a sus clases, hasta el punto que no salíamos al recreo para discutir y debatir con él. Era una auténtica maravilla, y lo que contaba te iba afianzando en el convencimiento de que aquel régimen de control y represión no era normal. Luego ya el tema de por qué te vas orientando hacia una ideología más libertaria y no a la socialista o comunista que era dominante en el entorno de Mieres…pues no sabría explicártelo. Quizás porque el ambiente en mi casa nunca había sido autoritario, o por estas enseñanzas del instituto. Siempre he tenido un rechazo natural hacia el ordeno y mando. Luego fui conociendo las primeras manipulaciones de organizaciones importantes, y cómo llegaban órdenes de no se sabe dónde, de que tal día hay que hacer huelga o hacer esto otro. Entonces, ¿nosotros qué pintamos?, ¿para qué nos reunimos si ya viene todo decidido? Ese funcionamiento nunca me atrajo. Ahora bien, pese a esto nos relacionábamos bien con todo el mundo. Eran momentos en los que, pese a las diferencias ideológicas, la solidaridad y la protección entre nosotros estaba por encima de todo.

Cuéntame de sus años universitarios

Yo empecé la universidad en el 72, y fui a estudiar Humanidades en la Plaza Feijóo. Se estudiaba un poco de todo en esa carrera, y recuerdo que incluso dimos un curso de árabe.

El ambiente estaba muy politizado, supongo

En la universidad había ya dos tipos de organizaciones estables. Por un lado estaban las comisiones, que eran más o menos la organización estudiantil del Partido Comunista; y por otro los comités, que pertenecían a los partidos de la izquierda del PC. Nosotros, como nos gustaba ir por libre, montamos nuestros grupos autónomos. En ese momento tuvimos la suerte de contactar con José Antonio Bregel, que formaba parte de CRAS [Comunas Revolucionarias de Acción Socialista], donde García Rúa marcaba la pauta.  Tenían bastante presencia en el movimiento obrero en Gijón, y algo en el entorno estudiantil. Ahí fue cuando empezamos a conocer un poco más el pensamiento anarquista. Curiosamente, nos ayudó mucho que el departamento de Historia en la Universidad de Oviedo tuviese los tres tomos de Peirats sobre la revolución española del 36 y el libro “Historia del anarcosindicalismo”, de Juan Gómez Casas.

¿Qué gente formaba esos grupos autónomos?

Pues había gente de Medicina, de Filosofía…Un ambientillo muy curioso y un grupo de amigos con lo que todavía hoy mantengo relación. Venía también gente muy maja del Bierzo, que suele ser una buena cantera del PCE, pero estos eran gente más abierta y de carácter libertario.

Más allá de la historia de la CNT y del anarquismo español, ¿teníais influencia del mundo contracultural, de las ideas más hippies o situacionistas de la época, del rock, la liberación sexual y esas cosas?

Claro, tú ten en cuenta que por aquellos años, aparte de la Revolución de los Claveles, la otra cuestión importante es el mayo del 68. Había algunos amigos de estos grupos autónomos que en verano hacían viajes de trabajo al extranjero para buscarse la vida de camareros o de lo que fuera y sacar un poco de dinero para el invierno. Una visita a Ámsterdam siempre suponía pasar por los coffee shop y esas cosas. Los tiempos de drogas, sexo y rock and roll también nos llegaron. Aquel rock psicodélico y sinfónico de Pink Floyd y toda aquella gente. Hubo una época de comunas. Nosotros en Oviedo, una vez que nos asentamos a partir de la muerte de Franco, empezamos a vivir en una comuna en un piso. Había algún librito publicado sobre dos comunas de Berlín. Yo había estudiado con beca, hasta que empezó la represión y me la quitaron. Obviamente, ya no podíamos permitirnos vivir de estudiantes en nuestra casa, donde llegaba para comer y gracias. No podías permitirte más el lujo de la vida estudiantil, y había que trabajar. Pero a partir de ese momento vivimos en unos pisos con una caja común, y tú cuando cobrabas dejabas el dinero allí y la gente iba cogiendo a medida que necesitaba. Llegó incluso a haber una comuna en Brañanoveles, en mi pueblo, sobre la que hace poco salió un artículo en La Nueva España.

¿Viviendo como hippies?

A ellos no les gustaba mucho que los catalogaran como hippies, aunque tampoco les importaba. Era gente comprometida con la lucha. Yo les había conseguido una casa para alquilar en el pueblo, y allí vivían de los juguetes que hacían, de trabajar el cuero y esas cosas.

Durante la universidad, ¿fuiste detenido alguna vez?

Sí, más de una y más de dos. Los estudiantes de Mieres solíamos ir a la universidad en Oviedo en autostop, y la policía lo sabia. Dos de las veces que me detuvieron fue así, haciendo autostop en Mieres. Pero bueno, tuve la suerte, entre comillas, de capear bien el temporal de las 72 horas de interrogatorio, sobre todo la primera vez. Me gustaría recuperar el acta de aquel interrogatorio en la comisaría de Oviedo, porque fue curiosísimo. Yo intentaba ganar todo el tiempo posible hablando, porque era la mejor manera de que no me preguntaran ni me pusieran en el compromiso de tener que mentir para no declarar que había estado en tal sitio, o que conocía a tal persona que me enseñaban en la foto. Así te librabas de una paliza, porque te zurraban si tú decías que no le conocías y luego te enseñaban otra foto en la que se os veía juntos. Los policías estaban un poco desorientados con los grupos autónomos, no nos tenían muy bien catalogados. Entonces yo empezaba a hablar de que no tenía nada que ver con el tema estalinista, que esas cosas autoritarias a mí no me gustaban, y que sí había estado en asambleas y protestas, pero porque defendía la libertad y no me gustaban las dictaduras, ni siquiera la de Franco. Me ponía así y me dio por mencionar el tema de la democracia, el contrato social, Rousseau y así. Y el tipo este, Castro, que creo que era subcomisario, puso una cara un poco extraña. Creo que me tire como dos horas hablando de Rousseau y del buen salvaje, hasta el punto que terminó preguntándome que, en esa utopía de la que yo hablaba, qué papel iban a jugar los policías (Risas) Así evité el primer interrogatorio serio con él, porque al principio, la primera pasada era la famosa rueda para ponerte en tu sitio: la rueda de los policías y tú en el centro recibiendo hostias como un muñeco, para que supieras dónde estabas. A partir de ahí ya me bajaron a la celda. Te hacían putadas de noche: despertarte cada poco, amenazarte diciendo que en esa habitación un minero muy duro había terminado tirándose por la ventana porque no aguantaba el interrogatorio…En fin, esa represión psicológica de intentar debilitarte para pillarte al día siguiente más amedrentado, falto de sueño y esas cosas. En cualquier caso, nada que ver con las torturas sistemáticas que sufrieron otros compañeros.

José Ramón Palacios FOTO: Isabel Permuy

¿Qué tipo de acciones de protesta hacíais?

Pues muchas veces cortábamos una calle, tirábamos unas octavillas, gritábamos cuatro cosas y salíamos pitando. También hicimos varias asambleas y campañas de protesta por la muerte de tres o cuatro estudiantes en esa época. Recuerdo que a uno lo mataron en Santiago e hicimos un encierro en la facultad, en la Plaza Feijóo. Estuvimos más de ocho días allí dentro, hasta que un día ocuparon la plaza y dijeron que iban a entrar. Teníamos barricadas en el primer piso, y empezamos a tirar sillas y mesas por la escalera. Tuvieron que recular, porque no es fácil entrar a la fuerza en esa facultad. Tanto fue así que llegamos a un pacto para desalojar, pero con la condición de que no hubiese detenciones. Efectivamente, salimos y no nos detuvieron en aquel momento, pero a Alberto y a mí nos cogieron más tarde.

¿Os tenían fichados?

En otra ocasión, a la salida de una asamblea, fueron a por nosotros de forma descarada. A veces nos quedábamos encerrados en la facultad y dormíamos en un falso techo. Cuando sabíamos que nos buscaban o que habían ido a preguntar por nosotros, nos quedábamos en la facultad a dormir. Fue la época cuando mataron a Puig Antich y todos los sociales nos tenían fichados y querían cogernos, pero no querían cogernos dentro de la universidad, y fuera nunca nos pillaban. Pasados unos quince días bajamos un poco la guardia y, estando por la calle, me di cuenta de que nos seguían. Echamos a correr cada uno para un lado y, pese a que eran unos cuantos policías, no nos cogieron. Yo conseguí despistarles y volver a entrar a la universidad, donde en ese momento había una asamblea de profesores no numerarios, los PNN. 

¿Y se ocultó entre ellos?
Me metí a la asamblea con media comisaría detrás y Gustavo Bueno me sacó de allí. Prepararon un pasillo por la puertecita pequeña mientras Gustavo Bueno hijo fue a por un Land Rover que tenían para dejarlo junto a la puerta. Entonces, los PNN hicieron el pasillo, me sacaron, entré al Land Rover y salimos zumbando de allí, con dos policías agarrados a la puerta de atrás, como en las películas americanas, hasta que se tuvieron que soltar y se llevaron detenido a Gustavo padre. Discutía mucho con él, pero siempre le estaré agradecido por eso que hizo.

¿Tenías buena relación con Gustavo Bueno?
Teníamos relación profesor y alumno, y de aquella había muchos debates, incluso en los cines Palladium. Recuerdo alguna asamblea discutiendo muy duramente, porque él de aquella era muy pecero. Pero ya te digo que la solidaridad estaba por encima de eso. Detalles como ese que tuvo conmigo yo siempre los recordaré. Además, todo un señor como era él, con un mierdecilla que era yo, que no era nadie, y preocupado por mí hasta el punto de pasar por comisaría por sacarme de allí, esconderme y, obviamente, no decir adonde me habían llevado.

¿Hiciste la mili aún con Franco vivo?

Sí, señor. La mili fue una manera de romper un poco el cerco en el que nos tenía la policía en ese momento. Tanto Alberto como yo estábamos en busca y captura. Había habido un problema en Oviedo con unas multicopistas que habían desaparecido y habían aparecido luego en mi pueblo (Se le escapa una sonrisa de picardía) y hubo un despliegue alucinante en el pueblo, en Brañanoveles. Aquella noche yo había logrado escapar para avisar a Alberto, que salía ese día de la cárcel de Oviedo, y salir pitando de Asturias. Pero, de todos modos, detuvieron a mi padre, a mi hermano…

Si no entiendo mal, habíais robado unas fotocopiadoras

Así es, para tirar panfletos y esas cosas.

¿Y dónde os escondisteis?

Pues estuvimos por Valladolid, Salamanca y Madrid, en el Barrio del Pilar, con compañeros de grupos anarquistas y de CNT. Anduvimos así un tiempo hasta que nos tocó incorporarnos y nos presentamos directamente directamente en el cuartel. En mi caso, en El Ferral, en León. La mili era la comprobación de cómo estaba la situación social en aquellos años. Aparte de las organizaciones estudiantiles y de la efervescencia del movimiento obrero, con todas las huelgas que hubo, en los cuarteles también había organizaciones y comités contra la dictadura. El cuartel de zapadores de Salamanca, donde me tocó a mí, era un batallón disciplinario, y allí estaban unos cuantos militares de la Unión Militar Democrática, entre ellos el comandante Busquets, que luego fue parlamentario del PSUC. El 1 de mayo del 75 el patio del cuartel amaneció cubierto de panfletos. En un colegio de monjas de Salamanca, en septiembre del 75, hubo una coordinadora de comités y comisiones de soldados, y se llegó incluso a plantear un posible levantamiento militar. La gente que estábamos en esa reunión teníamos que tener claro cómo tomar nuestro cuartel, porque si se veía que era factible tomar, por lo menos, los cuarteles más importantes, era una opción razonable. La cosa no dio mucho más de sí, porque a las pocas semanas murió Franco.

¿Y cómo se recibió su muerte en el cuartel?

Nos tuvieron todo el día formados. Fue muy curioso, porque veías que los franquistas iban con el emblema de luto, pero los oficiales de la UMD no se pusieron el luto, y así se descubrieron claramente. Y hubo un detalle importante: hasta entonces, los domingos y fiestas de guardar nos formaban a todos en el patio y nos llevaban a la iglesia directamente. Tenías que ir a misa sí o sí. Bueno, pues aquel día el comandante Busquets se dirigió a nosotros y dijo: “las cosas han empezado a cambiar. Vamos a ir a una misa por la muerte de Franco, pero el que no sea creyente o no quiera, puede salir de la formación”. Ese día solo nos salimos dos, y los demás se quedaron todos. Pero al domingo siguiente fue al revés: dos se fueron a misa, y todos los demás se salieron. Había mucha gente con miedo, pero cuando vieron que no nos habían hecho nada, todos se unieron.  Entonces teníamos un piso en Salamanca para cambiarnos el uniforme, y fuimos esa tarde a celebrar todo lo que pudimos. Recuerdo que fuimos a buscar algo de champán a varias tiendas de la zona y entramos en una que llevaba una viejecita muy entrañable. “Yo no sé qué ha pasado hoy”, nos decía, “que vendí todo el champán y todo el alcohol que tenía” (Risas) Me imagino que sí se habría enterado de que había muerto Franco, pero no acababa de comprender que la venta de alcohol y de champán estaba vinculado a eso.

Al acabar la mili, regresas a Asturias y te pones a trabajar en la construcción, donde pronto se formaría una de las huelgas más potentes de la transición, ¿verdad?

Acabamos la mili a principios del 76. Entonces empezaron los contactos con CRAS y compañeros de la cuenca del Nalón, y ya nos planteamos seriamente lo de retomar CNT. Oviedo fue la primera localidad de España donde se abrió públicamente un local de la CNT, que estaba en la calle Oscura.

José Ramón Palacios FOTO: Isabel Permuy

Sé que es una historia larga y que genera mucha controversia, y no quisiera entrar en profundidad, pero, ¿qué falló en esa reconstrucción de la CNT para que fracasase de forma tan estrepitosa, al menos si se tienen en cuenta las altísimas expectativas que tenían los militantes?

Vamos a ver, es que desde el 74 hasta el 77 hubo una eclosión tremenda: el mitin de San Sebastián de los Reyes, las jornadas de Montjuic, la plaza de toros de Valencia y todo aquello. Pasamos de movernos en la clandestinidad a que, tres años después, la revista Triunfo o Cuadernos para el Diálogo, una de las dos publicaciones hegemónicas en España, hiciese una tirada con una página que decía “España rojinegra”. Claro, todo parecía posible. Ese aluvión tuvo su contrapartida, y es que todo fue demasiado deprisa como para ser bien digerido. Hubo bastante confusión entre gente que pensó que que ya había llegado la hora del comunismo libertario, porque de alguna manera se vivía eso. Aquellos años, hasta la llegada de Felipe González y la apisonadora del PSOE en el 82, España había vivido en el comunismo libertario en cierto sentido. Todo lo que te decía antes del autostop, la liberación sexual y esas cosas estaban muy en boga. Los toros, el boxeo, las procesiones de Semana Santa y tal estuvieron a punto de desaparecer, o eran algo minoritario. Todo el mundo sentía eso como la representación de la España casposa.

¿Daba la impresión de que todo el mundo se hacía anarquista?

No, no es que todo el mundo fuera anarquista, pero…había una cosa cultural y social que estaba muy por encima de la reconstrucción del PSOE y del PCE y de las primeras elecciones. Como te digo, se veía como algo de paletos toda aquella España de charanga y pandereta que se había cargado a Lorca por ser marica. Ese marco estaba ahí, pero se confundían esas cosas con la militancia en los sindicatos. Se pensaba que todos los trabajadores eran como los PNN, o como éramos nosotros en la universidad. Eso era algo que, efectivamente, existía, pero no era generalizado. En los barrios obreros, nuestros padres y madres, eran más o menos progres y comprensivos, pero tampoco estaban por la revolución sexual. Les parecía un poco chocante. Los trabajadores de la época aspiraban a que se mejoraran sus condiciones laborales antes que hablar de la revolución social y escuchar a Pink Floyd.

Entonces, cuando te metiste a trabajar en la construcción, ¿te diste de esa contradicción, de la burbuja cultural e ideológica en la que habías vivido?

Más o menos, claro.

¿Era una burbuja generacional, también?

Sí, sí, sobre todo muy generacional. Había un salto sobre todo con la generación de nuestros padres, porque la gente mayor de tradición anarquista sí había vivido cosas parecidas a principios de siglo. Y no solo ateneos. Piensa en toda la gente naturista, los grupos contra el alcohol, el veganismo, el nudismo y el amor libre. Pero eso se había terminado en el 36, y solo lo conocía gente anarquista, pero ya muy mayor en esta época. Nuestros padres ya eran hijos de la represión, y y bastante hacían con comprender nuestros planteamientos. Pero de ahí a querer hacerlos partícipes de todo aquello y que les gustara Janis Joplin, pues tampoco. En todas las publicaciones y en los medios de la época se planteaban este tipo de debates, y se tardó en entender que una cosa era el espacio sociocultural y otra cosa era el mundo laboral. Se intentó mezclar y hubo conflicto.

¿Agustín García Calvo era una figura influyente en esa época y en esos ambientes?

Yo conocí a Agustín en Oviedo por esa época. Recuerdo charlas suyas en el local de la calle Oscura hasta arriba, con gente incluso en la calle, y eran albañiles y mineros. Su discurso llegaba y la gente le discutía sus cosas, pero acudían a escucharle. Lo que ocurre es que no hubo mucho tiempo para hacer un debate sereno de ese tipo de cosas. Y yo siempre tengo presente un tema, y es que una cosa eran los problemas internos y otro el entorno de la transición, que no es ninguna tontería. Se puso mucho dinero y muchas expectativas en la transición española. Kissinger reconoció públicamente que la operación más exitosa de la diplomacia americana había sido la transición española. Era una apuesta por pasar de dictadura a una democracia, pero salvando la continuidad de todo el aparato dictatorial. Ese proceso tuvo dos patas fundamentales. Una, el pacto social, que lo hemos llamado Pacto de La Moncloa, donde se implicaron los partidos políticos y los sindicatos recién creados. Y otra, la Ley de Amnistía, donde se exculpaba a todo el estamento franquista. La única mosca cojonera que se negó pública y notoriamente fue la CNT y el movimiento anarquista. Martín Villa llegó a decir que a él le preocupaba, más que el terrorismo y el nacionalismo, el resurgir de la CNT. Tampoco estoy diciendo que la CNT fuera una amenaza capaz de doblegar al sistema, pero desde luego se hicieron todos los esfuerzos habidos y por haber por atraernos al Pacto Social.

¿Se quiso acabar con la CNT?

A la mosca cojonera intentas destruirla como sea. Eso hay que tenerlo en cuenta. Se usó mucho el tema de los topos y el meter gente en los sindicatos a incordiar. Luego, cualquier debate que pudiera haberse intentado resolver discutiendo con tiempo, pues enseguida se cortaba y escisión para acá o escisión para allá. Había que dividir aquello como fuera y acabar con la CNT incómoda y contraria al pacto.

José Ramón Palacios FOTO: Isabel Permuy

¿La huelga de la construcción asturiana fue un ejemplo de ese tipo de sindicalismo que no podía tolerarse en el nuevo orden?

La huelga de la construcción y otras luchas obreras de la época, como Duro Felguera, astilleros y otras huelgas que tenían los mismos componentes: poder asambleario, autogestión y un movimiento que desbordaba a las direcciones de UGT y Comisiones y sus intentos de domesticar el movimiento. Las cosas estaban claras: vamos a por esto y punto, y pararemos cuando no podamos más, pero no por componendas raras. Claro, con ese tipo de sindicalismo no puede funcionar el desarrollo del capitalismo. Era necesario domesticar a ese movimiento obrero. Ya con la primera ley de organización sindical van teniendo más protagonismo los comités y se va diluyendo el poder de las asambleas. Yo viví casi cuarenta años de movimiento obrero en RENFE y recuerdo asambleas de miles de trabajadores, que no cabíamos en los vestíbulos de las estaciones. Ahora mismo firman los convenios y la gente no sabe ni qué han firmado. Los diseñadores de la transición ya sabían que si no se conseguía eso, el desarrollo del capitalismo democrático no acababa en buen puerto.

La huelga de la construcción asturiana del 77, de la que fuiste uno de los protagonistas, fue una huelga de más de cien días, con mucha represión, pero finalmente exitosa

Fue la primera comisión de trabajadores en huelga recibida por un ministro de Trabajo, que era Jiménez de Parga. Recuerdo que, en mitad de la reunión, alguien entró en la sala y se lo llevó aparte. Salió un momentito y ya estábamos Alberto y yo mirándonos y medio riéndonos. A los dos o tres minutos entró diciéndonos que llegaban malas noticias de Oviedo, que le acababan de comunicar que se habían derribado dos grúas con explosivos. Nosotros sabíamos que se iba a hacer, obviamente. Desde ese momento, la reunión duró media hora. Recuerdo que le decíamos: “Claro, ¿qué quiere usted? La gente está desesperada, son miles de familias tras cien días de huelga, usted tiene que entender que puede pasar cualquier cosa”.

Fue una huelga dura, con detenciones casi diarias y episodios violentos

Sí, hubo un poco de todo. Recuerda una muy seria cuando un día nos dirigimos a la comisaría de Oviedo, la del Reconquista, porque esa mañana habían detenido a varios compañeros que estaban recaudando dinero para la caja de resistencia. Decidimos que no íbamos a consentir que unos compañeros durmiesen en una celda pore so, y nos dirigimos hacia la comisaría para rodearla de gente. De repente empezaron a salir policías amenazando con disparar. La gente empezó a gritar: “Presos fuera, compañeros a la calle”. Yo vi que empezaban a asomarse policías por las ventanas de comisaría. Un par de personas nos dirigimos a la puerta para que nos dejasen entrar a negociar y que no pasase algo de lo que tuviésemos que arrepentirnos. Había mucho nerviosismo, y nos dejaron pasar. Entro y allí me encuentro a Castro, que me ofreció un cigarro por primera vez.

El policía que te había interrogado durante el franquismo, siendo estudiante, era ahora comisario en democracia

Eso es. Y me dijo “hombre, Palacios, ¿te acuerdas de aquellos tiempos?” y tal. Bueno, le dije, tú asímate y mira cómo está la calle y cómo están los ánimos. Por favor te lo pido, no vamos a provocar una catástrofe po resto. Yo me comprometí a salir a calmar a los compañeros, pero él tenía que comprometerse a dejar en libertad a los detenidos. Así lo hicimos, y al cabo de media hora estaban en la calle.

Al terminar esa huelga tuviste que marcharse de Asturias porque figurabas en una lista negra y ninguna empresa te contrataba

Bueno, yo y otros muchos. Estuvimos un tiempo trabajando en las minas furtivas, las calicatas famosas, pero en aquel tiempo salían cantidad de oposiciones públicas. Eché varias, y la primera que me salió fue en Renfe de maquinista, donde entré ya a finales del 83.

Manifestación en la calle Uría durante la huelga de la construcción asturiana de 1977

¿Volviste a participar en alguna huelga similar a la de la construcción del 77?

Bueno, la negociación del quinto convenio de Renfe, hacia el año 85, fue muy dura. Hubo sabotajes y mucha pelea con la policía. Ya notábamos los efectos de los servicios mínimos, que fue el invento fundamental para cargarse el movimiento obrero y para desvirtuar y pervertir la huelga. Entonces los sindicatos minoritarios todavía teníamos opciones

Esos años 80 fueron los de la definitive disgregación y derrota de la CNT, ¿es así?, ¿cómo fueron esos años en los que se pasó del entusiasmo a ser una fuerza casi marginal?

El gran vacío de los 80 tiene que ver en parte con la poca experiencia política que teníamos. La mayor parte de los militantes éramos muy jóvenes y nos faltaba una generación puente, que era la del exilio. Toda la experiencia política estaba cortada desde el 39, y nos faltaba experiencia de actuación práctica en el movimiento obrero. Por un lado eso, y por otro el acoso y derribo por parte del Estado. No se puede tener un debate en condiciones con una intromission constante de policías en los sindicatos. En cuanto un sindicato crecía y tenía afiliados, nos metían a un secreta. Teníamos que luchar contra eso permanentemente, además del desprestigio que suponía la asociación constante de los anarquistas con los terroristas. Los medios de comunicación eran muy hostiles con nosotros. Y así se perdió la influencia en el movimiento obrero, sobre todo a partir del rodillo de la mayoría socialista del 82 con Felipe González. Aquello acabó de domesticarlo todo, y no solo el movimiento obrero asambleario. Acabó también con los movimientos vecinales, con el movimiento estudiantil, con la cultura independiente…Creó una sensación de que no hay nada que hacer, nada más que pedir y el Estado os dará porque ya ganaron los nuestros y la sociedad consumista desarrollada.

¿Había llegado el fin de la Historia?

A mí lo que me extraña es que no consiguieron que desapareciéramos, y a veces la resistencia puede ser un triunfo. Quizás en estos momentos habría que pensar en recuperar la unidad de acción, porque hay un movimiento libertario muy disperso, pero no tan escaso como podría pensarse. Es cierto que en las grandes empresas el movimiento obrero está desaparecido, porque todo el mundo tiene asumido que no es trabajador, sino clase media acomodada. Si fuéramos capaces de recomponer una estrategia diferente, teniendo en cuenta los errores del pasado y sabiendo que los ataques del Estado son inevitables y que nos van a intentar amordazar en cuanto levantemos la voz…

¿Crees que el pensamiento anarquista y el movimiento libertario tiene algo que ofrecerle a la sociedad contemporánea, que puede dar algunas respuestas a nuestros problemas sociales y politicos?

Estoy totalmente convencido de eso. El 15-M en sus formas era totalmente libertario, y puso a decenas de miles de personas a debatir en asambleas.

Bueno, pero han pasado quince años de aquello y ni por asomo ha vuelto a suceder nada parecido

Ya, pero quince años tampoco es tanto. Poco antes del 15-M, yo recuerdo una charla en Euskadi en la que hablábamos un poco de cómo estaba la situación, de que no se movía nada en plena crisis…Y yo decía que aparentemente todo estaba muerto, pero que no podíamos saber si en otro lugar había otras veinte personas hablando lo mismo que nosotros. A los pocos días estalló el 15-M.

“La alegría de la inesperado”, que decía García Calvo en su discurso en la Puerta del Sol

Claro. Desde luego, yo cada vez voy relativizando la ideología y prefiero aprender más de la realidad y no interpretarla con prejuicios ideológicos. Tengo claro que, todo lo que surja a nivel social o laboral, será con un carácter participativo, asambleario, con capacidad de decisión en la base, o no será.

Entiendo, entonces, que eres optimista y que tu compromiso con la FAL consiste en preservar esa semilla de pensamiento y memoria del que fue uno de los movimientos obreros más potentes de la historia, de cara a ese momento en el que alguien podrá encontrar en él un depósito de experiencias y de ideas útiles para transformar la sociedad

Pues lo has definido mejor que yo. Mira, Abel Paz me comentaba un día después de una charla: “Guaje, no hay que comerse demasiado la cabeza. ¿Puede ser que la CNT haya cumplido su ciclo histórico y su compromiso? Bueno, tenemos que estar muy orgullosos de lo que aportó el anarcosindicalismo, a la historia del movimiento obrero y al desarrollo de la humanidad. ¿Que no podemos volver a momentos tan brillantes? Es posible, pero lo que sea que venga, aunque no sea con las siglas de la CNT, será por esos derroteros libertarios”. No se trata de optimismo, se trata sencillamente de algo que es casi una necesidad histórica. El poder y el autoritarismo tiene ya muchos miles de años de historia, y la libertad es un instinto natural. Tendrá que llegar un momento en el que haya algún tipo de oposición a esa forma de ver la vida y organizar la sociedad, aunque sólo sea hartazgo, por aquello que decía Agustín de esa pelea entre lo de arriba y lo de abajo que no se acaba nunca y es desde el principio de los tiempos. Si todo esto sirviera mínimamente para que la gente joven vaya dándose cuenta de que esa naturalización de las cosas de la sociedad y del mundo laboral, que son así y no pueden ser de otra forma; que ese sometimiento a esa supuesta naturalidad de las relaciones sociales y económicas es un error, es una alienación. Si tuviese un mínimo de utilidad para que alguien piense que todo esto es una creación ante la que te puedes rebelar, que no es una necesidad hegeliana que deba ser así y no de otra manera, entonces valdría la pena. Despertar un mínimo de rebeldía frente a la realidad. ¡Que no te pese tanto la realidad, hombre! La realidad, lo mismo que está construida de esta manera, puede estar de otra.

Pero los poderosos cada vez tienen más herramientas y recursos para defenderse y construir una realidad a su manera

Bueno, pero eso solo es síntoma de que no están muy convencidos de que sean tan poderosos…

Este contenido cuenta con el patrocinio de la Dirección General de Memoria Democrática de la Consejería de Ordenación del Territorio, Vivienda y Derechos Ciudadanos del Gobierno de Asturias.


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