Palladium, cuando el cine de arte y ensayo llegó a Oviedo en 1968

Ubicado en el barrio de Pumarín, cerca del cuartel del Milán, el cine Palladium fue un importante foco de efervescencia cultural y política en los años del tardofranquismo

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Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

En el mes de marzo de 1968, un breve en La Nueva España anunciaba que Oviedo pronto contaría con un nuevo cine, el Palladium, “que es por otro lado el primero de arte y ensayo de la ciudad”. Y no solo de la ciudad, sino de toda Asturias-luego llegaría el Brisamar, en Gijón- e, incluso, se dice que fue la primera sala española que abrió sus puertas para exhibir películas “de arte y ensayo” como actividad principal. El local contaba con una capacidad para quinientas personas y estaba emplazado en la Avenida Aureliano San Román, una calle por entonces aún sin asfaltar en la trasera del cuartel del Milán. No muy lejos de allí se inauguraron esta semana los cines Embajadores Foncalada, tras casi dos décadas sin salas en el centro de la ciudad.

El mismo diario reseñaba la inauguración de los Palladium, que tuvo lugar el 18 de abril de aquel mítico año de 1968. Los asistentes se dieron cita “en la acogedora y modernísima sala de la empresa Circuito Fernández Arango dedicada a cine de arte y ensayo. Motivo: la inauguración privada para presentar el cine y sus instalaciones anejas -cafetería y sala de conferencias- a las autoridades, críticos y distinguidas personalidades de Asturias. El delegado de Información y Turismo, representaba especialmente al director general de Educación Popular y del Espectáculo, don Carlos Robles Piquer, de viaje en América, destacó la importancia de estas instalaciones. Después se proyectó la película ´Repulsión´, de Polanski”.

“El Palladium, situado en Pumarín, frente a la parte de atrás del cuartel del Milán, era un cine lujoso y cómodo, con butacas tapizadas de gris con separación entre una fila y otra que permitía estirar las piernas: demasiado cómodas, tal vez, porque la condición de las películas proyectadas incitaba normalmente al sueño”, escribió al respecto Ignacio Gracia Noriega, un habitual del Palladium en sus años mozos.

“Sin duda jugó un papel importantísimo durante la transición”, escribió en otra parte el escritor llanisco, “pues en las sesiones de preestreno reunía las mayores concentraciones de progres en ejercicio que jamás hubo en Oviedo. Fue la culminación magnífica de un largo proceso que se inició en los cineclubs”. Aquellas salas de cine de arte y ensayo permitían “pasar de matute todo aquello que tenía dificultades con la censura o sencillamente no tenía la menor posibilidad en las salas comerciales”.

Pero “no sólo se veían películas que podían interpretarse en contra del franquismo, aunque estuvieran rodadas en la época del cine mudo, y en favor de la lucha de clases y de la dictadura del proletariado (que era lo que verdaderamente interesaba en aquellos momentos a la progresía: ¡olé!), sino que también se veía más carne que en cualquier otra sala de cine. Confieso que la primera vez que vi, en una película sueca, a una guapa joven sin más ropa que las braguitas manteniendo una larga conversación con una señora vestida de negro, tuve que pellizcarme varias veces, porque no creía lo que veía. Pero el caso más fabuloso de voyeurismo fue el de la película supuestamente didáctica titulada «Helga», en la que se filmaba un parto con todo detalle. La gente se agolpaba no para ver cómo nacía un niño, sino por dónde, y constituyó el mayor éxito del Palladium y uno de los mayores del cinematógrafo en Oviedo”.

Aquella generación de jóvenes del tardofranquismo pudo ver en el Palladium “Acorazado Potemkin”, “Viridiana” de Buñuel, ciclos de Pasolini o películas de Charles Chaplin. El Palladium no fue solo un templo cinematográfico para que la juventud cultureta de la época viese películas experimentales en sesiones que duraban toda la noche. Su significación política, en un momento de efervescencia con una dictadura cada vez más arrinconada, fue incuestionable.

En el Palladium se estrenó, con 36 años de retraso, “El gran dictador”, de Charles Chaplin. Según un artículo de prensa, aquello “constituyó todo un acontecimiento en Oviedo. Cuando el protagonista encarnado por Charles Chaplin pronunció el discurso final los asistentes irrumpieron en un largo y cerrado aplauso”.

“Aquellos talonarios con vales que servían de descuento en las entradas del cine Palladium eran toda una certificación de pertenencia a un club muy selecto, el de los sesudos espectadores de películas de arte y ensayo que se permitían hacer farragosos y pedantes comentarios sobre películas consideradas de culto que no siempre eran obras maestras”, rememoraba en un artículo el fallecido Luis Arias Argüelles-Meres.

“Cierto es que en aquel Oviedo del tardofranquismo y de los primeros años de la transición política, el cine Palladium nos dio la oportunidad de conocer un amplísimo repertorio de películas no comerciales que, sin duda, nos aportó mucho”, continuaba el escritor y periodista. Aquella sala fue “sin duda, una ventana abierta – y no pequeña- a una ambición estética que buscaba un cine que pretendía, en muchos casos, ir más allá de una evasión, ir más allá de una conformidad con visiones amables y ñoñas de la vida. Sin duda, cumplió una misión importante en el Oviedo de aquellos años donde la juventud aún tenía la esperanza de interpretar el mundo y transformarlo”.

Gracia Noriega concluía recordando con cariño los tostones que se tragó en aquellas butacas: “¡Tiempos aquellos en los que lo aguantamos todo y encima salíamos contentos!”

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