Policías de izquierdas: haberlos, haylos

¿Cómo se vive siendo minoría ideológica dentro de una comisaría? Varios agentes reflexionan sobre el sesgo conservador de los cuerpos policiales.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

Cuando a mediados de los años noventa Óscar Menéndez pidió un día de asuntos propios para acudir a una huelga general sabía que iba a llamar la atención. Los policías no tienen derecho de huelga, pero él quería estar allí. Pidió el día, se colocó detrás de una pancarta y salió a la calle. Aquella decisión le costó comentarios, miradas y conversaciones incómodas. Con el tiempo, recuerda aquel episodio como una especie de punto de inflexión. Fue entonces cuando decidió “salir del armario” y mostrar unas posiciones políticas y sindicales que en realidad nunca había considerado incompatibles con su trabajo como agente de la Policía Local de Oviedo.

La escena rompe uno de los tópicos más persistentes de la política española, ese que identifica a la policía con la derecha y convierte casi en una anomalía la existencia de agentes progresistas. Están en policías locales, en cuerpos autonómicos y en la Policía Nacional. Son minoría, reconocen casi todos los entrevistados para este reportaje, aunque discrepan sobre las causas. Lo que ninguno comparte es la idea de que ser policía y ser de izquierdas constituya una contradicción.

Los distintos cuerpos policiales suman en España cerca de 184.000 agentes entre Policía Nacional, Guardia Civil, Mossos d’Esquadra, Ertzaintza y Policía Foral. La cifra supera ampliamente los 250.000 efectivos si se incluyen las policías locales.

Los datos de orientación política ayudan a entender más cosas. En el barómetro del CIS de abril de 2023, dentro de la categoría profesional de ocupaciones militares y cuerpos policiales, Vox aparecía con un 38,5% de intención de voto, por delante del PP, con un 21,1%, y del PSOE, con un 8,7%. Un análisis elaborado por Nació Digital a partir de los microdatos de los barómetros del CIS de julio de 2024 a enero de 2025 estimó que Vox concentraba alrededor del 33% de los apoyos entre militares y policías, el PP cerca del 30% y Se Acabó La Fiesta en torno al 14%, sumando las tres formaciones aproximadamente el 77% del apoyo dentro de este colectivo.

Estos datos ayudan a entender por qué la expresión “policía de izquierdas” suena extraña para buena parte de la sociedad. Josetxu, antiguo militante del Movimiento Comunista de Euskadi y actualmente vinculado a programas de masculinidades e igualdad de Emakunde, reconoce que durante años su única relación con la policía fue desde los movimientos sociales y desde posiciones de confrontación. El contacto directo con agentes durante los cursos de formación que imparte en la academia de Arkaute le obligó a revisar parte de aquellas imágenes preconcebidas.

Josetxu Riviere en una de las Escuelas Feministas de AMA. Foto: David Aguilar Sánchez

“Tampoco tenía a mi alrededor gente que le pone cara, le pone nombre, le pone experiencia a esa idea del policía”, explica. Mantiene una mirada crítica sobre la institución, pero considera que la policía no puede analizarse como un bloque homogéneo. A su juicio, reproduce muchas de las tensiones, contradicciones y cambios que atraviesan al conjunto de la sociedad.

Cómo se llega a ser policía de izquierdas

La trayectoria de Martín, agente de la Policía Foral de Navarra que prefiere no decir su verdadero nombre, sirve para desmontar algunos lugares comunes. Martín no llegó a la policía desde la izquierda. Al contrario. Creció en una familia conservadora y reconoce sin rodeos que cuando ingresó en el cuerpo no se consideraba una persona progresista.

“Fui cambiando aquí dentro, curiosamente”, explica. Con los años empezó a ver la profesión desde una perspectiva que define como de clase. “Te das cuenta de que no dejas de ser un trabajador más”. El proceso terminó llevándole desde un sindicato corporativo a un sindicato de izquierdas y modificó también su manera de interpretar la política y la función policial.

No es el único recorrido posible. Áurea Ramos, policía local de Fuenlabrada durante tres décadas y actual secretaria de Seguridad Pública de CCOO, llegó a la profesión siendo ya una mujer de izquierdas. Hoy desarrolla responsabilidades sindicales tras una larga trayectoria profesional que incluyó la puesta en marcha de uno de los programas pioneros de atención integral a víctimas de violencia de género antes incluso de la aprobación de la ley estatal.

Entró en la Policía Local de Fuenlabrada después de estudiar Biología y preparar oposiciones. Su llegada no pasó desapercibida. Hacía años que no se incorporaban mujeres a la plantilla y algunos compañeros reaccionaron con abierta desconfianza.

“Lo primero que me preguntaron fue quién me había enchufado”, recuerda. Algún otro no tuvo empacho en ir más lejos. “¿Y tú con quién te has acostado para entrar aquí?”.

Treinta años después, las mujeres siguen siendo minoría en buena parte de las fuerzas de seguridad. Representan alrededor del 18,8% de la Policía Nacional y algo más del 10% de la Guardia Civil, mientras que en numerosos cuerpos locales continúan siendo una presencia claramente minoritaria.

Áurea Ramos, policía local de Fuenlabrada.

Ramos desarrolló prácticamente toda su carrera en Fuenlabrada, uno de los principales bastiones históricos del socialismo madrileño. Por eso, asegura que nunca sintió una discriminación comparable por sus posiciones políticas. “Por ser de izquierdas no me he sentido discriminada. Me han apuntado más por ser mujer que por ser de izquierdas”.

Pelayo, nombre ficticio de un policía nacional asturiano destinado desde hace décadas en Euskadi, ofrece una perspectiva distinta. No quiere aparecer con su nombre real por su situación profesional actual, pero rechaza la idea de que haya tenido que ocultar cómo piensa. “No, nunca, nunca, nunca lo escondí, desde luego que no.”

Para él, ser de izquierdas no sólo no choca con la profesión policial, sino que encaja con algunos de sus valores centrales. “Ser de izquierdas conlleva también tener una vocación de servicio”, sostiene. A su juicio, no es sinónimo de ser contrario al orden constitucional, sino de creer en “el sistema, la democracia y los valores” que sustentan la convivencia democrática.

¿Por qué la policía vota más a la derecha?

Entre los entrevistados hay acuerdo en que las fuerzas de seguridad españolas están más escoradas hacia la derecha que el conjunto de la sociedad. A partir de ahí, sin embargo, comienzan las discrepancias.

Para Martín, una de las razones es que la izquierda ha abandonado durante demasiado tiempo cualquier trabajo político o cultural dentro de los cuerpos policiales. “La derecha y la extrema derecha saben perfectamente el valor que tiene tener a la policía de su lado”, afirma categórico. Su conclusión es igual de directa. “La izquierda debería hacer más hincapié en la policía. Es un poder muy grande que no se lo puede ceder solo a la derecha”.

En Asturias, Óscar Menéndez comparte parte del diagnóstico, aunque lo formula de otra manera. Más que la existencia de policías conservadores, algo que considera normal en cualquier colectivo profesional, le preocupa la normalización de determinados discursos dentro de las fuerzas de seguridad.

Cuando él ingresó en la Policía Local de Oviedo, en 1993, todavía convivían generaciones muy distintas dentro de los cuerpos: “Puede que el 60% o el 70% habían sido policías durante la dictadura”. Lo que le inquieta no es aquel pasado, sino el clima actual.

“Ahora parece como que a veces o muchas veces estuviera bien visto tener posicionamientos muy escorados a la extrema derecha”

“En los noventa había una tendencia social a avanzar en derechos”, recuerda. “Ahora parece como que a veces o muchas veces estuviera bien visto tener posicionamientos muy escorados a la extrema derecha que van contra muchos de los derechos conseguidos en estos cincuenta años”. A su juicio, ideas que hace años quedaban relegadas a los márgenes han ganado presencia pública y han perdido complejos.

La preocupación que describe Menéndez encuentra un ejemplo concreto en la experiencia de Áurea Ramos. Tras décadas trabajando con víctimas de violencia de género, observa con inquietud cómo vuelven a cuestionarse consensos que costó años construir. No lo interpreta únicamente como una batalla política. También como un problema profesional. “A mí lo que me preocupa es que realmente esto se traslade a la calle, a las intervenciones policiales”, explica.

Durante años escuchó críticas a la ley de violencia de género, referencias a las denuncias falsas o acusaciones de discriminación hacia los hombres. Cree que en los últimos tiempos ese cuestionamiento se ha intensificado “en ciertos sectores de la policía también”. El riesgo, advierte, es “volver al inicio”, a una época en la que la violencia machista era considerada un asunto privado y no un problema público.

Pelayo prefiere una explicación menos centrada en la institución y más en el contexto social. No cree que la policía viva aislada del resto del país. “Somos un reflejo de la sociedad”, sostiene. Lo que sí observa es una creciente capacidad de la extrema derecha para conectar con las generaciones más jóvenes. “Nos están ganando la tostada en las redes sociales”, resume.

Sindicatos, corporativismo y cultura interna

El sindicalismo lo entienden no sólo como una herramienta de defensa laboral, sino como una forma de disputar la cultura interna de las fuerzas de seguridad.

Óscar Menéndez se muestra especialmente crítico con los sindicatos corporativos. Considera que durante años han contribuido a reforzar una visión cerrada de la profesión, más preocupada por defender al colectivo frente a cualquier crítica que por reflexionar sobre el papel que debe desempeñar la policía en una sociedad democrática. Su apuesta por el sindicalismo de clase parte precisamente de ahí.

Para Martín, los sindicatos corporativos no son neutrales, “hacen política”. Defienden intereses profesionales, pero también contribuyen a reproducir una determinada manera de entender la policía y su relación con la sociedad, a veces con un escoramiento hacia la extrema derecha nada indisimulado.

Áurea Ramos comparte esa lectura. Desde su responsabilidad en CCOO insiste en que la defensa de las condiciones laborales no debería separarse de la defensa del servicio público.

Esa diferencia resulta especialmente relevante en cuerpos como la Policía Nacional o la Guardia Civil, donde la presencia de sindicatos de clase es muy limitada o directamente inexistente.

Para Menéndez, esa ausencia ha tenido consecuencias políticas y culturales durante décadas. “Sería algo que había que haber hecho hace muchos años”, sostiene. A su juicio, permitir que agentes de esos cuerpos pudieran reconocerse en organizaciones como CCOO o UGT habría contribuido a introducir una mayor pluralidad ideológica en espacios tradicionalmente dominados por organizaciones profesionales de carácter corporativo.

Policías locales de Avilés. Foto: Ayto. Avilés.

Este policía local de Oviedo añade que está arrancando a nivel estatal la plataforma “Policías Antifascistas”. Afirma que está en una fase inicial: “Somos pocos, pero estamos unidos, organizados y con ganas de hacer frente al fascismo desde los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado.”

Prejuicios cruzados

Si hay una palabra que aparece una y otra vez en las entrevistas es prejuicio. Josetxu reconoce que durante años observó a la policía desde la distancia y desde la confrontación política. Su experiencia le obligó a revisar parte de aquellas ideas preconcebidas.

“Durante mucho tiempo la única relación que tenías quienes estábamos en los movimientos sociales era de oposición”, recuerda. El contacto directo con agentes no eliminó sus críticas hacia la institución, pero sí le permitió poner rostro a una figura que durante años había percibido de forma abstracta. “Sí te quita prejuicios”.

La misma lógica funciona en sentido contrario. Josetxu cree que una parte de la policía construye también su imagen de la izquierda a partir de manifestaciones, conflictos y enfrentamientos en la calle. “Hay una especie de prejuicio en una parte la de considerar que la izquierda les considera un grupo de fascistas”.

Pelayo describe un mecanismo parecido cuando habla de inmigración y delincuencia. La mayoría de los policías, explica, no trabaja con la población inmigrante en general, sino con una parte muy concreta de ella que son personas implicadas en delitos, conflictos o situaciones de vulnerabilidad. “Nosotros no tratamos con estos trabajadores”, explica. “Trabajamos con los extranjeros que están delinquiendo”. Por eso recurre a una comparación que utiliza a menudo. “Es como si fueras médico y todos los argelinos que te vienen están enfermos”.

Martín comparte parte de ese análisis. Reconoce que determinados discursos encuentran terreno fértil dentro de las fuerzas de seguridad porque ofrecen respuestas simples a problemas complejos. Pero rechaza vincular automáticamente inmigración y delincuencia. “La inmigración trae delincuencia, eso puede parecer evidente para algunos o para muchos”, afirma. Y añade inmediatamente lo que considera fundamental: “Pero la evidencia es que la pobreza trae delincuencia”.

La diferencia, insiste, no es menor. Mientras algunos discursos convierten la nacionalidad en la causa del problema, él prefiere mirar las condiciones materiales que se encuentran detrás de muchos conflictos sociales. “Yo no quiero asociar nunca la delincuencia a la inmigración. Yo la asocio a la pobreza”, vuelve a insistir.

Óscar Menéndez llega a una conclusión similar cuando habla de derechos y de actuación policial. “Tenemos que tratar a todos por igual”, sostiene. Un policía puede tener opiniones políticas sobre inmigración, regularizaciones o cualquier otro debate público. Lo que no puede hacer es convertir esas opiniones en un criterio de intervención. A mí no me corresponde decir quién sobra en España y quién no”.

Qué significa ser policía

A medida que avanzan las conversaciones aparece una paradoja llamativa. Los entrevistados discrepan sobre cuestiones importantes. Discrepan sobre las causas del auge de la extrema derecha, sobre el papel de los sindicatos o sobre la situación de los distintos cuerpos policiales. Sin embargo, cuando se les pregunta qué significa ejercer bien la profesión, las respuestas empiezan a acercarse.

Óscar Menéndez habla de igualdad ante la ley y de servicio público. Martín insiste en una idea que repite varias veces durante la entrevista. “No es importante ser policía de izquierdas. Es importante ser un policía legal”. Pelayo recurre constantemente a conceptos como democracia, vocación de servicio y respeto al marco constitucional. Áurea Ramos subraya los derechos de las víctimas y la calidad del servicio que reciben los ciudadanos.

Ninguno utiliza exactamente las mismas palabras. Tampoco proceden de los mismos contextos profesionales. Pero todos parecen describir una misma aspiración, la de una policía consciente del poder que ejerce y capaz de aplicar la ley del mismo modo a todo el mundo.

Martín pone el acento en la conciencia de clase y en la necesidad de que la izquierda deje de considerar la policía un territorio ajeno. Menéndez insiste en la importancia del sindicalismo. Ramos observa la evolución de la profesión a través de tres décadas de experiencia y de su trabajo con víctimas de violencia de género. Pelayo prefiere hablar de convivencia democrática y servicio público.

La frontera que dibujan no separa a policías de izquierdas y policías de derechas, sino a quienes entienden que la ley debe aplicarse del mismo modo a todo el mundo y a quienes aceptan que determinadas personas reciban un trato distinto por su origen, sus ideas, su situación administrativa, su género o cualquier otra condición.

No obstante, Óscar Menéndez habla con especial claridad cuando se le pregunta qué respondería a quienes consideran imposible ser policía y de izquierdas al mismo tiempo: “Para mí es imposible ser un buen policía, creer en el ordenamiento jurídico que tenemos, creer en la Constitución, creer en el Código Penal, creer en la Ley de Enjuiciamiento Criminal y ser de extrema derecha y odiar”.

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