Durante las semanas más intensas del proceso, la oficina de Asturias Acoge llegó a funcionar con cinco ordenadores encendidos al mismo tiempo. Mientras unas voluntarias revisaban documentación, otras solicitaban citas, resolvían incidencias o respondían consultas que seguían llegando por teléfono y WhatsApp. A lo largo del día entraban y salían personas con carpetas llenas de papeles, certificados y dudas sobre un procedimiento que podía cambiar por completo su situación administrativa.
La escena se repitió durante meses en distintos espacios de Asturias, aunque no siempre bajo una misma coordinación. Hubo entidades que compartieron información y se organizaron entre sí para atender trámites. Hubo asociaciones que trabajaron desde sus propias redes. Hubo sindicatos, colectivos sociales y voluntariado sosteniendo una parte fundamental del proceso. Mientras el Gobierno contabilizaba más de 900.000 solicitudes de regularización en toda España, una estructura social mucho menos visible trabajaba para que esa oportunidad llegara a quienes la necesitaban.
Una movilización que venía de lejos
Para muchas de las personas implicadas, la historia no empezó cuando el Gobierno abrió el plazo de solicitudes. Tampoco cuando se empezó a hablar de la regularización extraordinaria.
Jenny Mora, integrante de Pachamama, sitúa el origen de buena parte de esta movilización en la campaña de recogida de firmas de la Iniciativa Legislativa Popular que reclamaba una regularización extraordinaria. Durante años, decenas de personas recorrieron barrios, fiestas populares, eventos culturales y espacios vecinales para intentar reunir apoyos. “Estuvimos visitando fiestas de prao, la Semana Negra, bares, cualquier lugar, pidiéndole a la gente que firmara”.

Aquella campaña permitió crear vínculos entre organizaciones migrantes de distintos territorios y consolidar redes que después resultarían decisivas. Pachamama, una asociación integrada por mujeres migrantes, mantuvo desde entonces contacto con organizaciones de otros puntos del Estado y siguió trabajando en cuestiones relacionadas con los derechos de las personas migrantes mucho antes de que se anunciara el actual proceso.
En paralelo, varias entidades asturianas comenzaron a coordinarse incluso antes de conocer los detalles definitivos del procedimiento. Nazaret Sánchez, de Asturias Acoge, recuerda que las primeras conversaciones comenzaron meses antes de la apertura oficial. “Nos organizamos en WhatsApp y empezamos a compartir documentación y compartir información”. A través de esos grupos circularon modelos de formularios, dudas jurídicas, instrucciones y avisos que permitieron responder con rapidez a los cambios que fueron apareciendo.
Redes distintas, un mismo objetivo
El proceso no descansó sobre una única red. Esa precisión es importante para entender cómo se desarrolló la movilización. Asturias Acoge compartió información y coordinación con entidades como LATE Asturias, La Trébede, XEGA, Comisiones Obreras o la Red de Apoyo de Avilés. Pachamama, en cambio, trabajó desde su propia red de colectivas de mujeres migrantes, conectada con organizaciones de otros territorios. Otras entidades, como la Corriente Sindical de Izquierdas, Afayaivos, Caritas Diocesana o Mar de Niebla, también desarrollaron labores de acompañamiento durante estos meses, así como el partido Somos Asturies, que puso al servicio de la regularización la oficina de su parlamentaria Covadonga Tomé.
La fotografía completa muestra algo más complejo que una única estructura organizada. En Asturias convivieron distintas formas de apoyo mutuo que terminaron confluyendo alrededor de un mismo objetivo. Algunas nacían de entidades con larga experiencia en migraciones. Otras procedían del movimiento feminista, del sindicalismo, de redes vecinales o de asociaciones creadas por las propias personas migrantes.
Una respuesta que desbordó previsiones
La magnitud del trabajo quedó clara desde los primeros días. Asturias Acoge atendió en torno a 1.250 personas gracias a un equipo formado por 36 voluntarias y una coordinadora. La entidad asumió apoyo en formularios, revisión y preparación de documentación, informes de vulnerabilidad, gestión de citas, asesoramiento y trámites electrónicos para personas en situaciones especialmente complejas.
Asturias Acoge atendió en torno a 1.250 personas gracias a un equipo formado por 36 voluntarias y una coordinadora
En Pachamama, veinte voluntarias trabajaron durante meses en horario de mañana y tarde y tramitaron cerca de 400 certificados de vulnerabilidad. Comisiones Obreras atendió a unas 400 personas y Mar de Niebla acompañó a alrededor de medio centenar.
Son cifras parciales, pero permiten hacerse una idea del volumen de trabajo que absorbieron las entidades sociales durante los últimos meses. Para responder a esa demanda, muchas organizaciones tuvieron que reorganizar por completo su actividad cotidiana. En Asturias Acoge, buena parte de las personas voluntarias no tenía experiencia previa en extranjería y tuvo que familiarizarse en pocas semanas con procedimientos complejos y con una normativa que seguía desarrollándose sobre la marcha. “La respuesta del voluntariado fue maravillosa”, afirma Sánchez.
Las mujeres que sostuvieron la red
Una de las características más llamativas del proceso fue el protagonismo de las mujeres en buena parte del trabajo de acompañamiento. En asociaciones como Pachamama, muchas de las personas que atendían consultas, ayudaban a reunir documentación o resolvían dudas habían pasado años antes por experiencias similares a las de quienes ahora acudían a pedir apoyo. “Todas somos migrantes y todas hemos pasado por la angustia y la zozobra de estar en situación irregular”, señala Jenny Mora.
Durante los meses de mayor actividad, la asociación funcionó gracias a una red de veinte voluntarias que asumieron tareas de orientación, acompañamiento y gestión documental. Buena parte de ellas conocía de primera mano la incertidumbre asociada a los procesos migratorios, las dificultades administrativas y el miedo a quedarse fuera de una oportunidad que podía cambiar la vida de muchas personas.

Para Mora, ese protagonismo femenino no es casual. Lo relaciona con una forma de organización construida durante años alrededor del apoyo mutuo y de la defensa colectiva de derechos. A su juicio, existe una conciencia cada vez más fuerte de que muchos avances sociales pueden ponerse en cuestión y de que la mejor forma de protegerlos pasa por la organización. “Con el ascenso de la extrema derecha, las mujeres sentimos que hay una amenaza constante para quitarnos, para despojarnos de los derechos que hemos ido ganando y que tanto nos han costado”.
Lo que no aparece en las estadísticas
Las cifras permiten medir el alcance de la regularización, pero apenas reflejan el trabajo que se desarrolló detrás de cada solicitud. Cada expediente requería revisar documentación, resolver dudas, solicitar certificados, pedir citas, acompañar trámites y realizar un seguimiento posterior. Muchas consultas continuaban días después de la atención presencial a través del teléfono, del correo electrónico o de WhatsApp. “Lo importante no es simplemente que vayan y presenten la solicitud, sino que entiendan lo que están haciendo”, explica Nazaret Sánchez.

El acompañamiento no terminaba cuando una persona salía por la puerta de la asociación. Después llegaban correos con números de expediente, dudas sobre tasas, documentos que imprimir o preguntas sobre los siguientes pasos del procedimiento. Las organizaciones asumieron además buena parte de los costes materiales del proceso. Ordenadores, impresoras, papel, tinta, conexiones a internet y cientos de horas de trabajo salieron de entidades que ya desarrollaban otras actividades y que tuvieron que reorganizarse para responder a una demanda extraordinaria. “Estamos poniendo los medios, la energía, las horas, la salud, el tiempo y los recursos”.
La reflexión de Sánchez resume una sensación compartida por muchas de las asociaciones implicadas. El balance general es positivo, pero también deja una crítica hacia una Administración que, a su juicio, debería haber acompañado con más medios a quienes asumieron una parte tan importante del trabajo cotidiano. “No puedes iniciar un proceso tan importante y delegarlo en entidades sociales del tercer sector”.
Alegrías, abrazos y lágrimas
Las entrevistas con las asociaciones están llenas de cifras y procedimientos, pero también de escenas que explican mejor que cualquier dato lo que ha significado la regularización para muchas personas. Jenny Mora recuerda familias enteras abrazándose después de conseguir la documentación necesaria para iniciar los trámites. Recuerda también a usuarios que regresaban días después con galletas, comida o pequeños regalos para agradecer la ayuda recibida. No todas las historias terminaron igual.
Uno de los recuerdos más duros tiene que ver con personas procedentes de Senegal y Haití que no podían conseguir algunos de los documentos exigidos para completar los expedientes. Algunas abandonaban la asociación llorando al comprender que podían quedarse fuera de una oportunidad que llevaban años esperando. “Este proceso deja fuera a una parte de la comunidad migrante, especialmente a la gente africana”, lamenta Mora.
Porque desde Pachamama cuestionan algunos de los requisitos incorporados durante el procedimiento y consideran que determinadas exigencias añadieron obstáculos innecesarios a personas que ya se encontraban en situaciones muy difíciles: “El proceso migratorio es profundamente doloroso y cargado de incertidumbre”.
Lo que quedará cuando termine
La regularización sigue en marcha y durante los próximos meses continuarán llegando resoluciones, requerimientos y nuevos trámites. Sin embargo, tanto Nazaret Sánchez como Jenny Mora coinciden en que el resultado más importante quizá no aparezca nunca en ningún balance oficial.
Durante estos meses se han fortalecido relaciones entre organizaciones que ya colaboraban de manera puntual, han aparecido nuevas personas voluntarias y muchas personas migrantes han descubierto recursos que desconocían.
Para Mora, una de las principales enseñanzas de este proceso ha sido comprobar la capacidad de coordinación alcanzada por las propias organizaciones migrantes. “Lo más importante ha sido la capacidad que hemos tenido las organizaciones migrantes de gestionar desde la unidad y la coordinación colectiva”.
Sánchez destaca otra consecuencia menos visible. Muchas personas que acudieron por primera vez a Asturias Acoge o a otras asociaciones “ahora saben dónde acudir cuando necesiten ayuda”.



























