Pasé las navidades de 1977 tejiendo una alfombra de nudo que había empezado en la escuela, viendo la televisión mientras tejía y cantando villancicos. Tenía doce años y en el colegio al que iba, una concentración escolar a la que llegaban niños y niñas de todo Candamo, a las niñas aún nos enseñaban a hacer labores. Qué hacían los niños no lo sé, pero imagino que algún tipo de trabajo con madera o materiales duros. “Marquetería”, creo que lo llamaban. A mí me gustaban especialmente estas labores tan en aquel contexto de niñas, y me sentía afortunada de que en estas escuelas rurales de mediados y finales de los setenta a las que me tocó ir, aún formaran parte de un currículum –admito que sesgado– que fomentaba entre nosotras “las cosas de mujeres” y las evaluaba: por un mantel bordado a punto de cruz, o una bolsa del pan hecha a ganchillo, yo podía sacar sin ningún tipo de esfuerzo sobresaliente, calificación que jamás me dieron en las clases de artes plásticas o de educación física por mucho que me esmerase. Guardo de esa época de labores no solo las alfombras de nudo que acabaron a los pies de mi cama en Grullos, sino todo un ajuar de manteles, rodillos, patucos y mañanitas que jamás se han usado y que siguen esperando en los cajones de los armarios un momento que no acaba de llegar, protegidos por el papel de seda con que mi madre los envuelve y perfumados con bolas de cedro o de alcanfor para ahuyentar la polilla.
Tengo la impresión de que mi madre, que fue quien me enseñó a bordar y a tejer en las generosas tardes de verano que pasábamos en Grajal de Campos, se sintió siempre orgullosa de esta habilidad mía para el tejido, aunque acabara atascándome en los remates y menguados y luego, lejos ya de esas manos aún mucho más diestras que ella tenía, no llegara a aventurarme nunca con más cosa que las bufandas que les tejí a mis hijas cuando eran pequeñas, o con las filigranas del ganchillo para el que siempre tuve mayor intuición. En el instituto de Avilés al que me mandaron cuando acabé la EGB, escogí la optativa de “hogar” –estoy casi segura que así se llamaba– principalmente porque le huía al dibujo, pero también porque, aunque empezaba a ser consciente de la falta de prestigio de esta materia, me gustaba más y hacía que me sintiera menos torpe que cuando me enfrentaba a las asignaciones artísticas de la creación plástica. El Menéndez Pidal, al que yo iba, era todavía en aquellos años un instituto femenino, y esto impedía que se hicera cualquier tipo de evaluación en términos de género acerca de nuestra inclinación natural o aprendida hacia unas asignaturas u otras. Yo diría que había el mismo número de alumnas en las dos clases, pero también diría que el perfil de aquellas que elegían dibujo era distinto al de las que estábamos en hogar, más allá de las destrezas innatas que cada una de nosotras pudiera tener para hacer trazados geométricos y manejar las técnicas de lo que ya entendíamos que era arte mayor, o para tejer una chaqueta con punto de arroz o con punto elástico. No siento que me equivoque tanto si digo, así de memoria, que casi ninguna de las estudiantes que iba a clases de ballet o de piano, ninguna de las que podía pasarse un mes entero en algún país aprendiendo idiomas, ninguna de las que tenía por lo menos una estantería en su casa con algún libro que no fuera el recetario de cocina iba a atreverse a reproducir en una institución pública de la Transición la imagen menos atractiva de nuestra genealogía de mujeres. Es muy probable que yo intuyera desde el principio lo que eso significaba, pero al mismo tiempo, y por molesto que fuera llevar esa incomodidad pegada a la piel, era una estudiante práctica, con una ruta de estudio muy clara desde muy pronto, y no estaba dispuesta a sacrificar las notas que me permitirían alejarme definitivamente de los espacios del ganchillo y de las agujas. Así que también por eso, aunque nunca lo reconocí de esta forma, me había metido en la clase de hogar.
A lo que aspirábamos la mayoría de nosotras en aquellas aulas universitarias de hace cuarenta años era a salir de ese círculo de retales y de lanas, y dedicarnos a asuntos más serios
Aparte de la enorme gratificación que tejer, coser, o bordar produce, el ejercicio de estas labores ha estado principalmente vinculado a una necesidad que estaba dejando de serlo cuando me crie, y que empezaba a convertirse en la marca residual de la clase a la que pertenecías cuando llegué a la universidad. Era la década de los 80 y en España había prisa por hacerse moderno a las carreras, y no había nada menos moderno que llevar un jersey o una chaqueta de algodón tejidos a mano. Aunque algunos los lleváramos; y algunas, además de llevarlos, los hiciéramos. Estos jerséis, lo mismo que los coloretes con que regresábamos a la vuelta del verano a la facultad, o el uso del imperfecto de subjuntivo cuando se suponía que usáramos el pretérito pluscuamperfecto de indicativo que en asturiano no existe, eran señas de identidad que nos hubieran dado la oportunidad de reconocernos si nuestro deseo hubiera sido ese. Pero no lo era, porque a lo que aspirábamos la mayoría de nosotras en aquellas aulas universitarias de hace cuarenta años era a salir de ese círculo de retales y de lanas, y dedicarnos a asuntos más serios, aquellos de los que ni nosotras ni las familias de las que nosotras veníamos habían podido ocuparse nunca. Y así fue como a la misma vez que íbamos asimilando a trompicones una cierta conciencia feminista, comenzábamos a renunciar a lo único que nuestras madres o abuelas hubieran podido enseñarnos, contribuyendo con este gesto a desovillar nuestro propio legado de mujeres desfavorecidas. Tenía veintimuchos años cuando tejí el último jersey; y tampoco porque me sintiera avergonzada de hacerlo, sino porque tejer había dejado de ser una prioridad. En realidad, nunca lo había sido, por mucho que tejer me gustara y por mucho que a mi madre –que me estaba criando para seguir otros caminos– le gustara que yo tejiera.
A principios de los 2000 empezaron a verse en el metro de Nueva York a algunas mujeres, por lo general jóvenes y blancas, haciendo ganchillo y, al mismo tiempo, empezaron a proliferar los clubs y las clases de punto que se promocionaban con el doble objetivo de crear comunidad y de tejer. Reconozco que la imagen de estas mujeres blancas tejiendo en el metro se me hizo incómoda, como si hubiera algo de provocador y de falso en esta imagen desenfadada y audazmente segura que no me acababa de encajar. No menos incómoda me resultaba la oferta de unas clases que empezaban excluyendo a todas aquellas que no podrían pagar la matrícula de los cursos ni el coste de los materiales, o que no dispondrían del tiempo que se necesita para hacer a un lado obligaciones y sentarse a tejer, aun cuando buena parte de estas mujeres fueran las descendientes inmediatas de las que hasta no hace mucho se tuvieron que dedicar a estas labores –obstinadamente infravaloradas– por necesidad. Si el prestigio de estas prácticas se iba a bordar ahora con estos hilos, y se iba a recuperar gracias a las manos bien cuidadas de quienes nunca se vieron en los escenarios que las estropean, tengo que admitir que me gustaba muy poco. Y solo faltaba que llegaran los hombres –como llegaron a la “alta cocina” y a la “alta costura”– y con sus manos de hombres acabaran convirtiendo nuestras labores en “arte”, sentimentalizando luego su tapiz biográfico cuando recordaran a esa abuela o madre que les enseñó a hacer cadeneta y que fue pilar imprescindible para que subieran al cielo y tocaran los astros.
Me cuentan que en los últimos años se ha estado producido un cierto auge de las prácticas del tejido en el campo de las artes aplicadas, no tanto en España como en países más al norte del nuestro y en diversas regiones de América Latina, donde la tradición del textil es de una riqueza y una sofisticación fuera de lo común, y donde han empezado a usarse como forma de resistencia cultural, como afirmación de las identidades originarias, como ejercicio de reivindicaciones de carácter sociopolítico y, también, como propuestas creativas de vanguardia. Buena parte de estas prácticas, contrariamente a lo que sospecho que ha de ocurrir en los clubs de ganchillo que acabo de mencionar, se hacen, además, respetando el sentido de comunidad que las ha significado a lo largo de la historia y urdiendo de manera simultánea el tejido humano que les da sentido, incluso cuando se proponen como ejercicios individuales. Pero una vez más, la historia corre el riesgo de repetirse, y la reticencia y lentitud con que las galerías y los santuarios del arte mayor empiezan a ceder su espacio a estos procesos creativos que se van gestando con manos de mujer seguramente sería menor si estuvieran siendo protagonizados por los hombres.
A principios de junio, se celebró en Grullos el cincuenta aniversario del colegio Prieto Bances de Candamo al que fui, una concentración escolar que contribuyó en su día a modernizar el municipio, que reconfiguró la presencia de la gente de las aldeas en la sociedad de aquellos años, y que amplió nuestro círculo de amistades más allá de las lindes de nuestros respectivos pueblos. Para conmemorar el aniversario se invitó a los antiguos alumnos y a sus familias a una comida y se pidió que, quien la tuviera, llevara cualquier cosa que diera fe de su presencia en el centro y se pudiera hacer así una exposición que documentara la historia educativa del concejo durante el siglo pasado. Mucha gente llevó muchas cosas, y entre las fotografías que nos permitían recuperar las caras de maestras y compañeras que nunca más habíamos visto y se habían ido desdibujando con el tiempo; entre los cuadernos escritos con una caligrafía y una ortografía impolutas que siento que ya hoy no se ven; entre las cartillas de notas en las que, además de las matemáticas o de las ciencias sociales se evaluaban el comportamiento y el aseo; y junto a la antigua Unverwood con esmaltado negro y dorado en la que aprendimos a escribir a máquina, estaban las labores de algunas de las niñas de aquellos años en los que se inauguró esta escuela: una mañanita de angorina azul, dos bolsas del pan, y un muestrario con las puntadas de bordado más elementales; reliquias pedagógicas que fueron empezando a desaparecer enseguida para, imagino, equilibrar las desigualdades de género y para que la reputación de las futuras mujeres que seríamos aquellas niñas de los años 70 y 80 no se viera mermada por dedicarnos a bordar o a coser, aunque eso representara una ruptura con el linaje de mujeres del que nosotras veníamos. La directora actual del colegio, una mujer bastante joven que ha llegado a la dirección del Prieto Bances hace apenas dos años, se preguntaba, sorprendida, si de verdad hacíamos eso cuando íbamos a la escuela, refiriéndose, obviamente, a estas labores de niñas. De qué se sorprendía exactamente no lo podría decir, pero entiendo la contradicción que existe en el hecho de que a las niñas de aquellos años nos hubieran alejado del dedal, de la aguja, o del ganchillo. Como tantas otras cosas de las mujeres, sobre todo, de las que venimos de abajo, tendría que haberse hecho de otra manera.
Algunas veces me he preguntado por qué tengo la impresión de que mi madre, que ha sido siempre una mujer parca en halagos y excesivamente prudente a la hora de manifestar sus afectos, se alegra de manera genuina cada vez que me ve tejer, y por qué siento que la historia que ella recuerda con mayor satisfacción de cuando yo era pequeña, es la de aquellas navidades del año 1977 cuando acabé una alfombra de nudo en una semana.



























