La olvidada cárcel franquista de Luarca

Noventa años después del inicio de la Guerra Civil, fotografías y testimonios rescatan la historia del Teatro Colón de Luarca como centro de detención de prisioneros.

Recomendados

Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

El 25 de octubre de 1937 alguien fotografió una escena aparentemente rutinaria de la guerra. Una fila de camiones militares ocupa la actual calle Aurelio Martínez, en Luarca. En las cajas viajan decenas de hombres de pie, algunos con ropa civil, otros con prendas militares, todos ellos capturados tras la caída del Frente Norte. Varios miran fijamente al objetivo; otros mantienen la cabeza baja. Un soldado permanece en mitad de la calzada vigilando la operación. Al fondo, fuera del encuadre principal, les espera el Teatro Colón.

Durante décadas, aquella fotografía permaneció prácticamente olvidada en un archivo. En su reverso, una sencilla anotación mecanografiada despeja cualquier duda sobre el momento y el lugar: “Frente de Asturias. Luarca 25.10.37. Llegada de prisioneros a Luarca”.

Noventa años después del golpe militar que desencadenó la Guerra Civil, esas imágenes, junto con la investigación de varios historiadores, los recuerdos de algunas familias y el trabajo de documentación realizado por el cineasta Pablo Casanueva, permiten reconstruir uno de los episodios menos conocidos de la represión franquista en Asturias. Se trató de la conversión del Teatro Colón en un centro provisional de internamiento y clasificación de prisioneros republicanos.

El Teatro Colón de Luarca se convirtió en uno de los lugares improvisados donde se detuvieron y clasificaron a los prisioneros. Muchos no vivirían para contarlo.

Una villa convertida en retaguardia

Para entender qué ocurrió en el Teatro Colón primero hay que entender qué ocurrió en Luarca. Cuando el golpe militar triunfó en el occidente asturiano en agosto de 1936, la villa dejó de ser únicamente un puerto pesquero y una cabecera comarcal con una animada vida comercial y cultural. Durante los quince meses en que el frente permaneció estabilizado en Asturias, se convirtió en uno de los principales centros de la retaguardia franquista en el norte peninsular.

El investigador Valentín Álvarez Martínez describe cómo la localidad acogió hospitales militares, cuarteles, servicios de intendencia, propaganda, juzgados militares y diferentes espacios de detención improvisados para atender el creciente número de prisioneros que llegaban desde el frente.

No era una elección casual. Como recuerda el historiador Ramón García Piñeiro, antes de la guerra Luarca había sido uno de los principales focos del republicanismo burgués asturiano. De sus calles salieron figuras como Álvaro de Albornoz, Luis Ochoa o José Fernández Valdés, representantes de una élite liberal e intelectual que la guerra dispersó entre el exilio, la represión y el silencio. En ese contexto, la villa adquirió una importancia militar muy superior a la que su tamaño hacía prever.

La cárcel permanente de Luarca no era el Teatro Colón, sino la conocida como La Moral, un antiguo caserón señorial donde funcionó el juzgado militar y desde el que salieron numerosos presos hacia su ejecución o traslado

Cuando el Teatro Colón cambió de función

El Teatro Colón había sido construido para el ocio. Allí se proyectaban películas, se representaban obras teatrales y se celebraban espectáculos. Sin embargo, la guerra transformó radicalmente su función.

La investigación de Valentín Álvarez documenta que, una vez colapsada la pequeña cárcel local, las autoridades franquistas habilitaron varios edificios para albergar prisioneros. Entre ellos figuraban el Teatro Colón y el denominado campo de Canero, utilizados en 1937 para retener y clasificar a miles de soldados republicanos capturados tras el derrumbe del Frente Norte. Según los informes de la época citados por el investigador, por ese dispositivo pasaron un total de 3.771 prisioneros.

Luarca en los años 30.

La cifra ha dado lugar a interpretaciones erróneas. El investigador local Chemi Lombardero, autor de varios trabajos sobre la represión en Valdés, recuerda que el Teatro Colón no podía albergar simultáneamente a miles de personas. La explicación parece encontrarse en la propia documentación: el número hace referencia al conjunto de espacios utilizados para la clasificación de prisioneros, no únicamente al teatro.

Lombardero también establece una distinción importante. La cárcel permanente de Luarca no era el Teatro Colón, sino la conocida como La Moral, un antiguo caserón señorial donde funcionó el juzgado militar y desde el que salieron numerosos presos hacia su ejecución o traslado. El teatro cumplió una función diferente, la de absorber durante unas semanas la llegada masiva de cautivos tras la caída de Asturias.

Las fotografías que sobrevivieron al edificio

Las dos fotografías conservadas en la Biblioteca Nacional constituyen probablemente el testimonio gráfico más importante de aquel episodio.

La primera muestra la llegada de los prisioneros. Los camiones ocupan la actual calle Aurelio Martínez, frente al edificio donde se encontraba el juzgado militar y muy cerca del Teatro Colón. Valentín Álvarez interpreta esa imagen como el momento en que los soldados republicanos son conducidos al teatro para su clasificación como prisioneros de guerra.

La segunda fotografía centra la atención en la fachada del edificio. Varias personas se asoman a las ventanas de las plantas superiores. La investigación identifica el inmueble como el Teatro Colón, ya convertido en uno de los espacios utilizados para el internamiento provisional de prisioneros.

No sabemos quiénes son todos los hombres que aparecen tras esas ventanas. Tampoco conocemos sus nombres ni cuál fue el destino de cada uno de ellos. Pero esas imágenes permiten fijar un lugar, una fecha y una función que durante décadas apenas dejaron rastro en la memoria local.

Fue el cineasta Pablo Casanueva quien recuperó estas fotografías mientras investigaba para Luna, un documental centrado en la memoria de varios familiares represaliados por el franquismo. Aunque el Teatro Colón no constituye el eje de la película, el trabajo de documentación le llevó hasta los fondos de la Biblioteca Nacional, donde localizó estas imágenes y reconstruyó el emplazamiento del edificio. El propio documental incluye un fotograma de la calle Aurelio Martínez tal y como se conserva hoy, cuando ya no queda rastro del teatro.

Fotograma de Luna donde aparece la calle donde estuvo el Teatro Colón de Luarca.

Lo que apenas cuentan los documentos

Los archivos permiten reconstruir el funcionamiento administrativo del sistema represivo. Mucho más difícil resulta saber qué ocurría dentro de aquellos edificios. Y ahí aparecen los recuerdos familiares.

Pilar Alonso conserva la historia que durante años le contó su padre, José Alonso, obrero de la fábrica de armas de Trubia, y uno de los soldados republicanos que pasó por el Teatro Colón. Según ese relato, cada noche se leía una lista de nombres. Quienes la escuchaban desconocían cuál sería su destino. Algunos serían trasladados a otras cárceles o batallones de trabajo; otros nunca regresarían.

Una de aquellas noches llamaron a un compañero llamado Gustavo. José le propuso intentar escapar arrojándose por una de las ventanas antes de dejarse conducir por los guardianes. Gustavo respondió que no podían matarlo porque no había cometido ningún delito. Nunca volvió.

Uno de los documentos recuperados por Casanueva.

A la mañana siguiente llamaron a José. Pensó que había llegado su turno. Sin embargo, los guardianes no iban a sacarlo del teatro. Le entregaron el reloj y las pertenencias de Gustavo. José sobrevivió a la guerra, pero durante toda su vida interpretó aquel gesto como la confirmación de que su compañero había sido fusilado.

No existe documentación que permita verificar todos los detalles de esa historia. Pertenece al ámbito de la memoria familiar. Pero encaja con el funcionamiento represivo documentado en aquellos meses y añade una dimensión humana que los expedientes nunca recogen.

Resulta inevitable volver entonces a la segunda fotografía. Varias personas se asoman a las ventanas del Teatro Colón. No sabemos quiénes eran ni cuál fue el destino de cada una de ellas. Pero, para Pilar Alonso, esas ventanas evocan el relato que escuchó desde niña en casa: el de un joven de 19 años que vio desaparecer a un compañero y comprendió que, tras aquellas paredes, el futuro podía decidirse de un día para otro.

Es significativo que, noventa años después, el edificio haya desaparecido físicamente y apenas sobreviva en la memoria colectiva

La investigación de una ausencia

La historia del Teatro Colón también es la historia de una desaparición. Cuando Pablo Casanueva comenzó a investigar para Luna, apenas encontró referencias al edificio. Ni siquiera los archivos municipales conservaban demasiada información sobre aquel uso excepcional. Lo poco que pudo reconstruir procedía de documentos militares, fondos fotográficos y expedientes personales.

Pablo Casanueva en el FICX. Foto: David Aguilar Sánchez

Entre ellos estaba el de un tío bisabuelo suyo. Casanueva logró seguir su recorrido. Pasó por el Teatro Colón, fue trasladado a la cárcel de Oviedo y terminó siendo fusilado. Aquella investigación familiar acabó iluminando un episodio mucho más amplio.

Es significativo que, noventa años después, el edificio haya desaparecido físicamente y apenas sobreviva en la memoria colectiva. El propio Valentín Álvarez advierte en su estudio de que muchos de los espacios vinculados a la retaguardia franquista en Luarca han quedado borrados del paisaje y prácticamente olvidados.

Mirar otra vez las fotografías

Hoy, quien recorra la calle Aurelio Martínez encontrará comercios, terrazas y un paisaje urbano completamente distinto. El Teatro Colón desapareció hace décadas. Solo permanece la alineación de la calle y algunos edificios que permiten orientarse en las viejas imágenes.

Quizá ese sea el verdadero valor de las fotografías recuperadas por Pablo Casanueva. No ilustran una historia conocida. Al contrario, han permitido reconstruir una historia que estaba a punto de perderse.

La primera vez que se observan, uno ve unos camiones y unos hombres. Después de recorrer los documentos, escuchar a los investigadores y atender a la memoria de las familias, esas mismas imágenes revelan otra cosa. Muestran el momento en que un teatro dejó de ser un lugar para el cine y las representaciones y pasó a formar parte del engranaje represivo que siguió a la caída del Frente Norte.

Noventa años después del comienzo de la Guerra Civil, el edificio ya no existe. Las fotografías, sí. Y ahora cuentan mucho más de lo que parecía a primera vista.

Actualidad

spot_img