En su libro El fútbol a sol y sombra, el escritor Eduardo Galeano abría cada capítulo dedicado a un Mundial repasando los acontecimientos políticos más destacados de ese año, ubicando así al lector en el contexto internacional. A continuación, se adentraba en la crónica deportiva, describiendo las mejores jugadas, recordando los partidos memorables y ensalzando a las grandes estrellas de cada combinado nacional. Primero la política y después el fútbol, como dos realidades autónomas, separadas en compartimentos estancos. Si el maestro uruguayo estuviese vivo en 2026 y continuase regalándonos sus crónicas mundialistas podría haber fusionado perfectamente las dos dimensiones en un mismo totum revolutum, pues durante los últimos cuarenta días el fútbol y la política se han mostrado como dos realidades humanas más indisociables que nunca.
Antes de que el balón echase a rodar, la administración estadounidense ya había hecho gala de sus políticas autoritarias prohibiendo la entrada en el país al mejor árbitro de África, Omar Artan
Antes de que el balón echase a rodar el 11 de junio, la administración estadounidense ya había hecho gala de sus políticas autoritarias prohibiendo la entrada en el país al mejor árbitro de África, Omar Artan, de origen somalí. Durante el campeonato, el principal anfitrión decidió que no era suficiente con llevar semanas bombardeando Irán, sino que también era necesario dificultar la participación de la selección persa impidiéndole pernoctar en territorio estadounidense tras sus partidos. El summum del intervencionismo trumpiano llegó tras los dieciseisavos de final, cuando consiguió que su vasallo Infantino, el más infame de los presidentes de la FIFA, retirase la sanción del delantero Folarin Balogun, pisoteando impunemente el reglamento del fútbol a la vista del mundo entero.
Suele suceder que los dueños del poder, aquellos que se encuentran en la cumbre de la jerarquía social y disponen de muchos medios para subyugar a otros y modelar la realidad a su antojo, albergan una sospechosa predisposición a acusar a los demás –especialmente a quienes no les ríen las gracias y se atreven a cuestionar su dominación– de pretender politizarlo todo. Así, la misma FIFA de Infantino que se sacó de la chistera un ridículo premio de la paz para agasajar el narcisismo herido de Trump, el presidente más belicoso y divisivo del mundo, le prohibió a la selección de Haití incorporar en su camiseta un dibujo conmemorativo de su independencia y estudia sanciones a los jugadores de Argentina que tras su victoria contra Inglaterra en semifinales mostraron en el césped una pancarta con el lema “Las Malvinas son argentinas”.

Una de las consecuencias positivas de este campeonato es la aparición incipiente de una reacción popular a escala mundial frente a los atropellos del tándem Trump-Infantino contra el fútbol. Han sido habituales los abucheos y los insultos contra los dos mandatarios cada vez que aparecían en pantalla, no solamente en los bares y plazas donde la gente se congregaba para ver los partidos, sino en el propio MetLife Stadium de New Jersey durante la final. También atronaban los silbidos en los estadios cada vez que un árbitro interrumpía el juego para una pausa de hidratación, popularmente rebautizadas como pausas de recaudación. A diferencia de lo que ocurrió en la final del Mundial de Clubes del verano pasado, donde el Chelsea fue coronado campeón con Trump injertado en medio de la celebración, la selección española no quiso que su fiesta se viera manchada y Rodri no levantó el trofeo hasta que el presidente de Estados Unidos se alejó varios metros del centro de la tarima. Por si quedaba alguna duda, en la foto de la victoria que la Federación subió a sus redes sociales Trump fue borrado con inteligencia artificial.
La política atravesó de principio a fin la participación de España en este Mundial. Para dejar constancia de su lejanía sideral del país real y de la selección de Nico Williams y Lamine Yamal, el Partido Popular echó mano de los peores prejuicios racistas (con Mariano Rajoy escribiendo que en la selección francesa no juegan franceses) y colonialistas (con su portavoz en el Congreso, Ester Muñoz, tuiteando tras la final que “España vuelve a conquistar América”). Los exabruptos habituales de los dirigentes conservadores hicieron muchísimo menos daño en el alma de millones de personas que algunos inesperados gestos de jugadores de la selección, como la gorra de Ferrán Torres luciendo la versión españolizada del lema trumpista Make Spain Great Again o el “Viva el rey” que coreó Rodri en el escenario de Cibeles. Estábamos tan orgullosos de la ejemplaridad permanente de Borja Iglesias, de la bandera de Palestina que Lamine le enseñó al mundo en la rúa del Barça o de los posicionamientos de Cubarsí (y anteriormente del seleccionador Luis de la Fuente) contra el racismo, que dejamos de contemplar la posibilidad de que jóvenes privilegiados con contratos millonarios y vidas de lujo se pudieran alinear en sus preferencias políticas con los partidarios del status quo.
En la previa de la final, muchos argentinos progresistas o peronistas mostraron en redes su malestar con la imagen que se estaba dibujando de la misma como un conflicto por delegación entre la España propalestina y la Argentina prosionista. La mayor parte de las polémicas de los últimos días deben su origen a una concepción del país de enfrente como un bloque ideológico unitario. Es evidente que hay muchos aliados de Palestina en Argentina y bastantes defensores de Israel en España. Además, la selección albiceleste le inyectó a este Mundial del establishment importantes dosis de rebeldía política, como el reclamo de las Malvinas o la negativa del “Cuti” Romero a saludar a Trump. Hay realidades, no obstante, que son difíciles de minimizar, como la alianza del presidente Milei con Israel o los vídeos del genocida Netanyahu deseando públicamente la victoria de Argentina.
Los españoles y las españolas que pudimos ver nuestra alegría parcialmente empañada por algunos deslices puntuales en la celebración tenemos que estar sencillamente orgullosos de nuestra selección. En el plano deportivo, por el éxito futbolístico colectivo y por ser el primer país de la historia que es simultáneamente campeón mundial en categoría femenina y masculina. Y en el plano humano y civilizatorio, por las imágenes de los habitantes de Gaza acompañándonos en la victoria y celebrando como si fuese suyo el triunfo de la selección. Esta historia comenzó con un “¿y por qué no?” (el de Laporte en aquella rueda de prensa viral) y puede terminar con otro: ¿y por qué no agradecemos su apoyo enfrentándonos a Palestina (como ya hicieron Euskadi y Catalunya) en nuestro primer partido amistoso como campeones del mundo? Haciéndolo estaríamos poniendo nuestra segunda estrella al servicio de la causa de la humanidad.































