Para encontrar nudistas en Torimbia (Llanes) hay que caminar. Es la imagen que ofrece Ismael Rodrigo, presidente de la Federación Española de Naturismo (FEN). Junto al acceso principal y el chiringuito predominan los bañistas vestidos. A medida que se avanza hacia el extremo oriental del arenal, la proporción se invierte. Al final, asegura, prácticamente todo el mundo prescinde del bañador. “No desaparece el nudismo en verano, pero se autosegrega hacia la parte alejada, lo cual es lamentable, pero es lo que sucede”, explica.
En uno de los arenales de tradición naturista más emblemáticos del Cantábrico, la división no necesita carteles. Nadie ordena a los nudistas que se aparten ni les impide desnudarse. La presión es más silenciosa. Al verse en minoría, algunos mantienen el bañador, buscan otra playa o se desplazan hacia el lugar donde se concentran quienes han tomado la misma decisión. Los naturistas llaman “textiles” a quienes utilizan bañador.
Rodrigo conoce Torimbia y otras playas asturianas tanto por su actividad en la FEN como por sus vínculos familiares con el Principado. Su madre es asturiana y parte de su familia conserva una casa en el oriente, donde ha pasado algunas vacaciones. “Yo no puedo decir nada malo de los asturianos porque mi madre es de Oviedo“, bromea al final de la conversación.
En Torimbia, asegura que entra desnudo en el chiringuito y que nunca ha encontrado impedimentos. “Yo siempre les digo a los naturistas que hagan lo contrario, que se pongan todos a la entrada, para que quede claro que es una playa de tradición nudista y que la gente se corte un poco o se una y pruebe”, afirma.
La situación de Torimbia resume un fenómeno que Rodrigo no interpreta como una decadencia general del nudismo. Cuando se le pregunta si la práctica está retrocediendo en España, su respuesta introduce una diferencia fundamental: “No, no. Pero sí en julio y agosto“.

Durante la mayor parte del año, sostiene, quienes frecuentan estas playas pueden desnudarse sin grandes dificultades. El cambio se produce con la llegada de la temporada alta. “En verano se llenan de gente con bañador y, al ver tanta gente vestida, quienes suelen ir allí a desnudarse se van a otro sitio más recóndito, no se atreven o se quedan con bañador. No porque nadie se lo imponga, sino porque no se sienten cómodos entre tanta gente vestida”.
La transformación se habría acelerado después de la pandemia. “A partir de la pandemia mucha gente descubrió las playas de tradición nudista porque buscaba sitios con menos gente, más recónditos”, sostiene Rodrigo. Las restricciones aplicadas a las playas urbanas y la búsqueda de espacios poco concurridos llevaron a muchas personas hacia calas remotas que hasta entonces apenas conocían. Una parte de ese nuevo público continuó visitándolas cuando desaparecieron las limitaciones sanitarias. La misma característica que durante décadas permitió conservar el nudismo —el aislamiento— se convirtió entonces en un reclamo para personas que buscaban tranquilidad, pero no necesariamente querían desnudarse.
El poder del desnudo frente al poder de Instagram
A esa difusión contribuyen las redes sociales. Las fotografías de calas poco urbanizadas, aguas limpias y paisajes espectaculares multiplican la afluencia hacia lugares que antes permanecían fuera de los principales circuitos turísticos. Rodrigo reprocha a algunos creadores de contenido que promocionen esas playas sin mencionar su tradición naturista.
“Van buscando playas recónditas y bonitas, las ponen en sus perfiles de Instagram y no dicen lo principal: que son playas de tradición nudista”, señala. El visitante llega atraído por el paisaje sin saber qué uso ha tenido históricamente el lugar y puede sentirse sorprendido, e incluso molesto, cuando encuentra personas desnudas. Al mismo tiempo, los nudistas sienten que el público recién llegado altera el ambiente que les había llevado hasta allí.
“Rodrigo considera que el modo de quitar poder a las cámaras sería normalizar el cuerpo desnudo hasta que una fotografía dejase de resultar comprometida.”
Los teléfonos móviles añaden otro elemento de inseguridad. La posibilidad de ser fotografiado, aparecer en un vídeo o acabar expuesto fuera de contexto en internet provoca que algunas personas renuncien a desnudarse. Rodrigo admite que retirar después esas imágenes puede resultar difícil, especialmente cuando se difunden de forma anónima o desde servidores situados fuera de España.
Frente a ese temor, Rodrigo considera que el modo de quitar poder a las cámaras sería normalizar el cuerpo desnudo hasta que una fotografía dejase de resultar comprometida. “Hay que destruir el poder que tienen las cámaras normalizando la desnudez”, defiende. Para otras personas, sin embargo, el problema no está en el cuerpo, sino en perder el control sobre su propia imagen. Esa tensión entre normalización e intimidad forma parte también del debate sobre el futuro del nudismo.
Una prohibición retirada en Cudillero
El retroceso social que describe Rodrigo convive en Asturias con un movimiento de signo contrario en el terreno normativo. El Ayuntamiento de Cudillero eliminó en mayo de 2026 la prohibición expresa del nudismo que permanecía en su ordenanza de playas desde hacía una década. La nueva regulación mantiene la cala de Oleiros como espacio recomendado para el naturismo, pero deja de limitar la práctica a ese arenal.
La modificación reabrió el debate político en el concejo, donde el PSOE defendió la necesidad de adaptar la ordenanza a la legislación superior y el PP se opuso al cambio. Su consecuencia práctica es que el nudismo deja de estar expresamente prohibido en playas como El Silencio o Vallina, aunque levantar una restricción no garantiza que vuelva a encontrarse una presencia significativa de bañistas desnudos.

El antiguo delito de escándalo público fue eliminado del Código Penal por la Ley Orgánica 5/1988, que sustituyó aquella figura por delitos específicos de exhibicionismo y provocación sexual, principalmente vinculados a la protección de los menores. Esto no equivale, sin embargo, a la existencia de un derecho ilimitado a desnudarse en cualquier lugar. Al resolver en 2015 un recurso contra la ordenanza de convivencia de Barcelona, que restringía la desnudez en el espacio público, el Tribunal Supremo avaló la capacidad de los ayuntamientos para establecer este tipo de limitaciones, aunque anuló algunas expresiones por considerarlas excesivamente imprecisas.
Por eso resulta más exacto hablar de playas de “tradición nudista” que de espacios reservados exclusivamente a quienes prescinden del bañador. La denominación reconoce un uso histórico, pero no impide que acudan personas vestidas. Es precisamente esa convivencia la que, cuando la proporción se desequilibra durante la temporada alta, puede terminar desplazando el nudismo sin necesidad de prohibiciones.
Rodrigo considera plausible que algo semejante haya sucedido en la playa de El Silencio después de la mejora de sus accesos. Sobre un posible aumento del nudismo en Serín, admite que no dispone de información suficiente para confirmar ninguno de los dos casos, pero formula una regla basada en su experiencia: “Cuando se mejoran los accesos va más gente con bañador. Es casi una regla”.
La vinculación histórica entre el nudismo y las playas apartadas no sería casual. Rodrigo la remonta a la dictadura, cuando quienes querían desnudarse buscaban arenales recónditos donde resultaba menos probable encontrarse con la Guardia Civil. “En tiempos de Franco había nudismo, pero ¿dónde? En playas donde la Guardia Civil no bajaba porque había que cruzar una cuerda o hacer montañismo”, explica. “Cuanto más apartadas estaban las playas, más se hacía nudismo. Después se ha seguido haciendo porque se había hecho siempre”.
“No hay estadísticas públicas que permitan medir cuántas personas hacen nudismo en las playas asturianas ni si su número ha descendido durante los últimos años.”
La dificultad de acceso consolidó así una tradición que sobrevivió a la desaparición del delito de escándalo público. La mejora de un camino, la construcción de un aparcamiento o la aparición de apartamentos turísticos pueden alterar ese equilibrio y atraer a un público más amplio. Los nudistas quedan entonces en minoría y pueden trasladarse a otro lugar, mientras la playa continúa apareciendo durante años en guías y páginas de turismo como un espacio naturista.
La Federación Española de Naturismo ofrece en su página web una guía que reúne actualmente 24 fichas de playas asturianas de tradición naturista, con localizaciones, descripciones, indicaciones de acceso y fotografías. Buena parte de la información procede del trabajo realizado por ANAPA, la asociación naturista del Principado, actualmente inactiva. Sus integrantes recopilaron durante años imágenes, ubicaciones y testimonios sobre los arenales que frecuentaban.
La propia web advierte de que las playas incluidas son aquellas que han tenido un uso tradicionalmente naturista. No pretende, por tanto, ofrecer una fotografía en tiempo real de lo que ocurre en cada arenal. “Que esté en la lista no garantiza que hoy haya gente desnuda, pero garantiza que la ha habido”, señala Rodrigo.
La relación tampoco es exhaustiva. Según explica, la Federación no publica algunas calas demasiado escondidas, aunque existen y continúan siendo utilizadas para practicar el nudismo. Una playa puede aparecer en la guía porque conserva esa tradición, aunque su uso haya disminuido, mientras otras permanecen fuera precisamente por su carácter recóndito.
Una aceptación mayoritaria, una práctica minoritaria
No hay estadísticas públicas que permitan medir cuántas personas hacen nudismo en las playas asturianas ni si su número ha descendido durante los últimos años. Los sondeos disponibles muestran, además, una diferencia considerable entre aceptar la desnudez y practicarla.

Una encuesta de YouGov, realizada en septiembre de 2025 entre 1.055 adultos españoles, reveló que el 87 % consideraba aceptable que una persona estuviera completamente desnuda en una playa nudista abierta al público. La aceptación descendía al 22 % cuando se preguntaba por una playa pública sin esa consideración.
El 22 % de los encuestados había estado completamente desnudo alguna vez en un lugar específicamente naturista, como una playa o un camping. Un 4 % decía hacerlo regularmente, un 10 % de manera ocasional y otro 8 % lo había probado una o dos veces. Además, el 26 % se mostraba dispuesto a acudir desnudo en el futuro a un espacio de esas características.
Los resultados sitúan a España entre los países europeos con mayor contacto con el nudismo. El mismo estudio, realizado también en Reino Unido, Francia, Alemania, Dinamarca e Italia, señala que solo los alemanes, con un 25 %, superaban ligeramente a los españoles en la proporción de personas que habían estado desnudas en una playa, camping o recinto naturista. La práctica regular, sin embargo, continuaba siendo minoritaria.
“La Asociación Naturista de Amigos del Principado de Asturias (ANAPA) permanece inactiva desde 2019 por falta de una junta directiva.”
La aceptación del topless era todavía mayor. El 82 % de los adultos españoles encuestados consideraba admisible que una mujer mostrase el pecho en una playa pública, un porcentaje muy superior al registrado en Reino Unido, Francia, Alemania o Italia y equivalente al de Dinamarca.
Un estudio anterior de Ifop, realizado en abril de 2019 entre 1.021 mujeres españolas, registró un porcentaje inferior al obtenido en una encuesta semejante de 2016. El 20 % de las entrevistadas afirmaba haber estado completamente desnuda alguna vez en una playa o un recinto naturista, frente al 25 % registrado tres años antes.
Los datos de YouGov e Ifop no son directamente comparables. El primero incluye a hombres y mujeres y el segundo se limita a la población femenina. Tampoco permiten trasladar sus resultados a Asturias ni saber qué sucede específicamente durante julio y agosto. Pero sí muestran la paradoja de que el nudismo disfruta de una aceptación social amplia, aunque su presencia visible puede disminuir en los arenales donde nació su tradición.
Practicantes sin asociación
La retirada hacia los extremos de las playas tiene su equivalente en el debilitamiento de las organizaciones que defendían esos espacios. La Asociación Naturista de Amigos del Principado de Asturias (ANAPA) permanece inactiva desde 2019 por falta de una junta directiva.
Rodrigo distingue entre la práctica del nudismo y la disposición a integrarse en una asociación. No cree que falten jóvenes dispuestos a desnudarse, pero sí personas que quieran pagar una cuota, participar regularmente y asumir responsabilidades. “Una cosa es asociarse y otra cosa, peor aún, trabajar por una asociación”, resume.
Quienes dirigían ANAPA habían advertido durante años de que no podían continuar indefinidamente. Anunciaron que abandonarían sus cargos si no aparecía un relevo, pero nadie se presentó. El aviso se repitió durante varios años hasta que finalmente la asociación dejó de funcionar. Algunos de sus antiguos integrantes se incorporaron después a organizaciones de Galicia o Madrid, principalmente para conservar el carné de la Federación y las ventajas que ofrece en determinados centros naturistas.
Cuando todavía funcionaba, ANAPA organizaba encuentros con asociaciones madrileñas. La mayor parte de las actividades se desarrollaba en playas de tradición nudista, pero una de las jornadas tenía un carácter reivindicativo: el grupo acudía desnudo a un arenal que no estuviera vinculado al naturismo.
En una de aquellas excursiones, celebrada en una playa asturiana y en una fecha que Rodrigo no consigue precisar, un socorrista pidió a los participantes que se vistieran. Al no conseguirlo, llamó a la Guardia Civil. Según su relato, los agentes comprobaron que no se estaba produciendo ningún incidente y advirtieron al socorrista de que la llamada podía parecerse a una denuncia falsa.

El desenlace fue inesperado. Uno de los agentes se interesó por la asociación. “El guardia dijo que no sabía que hubiera una asociación naturista en Asturias, preguntó cómo podía hacerse socio y allí mismo le sacaron un folleto”, relata. José Manuel Díaz, entonces presidente de ANAPA, le habría entregado la documentación. “El resultado de todo aquello fue que uno de los guardias civiles se hizo socio en el acto”.
Aunque la falta de una fecha y una localización precisas impide reconstruir documentalmente el episodio, la anécdota muestra otra de las funciones del activismo colectivo. Rodrigo considera que un grupo de personas desnudas se identifica inmediatamente con una actividad naturista, mientras que alguien que actúa en solitario en una playa sin esa tradición puede despertar extrañeza, insultos o llamadas a la policía.
“Es muy común que la gente que dirige las asociaciones envejezca dirigiéndolas porque no hay sustitutos”, señala el presidente de la FEN. Las redes sociales proporcionan espacios de encuentro menos exigentes: seguir una cuenta, incorporarse a un grupo o pulsar un “me gusta” no requiere el compromiso de mantener una estructura estable.
Rodrigo asegura que existe un nuevo intento de reactivar la asociación asturiana, aunque reconoce que lleva varios años escuchando que su regreso es inminente. “A ver si este año lo montamos. Me llevan diciendo varios años que este año ya seguro que sí”, comenta. Por ahora, sin embargo, el intento no se ha traducido en la formación de una nueva junta directiva.
La ausencia de ANAPA deja al nudismo asturiano sin una organización propia que pueda actualizar las guías, hablar con los ayuntamientos o intervenir cuando surgen conflictos en las playas. También debilita la capacidad de los practicantes para ocupar el espacio de manera conjunta y reconocible.
“La Federación Española de Naturismo defiende que la desnudez no constituye por sí misma una conducta exhibicionista y que una práctica debe considerarse sexual por lo que se está haciendo, no por la presencia o ausencia de ropa.”
Desnudez y sexo, dos planos distintos
Otro de los factores que condiciona la imagen de algunas playas es la presencia de encuentros sexuales en sus inmediaciones. Rodrigo rechaza que exista una relación causal entre nudismo y prácticas como el cruising o el intercambio de parejas.
A su juicio, el elemento determinante no es que una playa tenga tradición naturista, sino su configuración. Los encuentros suelen producirse en dunas, bosques o zonas resguardadas situadas detrás del arenal, no entre quienes toman el sol junto al mar. Esas mismas condiciones pueden darse en playas donde la mayoría utiliza bañador.
“Puede ocurrir que una playa de tradición nudista tenga dunas detrás y allí se produzcan ese tipo de encuentros, pero no sucede porque sea nudista”, sostiene. “Es básico en el naturismo la desexualización de la desnudez”.
La Federación Española de Naturismo defiende que la desnudez no constituye por sí misma una conducta exhibicionista y que una práctica debe considerarse sexual por lo que se está haciendo, no por la presencia o ausencia de ropa. La coincidencia de ambos usos en determinados lugares puede alimentar la confusión, pero equipararlos significa, según Rodrigo, convertir cualquier desnudez en una manifestación sexual.

El paseo que desnuda una playa
Frente al repliegue de los naturistas, Rodrigo propone atravesar desnudo el arenal. Afirma haber comprobado que una sola persona o una pareja puede desencadenar una reacción en cadena entre bañistas que habían llegado con intención de quitarse la ropa, pero mantuvieron el bañador al comprobar que los demás también estaban vestidos.
La primera vez que observó ese efecto fue en una playa de Ibiza. Él y su mujer iniciaron un paseo cuando prácticamente todo el mundo llevaba bañador. “A la ida estaban todos vestidos y a la vuelta estaban casi todos desnudos”, recuerda. Desde entonces ha recomendado la experiencia a otras personas y asegura que varias le han comunicado resultados similares.
Rodrigo lo atribuye a que muchos visitantes conocen la tradición naturista del lugar y acuden dispuestos a probar, pero cambian de idea al encontrarse con una mayoría vestida. La aparición de alguien desnudo rompe esa sucesión y confirma que no se han equivocado de playa. “Llega una persona o una pareja, se da un paseo desnuda y quienes estaban esperando se empiezan a quitar los bañadores. Es una especie de reacción en cadena”, explica.
Para quienes desean acudir a una playa naturista, pero no quieren desnudarse, reserva un consejo tal vez más polémico: situarse en el extremo, lejos del acceso principal. “Si vas a estar con ropa para no estropear el ambiente, vete al final, porque tú eres ahí el raro”, sostiene.
Su propuesta no tiene respaldo normativo. Nadie puede obligar a un bañista a quitarse la ropa o a ponerse en un determinado lugar de la playa. Pero no lo dice como norma, sino como una manera de intentar cambiar la dinámica que, durante julio y agosto, empuja a los nudistas hacia los márgenes de muchas playas de tradición naturista.



























