Cangas es la hostia

Este concejo tiene mucho de eso, de una sencilla honradez.

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Ernesto Díaz
Ernesto Díaz
Es consultor medioambiental.

Cangas del Narcea es tan enorme que se derrama. Hay puertos, colladas, sierras, divisorias de aguas que establecen límites con Somiedo, con Ibias, con Ḷḷaciana, pero en otros contornos su gigantez tiene los efectos de los pasos torpes de un titán que sin querer pisa y se lleva por delante un trozo del planeta. Así se explica que Cangas, en su incontinencia, lleve sus fronteras hasta la cuenca del Navia, por Ḷḷarón y La Vilieḷḷa, o que tenga dos enclavados, como dos salpicaduras, en Allande, Ḷḷourante y Rozas. Y es que el de Cangas es uno de los municipios más grandes de España. Caprichosamente en la lista aparece entre Almonte, en Huelva, y Requena, en la Comunitat Valenciana. Y digo caprichosamente porque si Almonte tiene un santuario de peregrinación, el del Rocío, Cangas tiene el suyo, El Acebo; y si Requena es famosa por sus vinos, Cangas no se iba a quedar atrás y, contra todo pronóstico en el universo sidrero de Asturies, también tira a la viña.

El tamaño importa, y Cangas del Narcea viene a ser casi un diez por ciento de la región, pero es que encima Cangas tiene miga y relleno, tanto que uno no sabe por dónde empezar. Es montañas -y pocos concejos pueden presumir de tener una parroquia que se llame Las Montañas dentro de un país montaraz como este-; es bosques, como el robledal de Munieḷḷos, el valle del Couto o el hayedo de Hermo en los que viven osos, unos pocos urogallos (ay) y otra innumerable bichería; es ganadería, con el mayor censo regional de Asturiana de los Valles en sus más de 300 pueblos y aldeas; es un monasterio casi milenario como el de San Juan Bautista de Corias; es historia de la minería; es la Descarga; es los serenos que guardaron durante años las noches madrileñas; es una gastronomía rotunda pegada al territorio; es un patrimonio etnográfico y arquitectónico peculiar y abultadísimo; es ríos como el Arganza o el Naviego que engordan al Narcea… Es la hostia, Cangas del Narcea es la hostia.

Me recuerda algo a la cántabra Liébana y al Bierzo. Igual es el clima, con esa influencia térmica de la proximidad del interior peninsular; quizás es que también allá hay monasterios, el de Santo Toribio en La Liébana y los de Carracedo o San Pedro de Montes en El Bierzo. O igual es que comparte con esos lugares la habilidad en ordeñar uvas. Así que sí, vamos a empezar echándonos un vino al coleto.

Viñedos cangueses. Foto: Turismo de Asturias.

Lo del vino parece que llegó con los benedictinos a Corias por aquello de que el alpiste era esencial en la liturgia. En la liturgia del ponerse piripi, vamos. Los religiosos fomentaron la viticultura y también la apicultura para asegurarse el suministro de cera -“cera virgen” eso sí, otro día hablamos de esto- con la se elaboraban velas, cirios y cruces que iluminaban los centros de oración, por eso también en Cangas del Narcea, y en todo el suroccidente, hay cortinos a retorcer, porque también había osos de los que proteger los truébanos.

Carmen -estamos en Cangas y tenía que ser Carmen- comanda en Las Danzas, una de las siete bodegas -cuatro en Cangas y tres en Ibias– de la Denominación de Origen Protegida “Vino de Cangas”, sello que abarca zonas de cultivo en otros siete concejos del suroccidente. Su idilio con la uva le viene de familia, en casa siempre tuvieron una pequeña viña de la que obtenían bebercio para consumo doméstico. Cuando el padre de Carmen se jubiló, a esas viñas de Carrasquín, Verdejo y Albarín -los nombres de las uvas canguesas son así de cantarines- ella y su marido sumaron otras comprando fincas aledañas. Al principio vendían la uva a otras bodegas, pero Carmen, que ya había trabajado en el mundo empresarial vinícola cangués, se inspiró en una pequeña bodega para montar la suya propia en 2018. Hoy Las Danzas, la única bodega pilotada por una mujer en un mundo, el del vino, muy masculinizado, produce unas 20.000 botellas anuales.

Bosques en el valle del Couto. Foto: Ernesto Díaz

Yo no sé si el vino es salud, como rezaban aquellas viejas tablillas que colgaban en las paredes de las tascas. Estar está muy bueno, eso sí, y en Cangas, que arrastró una inmerecidamente exagerada fama de vinos ásperos y bravos, están hoy sacando unos vinazos de campeonato.

Lo que sí es salud, eso seguro, es el hospital Carmen y Severo Ochoa. La apertura del hospital en 1986 supuso un antes y un después no solo para Cangas del Narcea sino también para todo el suroccidente. Al hospital llegaron profesionales sanitarios y otro mucho personal ligado a administración y mantenimiento, lo que sirvió para impulsar profundos cambios sociales en un concejo que ya adivinaba la decadencia de la minería de carbón. Entre aquellos colonos que llegaron a rebufo del hospital estaba Jaime Santos, que cambió su cuenca hullera del Caudal por las antracitas del Narcea, o de tribu, como él dice, de los lugones a los pésicos. Jaime llegó con su pareja, sanitaria, en los primeros años de este siglo, y destaca dos rasgos cangueses que al arribar llamaron su atención, la hospitalidad y la prudencia. La verdad es que no había reparado en ello hasta que me lo dijo Jaime, pero es cierto, son dos ingredientes muy palpables en las gentes del suroccidente, quizás acentuados por esa lejanía topográfica al centro de la región. Jaime, que dirigió junto a Rubén Castellano la serie documental “L’Horru” y conoce el concejo casi pueblo a pueblo, señala el gigantesco patrimonio etnográfico cangués como una de las joyas poco conocidas aún. Se nota al hablar con Jaime que está imantado, que ya no sale de Cangas ni con agua caliente.

El Prestoso nació de una de esas noches tontas en que cuatro colegas se están tomando una copa y uno va y dice “Pues, podíamos montar un festival”

Hay lugares que cuando entran en barrena laboral y demográfica tardan una eternidad en recuperarse, que incluso nunca se recuperan y viven en un letargo extraño y hasta inquietante, como una alcoba vacía con las persianas bajadas. Cangas tenía todos los ingredientes para haber derivado así tras la crisis de la minería, o el aún reciente cierre de la central térmica de Soto de la Barca, pero tú vas a Cangas y ves una villa con vitalidad. Se nota en la presencia de nenos por la calle, en el ambientillo de los bares con bien de gente desayunando, en los comercios o en corros de amigas haciendo el vermú.

Santuario del Acebo. Foto: David Aguilar Sánchez

Las estadísticas comparadas con “aquellos” años de la minería pueden llevar a amargas conclusiones, pero visto desde fuera, y visto por alguien como yo que lleva yendo a Cangas del Narcea muchos años, en Cangas, y en muchos de sus pueblos, sigues viendo pulso. Y es que Cangas tiene una enorme capacidad de reinventarse y, sobre todo, de pivotar sobre sí misma. Otros lugares como Grau, como Salas, incluso como Tinéu, basculan hacia Uviéu. Pero Cangas no bascula, Cangas carga con su mochila, se reinventa y si antes la cargaba con carbón, ahora la carga con el vino, con el Parador Nacional de Corias y una nutrida red de alojamientos de turismo rural que medró con el Parque Natural de las Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias, con el hospital, pero sin perder de vista una honda tradición ganadera. O con iniciativas como el Prestoso, un festival de música independiente que se celebra estos días.

El Prestoso nació de una de esas noches tontas en que cuatro colegas se están tomando una copa y uno va y dice “Pues, podíamos montar un festival”. Ya sabéis cómo va esto en Asturies, otro con el morro un poco caliente posa su vaso y exclama “¡Cómo que podíamos!”, y ya está entamada: por nueve ediciones van. David Cuerdo, uno de esos amigos que se liaron la manta a la cabeza, me cuenta que los primeros años las pasaron canutas para cuadrar números, que se conformaban con ser una “organización sin ánimo de pufo”. Pero es que además los organizadores del Prestoso saben bien dónde están y dónde quieren estar, por eso con el hilo conductor de la música también impulsan actividades que incluyen paseos guiados por la naturaleza, catas de vinos y mieles, y hasta talleres florales. Bueno, eso, las cosas prestosas.

Fee Reega en el Prestoso. Foto: Prestoso

Por favor os pido que no os larguéis de Cangas sin comer -muy mal lo tienes que hacer para que te dejen marchar sin hacerlo-, porque aquí se come, aquí se come muy bien. La oferta es enorme y la calidad de los productos asombra. Aquí vive una de las mejores tahonas que te puedes echar a los morros, lo de Manín, un océano para que panarras naveguen entre hogazas y empanadas.

En la calle Mayor, a pocos metros del sobrio palacio de Toreno, está el Blanco, una casa de comidas que siguiendo con ese espíritu de la reinvención, es una exaltación de mezclar la herencia guisandera con la cocina actualizada. Al frente de un negocio con siete décadas a la espalda están los hermanos Pepe y Quique Ron, y de los platos del Blanco podría estar escribiendo horas, pero me quedo con que llevan años organizando, cada septiembre, un campeonato de tomates. Muchas veces son las cosas más sencillas las que nos hacen estar felices. Cangas tiene mucho de eso, de una sencilla honradez.

Barra del Bar Blanco.

Se me nota, me apasiona Cangas. Aprendí y disfruté muchísimo con la gente de sus pueblos -me vienen a la mente Collar de Funsiquín de Xedré, Carmen de Sorrodiles, Carlos de Atilano de Trascastro, Rosalía de Ḷḷarón-, personas de una humanidad rotunda, muy propia de ese carácter montañés, gentes con un arraigo a su tierra que quizás guarde relación con la intimidad vivida con elementos primigenios como el carbón, el cultivo de la tierra o la inmensidad de los bosques.

De aquí se sale mal, porque Cangas te abrocha, pero si hay que salir, escoged una buena despedida. Siempre que puedo lo hago por Ḷḷeitariegos, pueblo de arrieros. Desde allí arriba se contemplan lugares que hasta acojona pronunciar: Brañas, Corros, Valdecuélebre. Allí está la cima más occidental de la Cordillera con más de dos mil metros, el Cuetu d’Arbás, la coronilla de Cangas, como si el concejo se asomara a todos los vientos para avisar de que esto es Cangas, de que estamos aquí, cuidadín.

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