Claudio Hermosilla (Gijón, 1949) cuenta que pertenece a una generación que perdió la juventud en la militancia política: “Cuando nos dimos cuenta, ya teníamos 40 años”. Nacido en una familia obrera y republicana, con un padre represaliado en los primeros años de la dictadura, a él le tocó pasar su veintena trabajando en el dique de Duro Felguera y embriagado por “aquella brisa de los hippies y la contracultura, el rechazo a la guerra y al consumismo”. De su original militancia leninista, habiendo sido uno de los fundadores del Movimiento Comunista en Asturias, acabó desencantado con aquella “organización jerárquica”, convencida de nadar en el sentido de la Historia y dedicada a la evangelización de sus semejantes: “Teníamos una concepción teológica, y acudíamos a nuestro misal para resolver todos los problemas”. Pasó entonces a implicarse en el ecologismo, un mundo más afín a este espíritu poco amigo de las estructuras y el politiqueo, montañero desde la infancia “capaz de tirarme horas viendo volar a un buitre”.
¿Cuáles son tus orígenes familiares?
No tengo muy claro dónde nací. Yo soy del año 49, y creo que nací en El Llano. Luego fuimos a vivir a La Braña, al lado de Nuevo Gijón. Ahí viví hasta los 11 años, y ya tengo recuerdos que dan pinceladas sobre mi marco existencial. El barrio de La Braña era un barrio segregado. Había una parte que era de pequeños constructores con algún chalecito, un sitio intermedio de viviendas de obreros y, en la parte de abajo, un sitio que llamaban La Cuesta. Era, para que nos entendamos, un sitio de favelas. Era sobre todo emigración extremeña, gente que venía a buscarse la vida aquí y que construía con tablas su vivienda. Nosotros víviamos en una casa en la que llegamos a vivir ocho personas. Era una vivienda sin agua y con unas condiciones absolutamente precarias. Cada dos por tres venían los bomberos a desalojar, porque en la parte de arriba se almacenaba el hollín y salían chispas. Pero, aún viviendo en esas condiciones, éramos privilegiados respecto a la gente de La Cuesta, que estaba mucho peor en las chabolas. Recuerdo también el tema de la emigración. Un amigo del alma que tenía, con 10 años, marchó para Argentina con sus padres y hermanos. Al lado de nuestra casa, en una especie de barraca, vivía una familia que marchó para Suiza. Y recuerdo cantidad de gente que marchó para Australia. Es decir, por una parte había gente que venía aquí, y por otra aquí había gente que no podía. Nosotros estuvimos a punto de marchar, pero al final mi padre no se decidió. Otra de las cosas que recuerdo son las condiciones infrahumanas de trabajo. Mi padre trabajaba dieciséis horas en una fábrica que se dedicaba a la fabricación de electrodos para soldadura. Y todavía tenía tiempo para atenderme a mí.
¿Eres hijo único?
Soy hijo único del matrimonio de mi padre y mi madre. Pero mi madre tenía otros dos hijos de otro matrimonio. Se había quedado viuda porque a su marido lo habían matado en la guerra. Mi madre vino a trabajar a la Pérez Unión, que es donde conoció a mi padre, y se quedaron aquí con mi abuela. Mi abuela, por cierto, era un personaje curiorísimo. La llamaban Carmen la Aguadora y vivía en un sitio que se llamaba El Portalón, que era una ciudadela de casucas obreras, y trabajaba en Duro Felguera. Su trabajo consistía en llevar un cubo de agua para ir administrando agua a los obreros. Todo esto te va marcando un poco. Te das cuenta de las penalidades que están pasando. Luego empezó el fenómeno de las casas obreras y nos fuimos a vivir a Lloreda, en Tremañes. Recuerdo el día que fuimos allí, con los pocos enseres que teníamos, subidos en la parte de arriba de un camión y llevábamos una bolsa con rosquillas de anís. No se me olvidará en la vida, porque llegamos a una casa en la que había grifos y agua caliente. A mis doce años, yo nunca había visto eso. Nos parecía el Palacio de Versalles.

¿Qué tipo de barrio era aquel?
Era un barrio obrero, con gente de Duro Felguera y de una fundición que había. Un barrio claramente obrero, pero en el que no había sensación de pobreza. Era humilde, pero no pobre.
También allí había un poblado chabolista: el Villacajón de los emigrantes portugueses
Sí, claro. Yo fui al colegio donde están los antiguos juzgados, y allí había también un barrio chabolista. Y no era la periferia, estaba en el centro de Gijón. Todavía en el año 76 o 77 participé en un estudio de las condiciones de vida en un barrio de chabolas que había en El Llano, La Cábila, y aguanté diez minutos en el poblado. Tuve que irme porque eran insoportables el olor y las condiciones de vida, con excrementos por la calle. Y allí vivía un montón de gente, con niños y todo. Yo soy de la generación de los niños de la leche en polvo de la ayuda americana. En el colegio revolvíamos la leche con el palo de la bandera. Antes de entrar en clase, con diez años o menos, hacíamos formación militar y cantábamos el Cara al Sol. En esa época la gente de los pueblos podía pasarlo mal, pero en la ciudad se pasaba hambre.
¿Recuerdas haber pasado hambre?
De niños íbamos al barrio del Parrocho a robar la algarroba que le daban a los caballos para comerla nosotros. Eso indica que muy sobrados no andábamos.
¿No tenía tu familia ninguna relación con el mundo rural, y la posibilidad de conseguir alimentos por esa vía?
No, qué va. Mi madre proviene de Tiñana, y en alguna ocasión iba andando hasta allí para ver si conseguía algo de alimentación. Pero me contaba que llegaba y veía la miseria que había. Ya te digo, en nuestro caso no es que hubiera escasez, es que había hambre. Yo pasé hambre. Recuerdo que me pusieron inyecciones de calcio, porque estoy convencido de que estábamos malnutridos. Y eso que mi padre trabajaba dieciséis horas, y los sábados y domingos iba a vender libros y tal para sacar algo de dinero. Ese era el milagro económico que se vendía en la época del desarrollismo. Mi madre trabajaba por la mañana limpiando unas oficinas y por la tarde en un colegio. Yo empecé a trabajar a los quince años.
“Soy de una generación que, por la militancia política, perdió la juventud. Cuando nos dimos cuenta teníamos 40 años”
¿Tu familia tenía algún tipo de militancia política?
Mi padre era un personaje muy implicado de siempre. Era de los pioneros de las Juventudes Socialistas Unificadas, donde estaba Aida de la Fuente y tal. Él me contaba que hacían maniobras militares ya antes de la guerra. Era bastante reacio a contar sus historias.
Sé que en la revolución del 34, siendo un crío, estuvo de enlace entre Ambou, que estaba en una parte del cerco de Oviedo, y Peña, un socialista que estaba en otra zona del cerco. Él se dedicaba a llevar recursos de un lado a otro y tal. Evidentemente, estuvo también en la guerra. Ya te digo que contaba muy poco, pero por anécdotas sé que estuvo en el frente de Pajares. Y decía: “¿cómo íbamos a hanar la guerra si los rifles que llevábamos, en cuanto pegabas tres tiros, se recalentaban y había que meterlos en un caldero de agua?” Al terminar la guerra estuvo en un campo de concentración que hubo en El Cerillero, y luego en el que hubo en el Hostal de San Marcos, en León, que fue uno de los campos más duros y en el que más gente murió. Allí se dormía encima de los cadáveres. Luego acabó en un batallón de trabajadores en Cataluña, y siempre contaba que estaba absolutamente agradecido al pueblo catalán, porque decía que gracias a él no murió de hambre. Salían al camino a regalarles uvas y lo que tuvieran, porque estaban famélicos. Mi padre quedó ciego de hambre en los batallones de trabajadores. Tuvo otra caída en los cincuenta, que lo detuvieron. Lo relacionaban con algo de La Camocha y lo encarcelaron aquí donde Los Patos. Él cayó en un grupo, y a gente a la que detuvieron con él le cayeron veinte o treinta años, y a él le cayeron dos. Y la gente se preguntaba cómo era eso posible, y él decía: “¿tú cuánto estuviste en comisaría? Tú a los tres días saliste. Yo estuve tres meses en comisaría y no firmé ningún papel”. Cuando mi padre vio que empezaba a meterme en política, me dijo “piénsate bien dónde te metes, porque una vez que entras, tienes que saber lo que te puede esperar”. A él le interrogaba un jefe de policía, un tal Sainz, que era un tío que había hecho un curso con la Gestapo, y que era absolutamente frío. Su sistema de interrogatorios era el siguiente. Tenía la mesa llena de papeles, y decía: “mira, en esta parte tengo papeles de esto y esto, pero no te voy a preguntar sobre ello porque tú no sabes nada; pero en esta otra parte tengo papeles de esto y de esto otro, sobre lo que tú sí sabes. Entonces, podemos resolver el problema de dos maneras: me lo cuentas, y tan amigos; o te lo saco y ya no vamos a ser tan amigos”. Mi padre decía que no sabía nada, y el otro con la pistola a mano. En un momento determinado, mi padre lo desquició de tal manera que cogió la pistola y se la metió hasta hacerle una brecha. Mi padre siempre me decía “aguanta, porque en cuanto sueltas una, sueltas todas. Aguanta y no te compliques la vida, no te busques historias. Es igual que te crean o no. Tú ciérrate y no te muevas”. Mi padre era del Partido Comunista en esa época, y él conocía mucho a la familia de Carrillo y de Inguanzo. No sé muy bien por qué, pero cuando volvió de la cárcel en Burgos abandonó la militancia. Era un personaje curioso. Siempre consideré a la gente de la república como unos ilustrados. Mi padre era muy aficionado a la lectura y un amante del teatro. En Tremañes organizó un grupo de teatro con chavales y escribía él las obras. Era muy lector de Pachín de Melás, y cuando escribía lo hacía en asturiano, posiblemente un asturiano no muy académico. Mi padre se llamaba Antonino Hermosilla, pero firmaba sus escritos como Antón de la Xubería. En la España de Franco se hablaba siempre muy despacio para que no te oyeran. Llegaba una hora en la que mis padres me mandaban para la cama, y era porque era la hora de escuchar La Pirenaica. Esas cosas van formándote, aunque no seas muy consciente, y te hace pensar un poco en qué tipo de sociedad vives, cuando una persona no tiene derecho a lo más elemental, que es hablar. Era la época del silencio. Yo entré a trabajar con 15 años, y al poco tiempo ya estaba recolectando dinero para huelgas y esas cosas.

¿Y cuál fue ese primer trabajo?
Era una fábrica que hacía trabajos eléctricos y tenía la sede en Avenida de Portugal. Ahí fue mi primer contacto con la literatura, aunque no con los textos marxistas. A mí me prestan “La madre”, de Gorki, que fue un libro que me impactó bastante y acabé admirando a Pavel, el protagonista. Es curioso que, más mayor, lo volví a leer y me quedé más admirado por la madre y el amor a su hijo. Yo estaba en la fábrica de aprendiz, y seríamos doscientos obreros y como veinte aprendices. Nos reuníamos a comer el bocadillo y hacíamos peña entre nosotros. Ahí caí en manos de un oficial, un personaje particular que tenía una vida bastante complicada. De mayo del 68, por ejemplo, yo no me enteré. Pero, en cambio, seguíamos toda la historia del Che Guevara, porque este oficial creo que se identificaba con él. Acabé haciéndome guevarista y admirando a esa figura romántica. Estando en esa fábrica se produce un hecho que es el que me lleva a entrar en acción, que es el encierro de jubilados de la Iglesia de San José, creo que en el 71. Recuerdo que fuimos a llevarles sacos de dormir y a apoyarles. Se produce el desalojo por la fuerza de los jubilados. La empresa en la que yo trabajaba nunca se había movido, tenía a sus delegados del sindicato vertical y era una empresa muy paternalista. Y la primera vez que se hizo una huelga fue entonces, en solidaridad con los jubilados de la Iglesia de San José. Frente a la fábrica estaba la nave de Adaro, y un día salí y veo a toda la gente de Adaro en la calle, porque habían parado. Entonces, en medio del taller, a voces, dije “si queréis trabajar, trabajad. Pero yo no trabajo”. Me quité el mono, lo tiré en medio del pasillo y marché. Así empezó el primer paro que hubo en esa empresa. Fue una huelga espontánea e inesperada, y lo curioso es que, cuando estábamos parados, llegó la policía y vino también el director. Le expliqué al director por qué habíamos parado, por los jubilados que pedían una mejora en la pensión, y el director dijo: “La causa es buena, y la huelga está justificada”. Yo me quedé alucinado.

¿Dónde hiciste la mili?
En El Ferral. Intentamos montar un comité de soldados, pero no salió adelante. Luego vine a Gijón, y aquí conocí a unos economistas un poco mayores que yo. Uno de ellos se apellidaba Santamaría y fue director del Hospital de Jove. Nos juntábamos y hablábamos con confianza, y este me empezó a dejar algunos libros, me dejaba mucha música de Latinoamérica…Por él me junté con un grupo de gente en el que había una persona que formaba parte de una especie de centro de estudios marxistas de la línea trotskista. Éramos todos amigos y ese grupo de estudio a los pocos meses se puso en contacto con el grupo original de Euskadi, y así se montó en Asturias el Movimiento Comunista, el MC. ¿Conclusión? Que igual que entramos en el MC podríamos haber entrado en cualquier otro sitio. Era una organización muy jerarquizada, con células de cuatro o cinco personas. Ahí empiezo yo a leer.
¿Hasta entonces no habías leído textos políticos?
Poca cosa, porque no tenía mucho tiempo libre. Mi rechazo al régimen era generacional. Por ejemplo, la música que había en la época me parecía una mierda. ¿Por qué no podemos escuchar otro tipo de música?, ¿por qué si vas con el pelo largo te llaman maricón? Esa presión del nacionalcatolicismo, esa educación autoritaria, la falta de libertades políticas…Fue por ahí que nos fuimos constituyendo, y todo tenía mucho que ver con la música.
¿Qué música os gustaba?
De la música que había aquí tolerábamos un poco a un grupo que se llamaba Lone Star. Los dos grupos de referencia para nosotros eran Smash, un grupo de rock andaluz, y el otro era un grupo catalán que se llamaba Máquina. Era música underground, con una estética de ruptura total con el nacionalcatolicismo. De fuera nos gustaba mucho Led Zeppelin, Iron Butterfly, The Van, Bob Dylan…Claro, todo eso no teníamos forma de adquirirlo. Todo eso fue muy importante en una época de mi vida, y de la vida de muchas personas. Cuando íbamos de monte siempre llevábamos un magnetofón y las cintas de Los Calchakis, la música andina que entonces pegaba mucho. Lo que no nos gustaba era la mierda de Los Brincos y el pop del régimen. Eso nos cabreaba muchísimo. Era inconformismo y una forma de juntarte con los vientos que corrían. Aunque no vivimos mayo del 68 nos llegó aquella brisa de los hippies y la contracultura, el rechazo a la guerra y al consumismo…Eso fue muy importante en esa época para mi generación, que es una generación que creyó que podía cambiar el mundo, y trabajó por ello. La gente sentía que ese mundo no le gustaba y queríamos cambiarlo. No había un artefacto teórico, al menos en mi caso. Aunque posteriormente sí se construyó un artefacto teórico, pero con grandes excesos.
¿Qué ha significado para ti la montaña?
Mi padre era muy andarín, y mis primeros encuentros con la montaña son con él. Cuando yo tenía como 11 años, sobre el 60, hicimos andando la senda que va de Gijón a Covadonga. La segunda noche dormimos en los Lagos, en el refugio de pastores que hay arriba. Y allí estuvimos hablando con los pastores y tal. Mi padre acabó echando la partida con ellos, y después nos pusimos a cenar, y en esa comida yo aprendí la diferencia entre valor de uso y el valor de cambio. Eso no me lo enseñó el marxismo. Mi padre había hecho un artilugio que permitía abrir las latas con mucha facilidad. Los pastores quedaron mirando para eso como si fuera tecnología punta. Y uno de los pastores dijo: “¡Menudo abrelatas!, ¡lo que le habrá costado!”. No le había costado nada, claro, pero para el paisano era de una gran utilidad. Mi padre se lo regaló. A la mañana siguiente nos levantamos y había una niebla tremenda. Salimos del refugio y para mí aquello era como una historia mágica. Íbamos entre nubes, y en cuanto llegamos al lago se abrieron las nubes y vi todo el lago allí, y al poco se volvió a cerrar. Para mí fue como magia.

¿Una primera experiencia de la belleza?
Sí, además con un silencio total. Fue un impacto que no olvidé en la vida. Para mí la montaña es un espacio de libertad y de paz. Yo no lo concibo como un deporte. Me cambia el carácter, me sosiega. Todo me llama la atención en la montaña. Es un espacio de libertad, porque la montaña era el único lugar en el que podíamos hablar en voz alta. El gran éxito del franquismo fue el miedo. Era una sociedad temerosa. En la montaña éramos todos amigos. Recuerdo, y aquello fue memorable, una vez que fui con unos amigos a Fuente Dé y estuvimos once días arriba, en el refugio que había entonces en el teleférico. Fue la primera vez que escalé en mi vida. Una noche nos juntamos un montón en el refugio, con un grupo de moces de Cantabria, teníamos veinte años. Recuerdo que empezamos a hablar, había un chaval que tocaba la guitarra y acabamos cantando “Gallo negro, gallo rojo” a grito pelado. Eso no se podía hacer en otra parte más que allí. Esa sensación de sentirte libre, de que vales lo que eres, de que es importante la solidaridad…todo eso está en la montaña. Tuve una época dura de militancia política, de diez o doce años. Somos una generación que no tuvimos juventud y que, cuando nos dimos cuenta, teníamos 40 años. Pero al mínimo resquicio que tenía, iba a la montaña. Por mi vida pasaron muchas circunstancias, pero ese respeto a la montaña ha permanecido. El concepto que yo tengo de la montaña no implica competición ni conquista, sino interacción. La montaña es un sitio donde yo me integro. Veo un buitre volar y puedo estar mirando horas. No te voy a decir que no podría vivir sin la montaña, pero mi vida sin la montaña sería distinta.
“El gran éxito del franquismo fue el miedo, y la montaña era el único lugar donde podíamos hablar en voz alta”
Me hablabas de cómo entraste en el MC y cómo construiste tu corpus intelectual e ideológico: ¿qué os influía, qué leíais?
Nosotros, y creo que todos los partidos antifranquistas de la época, vivíamos en una contradicción, porque luchábamos por la democracia pero nuestro funcionamiento interno era profundamente antidemocrático. Creo que ese funcionamiento antidemocrático de los partidos estaba determinado por la situación del franquismo. También por la herencia recibida, en nuestro caso de los sistemas organizativos leninistas. En esta última etapa de mi vida me da por leer filosofía, y el otro día leía en la “Ética a Nicómaco”, de Aristóteles, que “uno no hace cosas buenas porque es bueno, sino que es bueno porque hace cosas buenas”. Una organización en la que las órdenes no pueden ser discutidas no es democrática. Te educas en el acatamiento, y esa forma de funcionamiento no es neutra: te va configurando a ti también. Esa reivindicación del centralismo, por ejemplo, me parece una cosa horrible y una estructura piramidal de poder dictatorial. Cuando yo entré el MC era una pequeña organización de gente joven y universitaria. No tenía mucha gente dentro del movimiento obrero. El MC se monta en el 73, y yo empiezo a trabajar en la Duro Feguera en el 74 y participo en la negociación del convenio colectivo. Eso me dio proporcionó cierta presencia interna en el partido. Siempre fui bastante dado a reflexionar, nunca me gusto hacer por hacer. Pronto empecé a estar en los órganos del partido. Por temas de la clandestinidad y para evitar a la policía, las reuniones tenían que ser muy cortas, y servían fundamentalmente para dar órdenes. Todo eso genera una tensión y esperas a que la reunión acabe. Y si había un problema, el que fuera, acabas resolviéndolo acudiendo a los libros, al misal. Era una concepción teológica: teníamos nuestros guías, nuestros santos, nuestros mártires…Íbamos siempre a los textos clásicos. Es verdad que en esa época no había libertad de lectura. Íbamos a la trastienda de la librería de Silverio Cañada y leíamos lo que tenía con una avidez tremenda. Pero no teníamos otras lecturas de contraste. Yo cuando daba mítines siempre andaba con dos muletas. Una es una frase de Lenin: “A veces las águilas vuelan a la misma altura que las gallinas, pero las gallinas jamás alcanzarán el vuelo de las águilas”. La otra es una cita de Marx que decía que “los reformistas luchan por construir obreros satisfechos, nosotros luchamos por abolir la esclavitud”. Esas dos frases me parecen un programa en sí mismo. Nosotros estábamos construyendo una organización comunista que se tenía que diferenciar de las demás, entonces era una especie de lucha de religiones a ver cuál era la más verdadera. Era una crítica sin ningún contenido en sí mismo, más allá de remarcar la identidad propia.
¿El partido crecía en militantes y simpatizantes?
Esa primera fase, hasta el 77, cuando nos legalizan, es una fase de crecimiento bastante rápido. Coincide mi época en la Duro Felguera, donde aprendí mucho. La militancia política, en sentido estricto, nunca me gustó mucho. Nunca me gustaron las estructuras ni las luchas internas. Me gustaban las asambleas, acabar las asambleas e ir a tomar algo, hablar con la gente…Me gustaba más actuar, digamos, en el mundo de la cultura. Lo otro me parecía un poco rollo. Además es que había una concepción que era que la historia tenía sentido, y el movimiento revolucionario se inscribía en el sentido de la historia. Entonces, lo que hagas hoy, aunque sea la mayor estupidez del mundo, sirve para algo y levanta a las masas. Pero luego te enfrentas a la realidad, que no es esa clase obrera revolucionaria que nos contaban. No, te encuentras con gente normal y corriente que es tan compleja como nosotros mismos, y que tú tampoco eres el párroco que vas a evangelizar a nadie. Eso me bajó mucho los humos y me transmite el valor de las aportaciones del anonimato. En Duro Felguera encontré una base social muy importante. Ten en cuenta que seríamos unos 600 trabajadores, y la media de edad no superaba los 40 años. Entonces, aparte de la labor reivindicativa, empiezas a escuchar y entender las circunstancias de cada uno, sin juzgar a la ligera.

¿Recuerdas algún caso concreto?
Mira, hicimos una huelga de ayudantes con la petición de subir el salario, creo que en el año 75. Esa huelga inicial, que era por la subida del salario de los ayudantes, se acabó convirtiendo en una huelga contra el prestamismo laboral entre empresas. Yo en esa huelga tuve que ir a sacar del barco a un rapaz al que llamábamos Seitosa. La huelga duró 55 días, y acabó con un macrojuicio en el que estuvieron como abogados Felipe González, Cristina Almeida, Vigil y Antonio Masip. Al final hubo conciliación y la empresa admitió la readmisión. Ni la empresa ni el sector naval querían que hubiera sentencia. Esto fue en mayo o por ahí. En septiembre fueron las últimas penas de muerte del franquismo, y el dique de Duro Felguero creo que fuimos la única empresa de Asturias que paró contra las penas de muerte. Entra la policía, hay un desalojo de la empresa, cuatro detenidos a los que se les aplica la ley antiterrorista. En junio habíamos entrado fijos, y en septiembre hay casi 400 despidos y cuatro personas en la cárcel. En enero del 76 es la negociación del convenio, y la negociación por nuestra parte es la readmisión. No hay más. Esa huelga dura tres meses, que es la de dios de tiempo. Bueno, pues el Seitosa no paraba de estar a mi lado. Y eso te mosquea, piensas si no será confidente de la policía. Yo le daba un poco de lado. Un día me dijo que quería hablar conmigo, y quedamos al salir de trabajar. Me dice: “Tengo la impresión de que tú piensas que como yo hice de esquirol en la anterior huelga, crees que ahora vengo a controlarte. Pero, mira, yo en el 75 llego a Gijón con mi mujer y mi hija tras un despido en los astilleros en Galicia. Vengo aquí y, a los dos días de empezar a trabajar, una huelga. No es que no quiera ir a la huelga, es que no puedo. Tengo que alimentar a mi hija. Pero de eso ya me recuperé, y ahora estoy para lo que haga falta”. Y así fue. Un par de veces que tuve que dormir fuera de casa, dormí en casa de Seitosa. Así aprendí la complejidad de las personas y sus circunstancias. A veces no solamente es una cuestión de voluntad.
Siendo joven puedes ser mucho más intransigente con los demás
Sí, claro. Yo vivía todavía en casa de mis padres, y tenía un cierto respaldo económico. Di tú que a casa de mis padres iban a comer dos hijos de un amigo mío que estaba en la huelga y tenía cuatro críos. Ese rapaz, Armando, que ya murió, teniendo cuatro hijos jamás cogió un solo duro de la caja de resistencia. Y yo le decía “Armando, me cago en todo, si esto se monta para que haya una pequeña ayuda”. Pero nada, no quería. Así vas aprendiendo que la realidad no es tan simple como parece, y que las ideas preconcebidas no sirven para abordarla. Tienes que escuchar mucho, tener empatía y entender que tus circunstancias son diferentes de las de los demás. Tú vienes de una pequeña organización, te leíste cuatro textos, tienes contigo eso que se llamaba la misión histórica, eres el sumo sacerdote que tiene que salvar el mundo. Entonces vas a evangelizar, pero te encuentras con gente que no quiere o no puede ser evangelizada. Ahí empiezas a cuestionar tus propios dogmas. Yo estoy muy agradecido a la Duro Felguera y tengo un enorme cariño por la gente que conocí allí. Estuve en la empresa desde el 74 hasta el 78, y en ese tiempo me habrán despedido veinte veces. Pero daba igual, y se lo decía a los patrones: me da igual, ¿no os dais de que aquí no trabaja ni dios hasta que me readmitan?
Porque había solidaridad
¡Claro! Una vez vino aquí un rapaz que trabajaba en el sindicato vertical y era abogado. Un tío majo que había estado en contacto con gente de Comisiones. Hicimos una asamblea con él para tratar mi despido, y él dijo que íbamos a negociar ese despido. Y de repente, uno que era ayudante de tubería pegó un puñetazo en la mesa y dijo: “¡Los despidos no se negocien! Si esti va despedido, vamos todos!”. Yo quedé asustado. Aquel nunca hablaba. O todos o ninguno, y eso es lo importante.
“En Duro Felguera me despidieron veinte veces, pero daba igual. Se lo decía a los patrones: aquí no trabaja nadie hasta que me readmitan”
¿Había una fuerte conciencia de pertenencia?
Y había una realidad distinta. Íbamos mucho, por ejemplo, a la asociación de vecinos de La Calzada, donde nos donaban dinero. Yo tengo ido a Caravia, a reunirme con los mineros de espatoflúor, que habían estado de huelga y nos donaron lo que les sobró de la caja de resistencia. Aunque no fue una época revolucionaria, los aires que corrían eran radicalmente distintos que ahora.

Aquel espíritu de solidaridad obrera suponía una importante amenaza para la dictadura, ¿verdad?
Sí, sí. Una vez me tocó ir a una asamblea, que para mí fue también muy importante, a la Iglesia de San Juan de Mieres. Coincidía aquello con una huelga de la minería. Esa huelga, en el Nalón, que era donde tenía más fuerza Comisiones, el PC metió a los mineros a trabajar. En cambio, en el Caudal, donde tenían menos fuerza y estábamos nosotros, no se entró al trabajo. Aquello fue un cisma tremendo, y se hizo una asamblea conjunta para tomar una decisión. La línea oficial de Comisiones se trajo a Gerardo Iglesias, que salió allí a explicar su postura y decir que había que unirse: “¡entramos todos a trabajar unidos!”. Y la gente del PC le decía que no, que la unidad se lograba parando también el Nalón. Ese ambiente no lo ves ahora. Iglesias era el jefe supremo, pero cuidadín, porque el jefe supremo no puede romper una cosa que era mucho más grande, que era la solidaridad. La gente no sabe la angustia que te genera meter a los trabajadores en una huelga de tres meses. Es una carga muy pesada, y te obliga a ser responsable. Estuvimos tres meses en huelga y no sacamos nada. Era una empresa que tenía un peso económico muy importante, pero también un peso político. En Duro Felguera se celebraba el 14 de abril todos los años. Hacíamos un corte de tráfico y poníamos una bandera de la república. O, por ejemplo, una campaña muy potente que hicimos en el MC con el tema de “Mariluz, en Asturias faltas tú”. Pues el 70% de los trabajadores de Duro llevaba en el casco una pegatina con ese lema. Nosotros cogimos la Duro Felguera y, exagerando un poco, la convertimos en una especie de sóviet. Conseguimos que se hiciera un comedor nuevo, que antes era una mierda, con cocinero propio y una persona que recorría todo Gijón buscando los alimentos más baratos…y eso era nuestro. Otro ejemplo: los que soldaban galvanizado iban al hospital cada dos por tres por intoxicaciones. Un día llamamos al maestro y dijimos: antes de que se pongan a soldar, le ponéis un extractor de aire y todo lo necesario. Subíamos todos para arriba, a la cubierta del barco, y hasta que no hubiera extractor de aire no trabajaba nadie. Había un ambiente en el que pesaba lo económico, pero había más que algo económico. Se hablaba mucho de política. Creo que las personas nos vamos configurando a través de experiencias muy diversas, y es importante escuchar y estar atento a esas experiencias. Yo parto de esa militancia original que no escucha, que tiene sus textos y sus programas, y de repente vas basculando hacia otra parte. Tengo que decir que el MC como organización contribuyó también a esto. Éramos una herramienta que ya no tenía sentido, ya no había demanda de un partido como el nuestro. Pero creo que su evolución fue hacia un partido cada vez menos partido.
¿Esto tiene algo que ver con tu descubrimiento del ecologismo?
Claro. En esa época nosotros éramos maoístas. Fíjate tú, en esa época, hablar en la Duro Felguera de los médicos descalzos en China. Estábamos un poco perdidos. Una de las cosas buenas que trajo la transición fue que tuvimos acceso a cosas: a libros, experiencias y todo eso. Por esa época pude leer en una revista dos artículos sobre la revolución cultural china y sobre la Banda de los Cuatro. Entonces leyendo aquello que dice de China me decía, “hostia, ¿dónde estás metido?, ¿qué estás defendiendo?”. Te das cuenta de que era el autoritarismo más absolute, y vas soltando lastre. En aquella época se llevaban mucho una serie de economistas de línea tercermundista. Me acuerdo de un libro de Samir Amin, “El desarrollo desigual”; y otros sobre las relaciones imperiales de la URSS. Así tuve acceso a otras ideas, y no solo a los textos sagrados. A mí al final me importaba más el lado humano de Marx que su legado teórico, que tendría sentido en su época pero hoy es un aparataje de la historia. No puedes resolver los problemas del mundo actual tirando de Marx, pero sí puedes tirar de la historia de una persona que, pudiendo vivir como un señor, vivió como un pobre perseguido toda su puta vida porque buscaba la libertad. Ese contenido ético sí sigue vigente. El teórico ya no me interesa para nada.

¿Y cómo fue ese acercamiento al movimiento ecologista?
Yo en el 78 abandono la Duro Felguera, y en el MC se me propone llevar el Frente Obrero de Asturias. Cuando intento volver a la Duro Felguera me dicen que no, entonces sigo con lo del Frente Obrero como liberado, que tenía mucha actividad. La militancia era muy absorbente, teníamos una actividad tremenda. Tenías muy poco tiempo para salir al exterior, y eso daba una apariencia de secta, de organización endogámica. En los 80 la actividad del movimiento obrero empieza a menguar, decaen las huelgas y la actividad sindical es muy burocrática. Eso coincide con una reunión en Madrid donde ADENAT, una organización ecologista muy potente en Madrid, se plantea extenderse a otros lados, y solicitan al MC meter a alguna gente a construir ese tema. Me encargan a mí meterme en esa historia, y montamos un primer grupo que se llama Deva. Lo formamos una serie de amigos y conocidos que salíamos a la montaña, y coincide más o menos con la época del hundimiento del Castillo de Salas. Nos empezamos a juntar y tal, pero de ecologismo no sabíamos absolutamente nada. Empiezo a meterme en ese mundo y, viniendo de la estructura jerarquizada del MC, vi una forma distinta de funcionar. Éramos pocos, entonces resultaba más fácil. No había portavoces, no se votaba nada, los acuerdos eran por consenso. Desde el punto de vista práctico no era una estructura muy efectiva, pero era muy acogedora. Al mismo tiempo empiezo a leer y a descubrir una teoría y una línea de análisis sobre la realidad que me da una perspectiva distinta. Te das cuenta de que lo hay que cambiar son los hábitos de consumo, las formas de relacionarse con la naturaleza…y eso es la de dios. Mi experiencia con el movimiento ecologista fue de entrar en un mundo menos dogmático y en el que hay muchos puntos de vista.
¿Qué balance haces de la transición y de la sociedad que nació de ella?
Creo que el principal problema de la transición es que está muy mitificada. Si lo tuviera que calificar de alguna forma, diría que es un proceso de desmemoria. La Constitución es una especie de ensaladilla rusa. En el MC, que pidió la abstención, reconocíamos que había en ella cosas positivas, como las libertades individuales. Pero eso se mezclaba con cosas como la monarquía o los cuerpos represivos. Hay un problema de desmemoria, y creo que está mitificada la influencia del movimiento obrero en la transición. Creo que la transición fue básicamente un proyecto diseñado por el poder político y las instituciones, y que contó con el apoyo de algunos aliados en la izquierda. La clase política del régimen se dio cuenta de que eso ya no les servía, que tenían que entrar en Europa e internacionalizar el capital. El cambio necesario no podía lograrse sin contar con la izquierda, y ahí empieza un proceso de intercambio: yo te doy, tú me das. La transición podría haber sido de otra manera, pero fue como fue porque las fuerzas eran las que había. Lo grave es que a posteriori se haya presentado como bueno una cosa que no lo era. A mi juicio, el principal problema de la transición es el del olvido. Que el nuevo sistema político no haya roto con el régimen anterior. No hay ninguna condena del régimen franquista y siguen los cadáveres en las cunetas. Nos dijeron que todos hermanos, sin ninguna diferenciación entre víctimas y verdugos. Los franquistas se incorporaron a la democracia, y ahora nos encontramos con una generación desmemoriada que no sabe lo que hay.




























