Separar al autor de su obra es difícil y ni siquiera está claro que sea necesario, o recomendable. O posible. Seguramente lo mejor es hacer lo que nos apetezca. Buscando la luz leí hace un par de años el ensayo de Gisèle Sapiro ¿Se puede separar la obra del autor? Censura, cancelación y derecho al error, pero no me convenció del todo y sigo sin saber responder. De manera que mi decisión, por el momento, es darme el gusto de actuar arbitrariamente y separar a los autores de sus obras, si me apetece, y maldecirlos y lanzarlos a la papelera, si no. A veces la autora lo pone fácil: me alegra que me gusten (sin lanzar cohetes) las novelas de Sally Rooney y que ella sea tan activa y comprometida en la defensa de Palestina y la denuncia del genocidio. Otras veces me lo ponen difícil: me incomoda que me encanten las películas del sionista recalcitrante Quentin Tarantino.
Este debate moral se plantea cuando una obra nos gusta, pero su autor tiene un comportamiento, público o privado, que rechazamos. En el terreno de la política ocurre algo diferente, que es que determinados autores (candidatos) resultan simpáticos pese a que sus obras dejan bastante que desear. Y viceversa. Esto sí que debería ser moralmente cuestionable, pero ahí estamos, dejándonos llevar por las pasiones.
Una pasión a la que parecemos sucumbir con facilidad es la que siente el presidente por su esposa. No es la primera vez que nos confiesa su amor por ella. Me hace pensar (salvando distancias insalvables, que me perdone Homero) en un episodio de la Ilíada, cuando a Aquiles, que se ha retirado del combate irritado con Agamenón, éste le envía una embajada para tratar de persuadirlo de que vuelva a la pelea. Los troyanos, envalentonados ante la retirada de Aquiles, están poniendo en serio peligro al ejército aqueo y a Agamenón no le queda más remedio que tragarse su orgullo y tratar de apaciguar a Aquiles. Con la embajada va la promesa de abundantes y ricos regalos, pero Aquiles no cede. Está harto de Agamenón y Menelao, hijos de Atreo. En realidad, no hay razón alguna para esta guerra. A quienes quieren arrastrarlo de nuevo a la lucha Aquiles les lanza a la cara las preguntas que todos se hacen: ¿por qué tenemos que combatir los griegos contra los troyanos, que nada nos han hecho?, ¿no es por culpa de Helena por lo que estamos todos aquí?, ¿es que se creen los Atridas que son ellos los únicos que aman a sus mujeres?
Esto decía Aquiles, y yo le diría a Pedro Sánchez que si se cree que solo él ama a su mujer. Pero no serviría de nada. Las cosas son como son. De la misma manera que Agamenón arrastró a todos a Troya por la esposa de su hermano Menealo, así el presidente arrastra a las urnas a los suyos porque ama a su mujer. Y yo me alegro, porque la alternativa es estremecedora, otra cosa es que me resulta difícil separar al autor de su obra, al presidente enamorado del presidente que va a ir en las listas acompañado de Robles y Marlaska, responsables últimos de los palos que se llevan, cual troyanos, los estudiantes, las profesoras, o quienes cortan una calle para denunciar el genocidio en Gaza.
Un gobierno decente debería romper relaciones diplomáticas y comerciales con Israel, pero nuestro gobierno, que al menos ya se atreve a hablar de genocidio, no lo ha hecho, por más que el presidente luzca como el campeón de la causa palestina. A Irene Montero sí la hemos escuchado, desde hace años, acusar desde su escaño en Bruselas a Ursula von der Leyen y a la jefa de política exterior de la UE, Kaja Kallas, de complicidad con el genocidio perpetrado por Israel. Ni caso le hacen cuando habla, si acaso le recriminan que lleve una kufiya, símbolo de la resistencia palestina: “Antes de tomar la palabra, debe quitarse el pañuelo”, así le dijo la vicepresidenta del Parlamento Europeo hace un par de años. Pero Irene Montero cae mal, qué vamos a hacer, y espero que no se le ocurra decir, para animar la campaña, que está muy enamorada de Pablo, porque entonces la perturbación en la fuerza se sentiría en los anillos de Saturno.
El presidente in love ha abandonado también la causa saharaui al sumarse, en marzo del 2022, a la propuesta marroquí de autonomía. No ha derogado la ley mordaza. No ha visto la corrupción de gente muy próxima a él. Los intocables siguen siendo intocables. Pero el presidente tiene flow.
Lo peor de Tarantino son sus opiniones políticas, lo mejor Death Proof (de nuevo, opinión minoritaria y arbitraria, aunque inamovible), pero me cuesta menos disfrutar de esta película, pese a la militancia sionista de su director, que aguantar los mítines del día de la marmota, con el presidente renovando sus votos de amor y sus ahora sí, esta vez sí. Y a pesar de todo, con lo decepcionante y cansado que resulta que el márketing cuente más que los hechos, pese a lo injusto que es que se reconozca tan poco la valentía y se olviden con tanta facilidad las mentiras, yo seré la primera en alegrarse de que el gobierno repita y no seamos devoradas por el agujero negro de la ultraderecha.






























