En Santa Bárbara las calles siguen teniendo las dimensiones de hace setenta años, pero los coches ya no son los de entonces. Tampoco el paisaje que rodea a este antiguo poblado obrero de Xixón, donde las casas bajas y sus pequeños jardines contrastan con las promociones residenciales que han ido levantándose a su alrededor. “Nos estamos convirtiendo en una pequeña aldea gala rodeada de edificios de cuatro, de siete alturas”, explica Ángel Pérez Rodríguez, presidente de la Asociación Vecinal de Santa Bárbara. La comparación tiene algo de humor, pero resume uno de los principales problemas que afronta el barrio. Sus habitantes quieren mejorar las viviendas, reorganizar el tráfico y recuperar espacios públicos sin perder las características que todavía lo distinguen de otros lugares de la ciudad.
Pérez Rodríguez llegó en 2004, cuando él y su familia buscaban una vivienda en Gijón. Encontraron un lugar que les recordó al pueblo asturiano del que procedían. “Era como un pueblo dentro de una ciudad”, cuenta. “Nos parecía volver otra vez al pueblo y estar en Gijón”. Dos décadas después, preside una asociación vecinal que intenta afrontar problemas muy distintos de aquellos que marcaron el nacimiento del poblado, aunque algunas de las formas de organización comunitaria tienen una historia mucho más larga. Santa Bárbara fue construido para alojar a trabajadores de una gran fábrica siderúrgica y terminó convirtiéndose en un espacio donde la solidaridad entre vecinos desbordó las relaciones de dependencia que habían condicionado su origen.
La historia comenzó en 1955, cuando la Obra Sindical del Hogar promovió 202 viviendas destinadas a trabajadores de la Fábrica de Moreda. Los terrenos habían sido cedidos por la Sociedad Industrial Asturiana Santa Bárbara, principal accionista de la fábrica. Las casas, de unos 62 metros cuadrados, seguían un modelo de viviendas bajas con pequeños jardines o huertos, inspirado en las colonias obreras inglesas. El conjunto se levantó a unos tres kilómetros del centro de Gijón, separado entonces de la ciudad por prados y antiguas caserías. La investigación municipal Memoria Obrera de Gijón/Xixón sitúa aquella promoción dentro de una política paternalista que combinaba la necesidad de alojar a los trabajadores con una voluntad de control social. Según el estudio, el alejamiento del centro urbano también pretendía dificultar sus relaciones con otros sectores obreros y favorecer la paz laboral.

El poblado disponía de economato, escuela, iglesia, biblioteca y espacios de reunión. Las familias podían desarrollar buena parte de su vida cotidiana sin desplazarse al centro, mientras el trabajo, la vivienda y el abastecimiento permanecían vinculados a un mismo entorno. Pero aquella organización no impidió que surgieran conflictos. La empresa podía intervenir en aspectos fundamentales de la vida de los trabajadores y sus familias, incluida la posibilidad de conservar la vivienda. Una dependencia que quedó de manifiesto en uno de los primeros episodios de protesta vecinal documentados en Santa Bárbara.
Una viuda desalojada y la Guardia Civil en el economato
Según recoge Memoria Obrera de Gijón/Xixón, la primera mujer que enviudó en el poblado perdió la vivienda que ocupaba con su familia tras el fallecimiento de su marido. Los vecinos protestaron contra la decisión, aunque no consiguieron impedir el desalojo. La movilización, sin embargo, tuvo consecuencias. De acuerdo con la misma investigación, a partir de entonces la empresa comenzó a ofrecer empleo a las mujeres que quedaban viudas para que pudieran conservar sus casas. La historia muestra hasta qué punto la estabilidad de una familia dependía de su relación con la fábrica, pero también cómo la respuesta colectiva podía modificar unas condiciones impuestas por quienes controlaban el trabajo y el alojamiento.

La conflictividad alcanzó también el interior del poblado durante las grandes huelgas de 1962, que tuvieron en Asturias uno de sus principales escenarios. Trabajadores de Moreda participaron en las movilizaciones y la prolongación del conflicto agravó las dificultades económicas de numerosas familias. Después de dos meses de huelga, según la documentación municipal, la Guardia Civil llegó a custodiar el economato de Santa Bárbara para evitar posibles asaltos. El establecimiento que debía garantizar el abastecimiento de las familias obreras se convirtió en uno de los lugares donde se hicieron visibles las consecuencias de la confrontación entre los trabajadores y el régimen franquista.
Pérez Rodríguez, que llegó al barrio casi medio siglo después de su construcción, conoce referencias a familias represaliadas y a las redes de apoyo que surgieron entre vecinos. Lamenta, sin embargo, que buena parte de aquella memoria haya quedado relegada a recuerdos dispersos y considera necesario recuperarla mientras todavía puedan recogerse testimonios de sus protagonistas. También recuerda que las movilizaciones laborales no desaparecieron con el franquismo. Décadas después, los conflictos de Tenneco, la antigua Monroe, se vivieron de cerca en Santa Bárbara, tanto por la proximidad de las instalaciones como por la presencia de trabajadores de la empresa entre sus habitantes. “El barrio nunca cambió su perfil social de barrio obrero”, sostiene el presidente vecinal, convencido de que aquella identidad ha sobrevivido a las transformaciones industriales y a la desaparición de Moreda.

La historia del poblado también estuvo marcada por las reivindicaciones para mejorar sus infraestructuras y servicios. La documentación histórica recoge la participación de los propios habitantes en la construcción de espacios comunitarios, como el centro social, y las dificultades para disponer de determinadas dotaciones. Con el tiempo, las viviendas acabaron pasando a manos de sus ocupantes, aunque las fuentes consultadas ofrecen fechas diferentes sobre ese proceso. La desaparición de la relación de dependencia residencial respecto a la fábrica no puso fin a la organización vecinal, que continuó desempeñando un papel importante en las demandas para mejorar las condiciones de vida del barrio.
Un barrio entero como patio de colegio
Los recuerdos que conservan quienes crecieron en aquellas primeras viviendas no se limitan a los conflictos laborales. Pérez Rodríguez lleva años escuchando las historias de los habitantes más antiguos y encuentra en ellas una coincidencia que le llama la atención. “Fueron felices porque vivieron la calle, jugaron en la calle, vivieron en la calle”, cuenta. Las casas eran pequeñas, pero el espacio compartido se extendía mucho más allá de sus paredes. Los niños pasaban las horas entre las viviendas, las familias se conocían y la proximidad favorecía relaciones que, en algunos casos, han sobrevivido durante décadas. Algunos de aquellos niños tienen hoy setenta u ochenta años y continúan residiendo en las mismas calles, acompañados por personas con las que compartieron buena parte de su vida. “Hay amistades muy profundas”, observa el presidente vecinal.


La distancia con el centro de Gijón tenía entonces un significado muy distinto al actual. “Por el medio sólo había praos y antiguos caseríes”, recuerda Pérez Rodríguez a partir de los testimonios de sus vecinos. Para llegar a la ciudad había que recorrer caminos entre terrenos agrícolas, pero los servicios propios del poblado permitían que buena parte de la vida cotidiana transcurriera dentro de sus límites. “Se creó aquí como una pequeña ciudad en miniatura”, resume. Esa forma de convivencia ha cambiado, aunque no ha desaparecido por completo. Junto a los primeros habitantes y sus descendientes se han instalado nuevas familias, algunas llegadas desde otros puntos de Asturias, atraídas por las características del conjunto. También hay niños que siguen utilizando los espacios comunes y la pista polideportiva. “Sí, hay relevo, va habiendo relevo”, confirma el presidente vecinal.
La comunidad energética que espera para funcionar
La organización vecinal ha encontrado una nueva expresión en Asoleyar, la comunidad energética impulsada por habitantes de Santa Bárbara para producir y compartir electricidad solar. La iniciativa comenzó cuando Ángel Pérez Rodríguez conoció, a través de la cooperativa Astuenerxía, una propuesta municipal para promover un barrio solar. Un grupo de vecinos convocó una asamblea extraordinaria en la fuente del Mortero y decidió explorar un modelo de gestión energética sobre el que apenas tenía conocimientos. “Tuvimos que ir aprendiendo todos”, recuerda. La existencia de edificios municipales en el centro del poblado facilitó el proyecto, que consiguió financiación pública y acabó instalando paneles fotovoltaicos sobre las cubiertas de equipamientos comunitarios.


Según la información publicada por Astuenerxía, el proyecto contempla 160 paneles solares, almacenamiento mediante baterías y una producción anual estimada de 111.361 kilovatios hora. Su objetivo no es únicamente reducir las facturas de los participantes, sino fomentar una gestión colectiva de la energía y extender sus beneficios a hogares vulnerables. Una resolución del Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE) recogía en 2024 una ayuda de 81.001 euros para una iniciativa presupuestada en algo más de 135.000 euros. La instalación de las placas culminó varios años de reuniones y gestiones, pero no significó el comienzo inmediato del autoconsumo compartido.


“No estamos produciendo, no estamos conectados”, explicó Pérez Rodríguez en la entrevista realizada el 27 de octubre de 2026, cuando aseguró que llevaban nueve meses esperando la conexión. Según Asoleyar, la documentación técnica y jurídica exigida había sido presentada reiteradamente, pero persistían discrepancias administrativas con E-Redes, la distribuidora eléctrica. La comunidad sostiene que los obstáculos aparecieron cuando sus impulsores creían haber superado la parte más complicada del proyecto. No se dispone de una explicación directa de la compañía sobre esas discrepancias ni de una confirmación posterior que permita establecer si el bloqueo ha quedado resuelto. Para los vecinos, el problema también pone de manifiesto las dificultades que encuentran las pequeñas iniciativas ciudadanas cuando deben afrontar procedimientos complejos y relacionarse directamente con grandes operadores energéticos.
La contaminación que permanece
La herencia industrial tiene otra cara en las antiguas instalaciones de Vauste, vinculadas anteriormente a Tenneco, y en la contaminación de la fuente del Mortero. Pérez Rodríguez explica que una de las primeras actuaciones de la actual junta vecinal fue reclamar la intervención del Ayuntamiento de Gijón, la Empresa Municipal de Aguas y el Principado de Asturias después de conocer informes sobre la existencia de balsas subterráneas contaminantes. Según los datos difundidos por la Administración autonómica, los trabajos de limpieza permitieron retirar 391.000 kilos de residuos peligrosos y bombear 90.000 litros de aguas subterráneas. Las actuaciones incluyeron medidas de descontaminación y seguimiento, aunque no significaron la recuperación inmediata del entorno.
En febrero de 2026, la información publicada sobre los controles ambientales señalaba que la fuente del Mortero continuaba vetada para el consumo por la presencia de sustancias como el tricloroetileno y el tetracloroetileno. “La fuente se quedó cerrada, la pobre, encerrada entre unos hierros”, lamenta Pérez Rodríguez, que confía en que algún día pueda recuperarse. El lugar tiene también interés histórico por los vestigios de época romana existentes en su entorno. Fue precisamente allí donde los vecinos se reunieron para impulsar Asoleyar, de manera que el espacio donde comenzó a tomar forma una nueva manera de producir energía sigue condicionado por las consecuencias de la antigua actividad industrial.

Una pequeña aldea gala rodeada de edificios
Pero el asunto al que Pérez Rodríguez dedica más tiempo al terminar la conversación es el futuro urbanístico del poblado. “El barrio se mantiene vivo en la parte social, pero el barrio al tener 70 años lo que tiene son unas calles de hace 70 años”, explica. Las viviendas se han reformado individualmente, sin un programa de rehabilitación conjunto, mientras nuevas promociones residenciales de varias alturas rodean el antiguo núcleo obrero. La Asociación Vecinal de Santa Bárbara sostiene que el aumento de vehículos y las dificultades de estacionamiento están generando problemas de convivencia en unas calles concebidas para una realidad muy distinta. La presión inmobiliaria preocupa a los vecinos, que consideran necesario intervenir sobre las infraestructuras sin alterar las características del conjunto.

La asociación reclama una reorganización de la circulación interior que permita reducir la presión de los automóviles y recuperar espacio para peatones, bicicletas y niños. Entre sus propuestas figura estudiar la posibilidad de habilitar un aparcamiento disuasorio en terrenos próximos, una iniciativa que necesitaría la colaboración del Ayuntamiento de Gijón. También plantea un programa de rehabilitación de fachadas que mejore las condiciones de las viviendas e incorpore criterios de eficiencia energética. Son reivindicaciones trasladadas a la Administración municipal, no actuaciones cuya ejecución esté aprobada. Para Pérez Rodríguez, el objetivo es adaptar el poblado a las necesidades actuales y recuperar parte de aquella vida en la calle que recuerdan sus habitantes más antiguos.
A esas demandas se suma la recuperación del Palacio de los Marqueses de Tremañes, situado en las proximidades de Santa Bárbara. El presidente vecinal describe un conjunto histórico rodeado de una finca con árboles centenarios que, según denuncia, se encuentra en una situación de deterioro. La asociación considera que su rehabilitación podría proporcionar nuevos espacios públicos y equipamientos no solo al poblado, sino también a otros barrios del oeste de Gijón. La propuesta responde a una preocupación por la escasez de lugares de encuentro próximos y por la necesidad de que el crecimiento inmobiliario vaya acompañado de servicios para la población que ya reside en la zona.
“Queremos ser un barrio del siglo XXI”, insiste Pérez Rodríguez. La asociación no reclama conservar Santa Bárbara tal como fue construida ni recuperar una vida obrera que desapareció con las fábricas. Quiere mejorar las viviendas, resolver los problemas de movilidad y conseguir que los niños puedan seguir utilizando las calles con seguridad. Cuando llegó en 2004, el presidente vecinal encontró un pueblo dentro de Gijón. Hoy, aquel pueblo está rodeado de edificios y afronta problemas que sus primeros habitantes difícilmente habrían imaginado. Sus vecinos no pueden decidir cómo crece toda la ciudad, pero reclaman que se les escuche antes de decidir cómo debe cambiar el lugar donde viven.
































