El actor Eduardo Antuña es un tipo tan simpático que cuando lo tienes delante es como si lo estuvieras viendo en una de sus geniales interpretaciones, con esa expresión pícara y esa manera atropellada de narrar que hace inevitable la risa. Una vez, en Madrid, en una inolvidable velada nocturna, nos contó con gracia a un grupo de amigos, con su inimitable gestualidad, como un buen día decidió reducir su continua excitación vital en el vértigo de la gran ciudad.
Por puro contagio de la masa, Eduardo salía atropellado del vagón del metro que tomaba a diario, a la carrera, como si siempre estuviera devorado por la urgencia. Hasta el día en el que reparó en lo absurdo de aquella prisa patológica. Desde entonces recuperó la calma, y con ello la ciudad y su propia vida. Poner el pie en las calles de Madrid desde el subsuelo dejó de ser para Eduardo una etapa más en la diaria carrera angustiosa hacia ninguna parte.
El espantoso accidente de Urda me ha hecho recordar la sabia decisión del actor langreano. Las investigaciones judiciales- no las políticas, afectadas por el clima irrespirable de la política española- aclararán lo ocurrido. Solo podemos adelantar que uno o varios fallos humanos pueden ser inevitables, pero nunca provocar una tragedia así en la época de la Inteligencia Artificial.
Lo que no se debe obviar es otra causa que subyace, si se hace una reflexión con cierta profundidad: vivimos muy aprisa, absolutamente desbocados, atenazados por un ritmo vital desquiciante. Una vida de alta velocidad que en muchas ocasiones acaba descarrilando, como los trenes en Urda.
El éxito social se mide por la velocidad, hay que estar siempre activo, vales por lo que te mueves. Por eso la cocaína, que genera hiperactividad, es la droga de moda desde hace mucho tiempo, la más consumida. No provoca gran rechazo ni es de clases bajas.
Ya no hay tiempo para comer relajadamente y disfrutar de la sobremesa, se hace de pie y en pocos minutos en los bares de muchas ciudades en mitad de la jornada laboral. Internet dio una marcha más al desasosiego, las lecturas son rápidas, de titular, aumentando la ignorancia colectiva y el fanatismo político.
Los desplazamientos son continuos y vertiginosos, por trabajo o por placer, de ahí la obsesión por las comunicaciones, la exigencia de obras continuas, ganar cinco minutos con una nueva carretera o un trayecto ferroviario a costa de inversiones millonarias, volar al otro extremo del mundo aprovechando la última oferta pasa visitar un lugar desconocido a la trágala. Llaman carreteras con encanto a esas, cada vez más escasas, en las que se circula despacio disfrutando del paisaje, pero también escasean los conductores encantadores. ¿Para qué se fabrican coches que van a 300 kilómetros por hora, si solo se permite circular a 120?
El sistema ha inyectado velocidad y desasosiego en la ciudadanía por la lógica perversa del crecimiento sin límite, que conduce al precipicio. No son estos los tiempos de “Un hombre tranquilo”, la película de John Ford de 1952, más bien parece que seguimos en los de “Deprisa, deprisa”, de Carlos Saura, que en 1981 contó el vértigo en el que vivían cuatro jóvenes delincuentes en Madrid. Nadie hace caso a un sabio consejo que me repetían en Marruecos, la primera vez que visité el país, que entonces aún no estaba rendido al moderno capitalismo: “Prisa no buena, de prisa están llenos los cementerios”.
De todas las declaraciones, entrevistas y posicionamientos públicos tras el accidente de Urda ninguna tan impactante, lúcida y conmovedora como la de Javier Barrio, el marido de Carmen de Santa Ana, una de las personas fallecidas en el accidente. Entre una nube de micrófonos y periodistas acelerados, emocionado, pero sin perder la entereza, ofreció el más certero de los análisis: “estamos viviendo la peor época del capitalismo con prisas”, dijo.
Javier explicó que su mujer era una alta directiva de El Corte Inglés y que el que acabó en Urda era su último viaje de trabajo antes de jubilarse. Quizá por el empleo y la empresa en la que trabajaba Carmen, una de las primeras financiadoras de los medios en España a través de la publicidad, las palabras de su viudo no tuvieron el eco que merecían en las grandes cabeceras, aunque circularon por las redes. En algunos medios se obviaba el nombre de El Corte Inglés. Sería también por el contenido del discurso, demoledor:
“En general, todas las empresas se dedican a masacrar a sus empleados. El trabajo que hacían tres ahora lo hace uno nada más. El cien por cien de las empresas españolas lo hace. El cien por cien de las empresas en el mundo lo hacen. Tenemos que cambiar este mundo, tenemos que cambiarlo entre todos (…)”.
Javier Barrio decía esto sereno, pero firme, despacio, con el tono amable que destila el sosiego. Sabiendo que para cambiar el mundo, lo primero es rebajarle la velocidad.































