Por la ruta de la plata

Donde se rememora la España rural que va del norte hasta el Guadalquivir y también se reivindica el tren periférico

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Ernesto Díaz
Ernesto Díaz
Es consultor medioambiental.

No es casual que tres películas que han puesto el acento en los contrastes territoriales dentro de un mismo país se desarrollen en este sur de Europa. La francesa Bienvenidos al norte (2008), su adaptación italiana Bienvenidos al sur (2010) y la española Ocho apellidos vascos (2014) muestran en clave de humor estas diferencias que se sujetan en aspectos culturales y socioeconómicos de raíces históricas -y de decisiones políticas más o menos recientes-, y en condicionantes ambientales: aquí las regiones bioclimáticas están entre Pinto y Valdemoro, somos enclaves muy sureños sobre los que se descuelgan los últimos ecos boreales.

Al ponerme a escribir de esto recordaba cuando el esquiador italiano Alberto Tomba dijo en 1996 que Sierra Nevada -donde ese año se celebraba el Campeonato Mundial de esquí- se parecía más a África que a Europa y se armó la de san Quintín. El jari fue tan monumental que “la Bomba” tuvo que pedir disculpas, pero no le faltaba razón: la luz y el clima de esos extremos del sur ibérico tienen cierta semejanza con los del norte de África. Lo que pasa es que ponemos ojitos si se nos compara con San Francisco, con la Toscana o con París, pero cuando nos comparan con África, meh, ahí torcemos el morro.

Desde el norte se ha mirado al sur con cierta displicencia. Que si solo saben tocar la guitarra, que si son unos vagos y otra serie de clichés despectivos que a fuerza de repetirse se fijaron como la costra se adhiere en el gancho del churrero: la ignorancia es muy pegajosa.

Aníbal vencedor. De Francisco De Goya.

En estas fracturas culturales la geografía no siempre ayuda: las principales cadenas montañosas españolas -como en general casi todas las cordilleras euroasiáticas, con excepciones como los Urales o los Apeninos- tienen una orientación este-oeste, y cruzar las cordilleras, salvo que seas Aníbal y vayas con una flota de elefantes, siempre nos ha costado. Por otra parte, el diseño radial de las comunicaciones españolas, tanto por carretera como por tren, pivotando en Madrid, no ha facilitado las conexiones directas entre esos dos hemisferios que se reparten por encima y por debajo del Sistema Central. Pero esto no siempre ni en todas partes ha sido así, han existido singularidades. Una de ellas la tenemos aquí al lado y además porta un nombre de leyenda: la Ruta de la Plata.

“En invierno subo naranjas, mandarinas, que si algún pomelo o algunas granadas. Entrada la primavera llegan las primeras cerezas del Jerte. Aceite cojo del andaluz, a veces también en Badajoz. Los embutidos de la sierra de Huelva, del sur de Salamanca, y chorizo y cecina de León. Luego algún vino, quesos extremeños y zamoranos, encurtidos de Almendralejo, lentejas y garbanzos…”.

Astorga, capital de la maragatería.

Las palabras de mi amigo Javi -que por razones de trabajo trajina esa ruta media docena de veces al año- describen a la perfección este meridiano en el que distintas vetas se manifiestan de forma comestible. A ello se dedicaban los arrieros: el Catastro de Ensenada recoge que casi novecientos arrieros leoneses, procedentes de La Maragatería y de Los Argüellos, con sus tres mil caballerías, se dedicaban en el S XVIII al comercio -y al bebercio, porque también traficaban con vino- siguiendo principalmente la Ruta de la Plata. En el valle de Fornela, un rincón encajado entre Ancares, Ibias y Degaña, me contaron hace años que los comerciantes de esos pueblos bajaban al sur con cera de abeja -la cera fue durante siglos la principal fuente de iluminación en los centros religiosos cristianos, y tenía que ser cera “virgen” porque las obreras jóvenes, que son las que la elaboran, no están ensuciadas por el sexo, ya sabéis lo impoluta que ha sido siempre la iglesia española con estas cosas- y la cambiaban por pimentón. Coño, claro, el pimentón de La Vera cacereña.

Jose es de Paradilla, un pueblo del alto Bernesga leonés ya muy cerca del puertu Payares. Llego a él a través de mi amigo Txapu –“De pimentón tienes que hablar con Jose”, me dijo- y Jose me recuerda que el desayuno de los pastores trashumantes, que pasaban el verano en la montaña cantábrica y el invierno en la Extremadura, era a base de huevos fritos con bien de pimentón. En Babia siguen esparciendo una generosa lluvia de pimentón por encima de los huevos. Y aquí en Asturies, en las sidrerías de siempre, algo de condumio que no puede faltar en cualquier espicha son los huevos cocidos, que te ponen junto a la sal y el pimentón. Los pimientos secos, ahumados y luego molidos aportan sabor y color, pero son además un conservante muy necesario para las chacinas, más en lugares húmedos como el norte de España. Si no fuera por ese pimentón, platos como la fabada, el pote de berzas, las calderetas de cordero o el pulpo á feira, pues como que tendrían menos chispa que este fulano que hizo ayuno intermitente de tres días en la Plaza de Las Cortes envuelto en banderas.

Si la experiencia gastronómica de viajar por la Ruta de la Plata es opípara, este periplo ibérico no lo es menos en lo visual, la belleza de este recorrido merece el viaje solo por el gozo que produce.Partiendo desde Asturies -la ruta discurre entre Xixón y Sevilla-, después de atravesar la Cordillera Cantábrica te adentras en el Reino de León, que cruzas de cabo a rabo, primero transitando los páramos y tierras de panes y vinos leonesas y zamoranas y luego el Campo Charro salmantino antes de sumergirte en el imperio de las encinas.

Ahora no sabría decir si fue Antonio Machado o si fue Ismael Serrano el que escribió aquello de ¿Qué tienes tú, negra encina campesina, pero lo cierto es que si hay un país de encinas, ese país está en la Ruta de la Plata. Desde los arrabales al sur de la ciudad de Salamanca hasta llegar a Andalucía, solo interrumpido por la pacense Tierra de Barros, el viajero se mete entre dehesas en las que trotan cochinos de color ceniza y pastan vacas moruchas, berrendas y blancas cacereñas.

Encinar en la dehesa extremeña.

Pasada la Extremadura por las estribaciones de la Sierra Morena, ya se huele el al-wādi al-kabīr, el río grande. Sevilla.

En estos días se ha vuelto a poner el foco en la reclamación de recuperar al tránsito de viajeros la línea ferroviaria que unía Asturies con la capital andaluza a través de Astorga, el tren de la Ruta de la Plata, apartado de servicio el mismo año que se inauguró el AVE Madrid-Sevilla. Fomentar líneas de transporte periféricas es una forma de apostar por esas poblaciones que viven pegadas a la banda. No hablamos de un proyecto que cueste 4.000 millones, como el AVE a Asturies que en unos días se inaugurará. Trenes que puedan aprovechar la infraestructura existente son vitales para articular territorios, y apuntan maneras hacia la sostenibilidad -como recientemente indicaba en Nortes Paco Segura, de Ecologistas en Acción-. Sería en este caso también una forma de fomentar esa conexión cultural sur-norte que ha supuesto la Ruta de la Plata y que tanto desasna.

Amanecer en Doñana.

Cuando estoy en Doñana viendo el atardecer desde la duna del Asperillo me gusta pensar en los arrieros que quizás llegaban hasta aquí desde lugares tan lejanos como Leitariegos o Guimara y se quedaban mirando a África, allí enfrente, o en aquellas gentes de la Cabrera leonesa que bajaban cada año para trabajar de temporeros a las huertas sevillanas. Si llegaron aquí fue gracias a ese canal de tierra que es la Ruta de la Plata, un vector de naturaleza y de humanidad por el que han transitado mercancías pero también culturas -como nos cuenta Aníbal Martín en lo que antes era Twitter sobre esa lengua extremeña con aires del astur-llionés-, arquitecturas -en un recorrido que abarca desde las cuarcitas, pizarras y maderas norteñas a los adobes, fachadas encaladas, ladrillos, tejas y azoteas árabes-, folclores… En esos momentos me pongo muy blandito, el lugar es de una belleza que sobrecoge. Por eso me tengo que ir corriendo a cenar un arroz con pato en El Rocío, o empiezo a planear el viaje de vuelta parando a desayunar una media con aceite en la venta El Culebrín antes de mercar unas tortas del Casar y unos tomates camino del norte.

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