Como hizo con la cordillera, ese gigante natural que separa a Asturias de la Meseta, la variante de Payares debe derribar mitos. El primero, el del aislamiento ancestral de las tierras de los antiguos astures transmontanos, que ya no se correspondía exactamente con la realidad antes de la llegada del AVE. Si nos sumanos a algunas de las lecturas épicas tras la apertura de los túneles habría que olvidarse del nacimiento de Cristo para medir el paso del tiempo y empezar a hablar de Asturias antes o después del AVE. Y la realidad es que la Asturias a.d. AVE ya no era una isla en la Península, aunque d.d. AVE aún pervivan limitaciones y obras pendientes, por tierra, mar y aire.
El aislamiento geográfico y las malas comunicaciones influyen en el desarrollo de un país y en su economía, pero sin que ello sea un dogma o un eximente, y mucho más desde que la revolución tecnológica ha restado importancia a las conexiones físicas en relación a las digitales. El economista Jesús Arango lo ejemplifica con un ejemplo bien diáfano: Renny Picot, una empresa puntera asturiana del sector agroalimentario, con un destacado empresario al frente, Francisco Rodríguez, se ubica en Anleo, en una aldea del Occidente asturiano, desde antes de la llegada de la autovía del Cantábrico. Las autopistas modernas son las de la información desde hace décadas.
Tiene razón Adrián Barbón cuando apunta hacia el de las mentalidades como el cambio más importante en la Asturias d.d AVE. La llegada de la alta velocidad ferroviaria a L.lena debería suponer el fin del victimismo en Asturias, tan ligado a la pereza intelectual, el del pesimismo paralizante, que frena iniciativas y emprendimiento, y el de la falta de autoestima, que en realidad es complejo de inferioridad disimulado con unas dosis de grandonismo folklórico y superficial.
El AVE puede servir tanto para entrar como para salir y sin un nuevo proyecto de país en Asturias la gran beneficiada será Madrid
Sin ese cambio de mentalidad el AVE podría no ser solución, e incluso traer nuevos problemas. Hay un par de ellos que ya se vislumbran, en vista de algunas euforias desmedidas y no pocas interpretaciones inquietantes. El primero: el AVE puede servir tanto para entrar como para salir y sin un nuevo proyecto de país en Asturias la gran beneficiada con su llegada a Asturias será Madrid. El segundo es aún más preocupante y va vinculado al anterior: si la alta velocidad va a servir sobre todo para traer turistas a Asturias, convirtiendo al sector en nuclear para la economía asturiana, el error estratégico se pagará, demostrando que la autonomía sigue anclada en las ideas desfasadas de los años a.d. AVE.
No se trata de demonizar al turismo, un sector importante que en Asturias se ha desarrollado mucho en las últimas décadas, aportando riqueza y puestos de trabajo. Pero no es un sector que aporte mucho valor añadido ni destaque por sus buenos salarios y condiciones laborales. Turismo de calidad, al que debe aspirar Asturias, y turismo masivo parecen incompatibles. Y éste último es el que puede llegar con el AVE y, lo que es peor, lo que parece que se pretende desde el sector.

De las consecuencias del turismo masivo ya se arrepienten en las grandes ciudades o en zonas del Sur y el Mediterráneo, como Ibiza y Fomentera, que de islas jipis pasaron a islas pijas para gran dolor de los que las conocimos y las disfrutamos acogedoras y virginales. Expulsión de los trabajadores y las clases medias, aumento insoportable de la desigualdad social, gentrificación, conversión de los centros históricos en parques temáticos…. son consecuencias del turismo de masas y están provocando turismofobia. Un fenómeno que supone un retroceso, social y medioambiental, que está bien a la vista, con la simple observación y con ensayos recientes, como “El malestar de las ciudades”, de Jorge Dioni. En Uviéu, con el Ayuntamiento entregado a los hosteleros y a la promoción del turismo, se empieza a andar el camino por el que en otros lugares están desandando.
Coincide la buena noticia de la apertura de la Variante de Payares con otras malas para la investigación, que en contraste con el turismo es un sector de futuro que mide la modernidad y el desarrollo de las sociedades. Asturias y la Universidad asturiana pierden, definitivamente si no media solución, el trabajo y el talento de Carlos López-Otín, un investigador en la vanguardia mundial, padre de grupos de gran prestigio y con grandes éxitos en la lucha contra el cáncer.
Gran divulgador, destacado humanista y escritor, excelente conferenciante allí donde lo demandan, persona entrañable y atractiva desde cualquier punto de vista, López-Otín parecía un ser demasiado perfecto frente a envidias e intrigas inevitables; no solo provincianas y de departamento universitario, porque esas miserias van vinculadas siempre a la condición humana, más que a un lugar o a un centro de trabajo. El gran error de López-Otín frente a ese acoso es no aplicar un viejo consejo que me dio algunas veces el fotoperiodista Javier Bauluz y que él mismo aplicó con éxito cuando padeció las insidias de Arcadi Espada: el águila no come moscas. Aún está a tiempo el bioquímico para tomarlo en consideración para que la pregunta que se hace el periodista Rafael Sánchez Avello no tenga la triste respuesta presentida: ¿Cómo vamos a atraer talento si no somos capaces de retener el que hay?
Apreciado e indiscutible talento tiene María Victoria Álvarez Martínez, que acaba de ser cesada como directora científica del Instituto de Investigación Sanitaria del Principado de Asturias (ISPA). Sus compañeros han mostrado públicamente su repulsa, reconociendo los méritos de Victoria Álvarez, responsable del Laboratorio de Genética del HUCA, y apuntado como responsable del cese hacia Faustino Blanco, exconsejero de Sanidad y director de la Fundación para la Investigación y la Innovación Biosanitaria de Asturias (FINBA).

El nombramiento y el sueldo estratosférico de Faustino Blanco, que cobra más de 100.000 euros anuales, cuatro veces más que los investigadores, ya fueron criticados en su día por algunos sindicatos y partidos. Blanco es médico, pero no investigador, porque su carrera profesional discurrió sobre todo en la política. Su caso parece uno más de las puertas giratorias que van de los cargos políticos a otros relacionados con esas actividades y puede ser un buen ejemplo de la colonización de instituciones y organismos públicos por parte de los profesionales de la política, un grave problema para la democracia y una muestra de la falta de meritocracia en la vida pública.
Tras su polémico nombramiento, las críticas de los investigadores incidieron también en la gestión de Blanco, por las trabas a su trabajo, y ahora explotaron y se hicieron públicas con el cese de Victoria Álvarez. La Asociación Nacional de Investigadores Hospitalarios (ANIH) emitió un duro comunicado en el que, entre otras cuestiones, recuerda que ahora es Blanco quien se encarga de “muchas de las funciones” de las que era responsable la cesada y recuerda que el exconsejero de Sanidad “aunque acredita una impresionante experiencia en la gestión sanitaria, carece de la formación científica necesaria para asumir dichas funciones”.
Menudo compromiso para el Consejero de Ciencia, Borja Sánchez, la gran esperanza y la gran novedad de los gobiernos de Adrián Barbón, porque el éxito en la gestión política del joven investigador, de Llaviana como el presidente, es esencial para los avances del sector en Asturias, lo que es lo mismo que decir para el cambio del modelo productivo asturiano, el mayor reto que tiene la autonomía.
Hasta ahora el Consejero guarda silencio, pero no así otros dos destacados científicos asturianos, que han publicado un artículo en La Nueva España de título esclarecedor: “Por una ciencia sin comisarios políticos”. El neurólogo Carlos Hernández Laoz y el otorrino Carlos Suárez Nieto, exdirector científico del ISPA, son implacables exponiendo que el cese de Victoria Álvarez es “una decisión arbitraria, tomada por políticos con poder”, que buscan “controlar a los científicos independientes y colocar en los puestos clave a personas afines a su ideología o con vocación de vasallaje”. Y acaban su artículo con contundencia:
¡ Viva la ciencia, en libertad y dirigida por personas con méritos acreditables en concurso público, sin interferencia de comisarios políticos sin ninguna credencial de investigación!
La nueva Asturias que se pretende impulsar con la llegada de la alta velocidad ferroviaria es de investigadores, más que de camareros. Pero en el año I d.d. AVE no parece que ese impulso se esté empezando a notar. El cambio en las mentalidades, y en las actitudes, tendrá que empezar por el mismo gobierno que las alienta.































