La marea del pensamiento económico se asemeja a la danza sigilosa de las ballenas políticas bajo las aguas turbulentas de los Estados. La estela keynesiana, que inundó las arcas de la Unión Europea tras la pandemia y el despliegue bélico en Ucrania, parece perder fuerza. Aunque los esfuerzos de la UE desde 2020 podrían evocar al New Deal americano o al espíritu de posguerra del 45, el pacto histórico entre el trabajo y el capital, enraizado hasta la era de Thatcher y Reagan, no ha vuelto a emerger. Esta ausencia de acuerdo fundamental podría explicar por qué una parte sustancial de la ciudadanía europea no percibe mejoras económicas tangibles, y aquellos que las perciben no atribuyen estos logros a los gobiernos socialdemócratas.
Las urnas dibujan estados de ánimo y transmiten la sensación generalizada de que la tortuga que porta con el peso de la desigualdad social camina siempre por delante de la liebre que tutela la redistribución de la riqueza. Luego están las instituciones. Christine Lagarde, que es en sí misma LA INSTITUCIÓN, anunció la semana pasada la estabilización de los tipos de interés al 4,5% durante el próximo trimestre. Lagarde exige una certeza absoluta que certifique la orientación de la inflación hacia el 2% para poder anunciar una rebaja del precio del euro que afloje la carga de las hipotecas. Para la clase media eso significa una sola cosa: no veremos una revisión a la baja del precio de los créditos hipotecarios hasta el 2025 y será muy leve. Mientras tanto, los cuatro principales bancos españoles han ganado más de 26.088 millones de euros en el último año. La tortuga sigue siendo más rápida que la liebre.

La ballena keynesiana muestra signos de fatiga. El mensaje de la autoridad máxima del Banco Central Europeo no solo se dirige a las entidades bancarias, sino también a Ursula von der Leyen, quien anunciará recortes en el gasto público de los países tras su reelección como presidenta de la Comisión Europea después del 9 de junio. En Bruselas, se sacuden los archivos de la Regla de Gasto. Los últimos comicios legislativos en Portugal tiñeron de azul el panorama europeo y denotan un cierto desencanto. España, por su parte, se erige como un bastión socialdemócrata en medio de un mar de incertidumbre, una excepción que podría convertirse en una nota al pie del declive ideológico y político de la socialdemocracia europea.
El candidato del Partido Socialista a las elecciones europeas del 9 de junio es un señor luxemburgués de 71 años. El candidato socialdemócrata se llama Nicolas Schmit y es el actual Comisario de Empleo. No parece que los socialistas tengan una expectativa halagüeña para el próximo 9 de junio apostando por un perfil que está muy lejos de la nueva política populista que “exige liderazgos que trasciendan las siglas de los partidos”. Acaso, se confía en que todo cambie para que todo siga igual, pero las corrientes de pensamiento indican que las ballenas han virado de rumbo y en Europa se observa atentamente quién será el próximo inquilino de la Casablanca para decidir qué estrategia seguir en Bruselas. Las ballenas se mueven y los Estados se alinean. Después de los caucus republicanos, todos miran hacia Donald Trump.

La estrategia que lentamente va hollando la moqueta del Parlamento Europeo es la de Manfred Webber. Hasta ahora no ha triunfado pero eso no quiere decir que no lo pueda lograr. El ex-presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Junker, ha dicho que no ve ninguna posibilidad de pactar a los democristianos con la extrema derecha. Junker es democristiano. Sin embargo, Webber si ve la posibilidad de pactar con la extrema derecha atlantista e, incluso, de integrarla en su propio grupo. El PP de Núñez-Feijóo ha pactado con Vox. Meloni ha pactado con Forza Italia, el partido fundado por Silvio Berlusconi, miembro del PPE. En Suecia, el gobierno conservador ha pactado con el partido ultraderechista Democracia Sueca. En Francia, Macrón tiene tres años para seguir gobernando y Marinne Lepén tiene tres años para seguir siendo la segunda fuerza política del país…o convertirse en la primera. En definitiva, como afirmaba Nicolas Schmit en su entrevista a eldiario.es, la extrema derecha se ha normalizado en toda Europa.
EL DESENCANTO
Sin embargo, ¿es eso lo que nos están diciendo los resultados electorales del último año en España? En términos absolutos no. Lo que sucedió en España desde las elecciones locales y autonómicas del 28 de mayo es que España está prácticamente dividida entre el bloque de la izquierda y el bloque de la derecha, que prefiere un gobierno plural a un gobierno de centro apoyado por Vox, pero también nos dice que hay cierto cansancio y bastante desencanto en el electorado que ha votado a SUMAR o ha votado a Pedro Sánchez. La indefinición se castiga y si no eres Pedro Sánchez, es mejor no dejarse llevar por la improvisación.
Las trompetas del apocalipsis han dejado de sonar. La OCDE, el Banco Central Europeo, la Comisión Europea, las Cámaras de Comercio prevén un crecimiento europeo que va del 1,9 al 2,3 %. Las instituciones corrigen al alza las previsiones pero los subsidios y los apoyos que han permitido acelerar la economía española invitan a pensar que la UE obligará a retirar los puntales cuando comprenda que ya no son necesarios en nuestro país. Todas las líneas de bombeo económico serán paulatinamente retiradas y el aterrizaje a la realidad puede ser más tormentoso de lo que parecía. La productividad española no puede hacerse a costa de rebajar salarios. Esa será una de las claves de la política económica española. Por lo tanto, hay un horizonte de futuro ¿pero hay partido?

Las gallegas se parecieron más a Turingia que a Cerdeña. Eso podría significar que España se acerca cada día un poco más a la Alemania declinante de Olaf Scholz que a la Italia emergente que acaba de nacionalizar Arcelor de Meloni. En cualquier caso, no se observa que el gobierno de Pedro Sánchez sea capaz de incidir en la economía con la misma intensidad que lo hizo en la legislatura pasada. Es probable que el PSOE anuncie congreso el próximo mes de abril y que se celebre después del verano, una vez se conozca de qué sustancia electoral está maleado nuestro país, bajo la demarcación de una circunscripción única. Mientras el gobierno de Pedro Sánchez concluye una Ley de Amnistía y se desemboza de Ábalos, en Sumar se define un partido que no termina de aclarar cómo será su existencia, un proyecto que, desde Magariños hasta hoy, no ha dejado de encadenar errores. El país no está para contemplar cómo la izquierda busca un argumento que le permita otear un sentido y un objetivo a esta legislatura mientras la ciudadanía acumula malestar y desencanto. Ese capítulo ya pasó. Aún así, el tiempo juega a favor de Pedro Sánchez. La catástrofe anunciada en 2020 no ha llegado. El gobierno español tiene tres años por delante para mejorar la productividad y evitar la posibilidad una alternancia política, aunque ya encuentre a Sánchez en otra parte.



























