Carmen, nada de nadie
de Justo Tallón y Miguel Pérez García
Intérpretes: Beatriz Argüello, Ana Fernández, Oriol Tarrasón y Víctor Massán
Dirección: Fernando Soto
Centro Niemeyer, 23 de agosto, Avilés
No recuerdo el nombre de Carmen Díez de Rivera, pero ahora en las discusiones compruebo que alguno de mis amigos aficionados a la sociología política conocían bien los hitos y el periplo de su existencia. La pieza de Tallón y Pérez García me revela hoy su belleza, inteligencia, sensibilidad y el importante papel desempeñado en el incipiente periodo de la Transición. Carmen Díez de Rivera y de Icaza provenía de una familia aristocrática, fue eurodiputada, amiga personal del rey Juan Carlos I y jefa de gabinete de Adolfo Suárez. Tenía diecisiete años cuando descubrió que su novio, con quien pensaba casarse, era además su hermano. Ramón Serrano Suñer, el cuñadísimo del Generalísimo y padre de la criatura, era también su verdadero progenitor biológico, fruto de una relación extramatrimonial. Tras el batacazo emocional y las pertinentes decepciones ingresa unos meses en un convento de clausura, posteriormente se instala tres años en Costa de Marfil, regresa a España, juega un papel destacado en política nacional y vive momentos afines al común de los mortales hasta que desgraciadamente un cáncer se la lleva en 1999. Como puede observarse, toda una retahíla de accidentes vitales dignos de un culebrón apasionante. Pero este no es el tono que va a marcar su vida, casualmente mientras escribo estas líneas –y por motivos que no vienen al caso– veo un vídeo de una conferencia de Michi Panero en la Astorga de sus postreros días, donde declara su afecto y simpatía por Carmen. Dos vidas paralelas que compartirían “el desencanto” de unos vástagos arrollados por una ideología que saltaría por los aires a la muerte del dictador.


Carmen, nada de nadie centra el foco temático-argumental en el decisivo papel que jugó en la Transición la jefa de gabinete de Adolfo Suárez como promotora de la legalización del Partido Comunista y de la Ley de Amnistía del 77, y en su singular y entrañable amistad con el Rey y sus determinantes contactos con Carrillo. Con unos cuadros discursivo-dramáticos de un valor sociopolítico casi hagiográfico, al presentar a Díez de Rivera como la protagonista principal en la resolución de conflictos, en contraposición a sus compañeros de gobierno (Suárez es un franquista recalcitrante muy distinto al que nos vendieron en los documentales) y al margen de la agitación del contexto, que apenas aparece salvo en el atentado de los abogados de Atocha. A lo que hay que añadir el acierto de no caer en la tentación de caricaturizar al Rey y a Adolfo Suárez –tan arraigado en el inconsciente colectivo–, por más que se presente como un hándicap de doble filo difícil de sortear.
Beatriz Argüello compone una Díez de Rivera con brío y energía, atrapada en una actividad febril, apasionada, tenaz y testaruda, con una estrategia clarividente que aquí adquiere visos sobrenaturales merced a un texto que nos la presenta como una Casandra incomprendida y visionaria. Al contrario de lo que ocurre con Suárez, al que da vida Oriol Tarrasón con su habitual encanto y carisma, pero sin lograr compensar el penoso retrato que de Adolfo hacen los autores: gañán, prejuicioso, con pocas luces e incapaz de aceptar las tácticas aperturistas. Víctor Massán asume el difícil reto de encarnar al Emérito en un desmarque totalmente ficticio y alejado de la realidad. Es elegante, refinado, inteligente, con gran olfato político y siempre proclive a respaldar a su querida amiga con una inequívoca aserción propia de un esteta, “la rubia tiene razón”. Mientras que Ana Fernández interpreta con eficacia a la fría Sonsoles de Icaza, Marquesa de Llanzol, musa de Balanciaga, aristócrata adúltera, rancia y frívola, que rechaza a su hija por su posicionamiento ideológico. Y Santiago Carrillo, el “camarada Jacques” que sale bien parado con dos intervenciones en la sombra, de espaldas y en off.
La obra, construida a base de flashbacks y proyecciones de momentos estelares de nuestra historia reciente, evoca también las olas del mar que tanto quiso Carmen y sirve de metáfora de esta mujer luchadora y solitaria que nunca pudo superar su gran “desencanto”. Un teatro de interés manifiesto para unos espectadores conectados al detalle de cuanto sucedía, al haber sido testigos de la Transición.



























